Alquimia prehispánica: Un viaje por los sorprendentes secretos químicos del México antiguo

A primera vista, las pinturas de las pirámides mexicanas, los tacos, la pelota de hule del juego de pelota maya y el árbol llamado sauce criollo no tienen nada que ver entre sí, más allá de compartir “la cultura mexicana”. Sin embargo, detrás de ellos se esconde un secreto invisible: la química.

 

El cerebro marca el momento del eclipse como relevante y hace que no se nos olvide. / Shutterstock.

El “azul maya” en los murales de Bonampak  / Shutterstock

10 de junio de 2026.

Las antiguas culturas (mexicas, mayas, mixtecas, olmecas, totonacas, zapotecas, etc.) no tenían el concepto moderno de una formula química, pero lograron la transformación de la materia de una forma extraordinaria.

En Chiapas, en el interior de la Selva Lacandona, se localiza la zona arqueológica de Bonampak. En estas pirámides se encuentra la obra pictórica más importante del México antiguo. Los amplios murales pintados en el interior destacan por su paleta de colores, siendo fascinante el intenso color azul turquesa.

Esa tonalidad es el pigmento que se conoce como “azul maya”, una mezcla de un compuesto orgánico, el índigo, que otorga el profundo color azul y la paligorskita, un mineral que otorga una alta durabilidad. El índigo se extrae de una planta común en México llamada añil o índigo (Indigofera suffruticosa). Es químicamente conocido como indigotina y mundialmente famoso por ser el tinte original de la ropa vaquera.

Una pelota que rebota gracias a la química

El juego de pelota es una práctica que se realizó durante muchos años en Mesoamérica -área cultural del continente americano que abarca los territorios de los actuales estados de México, Belice, Guatemala, El Salvador y la región occidental de Honduras, Nicaragua y Costa Rica-. No era un simple entretenimiento, sino un ritual sagrado para honrar a los dioses.

El juego se realizaba en “canchas” y se jugaba con una pelota que no estaba inflada con aire, si no que era una esfera de caucho macizo que podía pesar entre 3 y 4 kilos.

Los mayas lograron crear esta pelota gracias a una hazaña de la ingeniería de materiales: extraían el látex (una savia pegajosa y blanca) del árbol de hule (Castilla elastica). Si dejaban secar el látex solo, se volvía quebradizo y no rebotaba. Así que lo mezclaron con el jugo de una planta enredadera, llamada guano o choch (Ipomoea alba), que contiene azufre, el cual genera enlaces cruzados entre las cadenas de látex.

Sin saberlo, los mayas inventaron la vulcanización -un proceso químico y térmico mediante el cual el caucho crudo se transforma en un material mucho más resistente, elástico y duradero- unos 3000 años antes de que Charles Goodyear la patentara en el siglo XIX. Gracias a esta química, la pelota se volvía elástica, resistente y rebotadora.

Así, cada vez que la pelota rebotaba, el público presenciaba el triunfo de una compleja reacción química que convirtió el líquido de un árbol en el primer polímero elástico de la historia.

La aspirina estaba en el sauce

Los mayas y los mexicas tuvieron un conocimiento muy amplio de las plantas de su entorno. Los médicos tradicionales descubrieron de forma empírica que las hojas machacadas en cataplasmas, así como el hervir la corteza y las hojas de un árbol conocido como sauce criollo (Salix humboldtiana), aliviaban los dolores intensos y bajaban la fiebre.

¿Qué es lo que estaba detrás de este descubrimiento? La salicina, una estructura química. Al ingerirse la infusión del sauce, el cuerpo humano metabolizaba la salicina y la transformaba en el hígado en ácido salicílico, el mismo principio activo con el que hoy se fabrica la aspirina. Es decir, los mayas tenían un analgésico puramente químico corriendo por sus venas mucho antes de que existieran las farmacias.

La química que nos alimenta

La base de la comida mexicana es el maíz, porque es rico en nutrientes, pero nuestro cuerpo no puede digerirlo. La transformación del grano en una masa ha sido posible gracias a una técnica milenaria de la época prehispánica, en la que se cocina el maíz con agua y cal. Este proceso se llama nixtamalización del náhuatl nextli (cenizas) y tamalli (masa de maíz sin formar).

El proceso es como una receta de tres pasos, pero con ciencia de alto nivel:

  1. Cocer los granos de maíz seco en agua con cal viva: permite que la piel transparente y dura que cubre al maíz se afloje y active una reacción que "despierta" los nutrientes ocultos.
  2. Dejarlo reposar toda la noche y lavar el maíz
  3. Moler el maíz, obtiendo una masa suave, maleable y con ese olor tan característico a tortilla fresca.

Si los antiguos mexicanos solo hubieran hervido el maíz con agua, sus grandes imperios habrían sufrido de desnutrición. Al usar cal, la química logró tres milagros:

  • Asimilación de nutrientes: Liberó la vitamina B3 (niacina) y aminoácidos que el cuerpo humano necesita para no enfermar gravemente y para que el cerebro se desarrolle.
  • Calcio para los huesos: El maíz absorbió el calcio de la cal. De hecho, dos tortillas nixtamalizadas recién hechas tienen casi tanto calcio como un vaso de leche.
  • Masa ideal: Sin la cal, el maíz molido sería solo polvo mojado; gracias a ella, podemos crear una amplia variedad de productos.

Por todo lo anterior, estudiar los compuestos que dieron color, forma y sustento a México es admirar el conocimiento empírico de toda una civilización. Porque la historia, vista de cerca, está hecha de átomos y memoria.

 

Este artículo está escrito por Amparo Luna Costales, investigadora del Departamento de Química Orgánica de la Facultad de Ciencias Químicas de la UCM.


Con la colaboración de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología - Ministerio de
Ciencia, Innovación y Universidades