Epílogo de Olga Lucas
Trotsky, el mito indescifrado
Olga Lucas
En 1959, a mis casi doce años fui escolarizada en Budapest. Nunca me he quejado de la formación recibida en ese país. Al contrario, la he defendido en más de una ocasión frente a aquellos que solo ven horror en los países del “telón de acero”. Sin embargo, reconozco que las dictaduras, todas ellas, incluidas las del proletariado comparten ciertos “tics”. Uno de ellos es borrar de la historia a quienes consideran sus enemigos. También las “postdictaduras”. Incluso con transiciones modélicas. En la España actual, sin ir más lejos, en muchos institutos las clases de historia terminan antes de llegar a la república, golpe de estado, guerra civil y posterior dictadura, de la que muchos jóvenes saben poco o nada.
De la misma manera yo también estuve predestinada a no saber quién era Trotsky, salvo error u omisión. Y ese error vino por parte de la literatura en cuya clase aprendimos que Gorki murió porque su médico era un trostskista. A mi pregunta de qué era eso, se me contestó que trostskista significaba ser partidario o seguidor de Trotsky. Siguiente pregunta obvia: ¿Quién era Trostsky? No menos obvia era la respuesta en aquellos momentos y latitudes: Un enemigo del socialismo. Y más obvio aún, si cabe, el silencio posterior. No más preguntas, no más explicaciones, aunque sí muchas cavilaciones.
¡Un enemigo del socialismo! ¡Menudo susto! De modo que el médico de Gorki, el autor de La madre, era partidario de un enemigo del socialismo. Difícil de entender. ¿Médicos seguidores de los enemigos del socialismo curaban deliberadamente mal a los escritores? Sin duda algo no estaba claro, pero tratándose de “enemigos del socialismo” no cabía preguntar más. Ahí quedaba flotando en el aire y rondando en las cabecitas curiosas la tremenda expresión “enemigo del socialismo” que impedía seguir indagando y obtener respuestas a las muchas preguntas sugeridas. Si era así y se sabía ¿por qué le dejaban ejercer? ¿Había enemigos del socialismo en los hospitales? Yo, que tanto los frecuentaba ¿cómo iba a distinguirlos? ¿Cómo saber si un médico es trotskista o no? Si es que hasta el nombre sonaba duro. La T, la R, la O, TRO… ¡qué mal! Así cavilaba una criatura curiosa y sensible a finales de la década de los 50 tras el telón de acero.
¡Pobre Gorki! Seguí leyendo La madre con el corazón sobrecogido y terminé mi redacción con mucho cariño y solidaridad por él. Más tarde me tranquilizó saber que Trotsky no era un contrarrevolucionario, solo un revisionista y eso, aunque tampoco era nada bueno, era menos grave. Al parecer era un amigo de Lenin, pero luego se pelearon. Era muy inquieto y discutidor. Lo peor vino después, a la muerte de Lenin porque Stalin vio en él un rival en la sucesión. Estas cosas se fueron sabiendo poco a poco, a medida que avanzaba el proceso de desestalinización. La gente estaba confundida y temerosa, también ignorante de muchas cosas, de cuanto se les había ocultado y tergiversado durante décadas. Pero lo que iba oyendo aquí y allá me tranquilizó. El término de “enemigo del socialismo” seguía siendo contundente, pero de lo escuchado, deduje que englobaba distintos conceptos. No es lo mismo ser un contrarrevolucionario que un revisionista, estar en contra del pueblo que haberse peleado con otros dirigentes por no pensar todos igual a la hora de abordar los muchos y gravísimos problemas que tuvo que afrontar la revolución socialista. También supe que no existían médicos trotskistas en el hospital o, si existían, era un secreto bien guardado y, desde luego, no por eso trataban mal a sus pacientes entre los que me encontraba.
Finalmente supe, y con ello recobré el ánimo, que Gorki murió de una afección pulmonar, pese a que algunas biografías dicen que murió en Moscú en circunstancias que todavía no han sido esclarecidas. Por consiguiente, hoy pienso que bien podría ser cierta la primera versión de mi profesor de literatura, pero al revés; que fuesen precisamente los enemigos de Trostsky y Bujarin los que tuvieran algo que ver con su muerte. Aunque, para acabar de liarme, supe también que su féretro fue llevado a hombros por Stalin y Molotov.
Así es como poco a poco el nombre de Trotsky y el concepto de trotskismo fue adquiriendo un halo de misterio tenebroso en el imaginario infantil y adolescente de una niña educada al otro lado del telón de acero. Por un lado, el deseo y por otro el miedo a saber. Imagino que muchas personas de mi edad, hijos del bando perdedor, vivirían situaciones similares con otras cuestiones bajo el franquismo. Porque en determinados lugares, circunstancias y edades el miedo “va de soi” como dirían los franceses; el miedo al miedo es inevitable.
