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El origen español de la huella de Armstrong

Los Cursos conmemoran los 50 años de la llegada del hombre a la Luna

19 JUL 2019 - 19:51 CET

Javier Picos / Fotos: J.P.

Más allá está la Luna y más acá están Fresnedillas de la Oliva y Robledo de Chavela, dos pueblos de la Comunidad de Madrid que soñaron y contribuyeron a que el hombre llegara a un satélite pasto hasta entonces de la ciencia ficción. Todos, incluso los que no habían nacido todavía, tienen en su retina el histórico momento de Neil Armstrong estampando su huella en la superficie gris. El 20 de julio de 1969, el 21 de julio en la madrugada española, el mundo contuvo el aliento. 50 años después, una jornada de los Cursos de Verano de la Complutense no sólo recrea ese paso de gigante sino que también pondera la contribución de los técnicos españoles en el alunizaje del módulo Eagle en la mítica misión del Apolo XI. El presente y el futuro de las misiones de la NASA y su colaboración con España también aparecen en el debate.

Ángel Martín Álvarez, director del Madrid Deep Space Communications Complex (MDSCC), explica a los asistentes que Robledo de Chavela, con su MDSCC, es una de las tres estaciones de la red de espacio profundo de la NASA -“de la Luna hacia allá”- que completa la terna con las de Goldstone (Estados Unidos) y Camberra (Australia), la única red que comunica con los satélites de la agencia espacial norteamericana. Estos lugares de máximo interés científico tuvieron una importancia capital en este hito astronómico. En los 60 la NASA llegó a construir tres estaciones en Robledo de Chavela, Fresnedillas de Oliva y Cebreros, muy cercanas unas de otras. Los programas Apolo fueron su mejores clientes, pero luego la  antena de Fresnedillas de la Oliva  se trasladó a Robledo y las instalaciones de Cebreros se cerraron hasta que hace unos años se reabrieron bajo el mando de la ESA (Agencia Espacial Europea). En la actualidad, el MDSCC alberga una antena de 70 metros, “el instrumento más delicado” y contempla cuatro más pequeñas “de igual sensibilidad”. Como curiosidad, Martín Álvarez comenta que la potencia recibida de las sondas Voyager, que ya deambulan por el espacio interestelar, por esta gran antena “es tan pequeña que si la acumulásemos durante 1.000 millones de años, podría encender la bombilla de la nevera durante solo un segundo”.

A diferencia de 1969, cuando Fresnedillas de la Oliva captó la señal del alunizaje, tal y como rememora Anthony Carro, el representante de la NASA en España, ahora los operarios de una de las tres estaciones del espacio profundo de la NASA manejan las antenas de sus dos hermanas “en remoto” y así el resto, con un personal de retén por si acaso, “se van a dormir”.  Aunque futuras misiones como la PSP (Solar Probe Plus), que se adentrará en la corona solar, garantiza la existencia del complejo de Robledo de Chavela, hoy “nuestro mejor cliente es Marte”.  La navegación espacial ha evolucionado gracias a la precisión de estos potentes instrumentos. Martín Álvarez compara el ejemplo de la “incertidumbre” del aterrizaje en Marte de la sonda Viking en un área de 300 kilómetros, “un poco menos de la distancia entre Madrid y Valencia” con la elipsis de 6 por 19 kilómetros de Curiosity, la distancia entre Madrid y Las Rozas.

