Poemas de Kabul
[1]
Hoy Kabul se ha despertado en silencio.
Y en silencio permanece.
El silencio de los escaparates vacíos.
El silencio de las galerías mudas.
El silencio de las calles cerradas
y de las paredes tiritando de miedo.
No hay vecinos.
No hay familia.
No hay amigos.
El silencio de los pasillos
inunda las habitaciones de las casas.
A lo lejos, del aeropuerto de Kabul
llega el eco de las carreras y de los gritos.
Pero Kabul permanece en silencio.
Sin respirar.
Sin atreverse a respirar,
conteniendo el aire de las montañas del Norte.
Las paredes se han vuelto mudas
y los armarios tiemblan
y tiemblan también los documentos
olvidados en un cajón de la oficina.
No hay vecinos.
No hay familia.
No hay amigos.
Un fusil permanece en silencio
apoyado sobre una de las paredes de Kabul.
Un silencio que ensordece.
Un silencio que amenaza.
Un silencio que condena.
Un silencio que mañana
se llenará de nombres y de direcciones
y de un rincón de lágrimas
y de un tiro de gracia y de un burka
y de una muerte cotidiana que se apodera,
por momentos,
de esta ciudad que hoy amanece en silencio.
[15 de agosto]
[2]
Los libros permanecen interrogantes,
atrapados
en los límites cuadriculados de las cajas de cartón.
Su geografía.
Su horizonte.
Su esperanza.
Tiritan a la espera de nuevos lectores.
Mientras, Don Quijote conversa con Lazarillo
bajo la atenta mirada de La Celestina,
y el puro del marido de la Regenta
sigue consumiéndose en medio del jardín,
y los negros de Harlem entonan canciones
que nunca antes salieron de sus labios.
Lady Macbeth se mira de nuevo las manos
que,
de nuevo,
han comenzado a sangrar.
Pero ahora es la sangre femenina de las niñas
violadas en los pupitres de sus infancias rotas.
Los libros que han recorrido kilómetros militares
no volverán a ocupar el orden de las estanterías
ni a ser leídos con los curiosos ojos de las lecciones.
Nadie recordará sus acentos ni sus palabras.
Nadie aprenderá español en la Universidad de Kabul.
Las aulas permanecen en silencio, derrotadas
por más que en las pizarras permanezcan
la confirmación de un verbo y las reglas
de la acentuación de las sílabas tónicas.
Los libros permanecen mudos.
Mudos los labios.
Han recorrido demasiados kilómetros.
Han vivido demasiadas vidas y visto
demasiadas muertes en las esquinas de los francotiradores.
La historia se repite.
Se repitan los gritos y las súplicas.
Se repite el silencio.
Se repiten las líneas petrificadas del burka
que impiden distinguir las letras, las palabras
de los libros que permanecen olvidados
en una inútil esquina en los sótanos de la Embajada.
Los libros que llegaron a su destino
demasiado tarde.
Siempre
es demasiado tarde cuando los talibanes
entran demasiado pronto por las puertas de Kabul.
[15 de agosto]
[5]
Cayeron del cielo.
Tres.
Tres cuerpos cayeron del cielo.
Agarrados al fuselaje del avión
volaron un segundo por el cielo de Kabul.
Y cayeron al suelo.
A la misma pista por la que corrieron
detrás del avión que estaba por despegar.
¡La tierra nunca les ha sido leve!
Ni cuando corrieron. Ni cuando huyeron.
Ni cuando se estrellaron contra el cemento.
Ahora son tierra.
Ahora se mezclan con la tierra de Kabul
que
por unos segundos
vieron desde el cielo.
Ahora son nada.
Ni tiempo,
ni fuerza,
ni lágrimas
quedan para recordarlos,
para cubrirlos con el sudario blanco
de las lamentaciones.
[16 de agosto]
[11]
Son cuatro mujeres de negro.
