“A partir de los 40 grados corporales, las neuronas dejan de funcionar correctamente”

¿Notas que tu cerebro en verano se resiente? Dolores de cabeza, descoordinación, dolores musculares y hasta mareos son consecuencia de las olas de calor que nos deshidratan y elevan la temperatura de nuestro organismo hasta que las neuronas dejan de funcionar como lo hacen habitualmente, afectando a nuestro sistema. José Ángel Morales García, investigador del Departamento de Biología Celular e Histología de la Universidad Complutense de Madrid visita el pódcast En las ondas de Marie y nos habla de los beneficios, perjuicios y creencias relacionadas con el cerebro en época estival.

 

José Ángel Morales y Carolina Meroño durante la entrevista en el pódcast de la UCC+I. / Ana Casado.

José Ángel Morales y Carolina Meroño durante la entrevista en el pódcast de la UCC+I. / Ana Casado.

Ana Casado, María Milán y Carolina Meroño, 26 de junio de 2026.

María: Para que el calor provoque falta de atención y pérdida de memoria, tienen que darse unas condiciones extremas y unas temperaturas realmente altas. Porque, por suerte, los seres humanos somos homeotermos. ¿Qué significa esto?

José: Quiere decir que somos capaces de regular nuestra temperatura durante todo el año, independientemente de la temperatura que haga fuera. Con lo cual, tanto en invierno como en verano, mantenemos nuestra temperatura corporal de 37ºC, porque tenemos los mecanismos fisiológicos necesarios para controlarla sin necesidad de fuentes externas, como estar expuestos al sol o meternos en agua fría.

María: Pero hay una temperatura que actúa como detonante y puede hacernos sufrir un golpe de calor ¿Qué grados empiezan a afectar a nuestro cerebro?

José: Se considera que a partir de los 40ºC corporales, no 40ºC de temperatura externa. Cuando nuestro cuerpo alcanza esta temperatura, además de manera sostenida, se resiente y empiezan los problemas, sobre todo en el sistema nervioso, que es especialmente sensible a ese aumento de temperatura a partir de los 40 grados.

María: ¿Se nos pueden derretir las neuronas?

José: Algo parecido. Lo que ocurre realmente es que las neuronas dejan de funcionar correctamente por muchísimas razones derivadas del calor. Y una de ellas es que se desnaturalizan las proteínas que forman parte de nuestro tejido nervioso. Esto quiere decir que esas proteínas, que tienen una estructura y conformación determinadas, a altas temperaturas se empiezan a desconfigurar. Por lo tanto, en sentido figurado, se empiezan a “derretir”. Al final, son componentes estructurales y necesarios de las células. Sería como si se empezasen a derretir nuestras ventanas, persianas y puertas, y eso afecta a la funcionalidad de las neuronas.

María: ¿Qué efectos principales empezamos a notar cuando sucede esto?

José: Un golpe de calor no es sólo abanicarse un poco, es algo relativamente grave, y de hecho provoca la muerte de mucha gente. A nivel del sistema nervioso central, lo que ocurre es que empezamos a tener dolor de cabeza, descoordinación y mareos. En el resto del organismo, dolores musculares. Esto está muy relacionado con la deshidratación: perdemos agua y sales, lo que afecta a la funcionalidad de las células en general y de las neuronas en particular.

María: ¿Y cómo podemos hidratar al cerebro? ¿Cómo lo refrigeramos?

José: El cerebro está extraordinariamente vascularizado. Esto quiere decir que tenemos muchos vasos que recorren todo el tejido nervioso para proveerlo de oxígeno y de glucosa, que son fundamentales para su funcionamiento, y además tienen efecto termorregulador. Mantienen al cerebro en las condiciones óptimas. Por lo tanto, lo que hay que hacer es mantener nuestra temperatura corporal a niveles óptimos, siempre por debajo de los 40 grados, mediante mecanismos exógenos – externos – para no tener que forzar el sistema endógeno – interno – de regulación del sistema nervioso. Con lo cual: sitios frescos, ropa fresca y, sobre todo, muchísima hidratación. Aunque no se tenga sed, hay que beber muchísimo para evitar que esa falta de agua y de sales que se producen como consecuencia de la deshidratación afecte a la función del tejido nervioso.

María: Como consecuencia del calor, el estado de ánimo en general está más apático. ¿Es posible?

José: Sí, precisamente porque hay un núcleo en el tejido nervioso, el hipotálamo, que tiene muchísimas funciones en nuestro organismo. Se encarga de regular el estrés, la temperatura, los ciclos de sueño y vigilia, el hambre, la saciedad, la ingesta de líquidos o el comportamiento sexual. Y también se relaciona con la regulación de las emociones. Cuando hace muchísimo calor, nuestro hipotálamo se centra en aquellas funciones destinadas a mantener la temperatura y se olvida un poquito de las demás. Entre esas funciones de las que se olvida, está la regulación emocional. Por lo tanto, el calor ya produce alteraciones en nuestro estado de ánimo, y además el hipotálamo no es capaz de regular bien porque está ocupado en otras cosas. Entonces, estamos mucho más irascibles y todo nos cuesta más.

