Daño ocular y eclipses: por qué no vale cualquier gafa
Desde tiempos ancestrales, nuestra vida ha girado en torno al astro solar. De eso ha dependido nuestro éxito como especie, el mirar con atención al cielo. En todas las culturas, el fenómeno de los eclipses nos ha traído diferentes augurios, desde la época de la Antigua China, donde se interpretaba como un dragón celestial devorando al Sol, hasta en la cultura mexicana, donde el Tonatiuh Qualo (cuando el Sol es comido) era signo de una batalla cósmica que requería rituales con sacrificios para evitar la oscuridad eterna. Hoy, aunque la ciencia ha sustituido al mito, el respeto por este fenómeno debe ser el mismo: observar al 'rey' sin protección sigue siendo un desafío a la biología.
Las gafas de eclipse homologadas deben cumplir la norma internacional ISO 12312-2. / Shutterstock.
18 de junio de 2026.
El ojo humano es un instrumento óptico extraordinario, capaz de adaptarse a condiciones de luz muy diferentes, desde la penumbra de una noche cerrada, hasta el mediodía de verano. Sin embargo, hay una fuente lumínica para la que no fue diseñado: mirar directamente al Sol.
La razón está en nuestra propia anatomía. Nuestro sistema de lentes del ojo, formado por la córnea y el cristalino, está diseñado para enfocar la imagen en la retina actuando como una lupa natural. Cuando dirigimos la mirada al Sol, se concentra toda la energía luminosa y térmica en un punto minúsculo de la retina, la zona llamada fóvea, que es precisamente donde nuestra visión es más nítida. El resultado es devastadoramente simple: una quemadura irreversible localizada en el tejido más precioso de nuestro sistema visual.
Lo que agrava el peligro es que la retina carece de receptores del dolor, por lo que no hay aviso, no hay ardor o dolor. La persona puede estar dañándose la retina de forma irreversible sin sentir absolutamente nada en el momento.
¿Por qué el eclipse es especialmente traicionero?
En condiciones normales, mirar al Sol directamente resulta insoportable en fracciones de segundo: el deslumbramiento, el reflejo de apartar la vista y la constricción de la pupila actúan como mecanismos de defensa. Pero durante un eclipse parcial o los instantes previos y posteriores a la totalidad, ocurre algo paradójico.
La reducción de la luz ambiental engaña al cerebro. La escena se oscurece, la pupila se dilata buscando más luz, y la persona siente que "puede" mirar sin molestias. Sin embargo, la radiación que sigue llegando, especialmente aquella que no es visible pero que es tremendamente nociva, la ultravioleta y la infrarroja, no disminuye en la misma proporción que la luz visible. El ojo está ahora más abierto y más expuesto, justo cuando la guardia baja.
Este fenómeno tiene nombre: retinopatía solar, y su mecanismo es doble. Por un lado, la radiación ultravioleta genera radicales libres que dañan las células fotorreceptoras (conos y bastones). Por otro, la energía infrarroja produce un efecto térmico directo, literalmente cocinando el tejido retiniano a nivel microscópico.
Los síntomas de la retinopatía solar no siempre son inmediatos. Pueden aparecer horas después de la exposición, lo que lleva a muchos afectados a no relacionar la causa con el efecto. Entre las manifestaciones más frecuentes se encuentran:
- Visión borrosa o distorsionada, especialmente en el centro del campo visual.
- Escotoma central: una mancha oscura o gris permanente justo en el punto de mayor agudeza visual.
- Metamorfopsia: percepción distorsionada de las formas, como si las líneas rectas se curvaran.
- Sensibilidad aumentada a la luz (fotofobia) y dolor de cabeza.
En los casos leves, parte del daño puede recuperarse con el tiempo, ya que algunas células fotorreceptoras tienen cierta capacidad de regeneración. Pero en exposiciones prolongadas o repetidas, las lesiones son permanentes. No existe tratamiento quirúrgico ni farmacológico que repare una fóvea quemada. La medicina, aquí, solo puede observar.
¿Cómo protegernos? Spoiler: con tus gafas de sol normales no
La protección existe, es accesible y es eficaz, pero debe cumplir unos requisitos muy específicos. El error más común es confundir gafas "oscuras" con gafas "seguras". Las gafas de sol convencionales, incluso las más oscuras, bloquean apenas entre el 70 y el 90 % de la luz visible, pero dejan pasar gran parte de la radiación ultravioleta e infrarroja casi sin filtrar. Son, en este contexto, inútiles y peligrosas. Es por ello por lo que nunca se deben usar gafas de sol para ver un eclipse.
Las gafas de eclipse homologadas deben cumplir la norma internacional ISO 12312-2, que establece que la transmitancia –cantidad de luz que atraviesa un material– no puede superar el 0,0032 %. Para ponerlo en perspectiva: bloquean más de 100.000 veces más luz que unas gafas de sol normales. Están fabricadas con un filtro de polímero negro o con láminas de Mylar metalizado que absorben y reflejan por igual la radiación visible, ultravioleta e infrarroja.
¿Cómo reconocerlas? El sello ISO 12312-2 debe aparecer impreso en las varillas. Como truco, a través de ellas, solo debería ser visible el disco solar, nada más: ninguna lámpara encendida, ninguna ventana iluminada. Si se ve cualquier otra fuente de luz, el filtro no es suficiente.
Otras opciones válidas para la observación directa incluyen los filtros solares para telescopios y binoculares, que deben colocarse siempre en el objetivo, nunca en el ocular, y la clásica proyección indirecta con una caja estenopeica, que permite ver la imagen del Sol proyectada sobre una superficie sin exponer los ojos en ningún momento. Nos puede servir desde una espumadera de la cocina o un colador hasta cruzar nuestros dedos dejando agujeros pequeños entre ellos o el clásico agujero en una hoja con la mina de un lápiz. En resumen, un agujerito pequeñito por el que pueda pasar la luz.
Existe un instante, breve y mágico, en que las gafas pueden retirarse sin riesgo: durante la fase de totalidad de un eclipse total de Sol, cuando el disco lunar cubre completamente al solar. En ese momento, la corona solar, esa atmósfera exterior tenue y luminosa que normalmente es invisible, se despliega en el cielo como un halo plateado. Es uno de los espectáculos más impresionantes que ofrece la naturaleza y puede observarse a ojo desnudo.
Sin embargo, la ventana es estrecha y exige atención: en cuanto el primer destello del Sol, reaparece por el borde de la Luna, hay que volver a ponerse las gafas de inmediato. Ese instante bastaría para provocar daño.
Los antiguos, a su manera, ya entendían que el Sol merecía una deferencia especial. Nosotros sabemos hoy por qué: porque nuestra retina es delicada, porque nuestro ojo actúa como una lupa y porque el dolor llega demasiado tarde cuando ya no hay nada que hacer.
Un eclipse es una oportunidad única para contemplar el cosmos con nuevos ojos. La condición es, precisamente, conservarlos para seguir disfrutando de él.
La autora de este texto es Elena Salobrar García Martín, es profesora del Departamento de Inmunología, Oftalmología y ORL e investigadora del Instituto de Investigaciones Oftalmológicas Ramón Castroviejo de la Universidad Complutense de Madrid.
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