A todo volumen I La obsesión de la Gen Z por lo analógico: más allá del streaming
Walter Benjamin decía que, a día de hoy, la experiencia se ha empobrecido y que cada vez son menos las cosas que nos suceden de verdad.
16 feb 2026 - 13:18 CET
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MIHAELA DONCHEVA |
Hace unos meses rescaté, de debajo de la cama, una cámara de carrete, de esas con las que nuestras
madres nos sacaban las fotos más vergonzosas cuando éramos bebés. La recordaba vagamente,
aunque de inmediato me vinieron un montón de recuerdos de la infancia.
Me quedé mirándola un rato con nostalgia y esperando, como si en algún momento iba a retroceder
en el tiempo –cosa imposible pero soñar es gratis–. Pensé que sería un buen experimento volver a
usarla, hacer fotos con ella, guardar los recuerdos a la antigua. Compré un carrete nuevo y empecé
la aventura.
Al principio me sentía rara, incluso freaky. Pero, al mismo tiempo, había algo satisfactorio en todo
el proceso. La sensación de no saber qué había capturado –borroso, oscuro o simplemente
perfecto–, el ansia para ver el resultado… Todo eso me hacía darme cuenta del proceso, de los
momentos y del presente.
Coco Chanel siempre había defendido que la elegancia está en lo duradero, y no en las tendencias
pasajeras.
Hoy, nos vemos rodeados de modas y estilos que cambian de la noche a la mañana. Las plataformas
de streaming y las redes sociales nos ofrecen novedades cada segundo del día. Vemos tantas cosas
delante de nuestros ojos que, al acabar el día, vagamente somos conscientes de todo lo que hemos
presenciado. Música, moda y arte, viven en una etapa donde lo digital observa en tiempo real
cualquiera de sus campañas.
Walter Benjamin decía que, a día de hoy, la experiencia se ha empobrecido y que cada vez son
menos las cosas que nos suceden de verdad.
Estamos acostumbrados ya a un tipo de inmediatez que, en ocasiones, llega a destruir la ilusión de
haber conseguido un resultado. Hacemos una foto con el móvil y, si no nos gusta, la borramos y
volvemos a hacerla. Nos compramos un modelito de nuestra tienda favorita, nos lo ponemos una
vez y ya nos hemos hartado del mismo. Escuchamos música pero no la vivimos. Se nos ha olvidado
sentir, ilusionarnos por las cosas, disfrutar.
Lo mismo defendía Roland Barthes: para el filósofo, cuando se obtiene algo de forma inmediata, se
pierde el deseo de tenerlo.
Esta condición nos ha empujado a refugiarnos entre los viejos cajones de nuestras casas: walkmans,
cámaras de carretes, tocadiscos y vinilos, incluso tamagotchis. Los Gen Z, parece, nos hemos vuelto
nostálgicos por lo analógico. Las tiendas de vinilos de la Puerta del Sol están cada vez más llenas de
jóvenes –algunos muy fanáticos de la música y otros no tanto– que buscan ese sonido claro, limpio
y perfecto al milímetro que ofrecen los vinilos. Son muchos los artistas que han vuelto a apostar por
los discos de treinta centímetros que giran a 33⅓ revoluciones por minuto. La Rosalía, Barry B,
Rusowsky, Taylor Swift… Todos ellos nos enseñan a respetar la música, el sonido, y el propio
trabajo de cada uno. No es lo mismo escuchar LUX en Spotify que en el tocadiscos de tu casa. Lo
segundo te hace apreciar el esfuerzo, el tiempo y la ilusión volcadas en el proyecto.
En una entrevista reciente Miss Blanche –cantante de R&B emergente– decía que prefería el vinilo
antes que a la música en streaming, ya que lo físico crea un ambiente mucho más aesthetic.
Claramente, en la entrevista profundizaba mucho más, pero muchas veces la gente podría confundir
el aprecio y el respeto por la calidad, con algo superficial como podría ser la tendencia de un
momento.
La obsesión de la Gen Z por los dispositivos analógicos no creo que deba considerarse una moda
pasajera, ni mucho menos. Es verdad que varias series y películas de los últimos años han
contribuido bastante a la resurrección de ese estilo de vida, de esa preferencia por las cosas que te
hacen presente y más auténtico.
Pero lo que nos lleva a esos objetos va más allá de lo superficial. No estamos rechazando lo digital
ni lo online. Es nuestro mundo, nuestra casa. Pero, a veces, necesitamos algo que nos obligue a
parar. A esperar. A no saber.
Volver a cargar un carrete, darle la vuelta a un vinilo o rebobinar una cinta no es nostalgia vacía ni
algo pasajero. Es algo que nos enseña paciencia y nos recuerda que los momentos no se repiten y
que no todo se puede borrar y volver a hacer.
Quizá por eso buscamos lo analógico: porque en un mundo que corre demasiado rápido, hay objetos
que todavía nos enseñan a estar presentes.
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