Cuando los hongos vencen a los fármacos

Cada vez es más urgente encontrar nuevos medicamentos contra los hongos. Muchas infecciones fúngicas están dejando de responder a los tratamientos habituales, y hoy en día solo contamos con tres grandes tipos de antifúngicos, lo que limita mucho las opciones cuando aparecen resistencias. De hecho, en 2022 la Organización Mundial de la Salud publicó por primera vez una lista de hongos prioritarios para la salud pública, señalando a Candida y Aspergillus por su preocupante resistencia a los azoles –compuestos químicos usados tradicionalmente-. A este problema se suma que el cambio climático está facilitando la expansión de hongos patógenos a nuevas regiones y que apenas hay nuevos antifúngicos en desarrollo clínico, una situación muy distinta a la que se da con los antibióticos.

Mecanismos de acción de las tres principales familias de antifúngicos/ Julio Estrada con BioRender.com

Mecanismos de acción de las tres principales familias de antifúngicos/ Julio Estrada con BioRender.com

12 de enero de 2026.

Los hongos están por todas partes: en el suelo, en las plantas e incluso dentro de nuestro cuerpo. La mayoría son inofensivos, pero algunos pueden aprovechar momentos en los que nuestras defensas están bajas para causar infecciones. Mientras que muchos solo producen problemas leves en la piel, otros pueden llegar a órganos internos y volverse peligrosos.

Durante mucho tiempo, los hongos no recibieron la atención que merecían. La razón es simple: la mayoría son ambientales y solo unos pocos pueden crecer a la temperatura de nuestro cuerpo. Además, las personas con un sistema inmunitario sano suelen poder controlarlos sin problemas. Sin embargo, esto está cambiando. Cada vez hay más personas con defensas debilitadas, ya sea por tratamientos médicos como quimioterapia o trasplantes, por enfermedades graves o por estar en cuidados intensivos. En estos casos, los hongos que antes eran inofensivos pueden convertirse en una amenaza real, aumentando tanto las infecciones como la mortalidad de manera alarmante.

Pero hay un problema adicional: la resistencia a los medicamentos. Tanto bacterias como hongos son capaces de adaptarse al medio que los rodea, incluso a los medicamentos diseñados para eliminarlos. Por eso, en algunos casos, medicamentos que antes eran efectivos dejan de funcionar. A eso se le llama resistencia al medicamento.

La resistencia puede surgir de varias maneras: los hongos pueden bloquear que el fármaco entre en la célula, expulsarlo como si fuera basura, o cambiar la diana del medicamento para que ya no funcione.

Actualmente se usan principalmente tres tipos de medicamentos para tratar infecciones por hongos:

Azoles y polienos: atacan la membrana del hongo, que es un poco diferente a la de nuestras células porque contiene ergosterol en lugar de colesterol. Los azoles se usan tanto en infecciones graves por Candida o Aspergillus como en superficiales como la tiña. Los polienos, como la anfotericina B, son muy efectivos pero más tóxicos, y se usan en casos concretos, como meningitis por Cryptococcus en personas con SIDA.

Equinocandinas: atacan la pared celular del hongo, una estructura que los humanos no tenemos y que por eso constituye un objetivo único y seguro para los medicamentos. Algunos hongos, como Cryptococcus, son resistentes y no se pueden tratar con ellas.

La resistencia antifúngica: amenaza silenciosa y creciente

Cada año, más de 6,5 millones de personas se infectan con hongos, y alrededor de 3,8 millones mueren por estas infecciones.

En 2022, la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó por primera vez una lista de patógenos fúngicos prioritarios, con el objetivo de destacar los hongos más peligrosos para la salud humana y guiar la investigación y los recursos hacia ellos. 

Historia de los antifúngicos y sus resistencias. Abreviatura: OMS, Organización Mundial de la Salud. Elaboración propia realizada en BioRender.com.

Historia de los antifúngicos y sus resistencias. OMS. Elaboración propia realizada en BioRender.com.

Entre los señalados como de prioridad crítica se encuentran Cryptococcus neoformans, Aspergillus fumigatus, Candida albicans y Candidozyma auris (antes Candida auris). Estos hongos pueden provocar infecciones graves, especialmente como ya hemos mencionado en personas con el sistema inmunitario debilitado, como pacientes con cáncer, VIH o trasplantes de órganos. Además, algunos de estos hongos ya muestran resistencia a los antifúngicos disponibles, lo que dificulta su tratamiento.