Son cuatro mujeres con su verdad,
arropadas con los folios de sus derechos.
Son cuatro mujeres que gritan,
que se dejan la garganta en cada palabra.
En unas horas no serán nada.
Sombras de la sombra de sus caras.
Tan solo una noticia de periódico.
Tan solo un vídeo más en las redes sociales.
Tan solo un gesto en medio de las aceras.
Pero un gesto victorioso.
Un gesto necesario.
Un gesto que devuelve
la dignidad a las miles de mujeres
que, a lo largo y ancho, de Kabul
les está robando,
a cada momento,
la palabra.
[17 de agosto]
[14]
Ghari es gay.
Lo supo desde niño en su aldea de Afganistán.
Lo supo en el silencio del desierto
y se sintió como la arena,
y se mezcló con las montañas
que se difuminaban rompiendo horizontes.
Ghari supo desde niño
que tenía que permanecer en silencio,
que tenía que mirar a otro lado
y mantener la sonrisa congelada,
alegrarse al sentir crecer la barba
y esconder las manos bajo el chapán.
Ama su tierra.
La arena de su tierra, sus puestas de sol.
No se imagina viviendo lejos.
En Kabul, Ghari descubrió el amor
y las caricias y las miradas cómplices.
En Kabul, Ghari lanzaba al vuelo
sus manos y su risa contagiaba el aire.
Ahora, escondido en su habitación de Kabul,
no se atreve ni a mirar por la ventana.
Escondido en su particular cárcel azul,
con su ventana llena de barrotes
y la geografía recortada de las pisadas,
Ghari sueña con la arena caliente de su tierra.
Su infancia. Las risas silenciosas
y el miedo.
[18 de agosto]
[21]
Kabul se ha reducido a números.
Un algoritmo más de las estrategias políticas.
16.000 son los repatriados en cuatro días.
400 millones congelados por los alemanes.
12 muertos en el aeropuerto de Kabul.
48 los primeros afganos que llegan a España.
7 los primeros que llegaron a Berlín...
Números. Cifras. Estadísticas que todo lo justifican.
2 billones de dólares invertidos.
2400 muertos extranjeros en veinte años.
4 muertos en las protestas de Asisalad.
9000 millones de reservas en el extranjero.
200 personas protestan ante el Palacio presidencial.
Cifras. Números que nada dicen de las lágrimas de rabia,
de los besos rotos,
de los gritos de odio,
de las redadas,
puerta a puerta,
buscando a las mujeres de labios pintados,
de tobillos con pulseras y uniformes.
Buscando a los traductores e intérpretes,
a los hombres que no se atreven a vivir sin barba
o a los niños que ayer corrían detrás de los tanques extranjeros.
Kabul va desapareciendo,
cifra a cifra,
en los cuadros estadísticos.
[19 de agosto]
[24]
¿Podría ignorar si sus sordos llantos que saltaron del cielo,
alcanzan las nubes?
Nadia Anjum
Nació el año de la revolución
y se crio por las calles de Kabul con sus mismos
miedos, sus mismas prisas y esperanzas.
Todo era lluvia y verde en su horizonte.
Todo tenía que ser verde.
Como la bandera de su tierra.
El verde por encima del rojo de sus miedos.
Vivió siempre rodeada de libros.
Los libros de poemas de su padre.
Los libros técnicos de su madre.
Armonía de versos y números en sus conversaciones.
Eran felices. Eran lo feliz que se puede ser
andando por el verde y rojo y el negro de los compromisos.
Ella no supo qué estudiar hasta los 16 años.
Los enigmas de las matemáticas
le atraían tanto como los laberintos del verso.
Conoció a Shakespeare demasiado joven.
Su vida no fue la misma después de ser Lady Macbeth.
Pero aquel 15 de agosto su calendario quedó en blanco.
Como los de su pandilla del teatro y de los talleres.
También aquel día sus móviles enmudecieron.
