Los “juegos del dopaje”: cuando no todo vale en el deporte

La reciente irrupción de los llamados Enhanced Games (Juegos Mejorados), celebrados estos días en Las Vegas, ha reabierto con enorme intensidad el debate ético, médico y social sobre el dopaje en el deporte de élite. Sus promotores defienden una competición donde el uso de sustancias para mejorar el rendimiento no solo deja de ocultarse, sino que pasa a ser tolerado e incluso integrado dentro del espectáculo deportivo. Bajo el argumento de la “libertad individual” y del supuesto avance científico, estos juegos plantean un modelo radicalmente opuesto al ideal olímpico tradicional, cuestionando los límites entre rendimiento, salud y ética competitiva.

 

El dopaje mejora el rendimiento del deportista de manera deshonesta.

El dopaje mejora el rendimiento del deportista de manera deshonesta. / Shutterstock

29 de mayo de 2026. Desde hace años, las noticias relacionadas con el dopaje han aumentado y han tenido una gran repercusión mediática.

En primer lugar, porque el deporte es un fenómeno social e incluso, para algunas personas, una representación lúdica de la vida cotidiana, donde el deportista compite contra sí mismo para mejorar una marca o en equipo para lograr una victoria en un partido. Su único ánimo es disfrutar y obtener una victoria como en un juego. El que es mejor gana y, por lo tanto, conlleva un carácter ético de competición o pugna limpia sin trampas, a diferencia de lo que ocurre desgraciadamente, con bastante frecuencia, en la vida real.

Por otra parte, la profesionalización del deporte ha trasformado este en un espectáculo donde volcamos nuestras emociones, sentimientos, frustraciones y angustias. Al observar una competición nos posicionamos a favor de un competidor o un equipo y obtenemos satisfacción si gana nuestro deportista favorito o nuestro equipo. Esto somete a presión a muchos competidores que no quieren defraudar a sus seguidores y patrocinadores.

De estas dos posturas enfrentadas surge el litigio entre lo éticamente correcto y el conseguir una ventaja que nos lleve al éxito.

La humanidad, ha sido incapaz de aceptar libremente sus limitaciones físicas y mentales, siempre ha buscado formas mágicas en un intento de superar con el mínimo esfuerzo sus posibilidades naturales. En ese empeño, ha utilizado diversos métodos alimenticios y medicamentos, no siempre lícitos, que pueden considerarse precursores de la práctica que hoy en día se conoce como dopaje.

La aparición de nuevos métodos de dopaje unido a metodologías, siempre un paso por detrás, en la detección de sustancias dopantes, ha añadido más desconfianza sobre este tema, obligando a los tribunales a tomar partida y aumentar las suspicacias tanto por parte del competidor como de los agentes controladores.

Se considera dopaje a toda aquella ingesta o uso por parte de un deportista de cualquier sustancia ajena al organismo cuya intención es la mejora de una manera artificial y deshonesta del rendimiento del deportista en la competición.

Por tanto, el dopaje favorece el rendimiento en una competición de manera no ética, y, además, puede provocar graves consecuencias sanitarias en el futuro, a pesar del exiguo beneficio que aportan estas sustancias, amén del daño moral que conlleva contra el lema del juego limpio.

Si repasamos la historia del dopaje desde la antigüedad hasta nuestros días, observaremos la gran evolución que ha sufrido con el paso del tiempo y las dimensiones que está alcanzando en el mundo actual llegándolo a considerar una pandemia de grandes dimensiones de la cual solo conocemos el vértice del iceberg y un gran problema de salud pública.

Una práctica de alto riesgo médico y social

Detrás de la aparente modernidad de Enhanced Games, subyace un problema sanitario de enormes dimensiones. La normalización del consumo de sustancias dopantes implica aceptar riesgos médicos muy graves que, en muchas ocasiones, son minimizados por el entorno deportivo y mediático.

El empleo de esteroides anabolizantes, hormona del crecimiento, eritropoyetina (EPO), estimulantes o moduladores hormonales puede producir alteraciones cardiovasculares severas (infartos fulminantes), hipertensión arterial de por vida, arritmias cardiacas, e incluso muerte súbita por tromboembolismo pulmonar en deportistas jóvenes aparentemente sanos. A ello se añaden lesiones hepáticas, insuficiencia renal y trastornos endocrinos, con problemas de impotencia y de la lívido en la esfera sexual de por vida.

Los efectos secundarios no se limitan únicamente al plano físico. Numerosos estudios han descrito importantes alteraciones psiquiátricas derivadas del consumo continuado de sustancias dopantes. Cambios bruscos de personalidad, agresividad, dependencia psicológica, ansiedad, depresión o episodios psicóticos forman parte de un cuadro clínico cada vez más frecuente entre consumidores de anabolizantes y estimulantes. Paradójicamente, la búsqueda obsesiva de la perfección física y del éxito deportivo termina conduciendo a muchos deportistas a un deterioro progresivo de su salud mental y emocional.

Iniciativas como la de Las Vegas, patrocinadas por los propios vendedores de estas sustancias dopantes, pueden transmitir un mensaje especialmente peligroso a la población más joven. El espectáculo deportivo de atletas dopados facilita el riesgo de banalizar el consumo de sustancias farmacológicas y presentar la mejora artificial del cuerpo como un requisito necesario para alcanzar el éxito, no solo en el deporte, sino también en la vida cotidiana. Esta cultura del rendimiento extremo favorece la aparición de conductas de riesgo en adolescentes y deportistas amateurs, que carecen de supervisión médica adecuada y son particularmente vulnerables a la presión social y estética.

Desde el punto de vista de la salud pública, la expansión de este fenómeno podría generar consecuencias difíciles de controlar. El dopaje dejaría de ser un problema restringido al ámbito profesional para extenderse aún más a gimnasios, deportes escolares y actividades recreativas. De hecho, muchos expertos consideran ya el consumo de sustancias para mejorar el rendimiento como una auténtica pandemia silenciosa, alimentada por redes ilegales de distribución, desinformación en redes sociales y la creciente mercantilización del cuerpo humano.

Más allá del debate sobre la libertad individual del deportista, resulta imprescindible recordar que el dopaje no constituye únicamente una trampa competitiva, sino también un importante problema médico, psicológico y social.

 

      
Pilar Martín Escudero, la autora de este texto, es Directora de la Escuela de Especialización Profesional de Medicina de la Educación Física y el Deporte en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid.

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