Saberes corográficos
F. JAVIER ÁLVAREZ GARCÍA
Monsart, Henri de Feynes, conde de, An exact and curious survey of all the East Indies, even to Canton, the chief city of China, de Henri de Feynes, conde de Monsart (trad. de Jean Loiseau de Tourval). Londres: Thomas Dawson, 1615.
BUCM (Biblioteca Histórica – Fondo Francisco Guerra): BH FG 3027
ALEJANDRO SELL MAESTRO
Henry de Feynes, conde de Monsart, llegó a China en 1609. Considerado el primer francés en pisar los dominios del Imperio Celestial y, además, el líder de la primera expedición promovida, en principio, por un soberano francés, desde que en el siglo XIII Luis IX amparara el viaje del flamenco Guillaume de Ruysbroek a la corte del Gran Khan, su origen y su trayectoria vital anterior permanecen sumidos en la oscuridad. Ni siquiera está claro que, como se ha sugerido, Enrique IV de Francia financiara esta expedición. Tales eran las dudas que, al regresar a París y componer la relación de su periplo, pocos se creían que lo referido en ella fuera veraz. Hubo que esperar a que algunos de los aventureros que le siguieron, como Jean Mocquet o François Pyrard, confirmaran que, en efecto, la mayor parte de las informaciones contenidas en su narrativa eran ciertas y contrastables con facilidad. Llama la atención, y todavía más si fuera cierto que esta misión oriental se emprendió bajo el patronazgo del monarca francés, que la narrativa resultante del viaje saliera antes a la luz en Inglaterra que en Francia. La versión francesa no se publicaría hasta 1630, quince años después de que un conterráneo, Jean Loiseau de Tourval, la tradujera al inglés y la imprimiera en Londres con el título de An Exact and Curious Survey of all the East Indies, even to Canton, the chef City of China. Con todo, esta aparente contradicción empieza a difuminarse tan pronto como el traductor reconoce en su dedicatoria que es un hugonote de madre inglesa y que recibió el encargo y las informaciones directamente de boca del propio Monsart. Aunque arguye que versionó el tratado con el objetivo de paliar la escasez de publicaciones sobre Asia en Inglaterra, tampoco convendría descartar que simplemente estuviera convencido de que esta obra surtiría un mayor efecto en el marco inglés que en el francés. No en vano, así como Francia carecía de una armada consolidada, Inglaterra disponía, aunque todavía en una fase incipiente, de un contingente naval financiado en gran parte por capital privado, el mismo capital que algunos años antes facilitaría la creación, en 1600, de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales. Establecida con el objetivo de gestionar el comercio en el mercado oriental, en apenas quince años sus navíos habrían protagonizado ya nueve expediciones de reconocimiento a lo largo de la costa índica africana y asiática hasta alcanzar el puerto japonés de Hirado en 1613. Parecía lógico, en consecuencia, que toda la información proporcionada por el propio Monsart, que incluye no solo informaciones etnográficas de territorios como Persia, el Indostán, Camboya y China, sino también datos de interés relacionados con los recursos naturales y el tratamiento recibido por los cristianos en cada región, resultaran tanto más útiles para quienes, gracias a la iniciativa y a los medios necesarios, ya avanzaban hacia la implantación de aquel régimen de dominio extraeuropeo de base protestante que venía impulsándose con más fracasos que éxitos desde la época isabelina.
The voyages and adventures of Ferdinand Mendez Pinto, a Portugal, during his travels for the space of one and twenty years in the kingdoms of Ethiopia, China, Tartaria, Cauchinchina, Calaminham, Siam, Pegu, Japan, and a great part of the East-Indies, de Fernão Mendes Pinto (trad. de H. C. Gent.). Londres: John Macock, 1663.