Ahora, al escribir estas líneas, creo que, en mi caso, muy probablemente el miedo a saber más sobre Trotsky era el miedo a perder la fe en la “construcción del socialismo”. Dice Kafka que “un libro debe ser como un hacha para clavarla en el mar congelado que hay dentro de nosotros, algo que nos despierte de un puñetazo en la crisma”. Eso mismo debió ocurrirme con el “fantasma” de Trotsky y el trostkismo. En aquel momento y contexto, probablemente tuve miedo a ese puñetazo en la crisma, a despertar del sueño del “hombre nuevo”, a perder la creencia en las bondades del mundo que nos había traído la Revolución y en la necesidad de protegernos de sus enemigos.
En mi infancia la Revolución y los Revolucionarios tenían otro sentido, encarnaban otra entidad. Hoy a nadie o casi nadie le importan los revolucionarios. Prueba de ello es el escaso eco del centenario del fallecimiento de Lenin, pese a tratarse de uno de los personajes clave de la historia del siglo XX. En algún sitio he leído que Lenin necesita un Ridley Scott que le rescate en una película como a Napoleón. Bueno, chascarrillos aparte, es obvio que hoy la Revolución (me refiero a la revolución rusa) y sus protagonistas no interesan.
En mi primera juventud, ya en España, durante los años del tardofranquismo Trotsky reapareció sorpresivamente en mi vida. En determinados círculos me encontré con no pocos trotskistas. No dudo de que algunos de verdad lo fueran, pero tuve la impresión de que aquí el término tenía otro significado. Me pareció que los trostskistas de España, en realidad eran antifranquistas, jóvenes unidos a formaciones comunistas para luchar contra la dictadura, pero críticos con las prácticas llevadas a cabo por éstos en la URSS y “países satélites”. Estaban imbuidos de una superioridad moral y pese a no haber conocido el estalinismo más que en los libros y tal vez en tecnicolor, eran capaces de darnos lecciones a quienes lo habíamos vivido y sufrido en carne propia. Existía, además, cierto recelo y desconfianza entre los de “dentro” y los regresados del exilio. En ese contexto ser trotskista significaba, o así lo percibí, ser antifranquista y a la vez rechazar la política de la URSS.
“Renunciar a la conquista del poder es dejárselo voluntariamente a los que lo tienen, a los explotadores”
“El rechazo de la conquista del poder es hacer el juego a la burguesía, dada la estructura de clases de la sociedad”
Son palabras de Trotsky extraídas de un discurso de 1937. Pese a ellas, los mismos jóvenes que defendían ardorosamente al POUM frente a los terribles comunistas, no tenían empacho en declararse trotskistas, lo que me llevó a pensar que aquí y entonces ser trostskista era otra cosa. Lo mismo me pasó con algunas amigas francesas, estudiantes de Nanterre y algunas italianas.
Desde luego, nada que ver con el Trotsky relacionado con la muerte de Gorki de mi infancia, el que, por las razones expuestas, siempre me inspiró miedo, curiosidad, atracción y rechazo a partes iguales. Aunque hoy, visto en perspectiva y con ojos de vieja, creo que sin más motivo que otros revolucionarios coetáneos suyos en unos tiempos y circunstancias carentes de humanismo.
Muchas veces me he preguntado cómo hubiera sido la historia del siglo XX si a Lenin le hubiera sucedido Trostsky en lugar de Stalin. Obviamente no tengo respuesta, solo una catarata de preguntas. ¿Cómo hubiera sido la “construcción del socialismo”? La colectivización, la reforma agraria ¿se hubieran llevado a cabo de manera más humana bajo la batuta de Trotsky? ¿Se hubiera logrado un mejor equilibrio entre lo colectivo y lo individual? ¿Las circunstancias geopolíticas hubieran permitido hacer las cosas de otro modo? Más aún, ¿el comunismo libertario o, simplemente, el comunismo de rostro humano, en democracia, es posible o solo es una utopía? ¿O ni siquiera eso, solo una ensoñación? Pensamiento expresado en lenguaje poético por el autor de este poemario.
La Revolución permanente.
Esa que siempre se sueña.
Esa que siempre se escapa.
Esa que existe porque nunca llega.
Ni entonces.
Ni ahora.
¿Y mañana?
La revolución es cruel por naturaleza. Cruenta. ¡Que se lo pregunten a Maria Antonieta! Pero ni todas las cabezas cortadas gracias al invento del Doctor Guillotin nos impiden celebrar la Toma de la Bastilla y la llegada de la Edad Moderna dejando atrás el Antiguo Régimen. Y no será porque se cumplen los preceptos de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. En cambio, en nuestros juicios acerca de la Revolución Rusa no somos tan benévolos, ni practicamos la misma altura de miras ni nos gusta reconocer que también cambió el curso de la Historia y especialmente el de la clase obrera.