Desde aquel 15 de agosto no se atreve a mirar
a los ojos de su madre, a los ojos de su padre.
Sabe que ellos también se quedaron sin respuestas.
Desde aquel 15 de agosto sus sordos llantos
le acompañan en cada triste movimiento:
La banda sonora de una vida que no quiere vivir,
la lluvia sorda y azul del burka hecho a su medida
que sabe que sus padres le tendrán que comprar
y que ella tendrá,
a partir de entonces,
que ponerse.
[20 de agosto]
[26]
Se ha levantado un muro.
Un nuevo muro.
A las puertas del aeropuerto de Kabul.
Un muro de camionetas y de fusiles,
de turbantes y de barbas
y de una lista de colaboradores
que se va llenando de cruces y de sangre.
Un nuevo muro de la vergüenza
que niegan las declaraciones de los políticos
y los comunicados oficiales de prensa.
Un muro de muerte,
de miles de kilómetros de derrotas.
Las que llenan sus sonrisas de leyes
y nuestras democracias de fracasos.
[20 de agosto]
[30]
Instrucciones para confeccionar un burka
Se necesitan dos metros de tela.
Una tela histórica que no deje pasar el aire
de los tiempos modernos, una tela anclada
en los vientos violentos del desierto.
Se necesitan dos metros de tela azul.
(Y toneladas de telas para las banderas nacionales
que tapan los ojos de los países que abandonan Kabul).
El burka tiene que pesar como un recuerdo.
El burka tiene que rodearte y recordarte que eres tierra,
y que a la tierra has de volver en cualquier momento.
Dos metros de tela azul y unos centímetros
de rejilla que se vuelven inútiles barrotes.
El corte ha de ser recto, por debajo de los tobillos.
Sin espacios para las manos y para los abrazos.
Sin más pespunte que una orden entendida como una caricia.
Y ahora es el momento de comenzar a usarlo,
de ponerse la cárcel azul en la celda de la habitación.
Y caminar dando vueltas.
Y mirar dando vueltas
y reír en silencio dando vueltas,
enseñando unos dientes invisibles,
como invisibles son los labios y las manos,
y las piernas y los tobillos y los pies.
El sexo convertido en una prisión más,
en el grito ahogado de un placer que nunca llega.
No hay cosa más fácil que confeccionar un burka.
Hasta las niñas lo practican entre sus juegos.
Atrás quedaron los vientos enloquecidos del desierto,
las ropas que protegían de la arena y de los secuestros.
Atrás quedó la frontera cotidiana de las bellezas ajenas,
las que solo podían disfrutarse en el harén del secreto familiar.
La cárcel azul se fabrica en unos minutos.
Toda una vida se necesita para soportar su peso,
para acostumbrarse a mirar siempre de frente,
para olvidarse que existen las sombras y las amenazas.
[21 de agosto]
[35]
Ayer vendía chicles por las calles de Kabul
y hoy dirige la primera orquesta femenina.
Es huérfana.
Y lo será toda la vida.
Ayer tenía un futuro y viajaba por todo el mundo
y mañana tendrá un marido contratado.
Aquel 11 de diciembre de 2014 dejó de latir el corazón
en el centro cultural francés en el centro de Kabul.
Este 15 de agosto de 2021 ha vuelto a dejar de latir
el corazón de Kabul, una vez más.
Una última vez.
Como el corazón del joven terrorista talibán
que se inmoló en el centro cultural francés
justo en el momento en que los actores controlaban
sus pasos al ritmo lento de la joven orquesta.
Silencio.
Humo.
Silencio. Y los gritos.
Los gritos de dolor de millones de corazones.
Los instrumentos permanecen escondidos
en los rincones de sus casas, tiritando en silencio.
Las cuerdas que admiraron a medio mundo
van llenándose de polvo y de silencio.
Aquellas manos que se alejaron de la tierra
y de las costumbres de toda una vida
hoy permanecen sobre las mesas en silencio.
