Noticias - Cursos de Verano San Lorenzo de El Escorial

Javier Moscoso: “Vivir es poner la propia vida en peligro”

Entrevista al investigador del CSIC, que diserta sobre las caras del miedo

10 JUL 2018 - 20:09 CET

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge / UCM TV

El miedo campa a sus anchas pero se acota en un aula de verano, la que abre cada día Javier Moscoso. Pánico, incertidumbre y temor son términos que están en boca de los conferenciantes provenientes de diferentes campos del saber y que integran el curso que el profesor de Investigación de Historia y Filosofía de la Ciencia del Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) dirige sobre El miedo: entre la clínica, la historia y la política. Filósofo y observador de los comportamientos y las emociones del ser humano, Moscoso ha trabajado para instituciones de referencia mundial como el Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, el Departamento de Historia de la Ciencia de la Universidad de Harvard, el Centro Alexandre Koyré y el Centre de Estudios del Siglo XIX en la Universidad de la Sorbona, entre otras. (ENTREVISTA CORTESÍA DE UCM TV. Enlace)

Pregunta: Estamos hablando del miedo en el medio académico de los Cursos de Verano; la primera pregunta va al aire sin red: ¿se atreve a definir el concepto de miedo?

Javier Moscoso: Esta pregunta no es difícil. Hay tantas definiciones como tratadistas morales pero hay una que yo creo que es suficientemente buena que es la anticipación del dolor y de la muerte. El miedo, generalmente, se ha interpretado como la previsión de un futuro dibujado en términos terribles que puede ser más o menos cierto o incierto pero que, en todo caso, siempre va asociada a estos dos elementos: el dolor, también en cualquiera de sus variantes de dolor físico y espiritual, y, desde luego, la muerte de lo que uno tiene, de lo que uno quiere, la muerte de los otros y la de uno mismo.

P: ¿Ese miedo al futuro no entra en colisión con la inmediatez que impera ahora mismo, con una realidad dominada por las redes sociales y sus trampas en el presente?

J.M: Sí, vivimos en un mundo en el que, en realidad, hemos dejado de tener miedo al exterior, que era una de las características del mundo medieval y moderno, donde las personas tenían miedo a lo que ocurría fuera de su ámbito privado, fuera de su ámbito doméstico. Tenían miedo al bosque, a los mares, a lo extraño, a lo ajeno, a lo extranjero… hemos pasado a tener miedo a lo propio, a lo que sucede en el interior de nuestras fronteras y nuestras casas. Por ejemplo, hemos dejado de tener miedo a perder la vida a tener miedo a perder el honor, y esto se ve multiplicado en el contexto de esta aldea global en la que vivimos. Nos comunicamos más pero incrementamos nuestros miedos y los procedimientos para resolverlos. Hemos pasado de la idea darwiniana o biológica de “ante la amenaza huye o pelea” a “ante la amenaza, asegúrate”, de tal forma, que si algo malo te ocurre, tú siempre tengas una segunda oportunidad.
P: Y es ahí donde intentamos encontrar soluciones… ¿hay vida más allá de los libros de autoayuda?

J.M: Bueno, yo no soy un gran partidario de ellos, pero también es verdad que al final cada cual tiene que buscar aquello que mejor le vaya. Creo que, en todo caso, hay dos tipos de miedo: un miedo interesante que consideramos normal, que nos permite un estado razonable de ansiedad ante una circunstancia de vida compleja, y un miedo que se hace crónico, patológico, que ya define un estado impropio desde un punto de vista clínico o social. Estos libros de autoayuda van dirigidos normalmente a personas que tienen miedos crónicos, emociones patológicas en un nivel individual. Estos libros son interesantes si a una persona le sirve eso. Algunos de ellos, independientemente de un efecto terapéutico, son muy simpáticos de leer sin tener efectos secundarios, no nos van a hacer mal, pero desde un punto de vista más social son perfectamente prescindibles y además no atañen a aquello que nos concierne más íntimamente, que es en qué medida estamos convirtiendo el miedo en una herramienta, primero de interés político, de control político, y en qué medida vivimos en una sociedad donde el miedo se ha convertido en parte de nuestra cultura cotidiana. Vivimos en el miedo, desde el miedo, gobernados por el miedo y donde muchas cosas que hacemos desde colocarnos el cinturón de seguridad hasta pasar los controles de los aeropuertos reflejan esta nueva cultura de la seguridad.

P: Por lo general se asocia el miedo a un concepto negativo pero cuando vivíamos en las cuevas era realmente una advertencia de un peligro. Incluso ese perfume positivo se aprecia en el lenguaje como por ejemplo “esto va de miedo”…

J.M: Es verdad, tenía una dimensión biológica adaptativa como casi todas las emociones. Algunas se han quedado reducidas a un vestigio. Por supuesto, que el miedo supone siempre un cierto riesgo y, en consecuencia, es una magnífica definición de la vida y de la experiencia de la vida. Vivir o tener una experiencia es poner la propia vida en peligro y eso se hace desde el momento en el que uno viaja, se enamora, decide estudiar una carrera o emprender una iniciativa de vida: un segmento de tiempo vital que pueda acotarse y tener significado. Por supuesto que el miedo tiene esa dimensión positiva, sirve para adaptarnos, para defendernos de las amenazas; lo que se modifican son las amenazas; obviamente. Aristóteles no tenía miedo a volar como les ocurre a muchas personas en la actualidad. En la historia de la psicología traemos a colación ejemplos del miedo al oso o del miedo a la serpiente. Yo no he visto una serpiente en mi vida y nunca he tenido miedo a un oso, pero son viejos ejemplos de la historia de la psicología, de William James, y que todavía seguimos invocando aunque apenas nos afecten. Afortunadamente, en los tiempos que corren, casi nadie tiene miedo a ser devorado por un oso.

