Cuando el día se convierte en noche: ¿qué les ocurre a los animales durante un eclipse solar?

El 12 de agosto de 2026, en una franja norte/este de la península ibérica tendremos un acontecimiento celeste excepcional: un eclipse de Sol total. Durante unos minutos en pleno día, la oscuridad repentina alterará de forma breve pero intensa el paisaje, la temperatura, el viento o la humedad relativa, generando una experiencia inusual, percibida no solo por los humanos sino también por los animales. ¿Influyen estas señales ambientales intensas y efímeras en su fisiología y su comportamiento?

 

 La oscuridad total reduce la actividad de vuelo de las aves. / Shutterstock.

 La oscuridad total reduce la actividad de vuelo de las aves. / Shutterstock.

25 de junio de 2026.

La primera observación registrada de un animal respondiendo a un eclipse solar data de mediados del siglo XVI: “las aves caían del cielo y dejaban de cantar”.

En el siglo XX, las observaciones realizadas en zoológicos y en entornos naturales describen cambios comportamentales en distintos grupos de animales, desde invertebrados hasta primates. Sin embargo, un análisis científico de los posibles efectos de un eclipse solar en los seres vivos es una tarea muy compleja que requiere la utilización de avances tecnológicos más allá de las meras observaciones.  

Los relojes biológicos: cómo la luz organiza la vida

Todos los organismos estudiados hasta la fecha, desde algas unicelulares hasta mamíferos, muestran ritmos en su comportamiento y fisiología sincronizados con los ciclos geofísicos ambientales. El más importante es el ciclo diario de luz y oscuridad que regula procesos tan diversos como los ciclos de sueño y vigilia, la actividad locomotora, la alimentación, la temperatura corporal o la secreción hormonal.

Lo más interesante es que muchos de estos ritmos no son simples respuestas pasivas a los cambios del ambiente. Los organismos poseemos mecanismos internos capaces de medir el paso del tiempo, conocidos como relojes biológicos o circadianos, que forman el conocido sistema circadiano.

Su función principal es permitir la anticipación de los cambios cíclicos del entorno, de modo que la fisiología y el comportamiento puedan ajustarse antes de que dichos cambios ocurran. Esta capacidad de organizar temporalmente la actividad del organismo supone una importante ventaja adaptativa, ya que optimiza procesos como la búsqueda de alimento, el descanso, la reproducción o la evitación de depredadores.

El término circadiano procede del latín circa diem ("alrededor de un día"), ya que estos ritmos presentan un periodo —el tiempo necesario para completar un ciclo— cercano a las 24 horas. Durante décadas se desconoció cómo funcionaban estos relojes, pero el descubrimiento de los primeros genes reloj hace unos 30 años reveló su base molecular. La característica más sorprendente de estos osciladores es que pueden seguir funcionando incluso en ausencia de señales externas, lo que nos permite mantener una referencia temporal interna.

No obstante, los relojes circadianos no funcionan de forma aislada. Para mantenerse ajustados al tiempo real necesitan sincronizarse continuamente con el entorno. La principal señal para esta puesta en hora es la luz del amanecer, que modifica la actividad de los genes reloj y reajusta cada día los osciladores internos para que permanezcan sincronizados con el ciclo diario de luz y oscuridad, siendo menos relevante una señal de oscuridad.

Por ello, en el eclipse que observaremos en la península ibérica, al ser próximo al anochecer natural, la señal será menos discordante para el sistema circadiano que si ocurriera en pleno mediodía, por lo que se espera que sus efectos sobre la organización temporal interna sean aún menores.

De nadar menos a volver a la colmena

Aunque la duración de un eclipse solar es demasiado breve para alterar los relojes biológicos y, además, probablemente la mayoría de los animales experimentarán este fenómeno sólo una vez en su vida, estudios publicados en las últimas décadas en grupos muy diversos de animales muestran que un eclipse solar total puede desencadenar en ellos respuestas inmediatas.

Los ecosistemas acuáticos ofrecen entornos fascinantes. Numerosos organismos utilizan la luz para regular su posición en la columna de agua. De forma particular, los microorganismos que constituyen el zooplancton realizan migraciones verticales diarias, optimizando su alimentación y reduciendo el riesgo de depredación. Durante algunos eclipses, se han observado ascensos temporales de ciertos microrganismos marinos del fondo del mar, aumentos de la bioluminiscencia, reducción del movimiento natatorio de ciertos peces, su estabilización en la columna de agua e incluso cambios de la coloración de su superficie corporal.

Los insectos terrestres también muestran respuestas rápidas a la desaparición de la luz. En general, los insectos diurnos como las mariposas o las hormigas suelen reducir su actividad, descienden al suelo o buscan refugio. Por el contrario, algunas especies nocturnas pueden comenzar a activarse: grillos que emiten sonidos característicos de la noche, polillas que emergen de sus escondites diurnos, escarabajos peloteros que detienen su actividad y se entierran o luciérnagas que emiten destellos de luz e inician sus rituales de apareamiento.

