Prólogo de Juan Carlos Mestre
EL DERECHO AL PAN, EL DERECHO AL AMOR, EL DERECHO A LA POESÍA
Juan Carlos Mestre
Hace décadas que, frente al esquematismo del pensamiento líquido, la independencia poética del símbolo significa aquello que, opuesto a la alegoría ahistórica del mito, ejemplifica la naturaleza del lenguaje poético frente al uso doctrinal de lo explicativo y utilitario, aquel discurso axiomático sobre cuanto in absentia continua señalizando las zonas de peligro del cuestionamiento crítico, textos que en fuga de la avenencia dominante cuestionan la verticalidad de la alocución dominante y expanden, contraviniendo la dogmática, las posibilidades reveladoras de un nuevo proceso significante. Hablamos de una idea invisible que, ajena a la pragmática, es coextensiva a la pluralidad de conceptos que, entre lo espiritual e indecible del discurso amoroso y lo material de la testamentaría histórica, constituyen el mundo simbólico de este libro, Los últimos días de Trotski.
Mito, símbolo y alegoría sometidos en la zona de tensión del lenguaje poético a un proceso de resignificación y sincretismo que desplaza las hipótesis convencionales de la interpretación hasta adquirir el carácter de una epifanía, la súbita presencia de una revelación que transforma la valoración subalterna de la leyenda y la figura del héroe en epifanía de la humanización, ya irreversible, de un sujeto (Trotski), desplazado del jeroglífico freudiano del poder al tan primitivo como moderno espacio de la transferencia: la gran soledad que representa el discurso amoroso.
Cada poema, enseñaba Benedetto Croce, es un genero en sí. Ajeno a los límites que pauta, cuando no impone, la artisticidad de lo fósil, no enunciará este libro una fácil belleza, sino un desbordamiento de todas las oposiciones que entre la idealidad y lo real reconstruyen la forma, inseparable del arte, de estar en la escritura del mundo; la irreductible contradicción entre la siempre inacabada utopía y la conducta estética, es decir las formulaciones éticas del pensamiento y la coherencia interna de las premisas que vinculan el otro arte del pensamiento político con la verdad poética.
Sería vocación por una tarea inútil obviar la hermenéutica de Trotski como telón de fondo de este canto dialógico entre los actantes del texto dramático. La unidad diferenciada de su dialéctica marxista, “las leyes de la conciencia en su relación con el mundo exterior”, la cristalización de las catástrofes en el dominio del pensamiento resuenan como la voz de un hablante múltiple tras la máscara del coro. No ya el viejo revolucionario convertido en actor protagónico de su propia historia, sino la alteridad de su variación, la persona animada ya únicamente por la voz sin boca del lenguaje poético, lo absolutamente inteligente del discurso constituye el excepcional hallazgo de este libro: el pliegue y despliegue de una identidad secreta, la individualidad que progresivamente deviene en espejo sin reflejo de una figuración colectiva, el cumplimiento revolucionario del amor que, tan indeclinablemente ligado a lo bello, viene a testimoniar, tras las consecuencias de los grandes estragos de la historia acerca del arbitrario destino, la necesidad del arte y la perdurable ilusión de la justicia que aún ancla los encantamientos de lo soñado en el mecanismo metafórico del amor y de la muerte.
Con los restos de aquella elocuencia, de los vestigios que fueron propósitos sobre las ruinas de la dialéctica, el poeta, el más hábil discernidor de las semejanzas, no interpreta lo que ya solamente pertenece a los estilemas del pasado revolucionario devenido en derrota y malogro de un ensoñamiento de multitudes, sino que sabe leer, con anticipación de augur ante el signo de la pretérita cicatriz, la herida en que los avisadores del fuego de Rosenzweig anunciaban las catástrofes inminentes precisamente para evitar que estas sucediesen.
Sabe José Manuel Lucía Megías que todo poema es un hecho político que habla por todo aquello que la ideología tantas veces no deja decir; conoce la revuelta que todo texto poético genera entre la minoría que habita en cada persona; admite el riesgo como única posibilidad de acceso al pensamiento de la dificultad, lo único estimulante también para Lezama: la constante redefinición de los conceptos como singular posibilidad de instaurar la duda como experiencia frente al egocentrismo, siempre intercambiable, entre los inquisidores de lo excéntrico y los comisarios de la certeza.
