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José Álvarez Junco advierte del riesgo de “deformar” el pasado por parte de los nacionalismos

3 JUL 2018 - 14:28 CET

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge

“No entendamos el pasado en términos nacionales, porque la visión nacional sólo se puede explicar desde Napoleón en adelante”. El historiador y escritor José Álvarez Junco llegó a esta conclusión tras una ponencia marcada de referencias a autores, obras y conceptos relacionados con el curso Patrias, naciones y nacionalismos, dirigido por el escritor J.J. Armas Marcelo.

Álvarez Junco consideró que el término moderno de nación y los nacionalismos “deforman y hacen incomprensible el pasado”. En este sentido, utilizar el adjetivo “nuestro” o el pronombre “nosotros” aludiendo a España en una época en la que nuestro país no había nacido como tal “es una proyección inadmisible”. Para el autor de Dioses útiles. Naciones y nacionalismos, no podemos considerar a personajes como Viriato o El Cid Campeador como “luchadores por España”.

Al final de su intervención, el historiador catalán enumeró las características de lo que sabemos ahora sobre los nacionalismos: no son un fenómeno natural, estable ni permanente sino creaciones relativamente recientes; no son hechos objetivos sino emocionales; se basan en un concepto artificial de nación-que se ve claramente en las fronteras rectilíneas de África-; integran un carácter instrumental y utilitario de las naciones; y responden a intereses políticos.

“Toma de distancia”

En un proceso discursivo de “toma de distancia” para abordar un problema “emocional” como es el nacionalismo, Álvarez Junco se remontó al concepto clásico de nación surgido en la Roma clásica identificado como comunidades de personas que han nacido en un mismo lugar. En Roma había barrios donde vivían las naciones y los romanos se referían a las naciones como los pueblos extranjeros, los bárbaros.

Esta idea sobrevivió en la Edad Media. Por ejemplo, la Universidad de París dividía a sus alumnos por naciones, por grupos lingüísticos. Más adelante, se fueron añadiendo al concepto de nación ciertas características psicológicas.

De hecho, en el siglo XVI, Erasmo de Rotterdam en su Elogio de la locura ya transitaba por territorios comunes como que los alemanes estaban dotados para el esoterismo y las ciencias ocultas y que los ingleses eran exquisitos en el comer y vestir. Según Álvarez Junco, este tinte psicológico también está presente en Jean Bodin cuando asoció el clima a la actitud de las gentes del norte y del sur.

La visión moderna del término nación comienza con Rousseau y su Contrato Social donde la manera de ser libre, desde una perspectiva colectiva, es someterse a la mayoría, “pero no dejó resuelto el tema de cuál es precisamente la colectividad que toma las decisiones”.

Para Álvarez Junco, el Romanticismo añadió la idea de espíritu o alma colectiva al concepto de nación, y el activista italiano Giuseppe Mazzini elaboró el principio de las nacionalidades por el cual las naciones tienen derecho a convertirse en Estados.

Álvarez Junco también citó al politólogo Carlton Hayes, que interpretó ya el nacionalismo como una religión al considerar objetos sagrados símbolos como la bandera, y al autor Elie Kedourie, que consideraba que el nacionalismo realmente es “una doctrina inventada en Europa a mediados del siglo XIX”. Mientras que Ernest Gellner avanzó en la idea de modernidad de los nacionalismos, Benedict Anderson, según Álvarez Junco, defendía que las naciones eran comunidades políticas “imaginadas” y los nacionalismos “artefactos culturales” que hacen creer que los que vivimos en un mismo espacio pertenecemos a la misma familia.

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