Institutos Universitarios

La quiebra del orden multilateral liberal y la reconfiguración del poder global

Por Ruth Ferrero Turrión

14/01/2026

Abstract: 

The text examines the breakdown of the liberal multilateral order and the transition toward an international system shaped by competition among great powers. The 2025 United States National Security Strategy does not represent a temporary rupture, but rather the formalization of a profound transformation linked to the declining effectiveness of multilateralism in a multipolar world. The emergence of China as an economic and technological power, together with the 2008 financial crisis, exposed the limitations of the neoliberal model and globalization. In this context, an interregnum emerges, understood as a phase in which the old order can no longer be sustained while the new one has yet to consolidate. The United States abandons the logic of consensus and adopts a strategy of structural competition, in which security, the economy, technology, and strategic resources become instruments of power. Latin America, the Panama Canal, the Arctic, and Greenland gain geopolitical centrality due to their energy and logistical value. Europe, dependent and fragmented, becomes trapped in this dispute. The result is a prolonged period of instability, marked by geoeconomics, coercion, and the end of liberal consensus as the organizing principle of the international system.

 

Resumen:

El texto analiza la quiebra del orden multilateral liberal y la transición hacia un sistema internacional marcado por la competencia entre grandes potencias. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025 no supone una ruptura puntual, sino la formalización de una transformación profunda ligada a la pérdida de eficacia del multilateralismo en un mundo multipolar. La emergencia de China como potencia económica y tecnológica y la crisis financiera de 2008 evidenciaron las limitaciones del modelo neoliberal y de la globalización. En este contexto, se abre un interregno, entendido como una fase en la que el viejo orden ya no se sostiene y el nuevo aún no se consolida. Estados Unidos abandona la lógica del consenso y adopta una estrategia de competencia estructural, donde la seguridad, la economía, la tecnología y los recursos estratégicos se convierten en instrumentos de poder. América Latina, el Canal de Panamá, el Ártico y Groenlandia adquieren centralidad geopolítica por su valor energético y logístico. Europa, dependiente y fragmentada, queda atrapada en esta disputa. El resultado es un periodo prolongado de inestabilidad, marcado por la geoeconomía, la coerción y el fin del consenso liberal como principio ordenador del sistema internacional.

 

VERSIÓN EN CASTELLANO - ENGLISH VERSION BELOW

 

La quiebra del orden multilateral liberal y la reconfiguración del poder global

La publicación, a finales de 2025, de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos no debe interpretarse como un simple giro de política exterior ni como una anomalía ideológica asociada a la figura de Donald Trump, sino como la cristalización doctrinal de una transformación mucho más profunda del sistema internacional. El documento no anuncia una ruptura abrupta con el orden previo, sino que formaliza algo que ya venía ocurriendo, la progresiva inutilidad del multilateralismo liberal para sostener la posición hegemónica de Estados Unidos en un mundo crecientemente multipolar y conflictivo. La diferencia fundamental es que, por primera vez desde el final de la Guerra Fría, Washington deja de intentar maquillar esa crisis con el lenguaje de la cooperación y asume abiertamente una lógica de competición estructural.

El orden multilateral liberal se construyó sobre una correlación de fuerzas muy específica: la supremacía económica, militar y tecnológica de Estados Unidos y la integración subordinada del resto del mundo en un sistema de reglas que reflejaba esa asimetría. La expansión del comercio, la financiarización y la deslocalización industrial funcionaron durante décadas porque permitieron a las élites occidentales acumular riqueza y poder, mientras los costes sociales se externalizaban hacia las periferias o hacia las clases trabajadoras. La emergencia de China como potencia manufacturera y tecnológica alteró ese equilibrio. Cuando el centro del dinamismo económico global se desplazó hacia Asia, la arquitectura liberal dejó de beneficiar de forma automática a la potencia que la había diseñado.

La crisis financiera de 2008 fue un punto de inflexión. No sólo evidenció la fragilidad del modelo neoliberal, sino que mostró que la interdependencia podía convertirse en un canal de transmisión de vulnerabilidades. Desde entonces, la desconfianza hacia la globalización ha ido creciendo, primero de forma soterrada y luego de manera explícita. Trump no inventa esa desconfianza; la convierte en programa político. Su regreso al poder coincide con un momento en el que la competencia con China ha dejado de ser una cuestión de comercio para convertirse en una pugna por la hegemonía tecnológica, energética y geopolítica.