De eso nos habla también este libro, del volumen de la injuria y las toneladas de invectivas que pesan sobre el que disiente, de los breves huéspedes del amor hipnotizados por la muerte, de la absurdidad del poder ante los átomos del amor minúsculo, de la individualidad y de la carencia y de la pudrición física de las ideas incumplidas tras la alianza con la multitud insomne de los muertos. Una poética activa sin ningún otro compromiso con las modalidades de la acción que la de ser testigo de lo que Allen Ginsberg llamaba “el misterio sin esquinas de la mente”.
La historia, que fue benévola con los homéridas, no lo ha de ser con el sepulturero de los sueños pendientes de ser soñados, el excremento petrificado del estalinismo bajo el que fue enterrada la nube en pantalones de Maiakovski. En la sociedad civil, pensaba Platón, la acción excesiva da como resultado una violenta transformación en su contrario, y así los implacables y utópicos amantes que, contra la rutina del mundo, desafiaron los esclerotizados responsorios del poder político se convierten ahora, ante la vejez de los legisladores del mundo, los grandes sátrapas y los mercadores del sufrimiento humano, en un acto de conmovedora resistencia tras la trinchera del amor, la afectividad de los amantes que, en tanto desviadores de la malignidad inmotivada de Coleridge, alejan del mundo la calamidad y, en la ardicia del amanecer, celebran la indulgencia de la poesía como lenguaje de la delicadeza humana. Esa es la topofilia, el lugar amado del paisaje humano, la esencial redención frente a las tonalidades subterráneas de la historia que nos propone José Manuel Lucía Megías ante el brutal escenario del sacrificio humano, el carbón blanco de los huesos de un soñador salido del sueño de Bachelard, la racionalización que tras los arquetipos del bien y del mal tampoco olvidaría un profético Shakespeare: la invariable ejecutoria del que mata al médico y otorga recompensa a la asquerosa enfermedad.
Hacía tiempo de la necesidad de este libro que solo un poeta implicado en el proceso de las restituciones morales podía abordar; acaso el mismo tiempo en que la palabra revolución y, más aún, su causa parecía haber caído en desuso, el cambio de eje sobre el que a las banalidades, mejor o peor entonadas, escritas en la mitad de una página se les sigue considerando poesía, el infructuoso tiempo de los desplazamientos críticos de la conciencia poética a favor de las sentimentalidades de la mansedumbre, el escenario vacío sobre el que los actores de los grandes relatos representaron algún día las desafiantes teorías de lo encantorio, la virtualidad de los sueños que alejándose del miedo a las transformaciones siempre refuerza lo esperanzador como inicial constructo de la condición humana, el arte como anticipación de la realidad, la poesía como conciencia de aquello de lo que no podríamos tener conocimiento de ninguna otra manera.
Creo que fue Eugueni Evtuchenko quien se refirió a que habíamos entrado en un tiempo en que, desaparecidos los legendarios animales salvajes, su lugar había sido ocupado por las mascotas domésticas, periquitos y hámsteres en la jaula donde ya no cabe el imaginario de la liberada presencia de panteras, elefantes o nominales leones. Algo irreversiblemente se ha jibarizado en la naturaleza simbólica de aquella imaginación que, paralela a la de la escritura, alumbró el mundo tras la estela de Pasternak, Malsdelstam o Ajmátova.
Alguna baratura afluyente del sentimentalismo recorre hoy las tierras yermas de lo trivial. Lo intrascendente y la especulación delirante del show de la lírica de masas ocupan hoy el espacio performativo en que el prestigio de la basura pareciera haber alcanzado sus últimos objetivos: mediocridad como requisito de lo aceptable y la discursividad de lo comprensible concebida como negocio. Asistimos a la teatralidad de un espectáculo sin antecedentes de memoria y, en consecuencia, sin desenlaces coherentes ante las expectativas del porvenir; es la consagración del instante efímero, lo progresivamente olvidadizo y analfabeto como valor de ingenuidad de una falsía histórica, la incultura convertida en conducta y el menosprecio a la inteligencia en hábito.