BUCM (Biblioteca Histórica – Fondo Francisco Guerra): BH FG 2906
ALEJANDRO SELL MAESTRO
Si ya en su tiempo los coetáneos de Monsart dudaron de la veracidad de sus informaciones, del aventurero portugués Fernão Mendes Pinto (c. 1510-83) se llegó a difundir un juego de palabras con su nombre que le tildaba de embustero, “Fernão, Mentes? Minto”, esto es, “Fernando, ¿mientes? Miento”, dando a entender que el relato de su “peregrinación” a Asia, publicado en Lisboa con carácter póstumo (1614), era asimismo poco creíble. Menos oscuros eran, en cualquier caso, tanto sus orígenes como los motivos de su viaje. Nacido en una decadente familia de fidalgos conimbricenses, en su juventud fue enviado por un tío a servir en la casa del bastardo regio Jorge de Lencastre y, de ahí, en la armada real portuguesa (1537). Este salto le permitió emprender sus viajes a la India portuguesa, a los que siguieron otros posteriores a Malasia, China, Japón, las Molucas, Java y Siam, regresando en 1558 con un bagaje repleto de hazañas. Si de Monsart, de nuevo, se desconoce su ocupación precisa, a Mendes Pinto, por el contrario, podría considerársele un agente polifacético: soldado, emisario, traficante e incluso, desde 1554, jesuita y benefactor de las misiones de la Compañía en Oriente. Su principal meta bajo cada categoría era, en esencia, la misma: recabar toda una serie de informaciones corográficas acerca de las Indias Orientales que incluso terminaron resultando atractivas para la Inglaterra cromwelliana. Considerando que esta de 1663 es la segunda edición de la traducción inglesa de The voyages and adventures of Ferdinand Mendes Pinto, y que la original data de 1653, a primera vista se podría relacionar su publicación diez años atrás con la génesis de lo que, a partir del año siguiente, se materializaría en la fracasada expedición de Oliver Cromwell contra Santo Domingo. Sin embargo, sendos motivos permiten descartar este argumento. Por un lado, Oriente nunca despertó realmente el interés del Protectorate. Por otro lado, esta obra fue dedicada, no por su anónimo traductor, sino por su impresor, Henry Cogan, a la protección de William Wentworth, segundo conde de Stafford, que no era otro que el hijo y heredero de Thomas Wentworth, primer conde de Stafford, esto es, el favorito del monarca inglés Carlos I Estuardo durante su Personal Rule. Alguien, en consecuencia, opuesto al régimen cromwelliano y al que solo recientemente se le había permitido regresar a Inglaterra. Más indicativo del propósito antirrepublicano de esta traducción es el tratamiento brindado al dedicatario: no solo es alguien opuesto al Lord Protector, sino equiparable a significativos estadistas como el cardenal Richelieu o el “arzobispo de Toledo”. Si la versión francesa iba dirigida al primero y la versión castellana, supuestamente al segundo (aunque en este último caso parece que hubo una interesada confusión), no había motivos para que la inglesa no le fuese encomendada a Stafford, que es presentado, de hecho, como el heredero político de su padre. De igual manera que Cromwell apostaría por el Western Design, él, por efecto de la “nobleza de su estirpe” y “con mucha esperanza”, tenía que aspirar a promover un “Eastern Design”, el mismo que se comenzaría a materializar bajo el patronazgo directo de la Corona con la Restoration. Solo se entendería así que The voyages fuera reeditado en 1663 en la coyuntura del mayor interés por avanzar en la colonización inglesa de Oriente tras el matrimonio de Carlos II Estuardo con la infanta portuguesa Catalina de Braganza y su consiguiente apropiación de los enclaves de Tánger y Bombay.
The voyages and travels of the ambassadors sent by Frederick Duke of Holstein, to the Great Duke of Muscovy, and the King of Persia, 2ª ed., de Adam Olearius (trad. de John Davies). Londres: John Starkey, 1669.
