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Algunos poemas Los últimos días de Trostki

 


[20 de agosto de 1940]

 

¿Ha valido la pena tanta cárcel, tantas geografías, tanto ladrillo cerrado en las ventanas, tantas puertas blindadas, tantas muertes, tantos amigos abandonados en la fosa irremediable del miedo, tanto exilio, tanta espalda, tantas miradas vacías?

 

Tendido en el suelo no debo cerrar los ojos.

¡Ahora no!

Ahora que todo estaba tan cerca, tan cerca…

 

Siento cómo la cabeza se me rompe,

cómo mi piel arde al contacto de la sangre.

 

Mis libros abiertos, ahora derramados por el suelo infinito de las baldosas,

mis gafas rotas, aquí tendidas a mi lado, estas dos circunferencias que han dibujado mi rostro, mis gestos, mi mirada, durante ya tanto tiempo.

Todo lo cubre mi sangre, mi sangre infinita, escandalosa.

Pero ahora no…

Tengo tan solo sesenta años y toneladas de injurias y de injusticias que denunciar.

 

¿De dónde me viene este dolor que me ha hecho caer al suelo y gritar? Oigo los pasos de Natalia, de mis colaboradores, oigo sus gritos sus carreras e insultos. Pero yo estoy tranquilo.

 

¡Ahora no!

 

Ahora vendrán las sirenas y me llevarán al hospital y me vendarán la cabeza, esta cabeza que me arde,

y más tarde limpiarán mi sangre del suelo, y recogerán mis libros, y mis gafas rotas y mis notas y todo volverá a estar igual cuando vuelva.

Y lo haré con una sonrisa triste, los ojos cansados y una nueva cicatriz.

Volveré de la mano de Natalia, de mi Natalia.

Tendré que tapiar una vez más las ventanas, no abrir nunca más las puertas blindadas, multiplicar en cada esquina las torres de vigía.

 

Pero ahora no debo cerrar los ojos.

¡Ahora no!

No quiero que lo último que vean mis ojos, estos ojos que lo han visto ya casi todo, sea mi sangre sobre los papeles criminales, mi sangre anunciando la derrota.

¡Ahora no! Ahora que me encontraba tan cerca… tan cerca.

¡Ahora no!

No cerrar los ojos, nunca. Ni muerto.

 

No lo matéis. Tiene que decir quién le envía.

 

 

Ruth[1]

 

¿Cuán larga puede ser la sombra del enemigo?

¿Cómo de certeros sus zarpazos moribundos?

¿Qué inútiles mis bocanadas de auxilio?

 

Un día soñé con una tierra libre para todos y ahora me encuentro exiliado por mis sueños,

exiliado en medio del océano,

entre soldados que me odian,

voces que me llegan lejanas de otras tierras que no entiendo, laberintos lingüísticos en los que me siento débil, alejado.

Un extranjero.

 

La mirada de Natalia, siempre a mi lado,

y el silencio de la radio y de los telégrafos,

y de nuevo en una nueva cárcel, confinado en la cárcel sin nombre de mi destino, recorriendo un océano de aguas lejanas, nunca imaginadas.

 

Nadie me dice a dónde nos llevan.

 

A nadie, en realidad, parece importarle.

 

All my love[2]

 

Para León Trotsky, con todo cariño,

dedico esta pintura el día 7 de Noviembre de 1937.

Frida Kahlo, Autorretrato para Trostky, en San Ángel, México.

 

¡Qué alejadas están las miradas de Frida y de Natalia!

 

¡Qué abismo de juventud ofrecen las pupilas incendiarias de Frida, de una Frida de acero y de viento, y de olores nuevos, sabores que forman parte de los sacrificios aztecas!

 

Natalia me mira y me siento atrapado en su mirada de siglos, de manos compartidas y de pan escaso en las interminables noches de exilio.

Natalia me mira y me siento en su mirada tranquilo, viejo, acompasado a los años y las costumbres compartidas.

 

Frida me mira y siento rejuvenecer de nuevo mi sangre revolucionaria en el espasmo de todos mis miembros.

Frida me mira y me faltan las palabras, todas las palabras.