La publicación de esta lista subraya la urgencia de desarrollar nuevas estrategias de diagnóstico, tratamiento y prevención, y de aumentar la conciencia sobre la amenaza silenciosa pero creciente que representan estos patógenos.

El cambio climático permite la adaptación de los hongos al cuerpo humano

Se estima que los cambios ambientales afectan a más de la mitad de todas las enfermedades infecciosas humanas. Dentro de este grupo se encuentran las infecciones provocadas por hongos, cuyo crecimiento y propagación se ven favorecidos por estas alteraciones. La temperatura corporal de los humanos protege normalmente contra muchas infecciones fúngicas, pero el aumento global de la temperatura está haciendo que ciertos hongos desarrollen termotolerancia, es decir, la capacidad de sobrevivir a temperaturas más altas.

Este proceso gradual “entrena” a los hongos para tolerar mejor el calor, acercándose a la temperatura del cuerpo humano y aumentando su capacidad para causar infecciones. Como resultado, especies que antes rara vez afectaban a personas sanas ahora representan un riesgo creciente, especialmente en individuos con defensas debilitadas. Un ejemplo preocupante de hongo emergente y resistente a medicamentos favorecido por el cambio climático es Candida auris, que ha causado brotes en hospitales y se ha vuelto difícil de tratar debido a su resistencia a varios antifúngicos.

Además, otros efectos asociados al cambio climático, como sequías e inundaciones, favorecen que los hongos produzcan más esporas —sus “semillas” listas para crecer cuando las condiciones son adecuadas—, facilitando su propagación. A estos factores se suma la pérdida de biodiversidad, especialmente microbiana, que altera el equilibrio natural de los ecosistemas y puede favorecer el crecimiento excesivo de hongos como Candida albicans.

Por último, otra crisis global reciente, la pandemia de COVID-19, también contribuyó al aumento de resistencias. El uso intensivo de antifúngicos en hospitales, por ejemplo, voriconazol, se incrementó hasta un 64%, favoreciendo la aparición de hongos más resistentes y complicando su tratamiento.

La innovación como única salida ante la resistencia creciente

La falta de antifúngicos disponibles, junto con el aumento de hongos resistentes y de infecciones graves, hace que la búsqueda de nuevos tratamientos sea cada vez más urgente. Para combatir estas infecciones, se pueden seguir dos caminos: mejorar los antifúngicos que ya existen o descubrir fármacos totalmente nuevos.

Modificar los medicamentos actuales puede ser más rápido y barato, porque ya sabemos cómo funcionan y qué tan seguros son, pero algunos hongos ya han desarrollado resistencia, lo que podría limitar su eficacia a largo plazo.

Por el contrario, crear fármacos nuevos es mucho más complicado que mejorar los existentes, porque requiere entender cómo actúa el medicamento y saber cuáles podrían ser sus efectos secundarios, lo que implica mucho tiempo y dinero. Además, los hongos y nuestras células son parecidos a nivel celular (¡ambos somos eucariotas!), por lo que es más complicado evitar que los nuevos medicamentos nos hagan daño, es decir, que sean selectivos para hongos.

Otra estrategia que se está explorando es reutilizar medicamentos ya existentes para tratar infecciones por hongos. Esto significa encontrar nuevos usos para fármacos que ya están aprobados y seguros para los humanos.

Otro campo en investigación es el desarrollo de nuevas vacunas. Estas ayudan al cuerpo a defenderse de los hongos usando su propio sistema inmunitario, en lugar de depender únicamente de los medicamentos.

Conclusión

La resistencia antifúngica no es solo un problema de hospitales: también tiene raíces en el medio ambiente y los cambios globales, como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Esto significa que necesitamos mirar más allá de los medicamentos y considerar cómo los hongos emergen y se propagan en la naturaleza.

Al igual que se ha hecho con la resistencia a los antibióticos, aplicar un enfoque “One Health” que conecte la salud humana, animal y ambiental puede ayudarnos a prevenir y controlar la resistencia. 

Además, la investigación de nuevos antifúngicos, vacunas y terapias innovadoras, junto con vigilancia y educación, serán esenciales para mantenernos un paso por adelante frente a estos hongos cada vez más peligrosos.

 

Los autores de este texto son Julio Jesús Estrada Valbuena, contratado en el Dpto. de Microbiología y Parasitología de la Facultad de Farmacia con un Contrato de Joven Investigador, junto a Raquel Martínez López, investigadora del mismo departamento.


 

      
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