También, frente a esa demolición y menosprecio de la escritura crítica, se alza la voz de este inusitado poemario Los últimos días de Trotski, la fundación de esa casa de huéspedes que pudiera ser hoy el lugar (o el no lugar) geográfico más preciso y universalmente ético de la poesía ante los desafíos de la sociedad contemporánea, la condición innegociable e intransferible de la persona en su ámbito sagrado -sea lo que fuere para cada una de nosotras índole de lo sagrado-, la intemperie moral de la individualidad humana sometida al rol de clase y de género del capitalismo avanzado tras la ruina ética de las utopías de emancipación.
José Manuel Lucía Megías cumple en este libro el primer encargo de todo verdadero poeta, ese que nadie le ha hecho, pero que, consustancial a la propia esencia del mandato lingüístico, es el de nombrar las zonas invisible de la realidad donde solo pueden acceder las palabras desde la heterogénea voluntad de una múltiple creencia: la de ver y la de continuar oyendo más allá de los espejismos de la veracidad, las alteridades siempre transgresoras de la imaginación, esas nuevas realidades del mundo que en la balanza de la metafísica y del testimonio sopesan el silencio y la oscuridad, el desafío que la visión lingüística traslada al poema, aquel ver en la oscuridad de María Zambrano, ese no sé qué que aún queda balbuciendo en las desnudas orillas del frailecillo de la aurora.
No, no ha entornado sus ojos el poeta, no ha mirado hacia otra parte cuando el gran ruido sin nombre ha hecho sonar la herrumbrosa bocina de barco hundido en el exilio de la noche. El poeta sabe que es la sonrisa inmaculada y pura de los muertos la que habita el ser de cada víctima en busca de rostro, el único lugar posible donde lo justo y lo bello siguen desafiando, por el laberinto infinito, a los espectros del mal, la cobardía que deshonra a los que ejercen el poder contra la aspiración a los derechos civiles a la felicidad por la que perseveran los pueblos. Hace tiempo que no hablaban así los poemas, hace tiempo que el lenguaje de la reposición no liberaba su cantidad hechizada sobre los textos esquilmados por las manos vacías de la retórica, el ejercicio de identificación, la no tan lejana capacidad negativa de John Keats, abandonándose a la otredad del tú, del otro yo en la semejanza, hasta hacerse una sola e indisoluble substantividad con lo nombrado. Esa es la operación transgresora del procedimiento poético: intervenir en las restituciones del sentido, descartar lo predecible, volver a enunciar cuanto aún respira y significa bajo la tachadura de la figura emblemáticas de la víctima, la viuda y el huérfano, la condición de extranjería y los neologismos de la exiliatura, la ciudadanía que, despojadas de sus derechos civiles, vaga por la ajenidad reconvertida en precaria clientela portadora de inservibles hojas de reclamaciones. He ahí, entonces, el lugar de la dicción poética, donde la voz sin boca ha de enunciar lo determinante estético, y por ende ético, de las palabras que se implican en la averiguación de la veracidad ideología del estilo que cortocircuita el relato sociológico de las unísonas gramáticas del poder.
Los últimos días de Trotski enuncian, a su vez, los primeros compases de un siglo que sobre las escoriales de la negación del humanismo fundamentará su principio constitutivo en los actos de fuerza y la operatividad ominosa del exterminio masivo del diferente, en la destrucción del principio de misericordia y la conciencia de la piedad como atributo de empatía con el concebido como no semejante, en la aniquilación del contrario una vez establecido el reglamento conductual de la eliminación física del contrario como criterio básico de la dialéctica de guerra. Carente de todo derecho natural al ser individual, a todo colectivo no perteneciente a la supuesta integridad de la ficticia tribu quedará abolido el principio fundamental de la presunción de inocencia y la sospecha ambigua de la traición, la deductiva maquinación del pensamiento que difiere de la verdad absoluta e impugna la sumisión incondicional a la autoridad. La catástrofe del razonamiento y su consecuente refutación dialéctica imposibilitarán la conversación del mundo. Serán entonces las voces en fuga por el campo analógico del texto poético las que prosigan, ante las flagrantes violaciones de la crónica lineal, el relato circular del conflicto permanente: la proximidad y el distanciamiento, las dinámicas de interacción y afectividad, los miedos individuales y los espantos colectivos, la metamorfosis del héroe civil en común vecino de la casa de las querencias, el cuerpo que apartado del simulacro de su función totémica, descentrado también del sostén ideológico y la potencia semiótica de lo falso, ya solo encontrará real refugio y saciedad de amparo en el discurso amatorio, la inversión barthiana del libre goce del cuerpo en placer del texto.