Por primera vez en mi vida.

Sin sangre.

Sin tinta.

No hay recuerdos, no hay penurias, solo libros compartidos y mis mensajes de amor atrapados entre sus páginas.

 

Natalia me mira y me siento fuerte, de nuevo Trotski.

 

Frida me mira y dejo de ser yo, el viejo Trotski de ahora y me imagino a los dos tumbados en su cama de espejos multiplicando sus caderas en mis renovados jadeos.

 

¡Qué lejos estoy de las miradas de Frida y de Natalia!

 

Con una vivo y con la otra,

de noche,

                                                                       sueño.

Desde San Miguel

 

No duermo lejos de ti, Natalia. Ni vivo siquiera.

El trabajo se multiplica sobre el escritorio y no puedo escribir lejos de ti, ni una palabra.

Necesito tu cuerpo, necesito tenerte cerca, necesito estar dentro de ti, acompasando mi aliento a los golpes de suerte de tus generosas caderas.

 

Cierro los ojos y solo sueño con tu dulce cuerpo, y solo deseo empujar mi lengua en sus profundidades.

Hasta mi sexo me ha abandonado lejos de ti, este sexo que ya no responde a mis impulsos,

como si lejos de ti hubiera decidido dejar de ser,

como si en la distancia se hubiera olvidado de las tensiones enloquecidas de los últimos meses.

 

Lejos de ti se me vienen encima las enfermedades y ni fuerzas saco para comprarme unas gafas nuevas.

¿Qué vestido te pondrás para acompañarme el domingo si decides al final perdonar a tu famoso bandido?

Los papeles se multiplican sobre el improvisado escritorio y solo vivo para volver a sentirte abierta en mi lengua, hacerte gozar en cada uno de mis deseos desbocados, derramarnos juntos en la noche cerrada, oscura, juntando nuestros labios en un último gemido, sin saliva.

 

Natalia.

Mi dulce Natalia.

Mi compañera.

Mi vida.

 

Preparativos de la Cuarta Internacional

 

Me lleno de recuerdos que otros me cuentan,

de las cartas que me llegan arrastradas por el peso de una confesión o el silencio ante una nueva deserción.

 

Todo se derrumba a mi alrededor.

Todo, a excepción de esta cárcel que habito,

a excepción del ritmo cotidiano que marca mi voluntad,

esta costumbre de vivir que nunca me abandona,

a pesar del cansancio,

a pesar de mi mala circulación, mis dolores de cabeza y este estómago que crepita en el color de los nuevos sabores mexicanos.

 

Estoy solo.

Cansado.

Y terriblemente viejo.

 

Solamente la sombra armoniosa de Natalia,

atrapada en el agujero negro de mi biografía,

me acompaña, y me reconforta,

me da la luz que necesito por las noches para descansar,

para apoyar mi cabeza inútil sobre su pecho generoso mientras mis manos buscan su sexo y en él encuentran el gemido y el paraíso que hace tiempo abandonaron miradas y alientos.

Cansado y solo.

Cansado de seguir imaginando geografías que ya no me pertenecen.

Ni en el recuerdo.

 

¿Acaso quedará algo de mí en la casa de mis padres, algo que me recuerde que yo también fui niño y, como niño, vivía feliz en un mundo de leyes manejadas por la lógica arbitraria de los deseos heredados?

 

¿Acaso Londres seguirá siendo el mismo Londres clandestino de mis discursos gloriosos y la mirada febril de Lenin, arropando cada una de mis sílabas?

 

¿Acaso podría reconocer los campos que un día crucé apoyando mi cabeza en la fría ventana del destino, dirigiendo un país al ritmo de los raíles y los sables, y de las olvidadas y previsibles estaciones de tren?

 

¿Acaso alguien recuerda mis pasos por la casa incendiada o por los barracones silenciados donde mis carceleros abrían con desprecio las cartas y enmudecían los periódicos que llegaban tiritando ante mis ojos?

 

Vivo en el territorio deshabitado de mis recuerdos.

Vivo solo.

Nadie me acompaña, ni siquiera Natalia, cuando los ojos se me desbordan de ejércitos y a mi lado siento la presencia histórica de Lenin,

los dos,

mano a mano,

esculpiendo la Revolución.

