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El espejismo de la paz, la piedad y el perdón (todavía no era tarde)

80 años del más famoso de los discursos de Azaña

19 JUL 2018 - 10:15 CET

Irene Monmeneu/ Fotos: Nacho Calonge

El primer deseo de reconciliación para los españoles, cuando el devenir de la guerra civil aún estaba por escribir, lo recogió el presidente de la II República Manuel Azaña, “ese político intelectual”, quizá el mejor político del siglo XX en España. Quizá el mejor intelectual, competente, honesto y fuerte -en el sentido moral de la palabra-. Esas cualidades, que se muestran en su discurso conocido como Paz, piedad, perdón, no impidieron que fuera vilipendiado por unos y menospreciado por otros.

Los escritores e historiadores Jaime Ferri, Manuel Serrano y Jesús Cañete homenajearon al político en los Cursos de Verano, actividad coordinada por Ángeles del Río Campi, con motivo del 80º aniversario de la pronunciación de su discurso, el de “las tres `p´”, un 18 de julio, justo dos años después del golpe de Estado contra el gobierno democrático.

 El 18 de julio de 1938, a las 19:35 horas, daba comienzo uno de los “más trascendentes” discursos pronunciados durante la Guerra Civil, de una hora y doce minutos de duración, “digno de ser recordado” por el entendimiento –novedoso por aquel entonces- al que apelaba Azaña.

Los tres expertos en la vida de Azaña subrayaron la fuerza de su inteligencia moral que, acordaron, debe llegar hasta nuestros días “para hacer que la recuperación de la memoria logre hacer justicia del pasado y que los agravados se sientan entendidos”.

“Veneración ante el doliente”

El sociólogo Jaime Ferri explicó el significado de las tres palabras que dan título al discurso, que son además las palabras que lo cierran. Habló de la paz azañista, esa que no tiene vencedores y vencidos, una paz que sencillamente “nos reconcilia”. Habló de la piedad, algo que podría parecer extraño para su pensamiento ateo pero que dista de serlo porque esa piedad es entendida como compasión, como empatía, “como veneración ante el doliente precisamente porque está dolido”. Habló, cómo no, del perdón como actitud voluntaria. Y habló de lo que no representan esos tres valores: no significan la rendición de la República a la misericordia de Franco porque bien sabía Azaña, que conocía la dinámica de las guerras, “que Franco era inmisericorde”.

Por otra parte, el historiador Manuel Serrano comentó que a causa de este discurso muchos tildaron a Azaña de “derrotista” y lo acusaron de no creer en la República. Pero lo que quizá ellos no saben, según el historiador, es que la obsesión del presidente era salvar la vida y el honor de los que se habían sacrificado por los valores libres, y justamente por eso, en el discurso, asegura que es obligación de los españoles acabar con la guerra, “extinguirla” para siempre.

La reflexión, porque siempre la hay, que nace a partir de la relectura del discurso de Azaña, es, de acuerdo con Serrano, “el absurdo” de la política de exterminio del enemigo, que además es “ilusoria”. Al final, apuntó el profesor, Azaña sabía que siempre habría convivencia de un bando con el otro en mayor o menor medida. En su último discurso como presidente de la República, Azaña llamó vehementemente a los españoles a la tarea de reconstruir España y a no perder la base de la nacionalidad española por más que no se comulgase con los dogmas políticos.

La evolución de un pensamiento

El escritor Jesús Cañete disertó sobre los discursos que pronunció Azaña durante el transcurso de la Guerra Civil, cuatro en total. Tres de ellos en el año 1937 y uno en 1938; el primero de ellos cuando el jefe del gobierno de la Republica era Largo Caballero y los otros tres, con Negrín a la cabeza –con quien, por cierto, terminó por no encajar del todo bien-.

Según explicó el profesor Cañete, Azaña dio el primer discurso en enero en el Ayuntamiento de Valencia, y en él habló de su posición durante la guerra, una guerra “por deber” en la que la República había de actuar a la defensiva. La política de guerra: disciplina y obediencia al bando democrático. Claridad y concisión.

El segundo discurso, pronunciado en la Universidad de Valencia en julio de 1937, lo dedicó a la actualidad internacional y mencionó por primera vez a los enemigos de la República; es decir, a Portugal, Italia y Alemania; al tiempo que elogió al ejercito leal al gobierno.

El tercer y penúltimo discurso lo dio en noviembre de 1937 ya en Madrid, y en él Azaña mantuvo una postura firme: “Mientras dure un gobierno, aun en estado de guerra, no hay más que acatar ciegamente sus órdenes”.

Y el cuarto, su discurso más trascendente: el de “las tres `p´”: paz, piedad y perdón. Sonaría irónico meses después: ni paz, ni piedad, ni perdón. Pero sí Azaña. Y hoy, 80 años después, el recuerdo de un político humano e intelectual. Para algunos, “la representación del pesimista, que en realidad es un optimista bien informado”. Para otros, la encarnación de un impulso político que se quedó en espejismo. Pero sus tres deseos clavados como espadas en el corazón de un país. Paz. Piedad. Y perdón.

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