Proyectos de Investigación

Carmelitas Descalzas: Jerónima del Espíritu Santo

Enlaces

Diccionario biográfico italiano


Natural de Zamora, hija de Francisco Alonso de Acevedo, y de doña Isabel de Villalobos, profesó junto a su hermana Guiomar del Sacramento el 16 de enero de 1576, en el Convento de Carmelitas Descalzas de Salamanca. Durante su estancia en el cenobio, conoció a santa Teresa de Jesús, quien “la amó mucho y la escogió, a pocos años de profesa, para priora de Malagón”[1]. Permaneció en este cargo hasta el año de 1590, momento en el que, acompañada por Marcela de San José, María de San Jerónimo y Jerónima de San Pedro, llevó a cabo la fundación en Génova del Monasterio de Jesús y María, del que fue priora tres años.  El séquito carmelita zarpó del puerto de Barcelona acompañado de Magdalena Centurión, viuda de Agustín Spínola, que decidió tomar los hábitos antes de partir. Esta, de orígenes italianos, además de liderar económicamente la fundación del que fue el primer convento femenino del Carmelo Descalzo en Italia, ascendió al cargo de priora tras la vuelta de Jerónima del Espíritu Santo a Madrid en 1594.

Pese a que la estancia en Génova de Jerónima del Espíritu Santo solamente se prolongó durante tres años, su labor en la expansión de la comunidad ha quedado recogida en algunos escritos de la orden como Reforma de los descalzos de Nuestra Señora del Carmen, de la primitiva observancia hecha por santa Teresa de Jesús en la antiquísima religión fundada por el gran profeta Elías, de José de Santa Teresa impresa en 1683. Por ejemplo, en esta se incluyen las palabras del padre Felipe de Jesús, confesor de la priora:

 “fue una religiosa en quien Dios puso gran plenitud de sus dones. Resplandeció en sumo grado en una vida de grande observancia y religión. Confeséla y tratéla muchos años, y sé que tuvo berbo veto de hacer todas las cosas con la mayor perfección que ella alcanzar podía. Los favores en la guarda de sus obligaciones eran tan grandes, que excedía a la vida ordinaria con tantas ventajas que se echaba de ver la particular asistencia del Espíritu Santo en su alma. Guardó y conservó siempre los alientos del noviciado, aunque mejorados con una aventajada caridad y ejercicio de virtudes […]”