Cuanto aquí se impugna es la impostura del poder, un corte con la narratividad del discurso conativo del poderío, la persuasiva dominancia de su narración que permanentemente corrige la voluntad de participación afectiva y el afán inmanente de la aquiescencia humana, lo persuasivo que tras cada parágrafo de la sistémico deriva en preponderancia de una sola voz, el impedimento, en suma, del desarrollo libre del espíritu y los tan desafiantes, como reveladores, lenguajes de la libertad. José Manuel Lucía Megías aborda la particularidad de una veroficción histórica para transformar inductivamente la estructura argumentativa, elevar lo particular a la categoría de general y referir, a través de una abarcadora sinécdoque, los múltiples sentidos y zonas de fricción que sigue ocultando, enmascaramiento tácito y disfraz de lo encubierto, el simulacro ficcional del deseo ante los espectros del poder político, lo ambicionado sin más ambición que el anhelo de la idea de un libro, aquel texto, donde en palabras de Roland Barthes “sería trazada, tejida, de la manera más personal, la relación de todos los goces: los de la ‘vida’ y los del texto donde una misma anamnesis recogiera la lectura y la aventura”.
Pudiera ser falso lo que los amantes digan, lo que el actante consciente dice, pero no quien lo dice, la voz del hablante que inconsciente dicta desde la otra escena del sueño los contenidos reprimidos y mantenidos al margen del habla dominante de la historia. Los últimos días de Trotski, toda poética es sustantividad, desficcionalizan el mito y, al hacerlo, reconstruyen de manera determinante otra prosodia ajena a todo alegato, la secuencia titimica de la delicadeza, la entonación que otorga credibilidad a la melódica oralidad de los fraseos de amor, la certeza intuitiva de que estamos en presencia de los ennoblecimientos de la poesía, la conciencia sin gramática preestablecida del amor inmiscuyéndose desde el comienzo en todos los actos, en todos los sucedidos, en todos los sueños de la condición humana. La poesía, esa venganza sin ofensa ni daño, acaso la teoría menos humillante de la historia, principiando en lo concluso, restableciendo sentido al vacío del entendimiento, reponiendo lo hurtado a las promesas de la felicidad inconclusa, restituyendo al infinito ser la vastedad de su esperanza, lo secuestrado por el miedo durante las inacabables travesías por del piélago, rehabilitando, en fin, la eterna casa de las palabras saqueada por los publicistas del tirano y su cohorte de demagogos.
Esto hace -del estricto latín facere: producir, darle el primer ser- José Manuel Lucía Megías en su poema: elaborar significado, concebir una nueva idea de la pasión revolucionaria del amor tras un viaje catártico y reflexivo, reflexión ante un espejo sin reflejo de lo propincuo a la figura de Trotski, desplazar el revisionismo preponderante de la historia y dejar hablar a la minoría que habita en cada una de nosotras, personas simbólicas del habla -toda vez que la forma de hablar, evocando a Oscar de Lubicz Milosz, constituye la realidad misma del discurso-; la de volver a oír tras los dicterios y el alboroto, tras las interdicciones civiles y los monosilábicos sintagmas de la tragicomedia del poder político, la voz de la persona, el mudo grito de los inmolados bajo los permutables sistemas de dominación de clase, los imaginarios populares inhumados en los arrabales de la cultura liberadora, aquella que emancipada de los obsesivos sometimientos a la rentabilidad y el consumo aún es capaz de acoger, cervantinamente, a los violentados en su amor con el gesto redentor de la sonrisa frente a la irremediable derrota.
Estoy hablando de lo que habla este libro: de la articulación de voces que dan argumento a lo concebido por la imaginación nunca claudicante de la utopía humanista en la ciudad del Sol, el nombre de Teotihuacán en México, el último refugio al poniente de las ruinas del pasado donde el viejo líder soviético encontrará, junto a su mujer Natalia Sedova, las últimas ascuas de entusiasmo tras el triunfo traicionado de la Revolución.
