Las reliquias de San Carlo Borromeo
[Grabado] Johann Christoph Sysang (1703-1757), Retrato del cadenal Carlo Borromeo, 1744. Biblioteca Nacional de Austria, Bildarchiv und Grafiksammlung, Signatura: PORT_00087575_01.
[Grabado] Anónimo, Retrato de San Carlo Borromeo, Bibloteca Nacional De Austria, Bildarchiv und Grafiksammlung (POR-MAG), Signatura: PORT_00087584_01
Reliquia atribuida a San Carlo Borromeo. La reliquia está fijada sobre un fondo de tela roja decorada con hilos de plata y papel. Está identificada en latín en una etiqueta manuscrita como S.Caroli epi caro.
El 3 de noviembre de 1584 moría en Milán el cardenal y arzobispo Carlos Borromeo (1538-1584). Este, había sido mano derecha del papa Pío IV (1559-1565), del cual fue cardenal “sobrino”, es decir encargado de la gestión de los asuntos del Estado Pontificio y del papado. Desde el año 1565 había tomado posesión de la archidiócesis de Milán, donde inició la aplicación de las medidas de reforma y disciplina decretadas por el Concilio de Trento (1545-1563). Ya al día siguiente de su muerte comenzaron a circular impresos sobre la vida del fervoroso arzobispo.
En febrero de 1601, la Congregación de los Oblatos de San Ambrosio –una congregación de sacerdotes fundada por Carlos Borromeo –presentó al vicario general de la diócesis una solicitud en la que se subrayaban las frecuentes visitas al sepulcro del difunto arzobispo, la difusión de su imagen y la veneración hacia su vestimenta y objetos personales. Dada su fama de santidad, los oblatos pidieron el inicio del proceso informativo sobre su “vida, costumbres, obras, gracias y milagros”. Al mes siguiente, el sepulcro borromaico en la catedral de Milán comenzó a ser objeto de constante devoción por parte de los fieles, en un principio tolerada y luego promovida por el clero de la catedral. Así, comenzaron a aparecer sobre la tumba del arzobispo tablillas votivas, luces y ofrendas, y los fieles comenzaron a participar en vigilias nocturnas. Todo esto, sin embargo, provocó la preocupación del vicario general y otros miembros del clero, quienes intervinieron para impedir esas manifestaciones de culto no autorizadas. No obstante, estas formas de devoción contaban con el apoyo de Carlo Bascapè, estrecho colaborador y biógrafo del arzobispo, y, sobre todo, con el apoyo encubierto del cardenal Federico Borromeo –primo y arzobispo de Milán desde 1595–, quien, aunque ausente de Milán, entre junio y julio de 1601, hizo llegar al cardenal Cesare Baronio, influyente consejero del papa Clemente VIII, algunos escritos sobre los milagros atribuidos a la tumba del arzobispo.
Por su parte, Baronio ordenó no impedir las devociones alrededor del sepulcro, las cuales habían sido declaradas ilegítimas por la Congregación de Ritos. Ya anteriormente, había recomendado verbalmente a Bascapè que difundiera las obras del difunto arzobispo, de manera que se pudiera iniciar un proceso de canonización. Además, consultado por el agente del cardenal Federico sobre cómo celebrar el aniversario de la muerte de Carlos, Baronio sugirió seguir el modelo que se adoptaba en Roma para los beatos Francisca Romana y Felipe Neri: una misa solemne, con la participación de prelados y cardenales, y un sermón que exaltara las virtudes del difunto. Así, la primera celebración solemne de la muerte de Carlos Borromeo tuvo lugar en la catedral de Milán el 3 de noviembre de 1601, con la presencia de tres obispos lombardos (Ludovico Taverna, obispo de Lodi; Carlo Bascapè, obispo de Novara; y Francesco Cittadini, obispo de Castro), del Senado y otros magistrados del Estado de Milán, autoridades municipales y representantes de las principales instituciones piadosas de la ciudad. Como había sugerido Baronio, predicadores de diversas órdenes religiosas se turnaron en el púlpito para celebrar las virtudes del difunto, y sus sermones fueron luego publicados.
La ola de devoción, liderada por el cabildo de la catedral y hábilmente orquestada a distancia por el cardenal Baronio con el apoyo de Federico Borromeo, llevó al Consejo de los Sesenta Decuriones de la ciudad de Milán, el 27 de noviembre de 1601, a votar unánimemente el envío de una petición al papa para proceder con la canonización del arzobispo. En mayo de 1602, el Consejo de los Sesenta solicitó autorización para erigir un altar junto al sepulcro en la catedral, donde se pudieran realizar oraciones y actos de devoción. Casi simultáneamente, el clero reunido en el sínodo diocesano pidió a Federico Borromeo el permiso para proceder con la solicitud. Un momento clave fueron las celebraciones solemnes del aniversario de la muerte de Carlos, realizadas en noviembre de 1602 en Milán: una verdadera apoteosis religiosa y política de la figura del arzobispo, organizada por el cardenal Federico (quien no había podido asistir el año anterior), con la participación, además de las autoridades habituales, de Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, gobernador del Estado de Milán, en señal de la renovada concordia entre el poder espiritual y el regio. También el duque de Saboya, Carlos Manuel I, envió una lámpara votiva de plata en cumplimiento de una promesa hecha a Carlos por la enfermedad de su hijo. De aquella ceremonia surgió una abundante producción de textos, tanto manuscritos como impresos, no solo con fines conmemorativos, sino también para registrar curaciones y ofrendas ocurridas en su tumba. Justamente en 1602, la familia Borromeo –entonces liderada por Renato I, conde de Arona y hermano del cardenal Federico– comenzó a enviar reliquias de Carlos a figuras influyentes en la corte de Felipe III y al duque de Saboya. Uno de los primeros destinatarios fue Giacomo Mainoldi, regente milanés del Consejo de Italia, quien poco después regresaría a Milán como presidente del Senado.