 

Ahora que Europa se incendia en firmas traidoras, en pactos dictatoriales y silencios democráticos, la Cuarta Internacional es el puente hacia nuestra victoria, por más que me sienta solo y cansado al cruzarlo,

por más que el aliento del Sepulturero de la Revolución hiele los espíritus más esforzados, más sacrificados,

corte las manos que un día aplaudieron mis arengas,

las lenguas que se aprendieron de memoria cada uno de mis escritos.

 

Hoy me lleno de recuerdos que otros me cuentan.

Mañana serán otros los que vivan de mis recuerdos, los que escriban con mis soledades, con mis derrotas, los que alcen la bandera del mito de mi nombre y hagan de Trotski el grito de una nueva Revolución.

Esa que me volverá más humano.

Esa que devolverá la sangre a nuestros ideales, la flecha certera en el corazón de la denuncia, el grito unánime contra el silencio de todos los tiempos.

 

Hoy me lleno de futuro ante la Cuarta Internacional.

Otros serán los que lo conviertan en presente.

 

 

El asesinato de Liev Sedova

 

Murió desnudo. Enloquecido. Por los fríos pasillos del hospital.

Desnudo. Y loco. Nadie entendía sus palabras. Su acento. El movimiento inverosímil de sus labios. Sus ojos eran dos llamas.

Gritó y entonces se quedó mudo.

Cayó al suelo.

Nunca más se levantó.

Nunca más recobró la conciencia. Ni la lucidez. Ni la ropa.

 

Tres días permanecimos en la habitación.

Tres días abrazados. Leyendo una y otra vez el telegrama que borrábamos con nuestras lágrimas, con nuestras lecturas continuas, al borde de la locura. Entendíamos todas las palabras, nos eran familiares las letras, pero no así la negra noticia de muerte que anunciaban.

 

Aquel dolor no podía ser grave. Otros muchos dolores habían convertido su cuerpo en un campo de minas. Lo sabía. Vivía desde hacía tiempo entre dos fuegos. Entre los lentos y peligrosos preparativos de la Cuarta Internacional y los rápidos y lacerantes mensajes que su padre conseguía enviarle desde México.

Entre dos fuegos.

Y ahora con este dolor que por minutos aumentaba.

Y temía partirse en dos.

Y deseaba en realidad partirse en dos.

Dejar atrás ese dolor, ese nuevo dolor que no le dejaba vivir, ser el brazo ejecutor de las órdenes de su padre.

 

Tres días para regalarle las caricias que nunca le hizo su madre. Las palabras de aliento y los agradecimientos que nunca salieron de sus labios.

Tres días para encontrarnos con él en sus miradas, para abrazarle en sus minúsculos brazos del hijo pequeño.

Tres días para recordar su pequeño cuerpo de siete años con el Boletín bajo el brazo por las calles comunales de París.

Tres días para comenzar a extrañarle, a saber que ya nadie estaría al otro lado del teléfono, de los mensajes, de las órdenes, que París se había quedado mudo y solo. Para siempre huérfano.

 

El camino al hospital duró un diluvio. El hospital a las afueras de París, rodeado de árboles y de silencios. Hospital de fachada blanca, de blancos enfermos. Un hospital de sábanas blancas y de blancas medicinas.

Llegó solo.

Y estuvo solo

y murió solo.

El dolor desapareció después de un sencilla operación de apendicitis. Pero no así las sombras. Entonces llegaron las sombras, y las sospechas y el sabor peculiar de la comida y de las medicinas.

Ese sabor a muerte que esconden siempre los venenos,

un sabor milenario, ancestral.

Único.

 

Tres días para pedir perdón.

Tres días recordando la muerte, el panteón familiar que iba llenando Europa de cadáveres, de hermosos cadáveres de tez blanca y mirada enloquecida. Cadáveres que no pudieron sobrevivir al peso de la historia ni al espíritu asesino de la crueldad del Zar Rojo. No dejar huella ni dejar rastro. No dejar semillas en el camino. Acabar con el pasado asesinando las raíces y los primeros brotes de la primavera, esa que exigiría respuesta a las preguntas, venganza a la historia.