María: Respecto a estos efectos de los que hemos estado hablando, ¿se han descrito diferencias por tipo de población, grupo de edad, localizaciones? Es decir, ¿hay personas más o menos propensas a que su sistema nervioso se vea más afectado?

José: Sí, aquellas personas que tienen problemas en mantener la homeostasis – equilibrio interno – normal del cuerpo. Por ejemplo, niños y personas mayores. En los niños, porque todavía no ha madurado completamente su sistema nervioso. En las personas más mayores, como consecuencia del proceso de envejecimiento, el tejido nervioso empieza a funcionar un poco peor. Eso quiere decir que no tienen tanta capacidad para regular la homeostasis, es decir, para controlar que el cuerpo funcione correctamente y, en este caso, que la temperatura se regula adecuadamente. Por eso, a ellos el calor les afecta mucho más.

Ana: Los días son más largos, aumentan las horas de luz, y esto supone una de las señas de identidad del verano. ¿Cómo afecta este cambio ambiental a la producción de serotonina y de qué manera influye directamente en nuestro estado de ánimo?

José: La serotonina es un neurotransmisor, es decir, es una proteína que utilizan las neuronas para comunicarse entre ellas, que está muy relacionada con los estados emocionales. De hecho, se la considera una de las hormonas de la felicidad. A mayor nivel de serotonina, muchísima más alegría y animación. Por ejemplo, se ha demostrado que los niveles bajos de serotonina están relacionados con patologías como depresión, ansiedad, insomnio, trastorno obsesivo-compulsivo, esquizofrenia... Que tengas niveles bajos de serotonina no quiere decir que vayas a desarrollar estas patologías, pero en esas patologías sí que hay niveles bajos de serotonina, como en la depresión.  Cuando los niveles están bien ajustados o son altos, ocurre todo lo contrario. Y como la serotonina se puede estimular por altas horas de luz, en verano sintetizamos mucha más cantidad, lo que afecta a nuestro estado de ánimo, haciendo que estemos emocionalmente mucho más alegres.

Ana: En verano también solemos hablar de la vitamina D, la vitamina del sol, necesaria para muchas funciones vitales. Pero desde el punto de vista de la neurobiología, ¿qué papel juega esta sustancia en la salud de nuestras neuronas y en la prevención de enfermedades neurodegenerativas?

José: La vitamina D es importantísima para muchísimas cosas, pero en el caso del sistema nervioso ayuda, por ejemplo, al desarrollo y mantenimiento de las neuronas. También participa en la producción de otros neurotransmisores, es decir, contribuye a que las neuronas y los distintos circuitos neurales estén bien comunicados. Además, es antiinflamatoria, y recordemos que, en enfermedades como el párkinson o el alzhéimer, una de las cosas que ocurre es que el cerebro está permanentemente inflamado. Con lo cual, la vitamina D es un potente antiinflamatorio, es neuroprotector, y potencia la función cognitiva. La vitamina D también se utiliza para sintetizar serotonina, con lo cual está todo relacionado, porque al aumentar los niveles de vitamina D también van a aumentar los niveles de serotonina.

Ana: Otro de los puntos positivos del verano es pasar más tiempo cerca del mar, y una actividad clásica es nadar. ¿Contribuye a mejorar nuestra capacidad cognitiva y a proteger el cerebro del daño oxidativo?

José: Exactamente. Además, la natación es algo que deberíamos hacer todo el año porque todo son ventajas. Físicamente, no deja de ser un ejercicio aeróbico que aumenta la oxigenación, en concreto la del sistema nervioso, y cuanto más oxigenado esté, mejor va a funcionar. Aumenta la producción de endorfinas, sustancias naturales implicadas en los estados de ánimo, en el placer, en el bienestar y en la felicidad. Físicamente, activa los principales grupos musculares. Además, al evitar el efecto de la gravedad, su impacto es muchísimo mejor. A nivel del sistema nervioso, tiene muchísimos beneficios. Por ejemplo, estimula la producción del factor BDNF, que necesitan las neuronas para vivir y para funcionar correctamente. Además, está muy relacionado con la formación de nuevas neuronas y de nuevas conexiones. Cuando nadamos, el aumento del BDNF va a mejorar la función del tejido nervioso.