En cinco años, volvemos

En un curso intenso cargado de recuerdos y proyecciones de futuro, Carro rememoró cómo en 1961 Estados Unidos no había salido todavía al espacio exterior y perdía la carrera espacial con la Unión Soviética. Ocho años después, los astronautas norteamericanos llegaban a nuestro satélite. “Fue muy poco tiempo, ¿por qué no volver en cinco años con la tecnología más avanzada”, se pregunta. De hecho, el programa Artemisa de la NASA llevará de nuevo un ser humano a la Luna, en este caso una mujer, que hará honor a la hermana gemela de Apolo. Volver a la Luna  con vuelos tripulados en 2024, pero también establecer una base permanente en su superficie para dar el salto a Marte en los años 30 o 40 de este siglo son dos de las metas proyectadas por la NASA. Carro confirma, ante el alborozo de los asistentes, que en Robledo se agrupan en torno a  actividades sobre astronomía y asociaciones de aficionados a la ciencia, que las relaciones entre la NASA y España seguirán siendo tan estrechas como lo han demostrado las últimas misiones Curiosity, InSight y Mars 2020.

Volviendo a la Luna y a uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad, Carlos González Pintado, exjefe de Operaciones y director adjunto del Complejo de Comunicaciones con el Espacio Profundo de NASA en Madrid, y uno de los partícipes en alcanzar esta meta, se centra en las anécdotas del Apolo XI. Según él, la misión Apolo XI hubiera costado de 150 mil millones a 200 mil millones de dólares, con el coste de la vida actual. También da una idea de la magnitud de la aventura la construcción en Cabo Cañaveral de un edificio de 160 metros de altura que albergaba 125 ventiladores para renovar el aire y evitar “que lloviera” dentro por la humedad.

El momento más hilarante de la jornada fue cuando González Pintado comentó la famosa foto de los tres astronautas de la misión. A la izquierda aparece Neil Armstrong, con “la cara que se le queda a uno cuando se levanta por la mañana y tu mujer te dice que te ha tocado la bonoloto”, el semblante del que pisará primero la Luna. A la derecha aparece Buzz Aldrin, con “la sonrisa de la Mona Lisa, de estoy aquí y encima tengo que sonreír”. En el centro, Michael Collins, “que piensa que estos dos se van a llevar la gloria, que pasarán a la historia y que nadie se acordará de mí”.

Confesando que no puede evitar emocionarse cada vez que ve el video del despegue del cohete Saturno V -que luego dejaría al módulo lunar Eagle y al módulo de mando Columbia, con Collins a los mandos, como protagonistas-, el técnico de la NASA contó otro secreto de cocina. “¿Por qué Neil Armstrong pisa la Luna con su pie izquierdo si eso es símbolo de mala suerte?”. La explicación es económica. El servicio postal había impreso ya 152 millones de sellos con la imagen de un astronauta plantando su pie izquierdo. “Tirar a la basura ese montón de sellos era peor que convencer a Neil Armstrong para que imitara el diseño”, dice.

Otro de los temas que comenta es también uno de los más conocidos en la relación entre Armstrong y Aldrin. Ya que el primero iba a ser el primero en pisar la Luna, establecieron que en todas las fotos sobre la superficie lunar aparecería Aldrin, pero en las instantáneas más famosas, en la visera del casco de este, aparece Armstrong.

La forma de celebrar la llegada del hombre a la Luna por los hombres de la NASA fue diferente en Houston y en España. Mientras los científicos norteamericanos de la estación de seguimiento se pusieron unos puros “jamaicanos –al menos eso ponía en su vitola-“ en sus labios, aunque no pudieron encenderlos porque estaba prohibido fumar en todos los edificios federales y tampoco brindaron con champán, en España alzaron sus copas de” vino peleón” de tetra brik, fumaron cigarros celtas, “que eran más baratos” y eso sí comieron jamón serrano. En la fotografía que muestra González Pintado aparece él mismo con la barba sin canas.

Rocas y polvo lunar declarados

La última curiosidad apunta a la declaración de aduana que tuvieron que firmar en Hawai Collins, Armstrong y Aldrin a la reentrada en la Tierra cuando demostraron que venían libres de patógenos. Las autoridades les obligaron cumplimentar un papel ya que habían salido de Estados Unidos. En ese documento, reconocieron que habían traído rocas y polvo lunar.

