Actividades, congresos y jornadas

Mª Victoria Atencia traducida a 28 lenguas UCM

Memoria de las casas y los pájaros

María Victoria Atencia en la UCM

La Facultad de Filología de la UCM rinde homenaje a la poeta malagueña Mª Victoria Atencia con la traducción de sus poemas a 28 lenguas que se imparten en sus aulas, en recuerdo del Día de la Poesía 2020

 


  • Árabe (por Omar Salem Ould García)

  • Búlgaro (por Zhivka Baltadzhieva)

  • Catalán (por Marta López Vila)

  • Checo (por Eva Hlaváčkova)

  • Chino (por Consuelo Marco Martínez)

  • Coreano (por Mi Gang Chung)

  • Danés (por Rafael Rodríguez Sánchez)

  • Eslovaco (por Salustio Alvarado y Renáta Bojničanova)

  • Esperanto (por Jorge Camacho Cordón)

  • Euskera (por Leire Bilba)

  • Finés (por Sarri Vuorisalo-Tiitine)

  • Francés (por Henri Berger Martín)

  • Gallego (por Paula Cousillas)

  • Griego (por David Hernández y Haris Papoulia)

  • Hebreo (por Nomi Drachinsky)

  • Húngaro (por Gergő Tőth)

  • Inglés (por Beatriz Villacañas)

  • Italiano (por Leonardo Vilei)

  • Latín (por Vicente Cristóbal López)

  • Neerlandés (por Sacha Bleu)

  • Noruego (por Bente Teigen Gunderse)

  • Persa (por Saeid Hooshangi)

  • Portugués (de Portugal) (por María Colom)

  • Portugués (de Brasil) (por Sandra Aparecida Teixeira de Faria)

  • Rumano (por Alba Diaz Villanueva)

  • Ruso (por Svetlana Maliavin)

  • Serbio (por Jasna Stojanovic)

  • Turco (por Sibel Boray)



Introducción

MªVictoria Atencia: El mundo contemplado

 

            Intentar escribir sobre aquello que, por naturaleza, tiene una identidad indefinible y extrañamente lejana es una aceptación de que todo puede quedarse en eso: un mero intento. Pero es la escritura aquello a lo que debemos aspirar para permanecer. Decía María Zambrano que “escribir viene a ser lo contrario de hablar”. Y todo porque el hablar es ese decir transitorio condenado a no permanecer. Y sólo libera aquello que es perdurable, como la escritura. Por ello, abrir con estas palabras esta antología de poemas de María Victoria Atencia no desea ser más que una huella, un deseo de permanencia en ese lugar tan inexistente y que nunca llega como es el futuro.

            El mundo de M.V., título que he elegido para este prólogo, responde, también, al de uno de sus libros, escrito en 1978. Pero ese mundo que comienza a observarse a través del acto de escritura desea ser desvelado, entreabierto, como una extraña flor que viniera de lejos a decirnos lo que somos.

            Si hay algo que late de manera constante en la poesía de María Victoria Atencia es la contemplación. Existe en su poesía una mirada lenta, silenciosa, profunda, quizás una mirada como sólo las cosas que pertenecen a la vida necesitan ser miradas. Pero también a esa vida que ya no está, que se contempla como recién llegada de un país lejano y tenemos que reconocer. Escribe María Victoria Atencia en su poema “Mujeres de la casa”: “Si alguna vez pudieseis volver hasta encontrarme / (bordados trajes, blancas tiras, encañonados / filos para el paseo, palomas de maíz, / 28 de noviembre, calle del Ángel, 2), / mujeres de la casa, / cómo os recibiría, ahora que os comprendo.” Hay en estos versos un encuentro con lo que fuimos y que, en la distancia, hemos necesitado conocer, saber, intuir, tocar. Y es que la mirada poética de María Victoria Atencia no se concluye nunca, es un eterno fluir del pasado como una presencia más del presente, un reconocimiento de aquello que somos por aquello que se quedó dormido en un tiempo atrás, en estancias nuestras pero ya vacías, en objetos que se encuentran o nos encuentran. Todos alguna vez hemos sido, somos, ese lapicero gastado que aparece, por sorpresa y abandonado en un cajón, en el estuche de nuestra infancia y con el que comenzamos a trazar nuestras primeras sílabas, nuestra ternura primera.

            Hay en este mundo de M.V. un itinerario que es una premonición del pasado, una escritura que no deja de despedirse de las cosas y, sin embargo, las ama aún. Toda la escritura entra en comunión con una naturaleza que la arrastra, cambiando todo de lugar.

La asunción de la mutabilidad de las cosas, de la desaparición de las personas y su transformación posterior en hermosura y voz es algo que sólo poetas de la altura de María Victoria Atencia pueden llegar a alcanzar. Son inolvidables estos versos de su poema “Elegía por un niño”: “Estarán aguardándome en vano donde siempre / las cosas en que entraba mi diaria alegría, / pero mientras mi madre pone en orden mi ropa / en sus armarios, tengo frío aquí, y estoy solo. // Quienes penséis que a un niño no le agobia la tierra / sabed cuánto le duele la que sirvió a mi hechura, / y el recuerdo del último desayuno en la casa / que aún me tiene una gota amargando en los labios”. Existe en estos versos una dolorosa ternura, una percepción de la muerte como algo conciso, evidente, pero donde también desde el vacío de la ausencia se escribe. Y recuerdo, también, su poema “Cuerpo a tierra”: “El viaje comienza -y lo que importa es eso- / no sé dónde. Esa ropa / ¿será un inconveniente? Nos puede hacer un frío / imprevisto y mortal, o dejarnos el alma derretida en sofoco. / Está cerca el aljibe con sus aguas. Nos llega / suavemente su oreo / aunque las aguas tengan, y es lógico, otro oficio. / Alguien me espera lejos, como una muerte súbita / que de pronto se alzase con mi nombre de pronto.”

A lo largo de la trayectoria poética de María Victoria Atencia vemos algo con mucha claridad: sus versos no buscan simplemente mostrarnos el mundo como si fuera una contemplación que no pudiera leerse. El mundo contemplado de M. V. está meditado, sentido, asumido; hace que todo lo enseñado pueda formar parte de aquella persona que se acerque a él. Su poesía es un “cuando”: cuando pasa el tiempo, cuando las cosas regresan a nosotros, cuando miramos a una silla vacía, cuando nos acercamos al curso de un río y tocamos el agua que no para. Es ese frío, ese calor de la casa habitada que se convierte en un cosmos de sentido y desvelado como una flor abierta por primera vez, estremecimiento helador de contemplar una fotografía donde siempre falta alguien, su sonrisa.

Es comprender el vuelo de los pájaros y el sonido del aire. Y contemplarlos:

 

LOS PÁJAROS

Los pájaros también, los pájaros que eran

como una reflexión que mantuviese

suspensa de las alas su respuesta, los pájaros

y, a su modo, los árboles

que añaden cada año un palmo a su estatura

como quien desconoce su temporalidad amenazada.

Podría proponerles mi condición efímera a cambio de la suya

como si muchos años de luz tomasen cuerpo y yo estuviera

siendo su vuelo y tiempo y sitio, hasta que me alcanzase

el necesario toque de la gracia.

 

 Que este poema de M.V. nos alcance a todos. Y nos diga.

 

Marta López Vilar