Un país condenado al silencio.
El paraíso de los talibanes.
[22 de agosto]
[38]
Dura diez segundos.
Diez segundos para devolverle la dignidad.
Caminan juntas.
¿Cuántas horas comparten de espera?
Una en el aeropuerto de Kabul.
Otra en el aeropuerto de Torrejón de Ardoz.
Una con su uniforme militar.
Otra con su vestido y su pañuelo.
Caminan una al lado de la otra.
En orden.
Sin compartir alfabeto ni lengua.
Se miran.
Se sonríen detrás de las mascarillas.
Se cogen de las manos.
Y se abrazan
Diez segundos para volver a sentirse humanas.
Para dejar de ser una placa o un número,
una estadística
en el tercer avión que aterriza en medio de la noche.
Un abrazo.
Y un beso.
Y un gracias que se mezcla en español y en pastún,
un seguir andando
sintiendo de nuevo latir los corazones.
[23 de agosto]
[42]
Manual de supervivencia de una joven universitaria afgana
Primero:
quemar los apuntes, los horarios,
las matrículas y los certificados en el balcón de casa.
Convertir los sueños en cenizas fácilmente manipulables.
Segundo:
Esconder los libros que se habían ganado
su espacio en las paredes familiares.
Esconder por no poder quemarlos,
por no ser capaz de quemarlos.
Tercero:
Ser invisible en las redes sociales, borrar las cuentas
y esperar que el humo y el polvo de las calles
vuelvan inútiles las amenazas y la resistencia,
esa impunidad de creer que Kabul nunca caería,
nunca volvería a estar en manos de los talibanes.
Cuarto:
No pensar en nuestro orgullo derrotado,
en la soberbia de creer que todo estaba ganado.
Olvidar las lecciones de los libros de historia
y el recuerdo y las advertencias de los más mayores.
Quinto:
Quedarse en casa y evitar salir a la calle
en busca de medicinas en farmacias cerradas.
Desviar la mirada de los talibanes que pasean
sus fusiles por las calles de Kabul creyéndose amos.
Saber que un gesto, una sonrisa puede ser la muerte.
Quedarse en casa, en silencio, quedarse muda
sintiendo cómo va agonizando Kabul a cada instante.
Sexto:
Sobrevivir y no pensar.
Sobrevivir y no soñar.
Sobrevivir y no lamentarse.
Sobrevivir en este mundo nuevo, el mismo mundo
de tus abuelas y de tus madres.
Intentar sobrevivir sin esperanzas ni sueños
repitiendo el guion escrito de las renuncias.
Séptimo:
Guardar cerca el veneno. Tenerlo siempre cerca.
Morir antes de caer en sus manos.
Mantener intactos el orgullo y la dignidad
ya que no es posible conservar la vida.
[24 de agosto]
[45]
Lo peor son las noches.
Más que una amenaza
las sombras son una excusa.
El silencio de las calles
se convierte en el rumor del agua.
Está ahí para ser interrumpida.
Por una garrafa o la ropa recién lavada.
Así las calles, el silencio de las calles
interrumpido por un coche que se detiene
en medio de una acera, delante de una puerta.
Y no pasa nada.
Y parece que no pasara nada.
Lo peor es ver un nuevo atardecer
y tener que volver a casa, una vez más,
y cambiar de hotel cada dos días
y evitar las miradas desorientadas de los vecinos.
Lo peor es esperar un nuevo amanecer
y repetir la misma rutina, cada vez con menos fuerzas.
Saber que en unas horas vendrá, de nuevo, la noche
y que todo volverá a ser lo mismo,
una y otra vez,
una y otra vez.
Hasta que no haya más amaneceres,
Hasta que todos se hayan olvidado
y parezca, a miles de kilómetros,
que esta noche, como tantas otras noches,
solo ha sido una pesadilla.
