Ángel de ciudad
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Ángel de ciudad
A Esther, Jesús y Mariu,
por los caminos compartidos
Ven aquí.
Despacio.
No te importe
la sonrisa perversa de las copas,
las fotos en las paredes sin esquinas,
la sombra de rodillas azuladas
o el frío aleteo de las tardes.
Ven aquí.
Despacio.
Despacio.
Deja atrás
las prisas cotidianas de las sillas,
el tacto inmaculado de las venas,
el cinturón ceñido a los informes
y la niebla que raya las corbatas.
Ven aquí.
Despacio.
Despacio.
Despacio.
Acércate,
estas manos desean ser tu aliento,
devolverle a tu pelo las caricias
cruzando el horizonte de tus músculos,
imaginando eclipses a tus espalda.
Ven aquí.
No mires atrás.
Despacio.
Despacio.
Acércate al abismo
de mis manos perdidas en tus alas
que buscan en tu pecho amapolas,
y en el deseo espléndido de tu cuerpo
horizontes de besos desplegados.
Ven aquí.
No tengas prisa.
Despacio.
Te prometo paraísos,
besos madrugadores y festivos,
abrazos sudorosos, desmedidos,
y pies entrelazados por la noche,
y músculos abiertos, satisfechos.
Ven aquí.
Ya queda menos.
Despacio.
Despacio.
Recuerda el guión:
tus brazos atrapados en mi cuello,
nuestras lenguas sedientas, buscándose,
tu cuerpo aleteando, derramado,
en la espiral de nuestros cuerpos mudos.
Ven aquí.
Despacio.
Despacio.
Despacio.
El fin vendrá
y lo hará sin haber visto tus ojos,
sin conocer el tacto de tu nombre,
ajeno a las cadenas del anillo…
sabiendo que no habrá nunca un nosotros.