P: ¿Está usted de acuerdo con la siguiente definición de miedo propuesta por Franklin D. Roosevelt: “De nada se ha de tener tanto miedo como del propio miedo”?

J.M: El miedo es incapacitante. Hay un momento en el que el miedo supuestamente te ha de conducir a una acción aunque esté la vieja idea del “huye, pelea o toma una decisión”; de ahí, viene la palabra “emoción”, aquello que nos obliga a tomar una decisión, entrar en un determinado tipo de movimiento. Es cierto que el miedo es incapacitante, llevado a un extremo patológico como la propia ansiedad. Al final, uno tiene miedo de todo y al final resulta muy difícil tomar una decisión o tomar una acción que sea positiva para romperlo. El miedo del propio miedo, que sería una suerte de hipocondría generalizada, es difícil romperlo y, tanto en las historias clínicas como en el contexto social, se puede definir nuestro mundo contemporáneo del primer mundo como sociedades del miedo al miedo. Es muy curioso que la mayor parte de las poblaciones que tienen miedo al extranjero no tengan un solo extranjero en sus círculos urbanos o que la mayor parte de las personas que tienen miedo al terrorismo jamás hayan sufrido un ataque terrorista dentro de sus contextos de seguridad.  

P: ¿El mundo y el arte avanzan, por consiguiente, gracias a los hipocondriacos?

J.M: El miedo no es fácil de representar en las bellas artes. Por supuesto hay una tradición en la literatura y en las artes escénicas sobre todo en relación a las formas de definir el coraje, porque el miedo, al menos eso dicen los fisiólogos, es inevitable, ese miedo que no es simplemente la fobia o la ansiedad sino el miedo ante la amenaza. Es inevitable que haya una mayor descarga de adrenalina, que suban los índices de cortisol. Lo que se puede hacer es modularlo o controlarlo, definir que sería la valentía, el coraje, este afán de lucha y superación. De esto hay mucha reflexión visual y de la propia historia heroica de Europa, la épica, sin embargo, en lo que respecta al miedo en particular, más bien habría una representación del miedo vicario, del miedo de otros, qué horrible la posición de estos otros que están ahí, que miedo deben estar pasando, siento un cierto sentimiento de temor y de ahí las películas, pero también el placer de salvaguardia, de que esto les ocurre a otros, ¡menos mal, que son otros los que están siendo atacados, devorados o masacrados…!

P: ¿El placer de la desgracia ajena?

J.M: El placer y el deleite en la desgracia ajena... en este caso, en el miedo ajeno, que es la quintaesencia de una película de miedo, pero también de las artes visuales, de la propia obra de Goya con estas caras de pánico en los fusilamientos, estas imágenes negras de los desastres de la guerra. Este miedo atroz, de otros, en los que uno se siente testigo de justicia. Da miedo el miedo reflejado y también el propio pero también existe un cierto sentimiento de deleite y de esperanza en la medida en la que uno se muestra partidario de dejar testimonio de lo que probablemente no debería volver a ocurrir.

P: ¿Por qué se adentró en conocer estas fronteras entre lo que uno siente y lo que nos rodea? ¿Por qué esta vocación por estudiar al ser humano?

J.M: Como funcionario del Estado siempre he tenido una vocación de poner al servicio público lo que creo que es la razón de mi propio sueldo: intentar en la medida de lo posible clarificar el escenario social en el que viven mis conciudadanos. Esta motivación me parece suficiente, pero también creo que las emociones tienen un papel muy importante en la configuración política y psicológica de nuestro mundo presente. Una de las más importantes es la indignación como fenómeno de unas condiciones políticas. La mayoría están ligadas al concepto de justicia social o personal, siempre hay una dimensión ética. Es bueno hablar de cosas de las que cada uno tiene una experiencia personal y, en la medida de lo posible, arrojar algo de luz. A largo plazo queda por escribir todavía una historia de la política de las pasiones en Occidente y relacionarlo de una manera muy multidisciplinar. Las pasiones no pertenecen a una única disciplina, ni a las artes, ni a la medicina, ni a la psicología, ni a la historia… están ahí como parte de la configuración del ser humano.

P: Volviendo al tema del curso y entrando en un terreno personal ¿a qué tiene miedo un experto en miedo?

J.M: A muchas cosas, probablemente lo que más me inspira terror sería algún tipo de circunstancia relacionado con las personas que más quiero. Tengo la enorme fortuna de llevar enamorado de mi único hijo toda la vida que tiene él y probablemente sería para mí el mayor de los miedos… pero, en estos momentos, es un miedo infundado. Todo va bien. Él crece y yo decrezco, por lo tanto no sería justo que yo sintiera miedo.

Javier Moscoso: “Vivir es poner la propia vida en peligro” - 1

Todas las noticias »