Jesuitas: Mary Ward
Anónimo [Grabado], Retrato de Mary Ward, Biblioteca Nacional de Austria, Bildarchiv und Grafiksammlung (POR): PORT_00007174_02
"The Painted Life", On October 10th 1619 Mary was in retreat and sought God with fervour, humility and great confidence to make known to her what He really is. She saw God enter into her heart and received the knowledge she had asked for. Congregatio Iesu.
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Mary Ward nació en el condado de Yorkshire −exactamente en Mulwith, su capital− el 23 de enero de 1585 como hija primogénita del matrimonio compuesto por Marmaduke Ward y Ursula Wright; hecho que entronca dinásticamente a Mary con la antigua aristocracia terrateniente inglesa. Asimismo, sus orígenes familiares marcarían su nacimiento y crianza en más de un sentido. En efecto, sus padres se habían retirado a una casa apartada de Mulwith con el fin de alejarse de las persecuciones que se estaban llevando a cabo en contra de los católicos en tiempos de Isabel I. Sin embargo, estos consiguieron bautizar, secretamente, a Mary; se dice que con las aguas del río Ure −de gran valor simbólico martirial para los católicos ingleses− en la catedral de Ripon, que por entonces era una Iglesia anglicana pero que aceptaba algunas celebraciones católicas. Al tiempo, Mary se fue a vivir con su abuela −quien había pasado catorce años en la cárcel por ser católica− a Ploughland. Allí, junto a su abuelo, Mary se crio hasta los catorce años en pleno aislamiento, siendo educada en la devoción a la Virgen María, la oración, el ayuno y las limosnas.
Si bien es cierto que sus padres −como era de esperar en la hija primogénita de un antiguo linaje aristócrata inglés− trataron de casarla, Mary rehusó completamente a esta idea. Inspirada por su confesor −perteneciente a la orden de los jesuitas− y las lecturas que este le recomendaba[1], comenzaron los preparativos para que Mary pudiera salir de Inglaterra y dedicarse por completo a la vida religiosa, lo cual era difícil pues las autoridades inglesas habían decidido instaurar un “cordón sanitario” que impidiera que los jóvenes viajaran para ser educados católicamente en el conteniente. Finalmente, la joven Mary pudo viajar en el año de 1606, consiguiendo llegar a Saint-Omer, ciudad que por entonces se encontraba en los Países Bajos españoles, gobernados por aquel entonces por Isabel Clara Eugenia y el archiduque Alberto. Saint-Omer se distinguía por ser una ciudad muy piadosa, con especial devoción a la Virgen, y por estar repleto de casas religiosas femeninas −franciscanas, terciaras, dominicas, clarisas, etc.−; ambiente que, según le había indicado su confesor, era el predilecto para que Mary escogiera en qué orden y convento sería mejor entrar. Aunque, en primera instancia, Mary decidió acogerse a la regla de Santa Clara como monja lega, en el momento en el que le tocó profesar optó por salir del convento con un objetivo todavía mayor: fundar un convento de monjas inglesas y clarisas. Corría el año 1607 y Mary contaba todavía con 22 años. Con tal fin, viajó a la Corte de los archiduques, quienes le dieron su beneplácito para la fundación, siendo Isabel Clara Eugenia la que denotó una mayor simpatía hacia el proyecto de la joven Mary Ward, a quien la cercanía a las clarisas pobres y los jesuitas no parecía en absoluto extraña, a partir de estrecho vínculo con las Descalzas Reales y el legado de su tía Juana de Austria, la “jesuita”. Y es que, una de las medidas que Mary quería imponer en su convento fue que los confesores de las monjas fueran jesuitas e iniciar su formación religiosa con los ejercicios de la Compañía de Jesús; medidas que no fueron aprobadas por el confesor de la infanta Isabel Clara Eugenia, el padre Andrés de Soto.
De este modo, comenzó la labor fundadora de Mary, quien empleó el dinero de su dote para costear dicho convento de clarisas en las Gravelinas. No obstante, Mary sufrió una revelación en la que Dios le anunció que su deber no era ser clarisa ni permanecer en aquel convento. Tras comunicarle a su confesor, el Padre jesuita Roger Lee, la conmoción sufrida, esta decidió dejar el convento que ella misma había fundado y volver a Inglaterra para ayudar a los católicos perseguidos, cuya situación se había recrudecido tras la famosa "Conspiración de la Pólvora". Allí, Mary sufrió un célebre episodio conocido como la “Visión de Gloria”, en la que tras mirarse al espejo, la religiosa supo que debía volver a los Países Bajos e iniciar una vida religiosa, pero que de ahí en adelante debía ser fuera de la clausura, lo cual no estaba bien visto en el mundo católico −en especial, para una mujer que sufría visiones "divinas"−. Mary decidió viajar a comienzos de 1610 a Saint-Omer, donde junto a otras cinco Damas Inglesas[2], decide “Tomar la misma [regla] de la Compañía [de Jesús]”, la cual debemos recordar que no contemplaba la creación de una rama femenina. En ese mismo año empezaron a educar a niñas a su cuidado, ciñéndose al método jesuita.