 

Veintinueve años. Tan solo veintinueve años. Y poco más decía su ficha. Y poco más el papel que certifica su muerte.

Blancos espacios para acallar un crimen, un nuevo asesinato que cortaba el hilo umbilical de Trotski con la silueta europea de la Revolución Permanente.

Nadie recuerda dónde quedó su sombrero. Ni sus ropas. Ni su vida. Ni las ansias revolucionarias, que habían sido su escuela, su única enseñanza, la sangre que había terminado por correr envenenada por sus venas.

 

Tres días para llorar sin lágrimas.

Tres días para gritar sin garganta.

Tres días para leer sin ojos.

Tres días para lavar las heridas de un asesinato.

Tres días para recomponer las arrugas

y volver a salir al campo minado de la vida

sabiéndose un poco más solo,

terriblemente condenados a estar solos.

En su vida.

En la acusación de un nuevo asesinato del Zar Rojo.

 

 

El viejo

 

Hay viajes que no deben comenzarse.

Hay lugares que se deben evitar, personas que mejor no haber conocido. Territorios de calumnias y de miedos que se esconden tras los abrazos y los peldaños previsibles de las escaleras.

 

Hay vidas que no podemos vivir.

Vidas que tan solo podemos soñar en las tardes inagotables del otoño cuando el día parece perezoso y la noche un presagio de sábanas mudadas en las esquinas de la cama.

 

Pero esas son las vidas de los otros,

de los otros yo que yo pude ser, que quizás fueran más yo que estas costumbres cotidianas que me abrazan y me reflejan en los espejos metálicos, en el corredor interminable de mi cárcel.

 

Si no hubiera comenzado aquel viaje,

si no me hubiera empeñado en estudiar y abandonar el lugar sagrado de mis abuelos;

si no me hubiera cruzado en el azar de las calles y de las aulas abarrotadas con aquellos ojos que gritaban Revolución,

quizás ahora yo sería un viejo como tantos otros viejos que sobreviven en la corteza de los recuerdos y remordimientos; un viejo que habría pasado su vida entre plumas y entre libros y escritos, rodeado de clases cada más amarillentas.

Un viejo con los ojos humillados y las manos temblorosas, ausentes.

Un viejo de sonrisa fácil y de palabra certera, como el filo de una hoja. Uno de tantos viejos que se levantan en las sudorosas mañanas con la esperanza de un nuevo atardecer, uno de esos perezosos atardeceres de ritmos lentos y de explosión unánime en el cielo.

 

Pero, ¿acaso tú, León Davídovich, no eres un viejo como tantos otros viejos, rodeado de libros, de papeles, de recuerdos y de ojos cansados y de añoranzas matutinas, de historias siempre en los labios y de un público cada vez más sordo?

¿Qué te hace a ti único, León Davídovich Trotski?

¿Acaso los cactus que sobrevivieron a la lluvia de metralla o los conejos que aún conservan en el hocico el olor ácido y dulzón de la muerte nocturna?

¿Acaso tus escritos que nadie quiere publicar?

¿Tus ideas que se están quedando huérfanas en una época que se ha arrancado la lengua y los oídos y los ojos ansiosos de futuro?

¿Acaso no estás tan solo como todos los viejos de este mundo, de este previsible presente de amaneceres y de invasiones que inauguran los titulares de los periódicos, y que cruzan el Atlántico con el vuelo rasante de las trompetas inminentes de guerra?

 

¿Quién eres, en realidad, León Trotski, ahora que has sido declarado Enemigo del Pueblo?

Un viejo.

Tan solo uno de tantos viejos.

Un viejo que se aferra al dactilógrafo como si tu voz pudiera multiplicarse en el desierto de un presente sin memoria, como si aún hubiera alguien, aunque solo fuera uno, esperando a oír de tus labios, León Trotski, la frase certera, la condena justa, el análisis atinado.

 

Tú que eras capaz de cambiar, con tan solo un gesto de tu voz, el rumbo del ejército rojo, te estás quedando mudo y solo y viejo.

Terriblemente viejo.