Antes de la intervención en la jornada complutense del vicedecano de la Facultad de Ciencias Físicas de la Complutense David Montes, que habla sobre la génesis y propiedades de la Luna, Ana Inés Gómez de Castro, catedrática de Astronomía y Astrofísica de la Facultad de Ciencias Matemáticas de la UCM, se lamenta de la “corta” vida de los seres humanos, que le impedirá ver desde la Tierra “las lucecitas de las ciudades lunares que el hombre establecerá en el satélite”. Tras considerar que con todas las misiones lunares “hemos aprendido cosas relevantes” para establecer las futuras bases lunares, la catedrática complutense recuerda que el interés selenita está relacionado con la mineralogía y los recursos naturales. La comunidad científica tiene la vista puesta en el polo sur de la Luna porque hay hielo y rocas hidratadas que podrían “facilitar la instalación de una base antártica lunar”.

La necesidad de la expansión de la humanidad, el desarrollo de la tecnología para los vuelos tripulados, la reducción de costes de unos laboratorios de investigación únicos para la radiación ultravioleta, la propia mineralogía espacial y el lugar excepcional de la Luna para observar la Tierra –y comprobar por ejemplo cómo nuestro planeta pierde 100 millones de átomos por centímetro cuadrado y por segundo al espacio exterior- son, en su opinión, las cinco razones para la existencia de una futura base lunar permanente.

Gómez de Castro, al frente del grupo de investigación AEGORA (Astronomía Espacial y Minería de Datos) creado en 2004 gracias a la colaboración entre la Agencia Espacial Europea (ESA) y la Universidad Complutense de Madrid (UCM), explica el concepto de “moon-village”, lanzado por la ESA, en la que las agencias compartirían recursos de energía solar y agua en unas instalaciones lunares en las que colaborarían actores públicos y privados regidos por una “especie de ley de propiedad horizontal”. Una segunda opción, según ella, sería construir ciudades enterradas en túneles de lava y protegidas de forma natural. “Lo malo es que esta primera colonia no estaría cerca de los polos ni, por lo tanto, de las rocas hidratadas –especifica- además, estos primeros humanos deberían alimentarse de derivados de saltamontes para adquirir proteínas”.

Niño con ilusión

Fernando Casado, alcalde de Robledo de Chavela, presente también en el curso 50 años de la llegada del hombre a la luna: la contribución española, desvela que la localidad madrileña quiere construir un gran observatorio y un espacio de “experiencia virtual” en un periodo de cuatro años. Después de animar a seguir cultivando en Robledo de Chavela no solo el turismo astronómico sino también el cultural y el medioambiental, toma la palabra Manuel Álvarez Junco, director de los Cursos de Verano de la UCM, que admite sin tapujos ser “un niño al que le hace una ilusión enorme participar en esta jornada, ahora que me jubilo” de la actividad académica. Cuando Armstrong pisaba la Luna, Álvarez Junco estaba haciendo el servicio militar y, con otros compañeros, alquiló un televisor “miserable” para, entre tiendas de campaña, “ver esa maravilla borrosa, ante un repetitivo Hermida que estaba abrumado por este evento”. En definitiva, con este hito, según el director de los Cursos de Verano, “la humanidad se encontró con que era un solo hombre pero se dio cuenta también de la necesidad de poner distancia, de relativizar todo en su vida”.

Junto a la jornada, cuyas mesas redondas modera Carmen García García, agente de Desarrollo Local de Robledo de Chavela, las exposición Carrera espacial a la luna, en el claustro del Real Colegio Universitario María Cristina, y la muestra de alumnos de Bellas Artes, en el centro cultural El Lisadero de la localidad serrana, contextualizan aún más este medio siglo de la llegada del hombre a la Luna. Tal vez las palabras que mejor pueden resumir todo el curso y el futuro tras las cinco décadas de la huella de Armstrong sean las del título del acrílico del astronauta de Alejandra Pérez Pire, expuesto en Robledo de Chavela: “Tan lejos como quieras”. El sueño continúa.

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