Proyectos de Investigación

Hospedería de San Jacinto de los Chinos

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Vista de la fachada de San Jacinto en 2019.


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Estatua de Miguel de Benavides en la Universidad de Santo Tomás de Aquino de Manila que el mismo fundó.


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Biombo del Sello Real. Museo de América de Madrid.

Los biombos que circularon y que fueron producidos en Nueva España son ejemplo de la difusión de objetos, motivos y técnicas asiáticas en México, así como de los procesos de hibridación cultural que ocurrían en espacios como San Jacinto.


Detalle de espacios y patios interiores, 2019. Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles de México.


Enlaces

 

[Mapa] La Geografía de la Misión Dominica y la centralidad de San Jacinto.

[Vídeo]: Ex Hospicio de San Jacinto, 2023.

Fundación Antigua Escuela de Medicina Veterinaria.

Edificio del Antiguo Hospicio en la Guía del Patrimonio Científico y Tecnológico de la Ciudad de México.

Edifico del Antiguo Hospicio en Catálogo Nacional de Monumentos Histórico Inmuebles de México.

 


“A media legua de la ciudad [de México], hacia el pueblo de Tacuba” se situó durante más de dos siglos el hospicio de San Jacinto. Bajo la jurisdicción de los dominicos de la Provincia del Santísimo Rosario de Filipinas, la hospedería constituyó un nexo entre Europa y Asia a través de América, conectando así tres de las cuatro partes del mundo. Su fundación, consagrada al famoso santo dominico canonizado en 1594, tuvo como objetivo servir de estancia a los frailes que, llegados desde Castilla, debían esperar la salida del Galeón Manila para alcanzar Filipinas. El edificio, actualmente sede de la Antigua Escuela de Medicina Veterinaria, estuvo vinculado desde finales del siglo XVI a la historia de la movilidad religiosa y de la acción de mediación y difusión cultural ejercida por los dominicos de Filipinas[1].

La Corona, deseosa de evangelizar Filipinas y expandir la fe hacia los grandes reinos asiáticos, sufragaba las expediciones de los frailes hasta Manila, aunque los recursos que aportaba eran insuficientes. Una de las etapas más costosas era la espera a la salida del Galeón, cuando los dominicos que pasaban a Filipinas debían hospedarse en los conventos de la Orden en México. Sin embargo, que los anfitriones fueran sus hermanos de hábito, no significaba que los frailes estuvieran exentos de pagar por la estancia y los alimentos que consumiesen. Unos costes que difícilmente se cubrían con las ayudas aportadas por la Corona. Paliar esta situación fue el primer argumento esgrimido en 1598 por Miguel de Benavides, obispo de Nueva Segovia[2], para pedir el permiso del virrey de México para fundar un hospicio perteneciente a la Provincia del Santísimo Rosario en Nueva España. Obtener una casa propia conllevaría un ahorro considerable a largo plazo para la Corona y una mejora de las condiciones para los frailes que viajaban a Filipinas.

Por otro lado, los vicarios de las órdenes religiosas, encargados de guiar a los hermanos que iban por primera vez a Filipinas, se enfrentaban con asiduidad a la deserción de parte de la expedición. En Nueva España, los frailes conocían las precarias condiciones de la presencia castellana en Asia, al mismo tiempo que disfrutaban de la abundancia y relativa liberalidad con que vivían sus hermanos mexicanos. También tomaban consciencia de lo improbable que era que consiguiesen penetrar en los destinos deseados, China y Japón. Unas ideas infundadas que los vicarios utilizaban para reclutar misioneros en la Península[3]. Todo ello, sumado a los miedos relativos al peligroso viaje a través del Pacífico, hacía que muchos frailes desertasen. Esto generaba problemas con una Corona que veía su dinero malgastado y para unos dominicos que encontraban harto complicado poblar su Provincia asiática. Por ello, la hospedería no sólo se pensó para ahorrar costes, también para aislar a los misioneros enviados a Filipinas de sus hermanos mexicanos y evitar así que conociesen estas realidades[4].

Apoyado en estos argumentos, Benavides consiguió la aquiescencia del virrey de México, el conde de Monterrey, junto con 2.000 pesos para fundar una hospedería bajo la jurisdicción de los dominicos de Manila. En 1599 Diego de Soria, enviado a la Península como procurador[5] de los dominicos de Filipinas y puesto sobre aviso por Benavides, aprovechó su estancia en México para continuar con las gestiones de la fundación. Fue Soria quién compró una “casa y huerta […] a media legua de la ciudad [México], hacia el pueblo de Tacuba”, en el camino hacia Acapulco, donde se fundó el hospicio de San Jacinto. En 1603, al volver a Filipinas, el nuevo obispo de Nueva Segovia (Soria había ocupado el puesto de Benavides, quien había sido ascendido a arzobispo de Manila), ultimaba los trámites para asegurar la situación del hospicio.

