Martín el ángel
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Martín, el ángel
Para Antonio y Jose,
que llenan de vida nuestros encuentros
Es el destino.
Ahora lo sé.
(¿Cómo he podido estar tan ciego, tan sin ojos?)
Mis pasos se acercan en la noche
a este destino que termina siendo una cama.
Tu cama. Nuestra cama. Sí, nuestra cama.
Es el destino.
Las puertas de los vagones del metro
se abren al ritmo vertiginoso del encuentro,
y las estrellas de los horarios
forman la constelación del abrazo
cada vez más cercano, más y más nosotros.
Es el destino.
Ninguna espera. El ritmo justo en los pasillos,
en los recorridos lineales de los trenes
y el ritmo nocturno de los semáforos
que inunda de verde los pasos de cebra
mientras sueño con nuestros pies entrelazados.
Es el destino.
Y sé que el ascensor me estará esperando
y que hoy no se caerán las llaves en el pasillo,
que no habrá alarmas ni miedos detrás de las puertas,
que las mirillas seguirán, como siempre, abiertas
igual que abiertas estarán nuestras bocas.
Es el destino.
Y llegaré desnudo a tu cama, a nuestra cama
y te abrazaré de espaldas
retirando el aleteo nervioso de los reproches.
Y te abrazaré y tú sonreirás,
y me dirás algo en sueños que no entenderé.
Pero no importa. Ahora ya no importa,
Porque ahora compartimos nuestra almohada.
Es el destino.
Estamos abrazados.
Abrazados y sonrientes.
Abrazado a tu cuerpo como una columna.
Abrazados y felices.
Abrazados sabiendo que fuera hace frío,
que fuera la noche se empeña en negarlo todo,
las dudas de ayer, los reproches enloquecidos.
Todo
menos nuestros abrazos.
Todo
menos nuestro destino.
Ese que nos encuentra a la mañana abrazados.
Abrazados y sonrientes.
Abrazados,
una vez más,
en el corazón de nuestra cama.