Jesuitas: Isabel Roser
Giovanni Battista Nolli, Nuova pianta di Roma (1748), Real Academia de la Historia, Colección: Sección de Cartografía y Artes Gráficas — Signatura: C-065-004. En el n.º 859 aparece la Chiesa di Santa Marta con el Monasterio de las Agustinas (es la Casa de Santa Marta); ubicados frente al Collegio Romano de los jesuitas.
A pesar de que la Compañía de Jesús fuera una de las pocas congregaciones religiosas estrictamente masculinas, desde los orígenes de su fundación −en el año 1540− se produjeron numerosos intentos por parte de distintas mujeres para entrar a dicha congregación. De hecho, las primeras en conseguirlo fueron tres mujeres barcelonesas que siendo laicas trataron de hacerse ver como útiles de cara a la Compañía, al menos desde un punto asistencial −en este caso de redención de prostitutas− pero también para predicar el apostolado entre las conversas. Una de estas mujeres fue Isabel Roser, quien, junto a Inés Puyol, fue una de las personas que más apoyó a Ignacio de Loyola cuando este todavía no había viajado a Roma para fundar la Compañía. De hecho, la primera vez que Ignacio pisó la ciudad de Barcelona fue como un estudiante-mendigo camino de Tierra Santa donde pretendía afincarse. Finalmente, Ignacio de Loyola llegaría a hacer tres viajes a la ciudad de Barcelona, la cual acabó por convertirse, en palabras del padre Polanco, en la primera compañía “iñiguista” constituida.
Aunque verdaderamente se puede rastrear la intensa y continua relación epistolar entre Isabel Roser e Ignacio de Loyola desde la tercera incursión de este último en Barcelona (1528) fue verdaderamente a raíz del fallecimiento del esposo de Isabel (Pere Joan) en 1541 que podemos hablar de una auténtica entrega de esta a la Compañía. A partir de entonces, Isabel se ocupó de las finanzas familiares y destinó importantes sumas de dinero que invirtió no solamente en Ignacio sino en el proyecto jesuítico para que este lograse su tan ansiada oficialización en la Santa Sede. De hecho, a finales del año 1542 Isabel Roser ya estaba haciendo los preparativos para su viaje a Roma, contando previamente con el apoyo explícito de Ignacio de Loyola, con el objetivo de entrar a la Compañía de Jesús. Su llegada −junto a sus generosas donaciones− fue muy bien recibida en Roma por Ignacio y por la Compañía, pues entre otras cosas fue Isabel Roser quien ayudó a financiar la que sería la sede jesuitíca por excelencia en la ciudad eterna: La Iglesia de Il Gesù, cuya base sería por aquel entonces la Iglesia de Santa Maria della Strada[1]−se corresponde al n. º 108 del mapa−. Asimismo, mientras Isabel daba distintos pasos para lograr el objetivo con el que había llegado a Roma, esta optó por ocuparse de la Casa de Santa Marta (junto a otras tres mujeres barcelonesas: Isabel de Josa y Francisca Cruylles), institución promovida para asistir a mujeres que se dedicaban a la prostitución y que tenía el objetivo de asistirlas para que estas volvieran al “hogar conyugal” o entrasen en religión. Finalmente, el 24 de diciembre de 1545 Isabel Roser entró y formó parte de la Compañía hasta que en abril de 1546 se anularon sus votos y, poco después, se estipuló en sus constituciones que la misión jesuítica no era compatible con el sexo femenino; hecho que impedía la creación la tan ansiada rama femenina jesuita. En definitiva, aunque Isabel Roser mantuvo pleitos con la Compañía −no logrando su reingreso−, resulta indiscutible el legado material e inmaterial que dejó en la historia gestacional de los jesuitas, pues su experiencia junto a la de sus compañeras barcelonesas marcará la evolución de las relaciones que la Compañía estableció con las mujeres, quienes, a pesar de mostrar un claro apoyo y sustento a dicha congregación, jamás podrían ingresar en esta.
ANDREA LECHA GONZÁLEZ
[1] También se enumeran múltiples bienes que Isabel Roser donó a la Compañía para abasteder la Iglesia: “un frontal para el altar de satén blanco bordado con letras de oro con flecos de oro y seda; más una casulla de lo mismo con cruces de trenzas de oro; y estola y manípulo de lo mismo guarnecidas con oro y seda; y unas albas y ámitode cortina de cortina delgada, guarnecido con satén blanco y trenzasde oro y seda con el cordón de color blanco y amarillo…”. Antonio Gil Ambrona, «Mujeres en la Compañía de Jesús y otras aspirantes a jesuitas», en Ignacio de Loyola y las mujeres. Benefactoras, jesuitas y fundadoras (Madrid: Cátedra, 2017), 255.
Fuentes y bibliografía
Bataillon, Marcel. Los jesuitas en la España del siglo XVI. Valladolid: Junta de Castilla y León, 2010.
Burrieza Sánchez, Javier. «La percepción jesuítica de la mujer (siglos XVI-XVIII)». Investigaciones históricas. Época moderna y contemporánea, n.º 25 (2005): 85-116.
Gil Ambrona, Antonio. Ignacio de Loyola y las mujeres. Benefactoras, jesuitas y fundadoras. Madrid: Cátedra, 2017.