Tan solo una pesadilla. Tan solo una nueva pesadilla.
[25 de agosto]
[47]
¿Cerró los ojos o los mantuvo abiertos
en el momento de accionar la bomba de su cuerpo?
A diez metros pudo distinguir los uniformes
de los soldados.
A su alrededor, niños, mujeres y hombres,
como él, venidos de la sangre de esta tierra,
compartían el mismo aire, su mismo pasado.
Y explotó
(Imagino que con los ojos cerrados).
Y exploraron cientos a su alrededor
(Imagino que con los ojos sorprendidos).
Y su cuerpo hecho pedazos
cayó al suelo mezclado con los pedazos de otros cuerpos
que hace unos instantes pudieron ser su hermano.
Cuerpos irreconocibles de familias enteras,
pedazos de niños que perdieron su futuro
junto al de sus padres y primos.
Que nunca comprendieron este mundo
y que no les dieron la oportunidad de llegar a comprenderlo.
En una charca cercana, Kabul se desangra,
como en tantas ocasiones,
en el fanatismo compartido y democrático de los atentados.
Del cobarde atentado del suicida que asesina
por un Dios que defiende, ante todo, la vida.
[26 de agosto]
[49]
Volver a casa. Una tarde más.
Un vez más recorrer la distancia del aeropuerto a casa.
Por última vez.
Ya no hay posibilidad ni esperanza.
Volver con los papeles en regla y firmados.
Y llenos de sangre.
Y de sudor.
Y de impotencia
de cómo otros consiguieron entrar,
cómo las puertas se cerraron a sus espaldas.
Nunca las nuestras.
Nuestros gritos no fueron suficientes.
Ni nuestra suerte.
Ni nuestra terca necesidad de seguir soñando.
Volver después de haber estado
una vez más
cerca de la muerte.
Volver a estar cerca de un atentado en Kabul.
Volver al asesinato cobarde de los inocentes.
No ser capaz de mirar a los ojos a las víctimas
y convertirnos en una masa sin nombre.
Volver a construir la nada.
Volver a sentirse solo. Irremediablemente solo.
Solo para siempre.
Invisible mientras quemas los papeles
que durante unas semanas fueron tu esperanza,
el pasaporte, la sangre, el sudor necesario
para seguir soñando que otra vida era posible.
Que otra vida te esperaba detrás de aquella puerta.
Quemar los papeles y las banderas.
Tener la garganta llena de ceniza
y los oídos y los labios y los ojos y las manos.
No quedar nada más que ceniza al cerrar la puerta.
Una vez más.
Para siempre.
[27 de agosto]
[50]
Miramos al mundo una sola vez, en la infancia
El resto es memoria.
Louis Glück
¿Qué memoria les vamos a dejar a los niños de Kabul?
¿Qué mundo de odio, sangre y fanatismo
es el primero que van a mirar, el primero
y no otro que recordarán a lo largo de su vida?
¿Qué memoria han tenido los padres
de los niños de hoy de Kabul? ¿Y sus abuelos?
Niños arrastrados de sus camas de madrugada.
Niños que no pueden despedirse de sus amigos
para no levantar sospechas entre los vecinos,
entre los saludos no correspondidos de la familia.
Niños que han de abandonar su lengua
y los juegos del recreo recién aprendidos.
Niños, que por no tener, no tienen ni nombre
ni documentos ni pasado ni (casi) futuro.
Niños que viven en el miedo de un atentado,
de un suicida asesino que se cubre de bombas
para sembrar de muerte los patios de los colegios.
Niños que han asistido a demasiados entierros,
niños que han perdido dedos y piernas y manos
por las minas sembradas en los caminos.
¿Qué memoria les vamos a dejar a los niños de Kabul,
si les hemos robado la infancia, las cometas y las risas?
[28 de agosto]
[52]
¿Lo peor?
Abrir de nuevo la puerta de casa
después de pasar todo el día en el aeropuerto.