Estoy hablando de una poética que, en amistad con las cenizas, rehabilita el año 17 de los sueños –“volver a los diecisiete / después de vivir un siglo / es como descifrar signos / sin ser sabio competente / volver a ser de repente / tan frágil como un segundo”- , la anticipación decepcionante de todo sufrimiento idéntico, la nostalgia de futuro que ya en los lienzos de Frida Kahlo, “nada hay absoluto, todo cambia, todo se mueve, todo revoluciona, todo vuela y va”, o desde las arpilleras de Violeta Parra seguirá, a pesar de la tremenda muerte, dándole las gracias a la vida.
Estoy hablando de lo que en su libre paráfrasis habla este libro: de tantas otras historias vinculadas a la tragedia de cuanto dejó de ser luminoso, de la esperanzadora promesa de la igualdad, de la creencia en el arte y la literatura como leales herramientas implicadas en la cimentación del porvenir de lo justo.
La representación ha comenzado, pero el teatro continúa vacío; en escena, el vehemente personaje se abraza a una sombra que ya no es nadie mientras recuerda el estilo activo del manifiesto que dos años antes ha firmado junto a André Breton y Diego Ribera: “El verdadero arte… no se satisface con las variaciones sobre modelos establecidos, sino que se esfuerza por expresar las necesidades íntimas del hombre y de la humanidad actuales, no puede dejar de ser revolucionario… no puede sino aspirar a una reconstrucción completa y radical de la sociedad…”. El verdadero arte contra el terror; el verdadero arte que contribuye a que se extinga el infierno; el verdadero arte, la ilusión del arte como la más real de las hipótesis frente a la ultrarracionalización del mundo.
José Manuel Lucía Megías no reconstruye en este libro la peripecia vital de un hombre, de un singular sujeto histórico; en absoluto, lo que el poeta nos ofrenda tiene que ver con ese otro asunto de la poesía que se resiste al saber: con la facultad de la poesía para hacerse cargo de la alteridad del otro, la consustancialidad con esa materia abstracta que atañe a la poesía como estrategia positiva de la memoria, la de hacer audible lo silenciado por la hipnosis de la información, las huellas, que no las pruebas del complot autoritario -el poeta debe dejar huellas no pruebas, pues solo las huellas nos permitirán continuar soñando, reflexionaba René Char a propósito de la tarea poética-.
Palabras delicadas, expresiones decisivamente graves que reconducen la dramaturgia de Los últimos días de Trotski al lugar moral del amor nunca ajeno a los ideales traicionados por la conjura infamante; un monólogo paradójicamente coral que, haciéndole un espacio en el presente al desafío que no tuvo lugar en el pasado, repuebla, desde la complicidad con la voz prestada a lo ya desaparecido, las demarcaciones de la ausencia y lo aún germinal bajo la escritura de lo borrado. Es la posibilidad de lo pendiente, son los aplazamientos de la felicidad colectiva y la lucha por la verdad como una forma de justicia lo que concurre a testificar en este libro. La negación de que el pasado no existe como súbita amnesia de la historia, de que el sufrimiento puede ser musealizado como inocua experiencia de un distractivo sociológico es la conducta de esa preeminencia moral que, ante cualquier devastación, nos recuerda que los seres humanos somos responsables unos de otros, la alteridad que, presente en todo poema, conjura con sus palabras la irreversibilidad del mal.
“Hacía años que no veía sonreír a Natalia. / No de esta manera, no con este nuevo acento”, escribe el hablante al referirse a Natalia Sedova, la segunda esposa de Trotski con la que partió al exilio mexicano. Y José Manuel Lucía Megías, el poeta que realiza el enunciado, como un demiurgo capaz de volver a dar forma al mundo real con los materiales preexistentes del caos, haciendo frente a las tinieblas del tiempo inconcluso y las ideas pisoteadas en la rosaleda de las idealizaciones por los cerdos de Stalin -sepulturero de la Revolución- hace elementalmente sonreír a una mujer, ese gesto con el acento del amor, la idea de bien prevalente a todas las demás ideas.
