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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 27 de octubre de 2020

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La ciencia pone el punto final a unos Cursos de Verano "difíciles... y brillantes"

"Difíciles, extraños, curiosos... y brillantes". El rector Joaquín Goyache pone adjetivos a la trigésimo tercera edición de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense en San Lorenzo de El Escorial, que hoy acaba. Sí, en San Lorenzo de El Escorial. "Lo fácil habría sido dejarlos pasar, pero decidimos ser valientes". Han sido dos semanas de ciencia, cultura y debate, 17 cursos y tres conferencias extraordinarias, acompañadas de mascarillas, distancia social, gel hidroalcohólico y cuantas medidas de prudencia han sido necesarias, pero, como vuelve a subrayar el rector, "ha merecido la pena". Los Cursos, dice, "están en el ADN de la Complutense, de lo mejor de la Complutense" y si había posibilidad de hacerlos un verano más realidad, "no nos perdonaríamos" no haberlo hecho.

 

En el acto de clausura acompaña al rector el consejero de Ciencia, Universidades e Innovación de la Comunidad de Madrid, Eduardo Sicilia, un firme defensor de la implantación tecnológica en la educación y en la vida, pero hoy rendido a las virtudes de la presencialidad. "Al perderla nos hemos dado cuenta de lo relevante que es la presencialidad". El conocimiento llegado a través de una pantalla se convierte en información, pero si queremos que sea transformador, que nos llene y se quede, hace falta algo más: la emoción, algo que sin estar unos al lado de otros es casi imposible de transmitir y sentir. Sicilia reconoce que "la gran noticia es que estemos hoy aquí" y habla también de valentía, del ejemplo que los Cursos han dado a la sociedad, de mostrar que hay que "continuar con nuestras actividades con las medidas que nos exige el momento actual". Esta es, a día de hoy, la nueva normalidad.

 

El director de los Cursos en esta trigésimo tercera edición, Miguel Ángel Casermeiro, detalla esas medidas que han conducido sin sobresaltos hasta este acto de clausura: mascarillas obligatorias, aforos limitados en las aulas, horarios escalonados, estrictas normas de higiene... Pero sobre todo quiere resaltar la calidad de la transmisión cultural y científica que durante estas dos semanas se ha producido en el Real Centro Universitario María Cristina. Se ha hablado de periodismo ético, de yihadismo, del futuro de la universidad, de transformación digital. Se ha traído a las aulas el debate político de la máxima actualidad y también a los mejores escritores de novela histórica. Y, por supuesto, se ha hablado de COVID, de esa enfermedad que ha venido a trastocar nuestra forma de vivir, a agrandar los problemas de los colectivos más vulnerables o a aumentar la brecha de género, pero que también está sacando lo mejor de nosotros mismos y está situando la ciencia en el lugar y consideración que le corresponde.

 

Casermeiro y el rector Goyache no olvidan en sus intervenciones mencionar a Víctor Briones, quien tras preparar la edición no ha podido disfrutarla al ser llamado por el propio Goyache para hacerse cargo del Vicerrectorado de Estudios de la UCM. "Esta edición es tuya y de nadie más", le asegura su sucesor, a la vez que anuncia que él, su equipo y el magnífico grupo de trabajadores de la Fundación General ya están trabajando en la trigésimo cuarta edición. Seguro que será menos difícil, extraña y curiosa, pero si cabe, apunta el rector, aún más brillante.

 

"Sin ciencia no hay futuro"

 


 

La ciencia, precisamente la ciencia, es la encargada de poner el punto final a estos trigésimo terceros Cursos de Verano. Andrés Arias, el director de la Fundación General, se ha rodeado de cuatro complutenses de postín, referentes en sus respectivas áreas, para debatir hacia una conclusión ya anunciada: "Sin ciencia no hay futuro". De ello, y de paso de muchas cosas más, dialogan María Vallet, una de las científicas más citadas y renombradas de este país, aunque, como ella quiere resaltar antes es hija, esposa, madre, abuela, profesora universitaria y "también" investigadora; Charo Otegui, "una mujer curiosa", antropóloga y gestora "polivalente" en su Facultad, la de Ciencias Políticas y Sociología, en su universidad y ahora al frente de Acción Cultural Española; Juan Tamargo, "toda la vida buscando fármacos contra las enfermedades cardiovasculares" desde su cátedra en la Facultad de Medicina, y José Luis Pardo, filósofo contemporáneo, que disfruta enseñando y escribiendo porque es lo que ya hacía Platon en la Academia.