Volver a una vida que querías dejar atrás.
Ocupar el mismo sillón de siempre,
y acostumbrarte al ruido de la calle
sabiendo que será el de todos los días.
Escuchar tiros en medio de la noche
y no preguntarte por el número de muertos.
Escuchar una explosión en cualquier momento
y no imaginar los cuerpos destrozados
que permanecen durante días olvidados en las terrazas.
Y volverán a sonar las sirenas de alarma en Kabul.
Es solo una cuestión de tiempo. Como siempre.
Y detrás de unos segundos, una bomba
caerá en un barrio, en cualquiera de las casas de Kabul.
No saber ni querer saber dónde ha caído.
Volver a las rutinas de estos años, de toda una vida.
Enseñar a tu hija a distinguir las amenazas
de los atentados o de las miradas acusadoras.
Aprender a llorar y a gritar y a arrancarse los cabellos
en silencio. Y en silencio tararear una canción
o repetir una lección que ya no se dará en clase.
¿Y lo peor?
No tanto repetir con las hijas los consejos de las madres,
no tanto tener que abrir la puerta para cerrarla
y adaptar tu curiosidad al horizonte de una rejilla.
¿Lo peor?
Vivir sin esperanza.
[29 de agosto]
[55]
Kabul recupera su horizonte de columnas de humo,
las explosiones y los gritos y las lágrimas.
Y el silencio.
Ya no hay alarmas ni sirenas en Kabul.
Khaled sale al balcón y mira con los ojos de su abuelo,
con los ojos de su madre y de su padre muertos
la nueva ciudad de Kabul.
La nueva ciudad que no deja de ser la de siempre.
La ciudad de las historias que le contaba su abuelo
en las frías tardes de invierno cuando se creía niño.
Los deseos de querer volver a Herat
y abandonar esta geografía nacida de la sangre
y de sangre alimentada a lo largo de los siglos.
Khaled enciende su último cigarrillo,
el último que le queda de la última cajetilla
regalada por uno de los últimos soldados extranjeros.
El cigarro deja escapar una nueva columna de humo
en el horizonte cansado de las casas de Kabul.
Su vida vale tanto como este cigarrillo
que se consume lentamente entre sus dedos.
Su vida puede durar lo mismo que este cigarrillo.
Como su padre, como el recuerdo de su madre
o las historias que sigue contando su abuelo
aunque ya nadie le escuche ni le preste atención.
Historias que han perdido la ilusión del tiempo.
Historias vividas hace más de treinta años.
Historias que se seguirán contando treinta años después.
[30 de agosto]
[57]
Ha sido el último soldado estadounidense
en abandonar el aeropuerto de Kabul.
Un nombre que no pasará a la historia
por más que ahora se llene de orgullo y de medallas.
Un minuto antes de la fecha convencida.
Un minuto antes de las doce de la noche
los últimos soldados extranjeros abandonaron
las pistas ahora silenciosas del aeropuerto.
Por la mañana se ha despertado Kabul
con un rosario de tiros de fusiles al aire.
Balas como fuegos artificiales para declarar
el final de una nueva invasión extranjera.
Los más ancianos, si los hay y si recuerdan,
han perdido la cuenta de tantas celebraciones,
de la antesala de nuevos disparos a los muros
de las casas que se han quedado entreabiertas.
Las calles en Kabul permanecen tranquilas.
En el silencio de una mañana cualquiera
abren las primeras tiendas y pequeños grupos de niños
uniformados se dirigen en silencio a la escuela.
Se hacen las camas y se caliente el té en la cocina.
Un día normal.
Un día cualquiera.
Ya no hay corazones para nuevos festejos,
para ondear nuevas banderas y estremecerse
ante las ráfagas de los fusiles en el aire de Kabul.
Las plazas y las avenidas permanecen vacías,
sin cuerpos colgados que sirvan de ejemplo.
La vida sigue en Kabul.