Las abejas son un grupo especialmente interesante, dada la relevancia que tiene la luz solar en su ciclo diario vital. Durante la oscuridad total del eclipse se han registrado caídas drásticas de su actividad recolectora de néctar, regresando a la colmena como si el día hubiese acabado. De forma muy interesante, los vuelos de las abejas obreras durante las fases parciales del eclipse duraron más tiempo que los habituales con luz solar, demostrando una extraordinaria plasticidad comportamental para ajustar su actividad de vuelo a los cambios en la intensidad de luz durante el eclipse.

La influencia en el vuelo y el canto de las aves

Las observaciones realizadas de las respuestas de las aves a los eclipses indican una reducción significativa de su actividad de vuelo durante el tiempo de oscuridad total, seguida de una rápida recuperación cuando reaparece la luz solar.

Algunas especies disminuyen o interrumpen el canto diurno, cesan la actividad de alimentación y, en algunos casos, regresan temporalmente a los lugares donde normalmente descansan por la noche, siendo estas respuestas más pronunciadas si el eclipse ocurre durante su estación reproductora.

Se ha descrito que, una vez finalizado el eclipse, gorriones, mirlos, estorninos y otras aves urbanas vuelven a cantar como si estuviera amaneciendo de nuevo. No obstante, estas respuestas difieren mucho entre individuos de una misma especie (algunos aumentan sus patrones de vocalizaciones durante el eclipse) y entre especies distintas, de modo que algunas parecen ignorar el fenómeno, especialmente si la oscuridad no alcanza niveles comparables a los del crepúsculo habitual.

Teniendo en cuenta que el máximo de oscurecimiento durante un eclipse apenas dura unos minutos y que el resto del tiempo la intensidad lumínica es similar a la que las aves podrían experimentar durante un día nublado, no debe sorprendernos esta falta de consistencia en la respuesta de las aves al eclipse solar. En este sentido, sabemos que en el control de las vocalizaciones de las aves intervienen reguladores endógenos (niveles hormonales), una amplia variedad de factores ambientales además de la intensidad lumínica, y necesariamente las interacciones con otras aves o animales (incluyendo los seres humanos). Por todo ello, no podemos determinar si es la ausencia de luz la que determina las respuestas observadas o una combinación de los distintos factores que intervienen.

De la indiferencia de tu perro a la ansiedad de algún primate

En el caso de los mamíferos, los estudios realizados describen respuestas muy variables y de difícil generalización. Mamíferos nocturnos, como los murciélagos, abandonan sus refugios durante eclipses totales y vuelven rápidamente a sus comportamientos habituales al regresar la luz solar.

Algunos animales de granja (ganado vacuno y ovino) interrumpen el pastoreo y se desplazan hacia sus establos, interpretando el eclipse como una transición hacia la noche. Las mascotas (perros y gatos) suelen mostrar indiferencia general al eclipse (están muy adaptados a la luz artificial humana), aunque algunos parecen percibir la alteración ambiental y permanecen atentos a los cambios de comportamiento de las personas que los rodean.

Las observaciones realizadas en zoológicos describen diversos cambios comportamentales en los primates, algunas especies parecen iniciar conductas asociadas al anochecer, aunque mayoritariamente responden con signos de ansiedad generalizada (agrupamiento defensivo, vocalizaciones de alerta), como si estuvieran ante una situación estresante. Posiblemente esta respuesta de ansiedad durante el eclipse no sea atribuible al propio eclipse, sino a la reacción de los humanos que les contemplan durante el mismo.

 Infografía realizada por las investigadoras con Inteligencia Artificial. / María Jesús Delgado y Esther Isorna. 

 Infografía realizada por las investigadoras con Inteligencia Artificial. / María Jesús Delgado y Esther Isorna. 
 

 

Sin desajuste de relojes biológicos

Los eclipses son acontecimientos impredecibles y demasiado raros para haber favorecido mecanismos de adaptación en los animales. Si fuese ventajoso responder a estos cambios instantáneos asociados a un eclipse, todos los individuos de una especie mostrarían la misma respuesta adaptativa, pero no es así.

Lo que observamos durante un eclipse no son animales con relojes biológicos desajustados, sino respuestas fisiológicas inmediatas para afrontar un cambio ambiental excepcional. En cronobiología este fenómeno se conoce como masking: la luz o la oscuridad modifican directamente el comportamiento sin alterar necesariamente los relojes internos, que continúan marcando la hora correcta.

En cierto modo, un eclipse solar representa un experimento natural extraordinario, una breve “confusión” que, sin cambiar las reglas biológicas que gobiernan el comportamiento animal, nos permite observar los engranajes del tiempo biológico en funcionamiento de una forma tan espectacular como poco frecuente.

 

Las autoras de este texto son María Jesús Delgado Saavedra y Esther Isorna Alonso, investigadoras del Departamento de Genética, Fisiología y Microbiología de la Universidad Complutense de Madrid.  


 

      
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