Irremediablemente solo.

Absolutamente mudo.

 

Hay viajes que nunca debieran comenzarse.

El de la vejez es, sin duda, uno de ellos.

 

 

Testamento

 

Llevo once años esperando la muerte.

Pero no la muerte de las denuncias ni de las deserciones,

no la muerte del barro en el campo de batalla

o la muerte sumaria que te convierte en un número, en fría estadística sellada por una firma victoriosa.

 

Cada taza de té que bebo puede que sea la última.

Cada paseo, cada recodo de las carreras de mi borsoi por las tierras abiertas de mi primer exilio,

cada beso de Natalia,

cada una de sus caricias

las vivo como la prórroga de una vida que me han regalado.

Un nuevo estrechar la mano en la puerta de la cortesía, un nuevo coche que cruza detrás de las ventanas cegadas, puede ser el principio de mi fin, tantas veces imaginado.

 

Llevo once años, ya once años levantándome cada mañana sabiendo que cada amanecer puede ser antesala de la muerte.

La muerte ya decidida, ya firmada con la sangre traicionada del pueblo en el secreto putrefacto de los despachos del Kremlin.

 

¿Cómo será esa muerte que espero desde hace once años?

¿En qué momento del día o de la noche aparecerá triunfante?

 

Durante este tiempo padecí incendios, temí envenenamientos, vi como a mi alrededor todo se volvía un cementerio.

Las tumbas de Zina, Liev, Sergéi, Erwin o Rudoplh cubren de silencio y lágrimas mi panteón familiar.

 

Menos mal que Natalia sigue aquí, a mi lado.

Abre la ventana y en la mañana llega el frescor del jardín que, día a día, ve crecer la silueta de los cactus.

 

Llevo once años, ya once años, esperando la muerte.

 

Y ahora sé que no vendrá en la amenaza tantas veces imaginada.

Vendrá rápida, instantánea, disfrazada de un derrame cerebral,

vendrá explotando mis envejecidas y combativas arterias, o en forma de este cansancio en los huesos que multiplica el dolor con cada esfuerzo.

Quizás, después de tanto tiempo, de estos once años, la muerte vendrá por mi propia mano, la única digna de acabar al fin mis días.

Sabiéndome dueño de mi vida, acortando el inevitable y largo camino de la agonía, o de una invalidez que solo deje de mí un nombre, este nombre prestado que me ha acompañado en mi biografía.

 

Llevo once años, once años ya esperando la muerte.

 

No sé cuándo vendrá ni por donde.

No importa.

Vendrá la muerte y moriré con una fe inquebrantable en el futuro comunista.

 

Moriré, ahora lo sé, con una sonrisa en los labios.

Una sonrisa victoriosa.

Un saberme libre, revolucionario después de muerto.

  

 

Este es el fin

 

Un golpe a mis espaldas,

el silbido invisible de la traición sin nombre

que no pude escuchar,

que no pude ver

a pesar de tantos indicios vehementes,

a pesar de pensar: “Este hombre podría matarme”

al cerrar la puerta de mi escritorio.

 

Hoy tenía que ser el día del fin.

Justo hoy.

El día en que me sentía de nuevo con fuerzas,

el día en que había retomado mis escritos

y de nuevo mi sangre volvía a latir

con la fe de otros tiempos, de los primeros tiempos,

de aquellos tiempos de soñar con la Revolución.

 

Pero yo lo impedí.

Me intentó matar a traición y yo se lo impedí.

Me golpeó en la cabeza con fuerza

pero, en el fondo, la traición es débil,

esconde siempre una grieta de dudas

y a ella me abalancé con mis dientes,

le arrojé todo lo que encontré en el escritorio

y grité, le grité mi odio a la cara,

le grité mi fe, mi fuerza, mi verdad, mis años.

Y este grito le hizo retroceder, enmudecer.

Me quiso matar a traición, por la espalda

en el silencio cómplice de los titulares ya escritos.

Pero yo, León Davídovich Trotski, se lo impedí.

 

Y aquí estoy, Natalia, tendido a tu lado,

con el hielo inútil sobre mi cabeza.

