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La cuarta esposa de Onetti, pero mucho más

Dorotea Muhr protagoniza un diálogo cultural en los Cursos

12 JUL 2018 - 21:49 CET

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge

Una carta cada semana para convencer a su madre de lo maravilloso que era su marido. El mensaje no caló porque su padre estuvo a punto de romper la “fresquera” de impotencia y francamente se sentían “horrorizados” porque su hija era la cuarta esposa de ese hombre. Los tres días que pronosticaron que duraría esa relación, que comienza a mediados de los años 50, mutaron en casi medio siglo de convivencia. Él, el escritor Juan Carlos Onetti; ella, Dolly Onetti o Dorotea Muhr, que, bien pertrechada de anécdotas y experiencias, cautiva al público que acude a uno de los diálogos culturales programado en los Cursos.

Antes de entrar a ese acto, se para con un periodista y un fotógrafo y deja su muleta en otro asiento como si ese armatoste no fuera con ella. Se extraña de que el “plumilla” solo coja notas en su cuaderno –indaga si la letra de médico es propia del método Rolsan de taquigrafía- y no registre su voz con una grabadora –“Juan las odiaba”- ni con uno de esos “malditos aparatos que matan a los libros y que transforman a las personas en robots”. Suspira entre dos frases: “No veo a nadie leyendo un libro y los Vargas Llosa, Gabo y Onetti van a desaparecer porque tal vez nadie los lea”.

Esa referencia a la profesión le hace retrotraerse a los artículos de Juan Carlos Onetti, periodista de modus vivendi, que cuando trabajaba para la agencia EFE le pidió a su entonces presidente Luis María Anson que le bajara el sueldo ya que había subido el dólar, la divisa en la que cobraba. “¡Así era Juan!”. Mirada al cielo. Este episodio lo cuenta porque el número de periodistas se ha multiplicado por tres y porque Bea, la redactora de EFE acreditada en los Cursos, ha hecho acto de presencia junto al omnipresente Diego, de El Mundo.

Dolly Onetti tiene munición también para la prensa que no se prepara las entrevistas al recordar como el autor de La vida breve en un viaje a México escuchó sorprendido a una periodista que asomó su cabeza de la fila de reporteros que esperaban al autor y le espetó: “No he leído nada de usted, pero le tengo un respeto único”.

“Como un fantasma”

Su trato cercano y su elevada estatura le confieren a Dolly Onetti un dominio de todas las perspectivas para hablar de su marido. “Realmente –rememora- yo vivía con el hombre no con el escritor. De todas formas, Juan, como verdadero artista, vivía en la irrealidad; lo único real eran sus personajes y yo me sentía como una fantasma”. Ahora eso sí, cuando coincidía su vida real con su mundo imaginario “se impresionaba y se sentía culpable de lo que ocurría porque él lo había inventado antes”.

También quiere desmentir clichés sobre su marido, que aún siguen permaneciendo en la memoria colectiva. “La gente pensaba que Juan estaba siempre de mal humor, que se pasaba el tiempo encerrado, pero tenía un gran sentido del humor adolescente y le gustaba actuar y disfrazarse conmigo”, exclama.

El diálogo está a punto de empezar pero Dolly Onetti quiere hacerse la foto que ilustra este artículo en una escultura-farola con forma de violinista. Se ha visto reflejada porque ella también toca el violín y tiene la cabeza llena de luces en una conversación ad infinitum, pero el acto -coordinado por Raúl Manrique y Claudio Pérez Míguez, directores del Museo del Escritor y comisarios de una exposición sobre el boom literario en el María Cristina, en el que precisamente hay varios objetos de Onetti (entre ellos su asiento y su máquina de escribir), y Ricardo Horcajada, coordinador de Actividades Extraordinarias de los Cursos de Verano- se echa encima y una señora se queja por si acaso dentro del aula de la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial a Dolly se le acaba el carrete de experiencias. No es así, pero el foco se desplaza.

Por cierto, Dolly Onetti dice al periodista que lea el libro del irlandés Joyce Cary La boca del caballo (1944), que ella está devorando y que era uno de los favoritos de Juan Carlos Onetti. “Si quiere, póngalo en lo que escriba porque trata de un artista que no le importa dónde vivir o qué comer y les dice a los jóvenes que ellos no sean artistas” (Gracias por la recomendación).

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