El problema es que no conocemos casos de reparto voluntario de privilegios y poder por parte de quienes lo ostentan. A lo largo de la historia ha habido revueltas campesinas, huelgas, motines y luchas obreras, pero no conocemos motines de latifundistas queriendo repartir sus tierras ni movimientos de empresarios ansiosos de entregar sus fábricas a los obreros en régimen de cooperativa.
Por eso Trostky y los suyos abogaban por la Revolución permanente, pese a que la revolución es el acto más autoritario de la historia. Lo es porque es el acto mediante el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte. Y si quiere que su lucha no resulte estéril, su victoria vana y, peor aún, seguida de una cruel venganza, debe mantener su dominio por medio del terror. Es decir, al estado burgués debe seguirle un período de transición: la dictadura del proletariado basada en la democracia obrera que se extinguirá una vez alcanzado el avance del socialismo como fase previa al comunismo. Así lo explicó Engels o, al menos, así me lo enseñaron tras el “telón de acero”.
Lo que no me enseñaron y también ocurrió es que en el caso de la URSS y “países satélites” nada de eso pudo desarrollarse plenamente debido a la burocratización de ese Estado obrero en el que una casta parasitaria con Stalin a la cabeza se impuso coercitivamente en el poder. Y, en consecuencia, Trotsky, como tantos, declarado “enemigo del pueblo”, “enemigo del socialismo”, asesino indirecto de Gorki, traidor y cuanto hiciera falta para justificar la necesidad de su ejecución.
Hay mucho escrito sobre Trotsky y el trotskismo por historiadores y ensayistas. No sé si es por mi trauma infantil, mi sufrimiento por Gorki y todo el halo de misterio y temor irracional que lo acompañó de inicio, o tal vez porque tengo la misma impresión acerca de la (inevitable o no, eso no lo sé) falta de humanidad y crueldad de todos los protagonistas de aquellos episodios y momento histórico, el caso es que no me he sentido inclinada a leer esos estudios. Lo que nunca imaginé es que se escribiera un poemario dedicado a Trostky. Y menos aún que sería invitada a añadir unas palabras a la presente edición del mismo.
¡Un poemario! Un poemario de verdad, de poesía, no de propaganda ni escrito en el más puro estilo panfletario partidista o perteneciente a la escuela de “realismo socialista”. Me resulta muy difícil hallar poesía en el proceder de los protagonistas de la Revolución Rusa. Ni Lenin, ni Trotsky ni ninguno de esos hombres clave, ni quienes les siguieron me resultan asociables a mi concepto de Poesía, aunque en sus ratos de soledad la practicaran. O al menos así era hasta que me fueron solicitadas estas líneas para acompañar la reedición del poemario de José Manuel Lucía.
En cualquier caso, el poemario no está dedicado a la revolución sino al ser humano, al revolucionario Trotsky derrotado, perseguido, temiendo su ejecución, al Trotsky enamorado, dolido y necesitado de su compañera. Así, los poemas inspirados en la visita a la Casa Museo de Coyoacán donde Trostsky vivió sus últimos días y recibió el golpe mortal, vienen a suplir ese humanismo que les faltó a todos ellos, incluido el propio Trotsky. El canto aquí no es a la revolución sino a la reivindicación del ser humano entregado a ella, perseguido y finalmente asesinado a traición por quienes deberían haber sido los suyos.
Y, bien pensado, aquí sí veo paralelismo entre revolución y poesía, entre esa entrega total y coherente a las ideas y práctica de la revolución y la entrega del poeta comprometido con su obra y su tiempo. Esa mezcla de generosidad extrema y egoísmo feroz, como anverso y reverso de la misma moneda. La entrega total y honesta a la causa y a la obra conlleva ambas cosas. En el caso que nos ocupa ¿acaso no es generosidad suprema entregar tu vida a un ideal que crees imprescindible para liberar a la clase obrera? Y, al mismo tiempo: ¿no es un egoísmo feroz, una crueldad como pocas, que las consecuencias de tu lucha se extiendan a tu entorno, llegando al sacrifico de la vida de tus propios hijos? La creencia en la supremacía del bien colectivo sobre el interés particular llevada al extremo ¿cómo se interpreta? Lo cierto es que, en mayor o menor medida, se da tanto entre los revolucionarios como entre los grandes creadores e investigadores.
Ignoro si es ese nexo invisible lo que ha inspirado este poemario. Poemario que conmueve, sorprende, cuestiona, incita a la reflexión, es decir, reúne todo lo que una espera de la literatura. Por eso es fácil imaginar que en su visita al museo fuese precisamente el escritorio de Trotsky el detonante en el ánimo del poeta. De hecho, el poemario concluye así:
“Delante del escritorio congelado en su último instante de vida,
Petrificado por la mirada de acero de la historia,
Me descubrí diciéndome entre dientes:
Algún día escribiré sobre este instante.
Algún día recuperaré en versos los últimos días de Trotski”