No hay nada que celebrar.
No hay nada para hacer de este un día diferente.
La muerte no sabe de calendarios.
Solo unos lejanos tiros por el cielo de Kabul
recuerdan la salida del último soldado extranjero.
[31 de agosto]
[58]
Llegó el día. Y la hora. Y el minuto exacto.
La decisión se había tomado a miles de kilómetros,
sin haber nunca pisado las calles de Kabul.
Pero el instante de la derrota es otro.
Otro el momento del abandono y del silencio.
Llegó el segundo del secreto mejor guardado.
Nadie quiere ver más ataúdes con banderas
ni oír las salvas de honor al llegar al cementerio.
Nadie desea recordar sus caras juveniles,
sus uniformes blancos, limpios como sus sonrisas.
Pero nada importan los otros miles de muertos,
esos que han quedado destrozados en el fango,
bajo los pies de los que salían huyendo.
Nada esos trozos que después de los funerales
se encuentran en las azoteas o en los árboles.
A nadie le interesan las estadísticas de los vencidos.
A nadie le interesa honrar nombres de lenguas extranjeras.
Llegó el momento de recuperar los titulares
para los asuntos y las noticias domésticas:
La disputa por el contrato de un futbolista,
los monólogos en los parlamentos inútiles
y las eléctricas que se desbordan en el cambio climático.
Y los últimos culebrones del verano,
esos que todavía recuerdan las promesas
incumplidas de un presentador de televisión
o los cambios de caras en las portadas de las revistas.
Pero alguien tendrá que aventurarse a abrir su tienda en Kabul.
Los bancos tendrán que volver a hacer números
y las mujeres a esperar la silueta masculina
para salir a la calle y adentrarse en los mercados.
Las oficinas de las Embajadas han quedado vacías.
Las oficinas de las ONGs han quedado vacías.
Las oficinas de los colegios han quedado vacías.
Las oficinas de las orquestas, de las galerías de arte,
de los teatros y de los cines han quedado vacías.
Los instrumentos permanecen en sus estuches
acumulando el polvo del miedo y de la sorpresa
mientras los dedos ensayan partituras invisibles
en la madera de las ventanas de los despachos vacíos.
Ha llegado el momento, la hora, el minuto
de dejar todo atrás,
de dejarlos a todos atrás.
[31 de agosto]
Epílogo
Miriam no sintió miedo al ver por primera vez el mar.
Se adentró con paso firme por la arena de la playa
sin esperar a sus hermanos Zaman y Aziza.
Y se quedó parada al sentir el agua fría en sus pies.
Allí se quedó.
Viendo cómo sus pies iban desapareciendo en la arena
a medida que el agua de mar llegaba y se iba.
No escuchaba nada más que ese ritmo nuevo,
casi maternal,
y sus pies cada vez más desaparecidos,
como si la tierra quisiera comenzar a abrazarla desde abajo.
Un abrazo largo, un abrazo para recorrer kilómetros
como el que le dio su abuelo Tariq antes de salir de Kabul.
He vivido demasiadas vidas para irme ahora,
para alejarme de la tierra donde seré enterrado.
Pero tú, mi pequeña Miriam, tienes todavía tiempo
para llenarte la mirada de nuevas tierras y horizontes.
Y sí, ahora en este preciso instante de la mañana
mientras sus pies van desapareciendo poco a poco
en el nuevo tacto del mar y la arena de la playa,
entendió por primera vez la decisión de su abuelo
y la certeza de las lágrimas de su madre.
Y cerró los ojos y se lanzó sin pensárselo dos veces
a la mar de su esperanza, al inaugurado mar Mediterráneo
siguiendo el ejemplo de sus hermanos
que gritaban con lenguas aún desconocidas
y se reían con las gargantas y los labios de siempre.
A miles de kilómetros del cielo recordado de Kabul,
de ese cielo donde nunca han dejado de volar las cometas.