 

El debate es de altura y va desde lo complejo que es medir a quienes hacen ciencia, de lo injusto que es englobar a todas las áreas en unos mismos criterios o de cómo la burocracia va a acabar con el ingenio. En su lista de "cosas que hay que arreglar", María Vallet sitúa en primer lugar esa burocracia que agota al investigador. Charo Otegui cree que aquí pagamos justos por pecadores y explica que en otros lugares el investigador es considerado inocente y no "presunto culpable". También se habla de lo injusto que es, a veces, tener que publicar sí o sí en inglés. Los del área de ciencias experimentales lo justifican, ya que es en esa lengua común sobre la que va creciendo el conocimiento y los de allá saben lo que se hace por aquí, y viceversa. Otegui y Pardo, en cambio, creen que un libro siempre estará por delante de un "paper" y que en español ellos comunican mejor lo que quieren decir. Tamargo se engancha a la conversación para entonar el mea culpa y confesar que él estuvo allá por los 80 entre quienes diseñaron el sistema del "Impact Factor". A los pocos años de aquello, recuerda, se encontró con otro de los "diseñadores" del IP: "¡Qué follón hemos montado!", se dijeron uno al otro.

 

La presión por publicar, por conseguir sexenios de investigación, por ser citado -que no autocitado- empobrecen a veces la labor del investigador, pero como puntualiza Vallet, con la unanimidad de sus contertulios, "todos sabemos quién es bueno y quién es malo, quién quiere llegar con lo que hace hasta la cama del enfermo" y quién se limita a publicar para engordar su currícula. Tamargo alerta sobre cierto hartazgo que se está apoderando de los investigadores; ve a la gente "quemada" y pide al rector, que les escucha desde la primera fila, que "luche para que la universidades tenga la misma consideración que los centros de excelencia".

 

Popularizar (o no) la ciencia

Sin ciencia no hay futuro, pero para que la ciencia tenga futuro tiene que llegar a la sociedad. Charo Otegui explica que si la sociedad tiene a la ciencia en consideración, los políticos también la tendrán. Considera que una de las pocas alegrías de la pandemia es haber mostrado a los ciudadanos la importancia de la ciencia, haberla "popularizado". Tamargo, asintiendo, considera que la divulgación es básica y que hay que hacerla en "román paladino". José Luis Pardo, quien se ha reservado un tanto en la conversación, entra ahora hasta el fondo. No se muestra tan optimista de esa nueva popularidad de la ciencia, porque al pueblo lo que le gusta es precisamente lo popular. Pone como ejemplos los bulos que durante la pandemia se han hecho un hueco en sus respectivos nichos ideológicos. Ha habido mentiras e incluso supercherías. El virus lo creo el capitalismo, pues que venga el comunismo, aunque ya sabemos como es; que la culpa es del gobierno, pues que se vaya y con él seguro que se irá el virus también; que no, que han sido las feminazis o, en su lugar, la extrema derecha; que todo es un invento; que no lo ha traspasado un animal; que se creó en una laboratorio... "Todo esto yo lo he leído, incluso en medios que se suponen serios", señala el filósofo antes de lanzar su conclusión: la tarea del científico es muy impopular, se trata de mostrar con datos la realidad. La ciencia vale a la sociedad si consigue abstraerse de las cambiantes oleadas de la opinión pública. "Vamos, que viene a aguar la fiesta", concluye Pardo.

 

Para cerrar, María Vallet insiste en que "sin ciencia no hay futuro", pero se reafirma en que hay que consolidarla. Este puede ser el momento, porque, como repite Otegui, ahora los políticos la han incluido en su agenda. Tamargo prefiere despedirse mirando hacia dentro y alerta de lo peligrosa que es la hiperespecialización y lo importante que es la amplitud de miras y de conocimientos a la hora de hacer ciencia, sea del tipo que sea. "Yo estudié latín", recuerda. Son tantos los temas que Andrés Arias, quien ha ido moderando y también dejándose llevar, invita a los cuatro complutenses a seguir en otro momento puliendo aristas de un debate cuyo único objetivo es ensalzar la importancia de tener la ciencia presente en nuestras vidas. "Lo grabaremos", promete el director. 

 

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