Finalmente, Mary y sus devotas compañeras decidieron −a raíz de sus continuos viajes a la capital inglesa− fundar en Londres una casa-residencia situada en Spitalfields, junto a las residencias de los embajadores de Flandes y de Venecia. Esta recibió la denominación de “Casa de Damas”, que con el tiempo acabó por convertirse en un centro para católicos, cuyo objetivo no era otro que crear un instituto para hacer apostolado en Inglaterra y prodigar desde allí el catolicismo. No obstante, la labor fundacional de Mary Ward no se detuvo en Inglaterra, sino que siguió avanzando por los Países Bajos, en las ciudades de Lieja, Colonia o Tréveris. Tarea que, efectivamente, no podía llevarse a cabo desde la clausura. Como se puede imaginar, no solamente la toma de los reglamentos de la Compañía de Jesús, sino también su forma de vida basada en predicar el apostolado, fuera de la clausura femenina, causó una gran controversia en la época. De hecho, los mismos jesuitas dudaban a la hora de calificar la actividad pastoral y fundacional de Mary Ward, de sus “Damas inglesas” y sus “Institutos”. En 1615 Mary decidió viajar a Roma para pedir la aprobación de su “Plan de Institutos”, donde se seguiría un modelo de vida femenina en comunidad pero sin clausura, basado en los reglamentos de la Compañía de Jesús, ante el Papa Pablo V. La negativa no tardó en llegar, en gran medida promovida por las quejas derivadas de la propia compañía y muchos sacerdotes católicos pertenecientes al clero secular inglés, quienes calumniaron a las “Jesuitesas” y el proyecto de Mary. En el año 1621, esta vez con cartas de recomendación de la gobernadora de los Países Bajos, Isabel Clara Eugenia, Mary Ward volvió a Roma para conseguir la confirmación de Gregorio XV. La confirmación tampoco llegó por parte del Papa siguiente, Urbano VIII. Mientras, Mary fundó otros colegios en Roma, Nápoles y Perugia para las hijas de las clases más populares. No obstante, a lo largo de 1625 y 1626 sus opositares consiguieron que se cerrasen los institutos que la “jesuitesa” había fundado en Italia. Esta reaccionó fundando otros tantos en Múnich, Viena y Presburgo. Finalmente, sus opositores crecieron y consiguieron que el 13 de enero de 1631 el Papa emitiera la Bula “Pastoralis Romani Pontificis” que suprimía y prohibía la comunidad pues “sus miembros estaban llevando a cabo muchas obras que eran indecorosas y totalmente inadecuadas para el sexo femenino y su débil intelecto, y eran ofensivas para la modestia femenina”. [3] El 7 de febrero de ese mismo año, Mary era encarcelada por la Inquisición en Múnich y acusada de herejía. Meses después, por intercesión del Papa, esta fue puesta en libertad y volvió a Inglaterra en 1637, donde residiría hasta su muerte en 1645.
No obstante, la labor fundacional y pedagógica de Mary sobrevivió a la religiosa, pues los institutos y la labor de enseñanza de las Damas Inglesas pervivió en distintas fundaciones −Roma, Múnich, Augsburgo, etc.−. En 1877 fue aprobado como una Congregación de derecho pontificio el Instituto de la Bienaventurada Virgen María y Ward volvió a ser reconocida como fundadora. Si bien es cierto que el caso de Mary Ward no es el único. Por ejemplo, previamente tenemos el acercamiento de Juana de Lestonnac a la Compañía de Jesús y de nuevo, el reclamo de una fundación pedagógica; además de que en el siglo XVII ya existían otras organizaciones femeninas en Flandes que funcionaban bajo las normas jesuitas. No obstante, los estudiosos recalcan que la labor de Mary Ward generó algo nuevo dentro de la Iglesia católica, pues esta pretendía la fundación de una estructura a gran escala, sin normas que atasen a las mujeres a la clausura y con un modelo de toma de decisiones centralizado que permitiera el correcto funcionamiento y expansión de su "Plan de Institutos". Si bien es cierto que el proyecto no prosperó en vida de su fundadora, no podemos dejar de lado la iniciativa y capacidad que tuvo la "jesuitesa" a la hora de seguir fundando institutos, cuya red llegó a extenderse en Inglaterra, Países Bajos e Italia. Por ende, la figura de Mary Ward nos permite, de nuevo, apreciar la iniciativa de estas mujeres ansiosas por participar en la reforma del catolicismo no solamente desde los muros de la clausura sino también a partir del patronazgo religioso y de la adopción del apostolado como estrategia.
ANDREA LECHA GONZÁLEZ
[1] Concretamente The Spiritual Combat del teatino italiano Lorenzo Scupol, que según la propia Mary Ward declara en su autobiografía, fue el “mejor maestro e instructor que he tenido en ejercicios espirituales durante muchos años, y una, tal vez, de las más grandes ayudas que hasta ahora he tenido en el camino de la perfección”. Alfredo López Amat, Mary Ward. El drama de una pionera (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1990), 28.
[2] Una vez llegadas a Saint-Omer se sabe que fueron siete en total: Winefrid Wigmore, Susan Rookwood, Catherine Smith, Jane Brown, Mary Poyntz, Barbara Ward -hermana de Mary- y Barbara Babthorpe.
[3] Ursula Dirmeier, En la presencia de Dios. Espiritualidad de Mary Ward (Madrid: IBVM, 2016), 16.
Fuentes y bibliografía
Dirmeier, Ursula. En la presencia de Dios. Espiritualidad de Mary Ward. Madrid: IBVM, 2016.
Javierre, José M. y María de Pablo-Romero. La Jesuita. Mary Ward. Mujer rebelde que rompió moldes en la Europa del XVII. Madrid: Libros Libres, 2002.
Littlehales, Margaret M. Mary Ward (1585-1645). Mujer siempre actual, traducido por M ª Teresa Segarra Soler. San Sebastián: s.n, 1975.
López Amat, Alfredo. Mary Ward. El drama de una pionera. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1990.