Pese a todo, la ayuda económica aportada por el virrey fue utilizada por la Audiencia de México y los contrarios a la fundación de un hospicio bajo jurisdicción ajena (entre los que se encontraban algunos dominicos mexicanos), para ganar influencia sobre la hospedería. A esto hubo de enfrentarse Diego Aduarte en sus estancias en México, mientras iba y venía entre Filipinas y Castilla, en 1605 y 1607, consiguiendo la aprobación de la fundación por la Audiencia y el arzobispo. Sin embargo, los intentos del provincial dominico de México por extender su influencia sobre el hospicio no acabaron hasta 1611, cuando Aduarte elevó el problema al General de la Orden en su visita a París. De esta forma, la jurisdicción de la provincia filipina sobre el hospicio quedaba sancionada por el General, a través de este por el papa y, poco después, por el Consejo de Indias.

Desde entonces, el hospicio de San Jacinto no sólo sirvió de escala para las expediciones dominicas a Filipinas, sino que se convirtió en un centro de formación de religiosos y de difusión de la cultura, lengua y saberes chinos y filipinos en Nueva España. Imponían a los misioneros el estilo de vida que llevarían en Filipinas y llevaron “esclavos chinos”[6] que, además de servir a los frailes, actuaban como mediadores culturales, contribuyendo a su formación en las lenguas, usos y tradiciones asiáticas. Por último, el hospicio también actuó como difusor de la materialidad asiática a través de los objetos que llegaban de Filipinas y del trabajo realizado por algunos de los esclavos.

El hospicio continuó creciendo durante los siglos XVII y XVIII, adquiriendo nuevas propiedades y aumentando sus ingresos hasta el punto de que San Jacinto contribuía al mantenimiento del convento de Manila. En cualquier caso, la independencia de México vino a sancionar el final de la hospedería, que fue requisada por el nuevo gobierno hasta que decidió comprarla oficialmente en 1837. Con el dinero obtenido, la Orden creó el noviciado del convento de Ocaña en España, en el que desde entonces se formaron los dominicos enviados a Filipinas y China.

Durante sus más de dos siglos de existencia, San Jacinto de los Chinos, como acabó siendo conocido, fue testigo de la movilidad religiosa existente en los mundos ibéricos de la Edad Moderna. Los restos de su edificio constituyen un mudo vestigio de las conexiones que las órdenes religiosas establecieron entre las cuatro partes del mundo. San Jacinto fue un vehículo para que Asia, América y Europa se conociesen mutuamente como mediador en el que convergían y se difundían las culturas de esos tres espacios.

 

ÁNGEL GARCÍA RUBIO  

 

[1] Hospedería y hospicio se usan indistintamente para referirse a San Jacinto en la documentación. Sin embargo, nunca actuó como hospicio, acogiendo a húerfanos o personas desvalidas. Se usaba el término debido a que no podían constituir un convento pues interfería en las jurisdicciones de las provincias mexicanas.
[2] Benavides, hijo del convento de San Pablo de Valladolid, fue uno de los dominicos que participó en la primera expedición a Filipinas en 1587. Se encargó de la predicación entre los chinos de Manila, aprendiendo su lengua y protagonizando los primeros intentos de penetrar en el Imperio Celeste. En 1593 volvió a la Península junto con el obispo Domingo de Salazar. Allí estuvo hasta 1597 consolidando la presencia de su Orden y preparando expediciones. De las tres que organizó, en la primera partían a Filipinas Diego Aduarte y Gabriel de San Antonio y, en la última, partía el mismo, nombrado obispo de Nueva Segovia,iniciando en 1598 los trámites de la fundación del hospicio durante su estancia en México.
[3] Los destinos de China y Japón eran utilizados como cebo para reclutar misioneros por dominicos, franciscanos y agustinos.
[4] Otra órdenes también fundaron hospederías bajo la jurisdicción de sus provincias filipinas.
[5] Todos los religiosos que participaron en la fundación de la hospedería lo hacían como procuradores de su provincia, figura fundamental para entender la movilidad religiosa y las redes globales de las órdenes.
[6] El termino "chino" o "de la China" se usaba en México para referir cualquier persona o cosa que proviniese de Asia vía Filipinas.

Fuentes y Bibliografía

Fuentes

Aduarte, Diego. Historia de la Provincia del Sancto Rosario de la orden de predicadores en Philipinas, Japón y China. Manila, Colegio de Sancto Tomás: Luís Beltrán, 1640.

Archivo General de Indias (AGI)

Filipinas, 27, n. 33.

Filipinas, 79, n. 37.

Filipinas, 79, n. 39.

Filipinas, 79, n. 75.

Filipinas, 85, n. 9.

México, 24, n. 21.

México, 24, n. 31.

Patronato, 47, r. 2.

 

Archivo Histórico Nacional (AHN).

Códices, libro 581.

Códices, libro 583.

Códices, libro 584

 

Bibliografía

Gemelli Careri, Giovanni Francesco. Viaje a la Nueva España. Estudio preliminar, traducción y notas de Francisca Perujo. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2002.

Medina, Miguel Ángel. «San Jacinto de México entre España y Filipinas» en Los Dominicos en el Nuevo Mundo. Siglos XIX-XX. Actas del V Congreso Internacional, Querétaro, Qro (México). Salamanca: Editorial San Esteban (1997): 107-134.

Ojeda Corzo, Ramón. «Fray Antonio González de Acuña. Procuraduría de un dominico limeño en Europa». Studia histórica. Historia Moderna, nº45(1) (2023): 213-238.

Seijas, Tatiana. Asian Slaves in Colonial Mexico. From Chinos to Indians. Nueva York: Cambridge University Press, 2014.