Te miro y me dedicas palabras de esperanza

que tus ojos se empeñan en desmentir.

Lo sé. Se cumplió lo que esperábamos,

lo que todas las mañanas hemos estado esperando.

 

Y me iré. Lo sé. Este es el fin.

El fin de una vida entregada a un ideal,

convertido en fantasma a medida que mi biografía

iba quemando las inútiles hojas de los calendarios.

Pero hay que seguir, seguir luchando hasta el último aliento,

única razón que ha dado sentido a mi vida.

Dicto mi muerte como si fuera un nuevo artículo,

el comunicado que me gustaría hoy leer

en los titulares de los periódicos de todo el mundo.

Dicto mi muerte sabiéndome ajena a ella,

como si fuera la muerte de otro.

Sabiendo que es la muerte de otro,

de ese otro en que me he convertido

al alejarme de mi tierra, de mis amigos, de mi pasado.

 

Este es el fin, Natalia. Se cumplió.

Natalia, te amo.

 

No me queda nada más que decir.

Ahora es el momento de que hable la historia,

el constructor de mármoles que es el tiempo,

 

La venganza de la historia es más poderosa que la venganza del más poderoso secretario general. Me atrevo a pensar que esto es un consuelo.

 

Instante. 4

 

Inútil el instante

y el gesto.

Inútil el asesinato

y el golpe suicida.

Inútil el silencio

y los veinte años de cárcel,

la vida robada

y la inventada biografía

sacada de otros recuerdos.

Inútiles las palabras

y las amenazas.

Inútil el entrenamiento,

el saber elegir el gesto

para cada compromiso.

Inútil la lengua

e inútil la obediencia

ciega y esclava.

Inútil la carta llena

de mentiras y traiciones.

Inútil el motor del coche

encendido en la esquina,

el deseo de verle aparecer,

elegante y tranquilo,

saliendo de la casa.

Inútil la medalla de héroe

olvidados todos los traidores,

todos los que firmaron

la sentencia de muerte.

Inútil la chatarra de la condecoración,

vivir y ser enterrado

con otro nombre.

Inútil el alzar el brazo

y no mantener la valentía

en el último momento.

Inútil matar por una orden

que ha de permanecer anónima,

sin rostro, ni corazón, muda.

Inútil vivir en el silencio,

sabiéndote víctima fácil,

testigo incómodo,

cerebro lleno de recuerdos.

Inútil morir por una orden,

quemar tu vida

para poder cumplirla.

Inútil vivir sin poder olvidar

aquel último grito,

lastimero, desgarrador,

el grito de la derrota,

de la duda en el último momento.

Inútil el asesinato.

Inútil callar la conciencia,

llenar de blancos la historia,

permanecer con los ojos cerrados

en el desfile de los calendarios.

Inútil matar a Trotski

para acallar su voz,

las botellas de náufrago

que seguía lanzando al mundo.

Inútil el asesinato

que convirtió a Trotski

en un símbolo, en un mito,

tragedia viva

de nuestro presente,

espejo donde seguir reflejándonos.

Inútil vivir para matar

a un anciano de espaldas.

Inútil vivir recordando

el grito del fracaso,

el compromiso ciego,

la dictadura de las órdenes,

los intereses creados.

 

[Recuerdos de una visita a la casa de Trotski en Coyoacán]

 

Crecieron las buganvillas en el jardín de la casa de Trotski, las buganvillas que nunca pusieron color a los horizontes teatrales de las gafas de Trotski.

El mismo jardín, con sus esquinas enrocadas, con sus ventanas sin luz, y el musgo de la primavera invadiendo los cerrojos inútiles de las puertas blindadas.

Las conejeras vacías, siempre verdes.

La placa que lamenta la muerte de Sheldon Hart, un día héroe, y en su cadáver, cráneo de traiciones.

Y en medio,

ajenos a las miradas curiosas y los verbos interrogantes,

siguen creciendo los cactus que un día Trotski eligió en sus paseos, como si el tiempo se hubiera detenido en las púas de los “viejos”.

 

En medio del jardín,

en el corazón de la casa,

reposan las cenizas de Trotski,

las cenizas de Natalia,

revolucionario amor perpetuo enlazadas para siempre.

