Cuando llega el calor los ojos también lo notan

Imagine una tarde típica de verano en plena ola de calor. El termómetro roza los 40 °C, el aire es denso y, tras pasar unas horas en la calle o frente a la pantalla bajo el flujo del aire acondicionado, nota una molesta sensación de arenilla en los ojos. Parpadea con fuerza, pero la molestia persiste y, de repente, se da cuenta de que las señales de tráfico o la pantalla del móvil se ven ligeramente borrosos.

 

Las gafas de eclipse homologadas deben cumplir la norma internacional ISO 12312-2 . / Shutterstock.

En verano se acelera el síndrome del ojo seco. / Shutterstock.

22 de junio de 2026.

Aunque solemos asociar los peligros del verano con la piel o la deshidratación general, la realidad es que nuestros ojos son uno de los órganos más expuestos y sensibles a las oscilaciones térmicas. ¿Hasta qué punto puede el calor extremo comprometer nuestra función visual?

El ojo, un oasis biológico sensible a la temperatura

Para funcionar correctamente, el ojo humano necesita mantener un equilibrio fisiológico y, sobre todo, una hidratación constante. La parte más externa del ojo, la córnea, no tiene vasos sanguíneos; se nutre y se oxigena principalmente a través de la película lagrimal. Esta película es una estructura sofisticada compuesta por tres capas:

  • Capa mucosa (interna):Permite que la lágrima se adhiera a la superficie del ojo.
  • Capa acuosa (intermedia):Nutre e hidrata la córnea.
  • Capa lipídica (externa):Una fina capa de grasa que evita que el agua de la lágrima se evapore rápidamente.

Existe una relación directa entre la hidratación de nuestro cuerpo y la calidad de esta superficie ocular. Cuando la temperatura ambiental se dispara, el cuerpo prioriza la sudoración para enfriarse, lo que puede provocar una deshidratación sistémica si no reponemos líquidos. Si el organismo está deshidratado, la producción de lágrima disminuye, dejando al ojo desprotegido ante el entorno.

¿Por qué vemos peor cuando hace mucho calor?

La pérdida de nitidez visual en los días calurosos rara vez se debe a un daño estructural interno inmediato; responde, por lo general, a la evaporación acelerada de la lágrima.

A temperaturas elevadas, la capa lipídica de la lágrima se vuelve inestable y el componente acuoso se evapora a una velocidad muy superior a la habitual. Al romperse esta barrera protectora, la superficie de la córnea se irregulariza. Dado que la lágrima funciona como la primera "lente" que atraviesa la luz al entrar al ojo, cualquier imperfección en ella provoca visión borrosa transitoria, fluctuaciones visuales y fatiga ocular.

A este escenario natural hay que sumarle nuestro gran aliado y enemigo veraniego: el aire acondicionado. Estos sistemas enfrían el ambiente eliminando la humedad del aire. Pasar horas en una oficina o en el coche con el flujo de aire directo equivale a someter a los ojos a un desierto artificial, acelerando el síndrome del ojo seco.

El calor extremo y el "golpe de calor" ocular

Cuando pasamos del calor moderado a las temperaturas extremas de una ola de calor, los riesgos se agravan. La deshidratación severa afecta a la presión sanguínea y al flujo vascular que llega a la retina y al nervio óptico.

En contextos de insolación o golpe de calor, el sistema de autorregulación del organismo colapsa. Esto puede manifestarse a nivel visual con dificultad severa de enfoque, aparición de mareos asociados al movimiento ocular y visión en túnel o pérdida momentánea de la visión periférica.

Estas manifestaciones no son simples molestias; son señales de alarma críticas que indican que el cerebro y el sistema visual están sufriendo por el estrés térmico y requieren atención médica e hidratación inmediata.

No es solo el termómetro: el peligro invisible de la radiación

Es crucial disociar, aunque coincidan en el tiempo, el calor de la radiación ultravioleta (UV). El calor es energía térmica (infrarroja) que percibimos en la piel; la radiación UV es invisible, no calienta, pero altera las células de los tejidos vivos.

En verano, el índice ultravioleta alcanza sus niveles máximos. Una exposición prolongada y sin protección al sol puede provocar fotoqueratitis, que es, literalmente, una quemadura solar en la córnea. Sus síntomas (dolor intenso, ojos rojos y fotofobia extrema) suelen aparecer unas horas después de la exposición.

A largo plazo, la radiación solar es acumulativa. Corremos el riesgo de acelerar la aparición de cataratas (la opacificación del cristalino) y se ha vinculado firmemente con el desarrollo de la Degeneración Macular Asociada a la Edad (DMAE) y la aparición de pterigión (crecimiento anormal de tejido en la conjuntiva).

El cambio climático: un desafío emergente para la salud pública

Las olas de calor ya no son eventos anecdóticos del verano; son más frecuentes, intensas y duraderas debido al cambio climático. Desde una perspectiva de salud pública, esto augura un incremento sostenido de las patologías de la superficie ocular en las próximas décadas.

La combinación de temperaturas elevadas, sequía y el aumento de partículas en suspensión en el aire (calima, polvo y contaminación) crea el caldo de cultivo perfecto para un aumento epidemiológico de la conjuntivitis irritativa y el ojo seco severo. La salud ocular debe dejar de ser el pariente olvidado de las políticas de adaptación al cambio climático y empezar a integrarse en las recomendaciones oficiales de salud.

Cómo proteger nuestros ojos

Prevenir el impacto del calor en los ojos es sencillo si se adoptan pautas basadas en la evidencia científica:

  1. Hidratación proactiva: No espere a tener sed. Beba agua de manera regular para mantener la estabilidad de la producción lagrimal.
  2. Gafas de sol homologadas: Deben contar con el marcado CE y especificar protección 100 % frente a la radiación UVA y UVB (filtro UV 400). Las gafas mal iluminadas o de juguete son más peligrosas que no llevar nada, ya que dilatan la pupila y permiten una mayor entrada de radiación dañina.
  3. Lágrimas artificiales: Utilice gotas humectantes (preferiblemente sin conservantes) de manera preventiva si va a estar expuesto al aire acondicionado o ambientes calurosos.
  4. Parpadeo consciente: Frente a las pantallas tendemos a parpadear hasta un 60 % menos. Esforzarse en parpadear ayuda a redistribuir la lágrima.
  5. Evitar flujos directos: Oriente las rejillas del aire acondicionado del coche o de la oficina hacia el cuerpo o el techo, nunca directamente a la cara.

El verano y las olas de calor ponen a prueba la resistencia de nuestros ojos. El empeoramiento de la visión durante los días más calurosos es, en la gran mayoría de los casos, un termómetro de nuestra propia deshidratación y de la evaporación de nuestras defensas oculares naturales. Proteger la visión en un planeta en calentamiento requiere conciencia, hábitos diarios de protección y entender que cuidar los ojos es, en el fondo, cuidar de nuestra salud general.

 

El autor de este texto es Jose A. Matamoros, investigador en formación del Departamento de Inmunología, Oftalmología y ORL e investigador del Instituto de Investigaciones Oftalmológicas Ramón Castroviejo de la Universidad Complutense de Madrid.


 

      
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