Ana: Y además es complicado, requiere de mucha coordinación…

José: Claro, nadar exige mucha coordinación. Nuestro encéfalo está dividido en dos hemisferios, un hemisferio izquierdo y un hemisferio derecho, que están extraordinariamente conectados a través de una estructura, el cuerpo calloso, que manda la información de un lado a otro. En la natación hay que coordinar continuamente brazo derecho con brazo izquierdo, pierna derecha con pie izquierdo, y todo ello con movimiento de cabeza. Es decir, el cuerpo calloso, esa comunicación, está continuamente transmitiendo información de un hemisferio a otro. Con lo cual, primero necesita una mayor función cardiovascular, que llegue más oxígeno y glucosa al cerebro. También, que esté en continua comunicación. Ambas cosas van a favorecer que el tejido nervioso funcione muchísimo mejor. Eso al final deriva, como se ha demostrado, en una mejora en la función cognitiva, en la memoria y en el aprendizaje.

Ana: Otro de los deportes que practicamos en verano es tener más vida social, reencontrarnos con esa familia que hace tiempo que no vemos o reunirnos con grupos de amigos. ¿Esto estresa o beneficia a nuestro cerebro?

José: La interacción social siempre es beneficiosa para nuestro sistema nervioso. De hecho, es una de las cosas que siempre recomiendo en la lucha contra enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson o el Alzheimer. Cuando interaccionamos con otras personas, nuestro sistema nervioso está continuamente atento a lo que está ocurriendo, porque tiene que percibir cómo hablamos, cómo lo decimos, nuestra expresión facial, nuestra manera de movernos, qué nos dicen. El sistema nervioso tiene que integrar esa información, compararla con información previa de otras situaciones similares y emitir una respuesta. Es decir, está continuamente trabajando ante la recepción de esos estímulos. Por eso siempre digo que, en la lucha contra el deterioro cognitivo, la interacción social es mejor que cualquier otra actividad del mundo.  Pero cuando esa interacción social no es la que queremos o nos la han impuesto, los beneficios desaparecen y nos suben los niveles de cortisol. En ese caso, la interacción social no es tan positiva.

Carol: Siguiendo con las costumbres veraniegas, en esta época se hacen más planes sociales, lo que da más pie a beberse unos vinitos. Muchas veces se justifica diciendo que el consumo moderado de vino protege el cerebro. ¿Verdadero o falso?

José: Completamente falso. Esto se ha dicho mucho. Cuando era pequeño, se escuchaba que los médicos recomendaban un vasito de vino al día. Pero no, es completamente falso: no hay una dosis óptima, terapéutica o favorable de alcohol, la dosis es cero. Siempre es perjudicial para la salud y en concreto para nuestro sistema nervioso. Otra cosa es que, de manera esporádica, te puedas tomar un vino o una cerveza en un ambiente lúdico. El hecho de tomártelo estimula la serotonina, la dopamina y las endorfinas y favorece la salud mental, pero el consumo de alcohol no es beneficioso nunca.

Carol: Con respecto a los planes sociales, Cupido también lanza las flechas, al cerebro. En verano nos enamoramos más. ¿Verdadero o falso?

José: Es cierto que en verano tenemos mayor predisposición, porque al haber más horas de luz, sintetizamos de manera natural más serotonina. Luego, la serotonina, la dopamina y todo lo demás que sintetizamos cuando nos estamos enamorando, es consecuencia del proceso de enamoramiento. Pero como ya estamos sintetizando serotonina antes de eso por la luz, por el verano, por la interacción social y por las vacaciones, eso modifica nuestro comportamiento: estamos más alegres, somos más felices y eso nos predispone más a enamorarnos. Yo diría que es verdadero.

Carol: Este verano vamos a desconectar del trabajo, pero probablemente vamos a estar todavía más conectados a las redes sociales, compartiendo nuestros planes. Se dice que las redes sociales están reconfigurando nuestro cerebro. ¿Verdadero o falso?

José: Totalmente verdadero. En redes sociales, siempre hablamos del algoritmo. Hay dos fórmulas matemáticas y todo esto está muy estudiado para hacer que las redes sociales nos enganchen más o menos. Pero estoy convencido de que, en el diseño de las redes sociales, también participan neurocientíficos para aprovechar muchas de nuestras redes neurales en su beneficio, para hackear el cerebro. Por ejemplo, las redes sociales nos están proporcionando novedad todo el tiempo. Eso es un circuito neural muy básico que tenemos: al cerebro le atrae porque esa novedad es necesaria para la supervivencia. También lo es esa necesidad de aprobación social. Aquella persona que vive en sociedad se puede beneficiar de esa convivencia, con lo cual su supervivencia es mayor. Así que sí, totalmente las redes sociales hackean nuestro cerebro.


 

      
Unidad de Cultura Científica y de la Innovación
Oficina de Transferencia de Conocimiento (OTC)
Universidad Complutense de Madrid 
uccucm@ucm.es Tlf.: 913946510
 
 
 

Con la colaboración de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología - Ministerio de
Ciencia, Innovación y Universidades