BUCM (Biblioteca Histórica – Fondo Francisco Guerra): BH FG 2829
ALEJANDRO SELL MAESTRO
En el mismo contexto geopolítico que la anterior obra, originalmente en 1662, salió a la imprenta en Londres la versión inglesa del relato sobre las dos expediciones que envió el duque Federico III de Holstein-Gottorp al Gran Ducado de Moscovia y a Persia durante la década de 1630 con el objetivo de alcanzar acuerdos comerciales con ambas potencias. De carácter heterogéneo, estas embajadas estuvieron integradas tanto por cortesanos como por agentes de negocios y académicos, lo que da a entender que los alemanes pretendían completar su prospectiva alianza mercantil con una alianza también política y con la recopilación de noticias vinculadas con la etnografía y la cultura oriental. El encargado de emprender estas tareas no fue otro que Adam Olearius (1603-71), y en su condición de secretario para ambas embajadas. Matemático, bibliotecario y geógrafo, este individuo encarnaba las aptitudes idóneas para su oficio en el seno de la representación, tanto más deseables en el nuevo sistema geopolítico posterior a las paces de Westfalia. Sacando provecho de su aventajada posición a la sombra del embajador, pero también del propio beneficio de no hallarse sometido a las reglas del ceremonial, el secretario debía aspirar a convertirse en el enlace propicio entre la embajada y aquellos agentes informales que rondaban la corte de acogida, que eran, a su vez, los más tendentes a proporcionar unas informaciones libres de censura. Si a todo esto se suman, como es el caso, las adecuadas aptitudes escriturarias inherentes al oficio, no extraña que muchos secretarios acabaran componiendo crónicas corográficas basadas en sus experiencias en el extranjero. La versión inglesa del testimonio de Olearius, como la traducción de la narrativa de Mendes Pinto, fue publicada en Inglaterra para alentar el comercio inglés en Oriente. Su autor, el galés John Davies, no se anduvo con rodeos: además de encomendar la obra a un destinatario colectivo, esto es, los comerciantes ingleses interesados en el comercio con Rusia y Persia, adujo que era “el momento propicio” para publicarla dado que “este reino y sobre todo esta ciudad [Londres], empieza a dispersar a sus industriosos habitantes y las alas del comercio hacia los cantones más lejanos del mundo”, haciendo referencia, por supuesto, a las ambiciones expansionistas potenciadas por el acuerdo, en ese mismo año (1662), de la beneficiosa alianza anglo-portuguesa. Davies no consideró oportuno cambiar su dedicatoria de cara a la reedición de 1669 porque las intenciones de Inglaterra seguían siendo las mismas. Las que sí habían evolucionado habían sido las relaciones bilaterales con Suecia y, en consecuencia, con su estrecho aliado el ducado de Holstein, como resultado de la reciente materialización de la Triple Alianza inglesa, sueca y holandesa contra las ambiciones territoriales de Luis XIV. Esto explicaría quizás que se volviera a editar la narrativa de los viajes de Olearius.
A relation of two several voyages made into the East-Indies by Christopher Fryke, surg[eon]. and Christopher Schewitzer, de Christoph Frick y Christoph Schweitzer. Londres: Daniel Browne et al., 1700.
