Cuando la falta de prevención es mortal: los terremotos de Venezuela
La destrucción causada por los recientes terremotos de Venezuela del pasado 24 de junio ha puesto de manifiesto el enorme potencial destructor de estos sucesos naturales, que no pueden evitarse y, hoy en día, tampoco predecirse. Ante las imágenes de edificios totalmente destruidos, con víctimas en su interior, surge la pregunta de si es posible su rescate, cómo hacerlo o qué medios son necesarios. Sin embargo, es importante destacar que lo que mata no son los terremotos en sí mismos: lo que desencadena la mortalidad es la falta de prevención.
La Guaira, Venezuela el 26 de junio, dos días después de los terremotos. / Shutterstock.
3 de julio de 2026.
Tras las imágenes devastadoras que dejan los terremotos del 24 de junio en Venezuela, nace la preocupación sobre la búsqueda de supervivientes entre los escombros. Hoy en día, las tareas de rescate combinan métodos tecnológicos y tradicionales. La tecnología actual, mediante el uso de geófonos, micrófonos o cámaras de alta sensibilidad, junto con métodos más tradicionales, como el empleo de perros especializados en la búsqueda de personas, y el trabajo de equipos de especialistas en este tipo de rescates es de gran ayuda en estas catástrofes.
A pesar de que estos medios son evidentemente muy útiles, el punto crucial para poder llevar a cabo con éxito esta tarea es el estado en que ha quedado el edificio. La existencia de los llamados “huecos de vida”, espacios que han sufrido pocos daños en el interior de la construcción afectada, , permite la supervivencia de la víctima durante cierto tiempo. Si, por ejemplo, uno de estos huecos se encuentra en un lugar con agua, como puede ser una cañería, la persona atrapada podrá resistir durante un periodo más largo.
Construir según la normativa salva vidas
La existencia de espacios de supervivencia depende directamente de la estructura y de las características del edificio. Si este carece de la resistencia necesaria ante una sacudida sísmica severa y colapsa por completo, las probabilidades de supervivencia se reducen drásticamente. En este sentido, conviene recordar que los terremotos en sí mismos no causan víctimas, lo que realmente mata es la edificación inadecuada y vulnerable. Aunque la llegada de los equipos de rescate y socorro resulta indispensable, la verdadera prioridad radica en la prevención. Ante este escenario, la respuesta actual pasa por mitigar el impacto sísmico mediante una estrategia clave: la prevención y el cumplimento normativo.
Los países con una actividad sísmica deben disponer de una Norma de Construcción Sismorresistente o Código Sísmico. El objetivo de esta normativa es garantizar que una estructura o edificio sea capaz de resistir un determinado movimiento del suelo, generalmente cuantificado en términos de aceleración. De este modo, aunque el inmueble sufra daños severos o quede inservible, se minimiza el riesgo para sus ocupantes.
Los edificios se pueden reconstruir, pero una vida humana es insustituible. Sin embargo, no basta con la mera existencia de una Norma o Código Sísmico, es imprescindible exigir su aplicación rigurosa en el diseño y ejecución de las obras, siendo obligación de las autoridades competentes velar por su adecuado cumplimiento.
Aprovechar la tecnología sin olvidar la educación
Otra herramienta para la prevención y mitigación de los terremotos, y que ha demostrado su eficacia en el caso de los terremotos de Venezuela, son los Sistemas de Alerta Sísmica Temprana (SAST). Estos sistemas no predicen o impiden que ocurra el terremoto, pero proporcionan una alerta sobre la ocurrencia de un terremoto potencialmente dañino. De esta manera, el usuario puede adoptar una serie de medidas preventivas antes de sufrir los efectos destructores del terremoto. En el caso de los terremotos de Venezuela, la alerta temprana enviada por Google a los móviles ha mostrado la eficacia de los SAST.
Junto con estas herramientas, es fundamental dotar a la población de una educación sísmica que le permita actuar de forma rápida y adoptar medidas de autoprotección ante la ocurrencia de un terremoto. Por ejemplo, en el caso de los SAST, una alerta 5 segundos antes de que comience el movimiento del suelo permite refugiarse debajo de una mesa y evitar posibles daños derivados de la caída de lámparas o del falso techo. Sin embargo, para que esto sea posible, la población debe conocer estas medidas y estar entrenada para ser capaz de reaccionar en un tiempo tan corto ante un seísmo. Por ejemplo, en Japón, los niños están entrenados desde el colegio para adoptar estas medidas de seguridad.
No todos los terremotos son iguales
Asimismo, no hay que olvidar que es fundamental conocer en detalle las características de los terremotos que ocurren en un país o región. En el caso de los terremotos de Venezuela del 24 de junio, la ocurrencia de dos terremotos de gran magnitud con una diferencia de menos de 1 minuto, -lo que se conoce como un doblete sísmico –, ha contribuido a incrementar sustancialmente los daños.
Tras la ocurrencia del primer sismo de magnitud 7.2, no se esperaba un segundo terremoto de magnitud mayor, 7.5. Sin embargo, no es la primera vez que ocurre un doblete sísmico en Venezuela. En septiembre de 2025 ya ocurrió un fenómeno similar, aunque de menor magnitud (6.2 y 6.3 respectivamente), localizado al oeste-suroeste de los epicentros del de 2026. Además, el hecho de que los focos del doblete de 2026 hayan sido tan superficiales (23 y 10 kilómetros de profundidad, respectivamente) ha contribuido notablemente a aumentar los daños.
Existen, por tanto, medidas que, aunque no evitan la ocurrencia de un terremoto, sí minimizan de manera drástica sus daños. Sin embargo, gran parte de estas acciones implican una inversión económica importante. Diseñar una estructura sismorresistente o implantar un Sistema de Alerta Sísmica Temprana conlleva un coste económico superior al de la edificación convencional. Lamentablemente, este esfuerzo financiero no está al alcance de todos los países, y como ocurre habitualmente, los países con menores recursos terminan siendo los más vulnerables ante los fenómenos de la naturaleza.
Los autores de este texto son Elisa Buforn y Maurizio Mattesini, catedráticos de la Facultad de Ciencias Físicas de la Universidad Complutense de Madrid.
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