Las celebraciones en honor a Carlos fueron, sin embargo, recibidas con cierta reticencia en Roma, sobre todo, en lo que respecta a los milagros atribuidos. Sin embargo, estas posiciones se suavizaron ante la evidencia de la gran afluencia popular al sepulcro borromaico y la aparición de numerosos fenómenos milagrosos: entre marzo de 1602 y enero de 1606, los custodios de la catedral de Milán registraron nada menos que 720 casos de gracias y milagros, de los cuales el 85% ocurrió solo entre 1602 y 1603 (465 casos, alrededor del 65%, en 1602; y 145, alrededor del 20%, en 1603). El 19 de diciembre de 1602, el vicario de Provisión –jefe del gobierno municipal– redactó una carta en la que encargaba al agente milanés en la corte de Felipe III que presentara la solicitud de apoyo a la canonización. Dicha petición iba acompañada de cartas dirigidas al rey, a la reina, al duque de Lerma (valido del rey), al condestable de Castilla (exgobernador del Estado de Milán y ahora presidente del Consejo de Italia) y a los regentes encargados de los asuntos milaneses en el mismo Consejo. Los elementos centrales de la petición eran la exaltación de la santidad de la vida del difunto, de las gracias y milagros que había otorgado tras su muerte, junto al hecho de que su tumba era un lugar de peregrinación donde los fieles dejaban ofrendas votivas, imágenes, dinero, ropa, telas lujosas, piezas de orfebrería y platería.
En este contexto, el cardenal Federico aprovechó que el jesuita Diego de Torres Bollo –procurador de la provincia de Perú a Madrid y a Roma– llegase a Milán en octubre de 1602. De allí el religioso fue a Roma, donde estuvo tres meses, para luego volver a Castilla por el mismo camino. El cardenal le encargó llevar a Felipe III unas reliquias de Carlo Borromeo. El mismo cardenal Federico, desde 1610 hasta su muerte en 1630, envió nada menos que 207 reliquias de su ilustre primo. En particular, en 1611, envió un fragmento de los ornamentos con los que Carlos había sido sepultado a Abbas I (1557-1629), shah de Persia, perteneciente a la dinastía Safaví. Este soberano, en busca de aliados contra el Imperio Otomano, había enviado a Europa (1609-1615) una embajada guiada por el inglés Sir Robert Shirley, que visitó las cortes del emperador Rodolfo II en Praga, de Felipe III en Madrid, del rey de Polonia y de Jacobo I Estuardo en Inglaterra, pasando también por Florencia, Milán y Roma, donde fue recibida por el papa Pablo V.
Es interesante notar que, en marzo de 1617, el jesuita Diego de Torres Bollo agradeció a Federico Borromeo el haberle donado cálices y objetos sagrados, pero, sobre todo, una reliquia de San Carlos y hasta una imagen – probablemente un cuadro – que estaba llegando al puerto de Buenos Aires. No fue el único caso de intercambio de dones a través del Atlántico: en 1621, el mismo jesuita recibió rosarios y otros objetos de culto del cardenal milanés, mientras que luego Diego de Torres le envió “un donecillo, aunque de pobre”, por medio del padre Francisco Vázquez, procurador de la provincia de Tucumán en misión en Roma. Además, en 1625, Diego escribió al cardenal milanés sobre el viaje a Italia del padre Christóbal García, procurador de la provincia del Perú, recomendándole que atendiera su deseo de visitar el cuerpo de San Carlos Borromeo. El jesuita también pidió al cardenal que mostrara a su compañero la “insigne librería”, es decir, la Biblioteca Ambrosiana de Milán, fundada por el cardenal en 1609, y todo lo que considerara digno de ser visto. Otro episodio de la difusión internacional de las reliquias de San Carlos se refiere a la ciudad de Lovaina, en los Países Bajos, donde en el año 1620 se proyectó construir una iglesia en su honor. El cardenal Federico entregó dos reliquias (un pedazo de esponja empapada en la sangre del santo y una dalmática usada por el fallecido arzobispo) a un mercader encargado de hacerlas llegar al historiador y filólogo Hendrik van der Putte, en estrecho contacto desde hacía tiempo con el ambiente cultural milanés.
Esta práctica, basada en el envío a soberanos, nobles y eclesiásticos del mundo católico –en su mayoría pertenecientes a la Monarquía Hispánica– de fragmentos de vestimentas y esponjas empapadas en sangre, continuó a lo largo de gran parte del siglo XVII. En particular, los arzobispos Cesare Monti (1630-1650) envió reliquias a 49 personas; Alfonso Litta (1652-1679), a nada menos que 215; y Federico Visconti (1681-1693), a 37. Una práctica, al mismo tiempo, de devoción contrarreformista y de reivindicación frente a todo el mundo católico del prestigio de la Iglesia de Milán, dotada de un rito propio, el ambrosiano –creado por San Ambrosio durante el siglo IV d.C. – y otro santo que representaba la “nueva” Iglesia de la Contrarreforma, incluso capaz de enfrentarse al monarca católico, como en su momento había hecho San Ambrosio con el emperador romano.
MASSIMO CARLO GIANNINI
Fuentes y bibliografía
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