 

El sol inventa su propio horario en la tarde nublada, en los relojes agonizantes de aquel veinte de agosto, aquel instante de muerte a las cinco de la tarde.

El escuálido río de otros tiempos, de las horas de Trotski, se ha convertido en una ruidosa, contaminada carretera.

Las aceras se llenan desde entonces del polvo anónimo de la vida cotidiana, de las tragedias entregadas al ritual del silencio y de las frases hechas.

 

Nada en la calle recuerda que en esta casa vivió Trotski.

Nada en las aceras recuerda ni su nombre ni su altura, la bandera inmensa que ondea sobre el mito, que convierte su sombra en islas habitadas de idealismo.

Nada desde los tristes muros continuamente levantados, inútilmente protegidos por espirales de verdad y de denuncia, recuerdan el orden preciso y arrogante de su escritorio.

 

Nada.

 

Pero ahí está como una música callada, como la melodía de venganza que ni los motores contaminan, a pesar del tiempo, a pesar del olvido.

Sobre el escritorio permanecen al lado de la pluma roja sus últimas palabras escritas sobre la biografía de Stalin, líneas cortantes como el filo de las verdades no deseadas, aquellas que uno nunca hubiera tenido que escribir.

Libros de consulta, diccionarios y las obras completas de Lenin en las estanterías, miradas y sueños de otros tiempos, de aquellos que aún se recuerdan con las sonrisas de la esperanza.

Un calendario marca las citas que nunca se dieron la mano, los compromisos que se quedaron vacíos en el aire de la espera, las hojas amarillas y los números inútiles de los días.

En el estuche se intuyen sus gafas, la circunferencia de una mirada que un día conmovió al mundo, que le sigue poniendo delante de los ojos un espejo de figuras espantosas, monstruos que se multiplican en las promesas proletarias, en la traición perpetua a la hoz y al martillo.

Una vieja caja permanece cerrada, misteriosa, silenciosa encima del escritorio, y dos lapiceros siguen tranquilos en un bote negro de ausencias.

El dictáfono Edison Dictating Machine, se quedó mudo y mudo ha permanecido hasta hoy, en una negrura insolente, en un silencio atronador a los cuatro vientos.

Un flexo apagado que un día llenó de sombras el estudio mientras marcaba el ritmo frenético de la pluma roja de Trotski sobre el papel.

 

La luz entra por la ventana, por las rendijas de los ladrillos, frontera inútil, una vez más, de los miedos del pasado.

 

Y aquí, en el aire de su estudio, sigue su grito.

Y aquí su denuncia, la enmudecida tos del destino.

Y aquí permanece el polvo de los miles de visitantes que día a día se va posando sobre el recuerdo de la historia.

Miles y miles de turistas, de caras y acentos anónimos que, como yo, turista accidental en el triángulo mexicano de los mitos, no pueden dejar de preguntarse sobre una vida que gozó de pleno sentido en el instante del asesinato.

Una vida condenada a la tortura del silencio, y de los equívocos lacerantes de la palabras y que, en su asesinato, se recuerda por su grito, por ese grito que desde entonces no ha dejado de romper tímpanos y conciencias.

 

Y aquí, en este instante, la vida cobra todo su sentido.

Como si antes de aquel grito, todo hubieran sido sombras,

revolución permanente confiscada por los datos de una biografía,

anulada en los gestos de una vida exiliada, incierta, robada, una vida que solo muchos años después se ha llenado de palabras.

 

Delante del escritorio inmaculado,

el escritorio perdido en la espiral suicida de nuestros tiempos, grises y agotados.

Delante del escritorio congelado en su último instante de vida, petrificado por la mirada de acero de la historia,

me descubrí diciéndome entre labios, apretando los puños:

Algún día escribiré sobre este instante.

Algún día recuperaré en versos los últimos días de Trotski.

 

 

[1] Nombre del petrolero que llevó en secreto a Trotski y a Natalia, su mujer, de Noruega a México.

[2] Con estas palabras en inglés, se despedía Frida Kahlo de Trotski en la Casa Azul de Coyoacán