Lo que renombra esta escritura, en un proceso disruptivo a lo testimoniado por los anales de la historiografía política, es el sujeto de la intimidad, la intrinsiqueza violentada por la exterioridad y la indefensión de toda idea crítica tras el abandono del ejercicio del poder, la nueva rotulación del abandonad toda esperanza vosotros que salís del círculo de tiza. Un hombre solo, una mujer sola, todos los hombres solos, todas las mujeres solas en el desasimiento, en la crueldad siempre inútil del ejercicio omnímodo del ejercicio patriarcal del poder patriarcal, la fractura de la fraternidad y cuanto tras la sublimación de la camaradería muestra la debilidad de lo humano, la ajenidad de las víctimas tras la tachadura de los gulags y Auschwitz, la orfandad hasta hoy de cada innominado en la fosa común de los abominables relatos de la contemporaneidad.
Si el hacerse cargo del sufrimiento de otro, junto al imperativo categórico de la memoria como enunciación moral de reparación y recuerdo de las víctimas, constituye uno de los desafíos éticos de la modernidad, será la presencia redentora del arte como radical simbólico el que aliente con las voces de lo amoroso la necesidad ética de estas páginas, la asamblea de ausentes que llenan la oquedad de los desaparecidos, el legendario cansancio del fracaso y la periódica reaparición de los colaboradores necesarios en la siniestra maquinaria del autoritarismo, las purgas intelectuales, los paléstricos inundados de folletos con las ideas podridas.
Los últimos días de Trotski es un libro que habla de lo inexpiable, de un agravio ya irredimible bajo ninguna otra forma de piedad que no sea la locución poética, el testamento de su palabra ante las formulaciones inimaginables, pero claramente pronunciables, de los arquetipos del mal.
Mas este poemario es también un libro contra la falacia, contra la mentira triste, universal, absoluta, contra la irrupción catastrófica de la mentira como constructo de la falsedad que corrompió y sigue envileciendo el discurso civil. Escribió Gramsci que “es verdad muy extendida… que en el arte político es esencial mentir… saber ocultar astutamente las propias opiniones, los verdaderos fines a que se tiende, hacer creer lo contrario de lo que se quiere realmente”. Bajo esos parámetros de la denigración y pragmática del descrédito, frente a la soberbia obstinación del poder para mentir, algún grado de delicada, pero radical, resistencia debería oponer la poesía, la necesidad del discurso contrario, la apremiante e ineludible voluntad de búsqueda de verdad, la causa de las palabras frente a los paroxismos de guerra, del indeclinable fundamento puesto en peligro de la honradez y la nobleza humana.
Frente al estado vigilante, la ética desobediente de palabra poética invocará la insumisión ante los significados dados, el libre ejercicio de los carteristas del concepto frente al serrín jurídico y las toneladas de escorias legislativas que abruman a la civilidad y, en su indefensión, al individuo. Y eso nos importa, y por eso es también importante la revisita de este libro a los fragmentos del naufragio, a los pecios entre los que aún sobrevive la desasistida voz del intemporal náufrago tras los temporales de la historia, el actante protagónico y el secundario amante, ambos personajes indiferenciados en la escena dramática, nítidamente reconocibles entre los múltiples estratos de significación que nos propone el texto: todo lo que la poética muda en habla para la repoblación espiritual del mundo.
El poeta no reconstruye un mito, el de Trotski y la Revolución pendiente; lo que el poeta hace es precisamente un operar contrario a la mistificación, una anagnórisis, el reencuentro de dos personajes separados por la peripecia histórica, la rehumanización de la persona desplazada por la fábula política de su lugar genérico. Pero, siguiendo la contradictoria profecía de Ciorán, todas las historias de amor terminan mal, incluso las que duran toda la vida que concluyen algún día con la muerte de uno de los amantes. Mejor diremos que, tras la imprevisible muerte de la historia, solo la perdurable memoria del lenguaje amoroso podrá considerarse, ante la extrema soledad del universo, un acto de radical elocuencia ante todo tipo de barbarie.
José Manuel Lucía Megías ha cumplido con más que generosidad, con la mayor lucidez, la responsabilidad, ni inmensa ni pequeña, sino en su justa y equitativa medida, que no es otra que la de los deberes para con lo infinito, lo que en épocas de penuria se espera de la huella de las palabras, no la de los soberanos dioses de regreso a la intemperie de sus tronos, sino la de aquellas, cada singular e irrepetible persona, que entrando de espaldas al futuro para no perder de vista los errores del razonamiento y la arqueología de los saberes del pasado, tan vivamente han ampliado los horizontes significados del porvenir: el derecho al pan, el derecho al amor, el derecho a la poesía.