BUCM (Biblioteca Histórica – Fondo Francisco Guerra): BH FG 2991
ALEJANDRO SELL MAESTRO
Dos narrativas de sendas expediciones, en este caso, a las Indias Orientales fueron las que tradujo al inglés un autor anónimo a partir del original neerlandés para presentarlas al público londinense en 1700. Se trata de los respectivos viajes emprendidos al servicio de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales por el cirujano Christoph Frick y por el camarero Christoph Schweitzer en las décadas de 1670 y 1680. Entre 1680 y 1686, el primero se integró en la tripulación de un navío que bordeó las costas de África y visitó las islas Mascareñas, India y Java antes de llegar a Japón, mientras que el segundo, unos años antes, entre 1675 y 1683, solo había alcanzado hasta la isla de Ceilán, donde permaneció mucho tiempo recabando información detallada acerca de la etnografía y la naturaleza del lugar. Cargados de noticias sobre animales fabulosos, caníbales y calamitosos naufragios, el carácter variopinto, dinámico y, en cierta medida, maravilloso de estos relatos recuerda a los de Monsart y Mendes Pinto. Quizás es precisamente este el motivo principal por el que el traductor lo consideró atractivo para el público inglés, pero no convendría descartar otros factores de índole pragmática. Como Monsart, Mendes Pinto y Olearius, Frick y Schweitzer contaban con una ventaja en su condición de transmisores de información: se encontraban desligados, cuando menos, de la oficialidad en general y, en particular, de los rigores del ceremonial al que, por su rango superior, estaban sometidos los representantes de las embajadas. En su condición de agentes intermedios, se erigían en enlaces privilegiados entre sus oficiales y las esferas más informales con los que estos no tenían tanta oportunidad de comunicar. En este caso, Frick y Schweitzer, como cirujano y camarero en respectivos navíos y, en consecuencia, integrados en sus tripulaciones y plenamente conscientes de lo que acontecía en su seno, disfrutaban de un acceso libre a informaciones variadas que podían llegar a interesar a las autoridades inglesas. No en vano, en un marco específico, como era el del tránsito del siglo XVII al XVIII, en el que la Compañía Inglesa de las Indias Orientales estaba pasando por horas bajas, con la reciente derrota en la guerra contra los mogoles (1686-90) y en vísperas de un enfrentamiento global por la herencia territorial de Carlos II de Habsburgo, conocer cómo funcionaba desde dentro la Compañía Holandesa de las Indias Orientales para adaptar sus mejoras e innovaciones en el campo naval a su homóloga inglesa parecía aconsejable sobre todo si quería competir con el peligroso avance de Francia en el sureste asiático.
Impresiones de China: Europa y el englobamiento del mundo (siglos XVI y XVII), de Antonella Romano. Madrid: Marcial Pons, 2018.
BUCM (Biblioteca de Geografía e Historia): D327(4:51)ROMesp
MÓNICA GUTIÉRREZ VIEJO
¿Cómo conocieron China los europeos?, ¿qué efecto tuvo en el imaginario occidental el “redescubrimiento” de Catay? Estas son algunas de las preguntas que atraviesan las reflexiones que Antonella Romano nos ofrece en este libro, una obra que se enmarca dentro del paradigma de la Historia Global a la luz de la escuela francesa. La autora es Directora de Estudios de la EHESS de París y es una de las mayores especialistas en la conformación de los saberes misioneros durante la Edad Moderna, lo que se refleja en este ejemplar al desarrollar un recorrido por el “redescubrimiento” de China durante la Alta Edad Moderna, un territorio que ya era conocido en tiempos medievales, pero que volvió a adquirir importancia a partir de la segunda mitad del siglo XVI, pasando a formar parte del imaginario colectivo europeo. Para ello, la autora emplea el concepto de “englobamiento”, un término que fue acuñado por ella misma y que busca colocar el foco sobre los actores: los misioneros, los cartógrafos, los astrónomos, etc. Así, en el proceso de conocimiento de China, los misioneros tuvieron que ejercer, en muchas ocasiones, un papel más científico y diplomático que religioso, puesto que fue gracias a ellos que se lograron generar una serie de saberes que contribuyeron a dibujar más nítidamente ese lejano territorio oriental en las mentes de los europeos. No obstante, este no fue un proceso uniforme y se alejó notablemente de las perspectivas científicas actuales, ya que en ocasiones se emplearon textos propiamente chinos o se crearon mapas fruto de la observación directa de Catay y las conversaciones entabladas con sus gentes, pero, en otros casos, el conocimiento se obtuvo a través de obras de autores que ni siquiera habían pisado el territorio asiático. Asimismo, es interesante destacar cómo Antonella Romano hace referencia a los planes de Felipe II de conquistar China, a semejanza del mundo americano, unos intentos que pronto se vieron frustrados, puesto que los europeos fueron poco a poco dándose cuenta de que el ámbito asiático era un espacio mucho más complejo a nivel político de lo que a priori podría parecer; lo cual se refleja en el cambio dinástico que se produjo a mediados del siglo XVII: China se despidió de los Ming para recibir a los Qing, una nueva dinastía que no dejó nunca de generar polémicas y conflictos a lo largo de su historia. Sin embargo, lo que Romano nos propone no es una lectura fácil, puesto que enmascara una enorme cantidad de matices e interpretaciones, lo que, al mismo tiempo, supone una de las mayores virtudes del texto.
Un mundo en equilibrio: Jorge Juan (1713-1773), de Nuria Valverde. Madrid: Marcial Pons, 2012.
BUCM (Biblioteca de Geografía e Historia): D92JUAval
MÓNICA GUTIÉRREZ VIEJO
Jorge Juan es, probablemente, una de las figuras más reconocidas del ámbito marítimo, militar y científico de la Ilustración española, puesto que destacó en diversos campos, desde la navegación hasta la geodesia, pasando por la física de fluidos. Desarrolló una prolífica carrera en un momento en el que el Mediterráneo precisaba de fuertes trasformaciones tecnológicas, pues con el cambio de siglo había dejado de ser un espacio atacado por el corso para dar paso al protagonismo del comercio. Así, Nuria Valverde, investigadora del CSIC, nos permite adentrarnos en la compleja biografía del marine desde la perspectiva de la Historia de la Ciencia, una disciplina que en los últimos tiempos ha alcanzado un enorme valor historiográfico. No obstante, la autora hace uso de un estilo que roza lo narrativo, buscando acercarse más a la alta divulgación científica, puesto que tampoco encontramos notas a pie de página, aunque sí una extensa y completa bibliografía. De esta manera, uno de los aspectos más interesantes y reseñables del libro recae en la exhaustiva contextualización que se hace del mundo que a Jorge Juan le tocó vivir, siendo de vital importancia el capítulo referente a la infancia y adolescencia del militar, pues nos permite bucear en los inicios de su trayectoria en una Malta sumergida en un rico dinamismo intelectual, que se vinculó con la ingeniería, la matemática o la medicina, pero también con las artes, como la música o la pintura. Al mismo tiempo, cabe destacar la brillante exposición que Valverde hace de la etapa más reconocida a nivel general de Jorge Juan, esto es la expedición geodésica que realizó junto con Antonio de Ulloa en el Virreinato del Perú, consiguiendo obtener la medida del arco de meridiano. Sin embargo, más allá de este suceso, también se aborda una infinidad de cuestiones que van desde la misión de espionaje encabezada por Jorge Juan en Inglaterra, hasta las novedosas relaciones entabladas por la Monarquía Hispánica en términos de política exterior, como las vinculaciones con Marruecos. Así, el primero de los dos hechos es uno de los más llamativos de la vida del marine, puesto que consistió en una misión de espionaje industrial, que se inició bajo la tapadera de que tanto Jorge Juan como, Pedro de Mora, su acompañante, viajarían al territorio inglés para obtener nuevos conocimientos matemáticos. No obstante, su verdadera intención era la de enviar a España planos de los barcos y los arsenales de la armada inglesa, lo que se vinculaba, de nuevo, con la necesidad de reforma tecnológica que tenía el mundo de la navegación española del siglo XVIII. En definitiva, Nuria Valverde nos ofrece un recorrido claro y, a la vez, exhaustivo, por la biografía de Jorge Juan, siempre de la mano de un análisis profundo del rico contexto histórico en el que se vio imbuido, puesto que el marine transitó por territorios europeos, americanos y africanos.