Aquí es donde el concepto de interregno resulta especialmente pertinente. En términos gramscianos, el mundo atraviesa una fase en la que el viejo orden —basado en el liderazgo estadounidense, la apertura de mercados y el multilateralismo institucional— ya no puede reproducirse, pero el nuevo orden aún no ha adquirido una forma estable. En ese vacío proliferan estrategias agresivas, políticas de fuerza y liderazgos que buscan imponer una nueva coherencia a un sistema en crisis. Trump encarna esa voluntad de imposición puesto que no propone una reforma del orden liberal, sino su sustitución por un marco de competencia directa entre grandes potencias, así como una nueva aproximación a la creación de esferas de influencia.

La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 traduce ese interregno en doctrina. La seguridad deja de definirse en términos de estabilidad internacional y pasa a medirse por la capacidad de Estados Unidos para mantener una ventaja relativa frente a sus rivales. La economía, la tecnología y los recursos naturales se convierten en instrumentos de poder. La política exterior ya no se orienta a producir consensos, sino a bloquear, contener y desplazar a quienes amenazan la primacía estadounidense. China aparece como el principal adversario no por lo que es ideológicamente, sino por lo que representa materialmente: una alternativa viable al liderazgo económico y tecnológico de Occidente. Y es en este marco donde hay que leer los acontecimientos de Venezuela o la amenaza sobre Groenlandia.

Este cambio de paradigma explica la centralidad otorgada al hemisferio occidental. En un mundo en el que las cadenas de suministro son armas estratégicas, controlar el entorno regional inmediato se vuelve crucial. América Latina y el Caribe concentran enormes reservas de energía, minerales críticos, biodiversidad y alimentos, además de infraestructuras clave para el comercio global. Permitir que China consolide una presencia estructural en esa región significaría para Washington aceptar una erosión directa de su esfera de influencia histórica.

Las políticas de injerencia en Venezuela, las presiones diplomáticas sobre otros gobiernos latinoamericanos y el apoyo explícito a fuerzas políticas alineadas con Estados Unidos forman parte de una misma lógica que no es otra que reordenar el espacio regional para garantizar que siga siendo funcional a los intereses estratégicos de Washington. Venezuela, por su peso energético y su articulación con potencias extrahemisféricas, se convierte en un objetivo prioritario. La ilegalidad de muchas de estas acciones desde el punto de vista del derecho internacional no es un efecto colateral, sino una consecuencia directa del abandono de la lógica multilateral. En un contexto de interregno, las normas pierden centralidad frente a los cálculos de poder.

El Canal de Panamá es otro ejemplo de esta reconfiguración. En un sistema económico fragmentado en bloques, los nodos logísticos adquieren una relevancia geopolítica extraordinaria. Controlar los flujos comerciales equivale a controlar una parte sustantiva de la economía mundial. La presión estadounidense sobre Panamá debe entenderse como parte de una estrategia más amplia para asegurar que las arterias del comercio global permanezcan bajo influencia occidental y no queden expuestas a la capacidad de veto o interferencia de China.

La misma lógica se proyecta hacia el Ártico y, en particular, hacia Groenlandia. El deshielo abre nuevas rutas marítimas y facilita el acceso a recursos minerales estratégicos, muchos de ellos esenciales para la transición energética y digital. En un mundo donde las tecnologías verdes, la inteligencia artificial y los sistemas militares avanzados dependen de esos materiales, el control de los territorios que los albergan se convierte en una cuestión de seguridad nacional. El interés de Washington por Groenlandia revela hasta qué punto la competencia global ha penetrado en espacios que antes se consideraban periféricos o estables.

Europa, del mismo modo, experimenta una creciente disonancia estratégica. Durante décadas, la Unión Europea se apoyó en un orden internacional basado en reglas y en la protección estadounidense. Ese marco ya no existe en los términos en que fue concebido. Estados Unidos exige alineamiento sin ofrecer a cambio la estabilidad que antes proporcionaba. La presión para aumentar el gasto militar, la exigencia de desvincularse económicamente de China y la instrumentalización de la relación transatlántica como herramienta de competencia global colocan a Europa en una posición de vulnerabilidad estructural.

El problema para los europeos no es sólo externo, sino también interno. La fragmentación política, la dependencia tecnológica y la falta de una política industrial y de defensa verdaderamente integrada limitan su capacidad para actuar como un polo autónomo en el nuevo escenario. En este contexto, Europa, al igual que América Latina, se convierte en un espacio de disputa entre grandes potencias más que en un actor capaz de moldear el orden emergente.

En el trasfondo de todo este proceso se encuentra la centralidad de los recursos estratégicos. La energía fósil sigue siendo fundamental, pero ahora se suma la carrera por los minerales raros, por el litio, el cobalto, las tierras raras y otros insumos imprescindibles para las economías digitales y descarbonizadas. Quien controle estas materias primas controlará también los sectores de mayor valor añadido del capitalismo contemporáneo. Estados Unidos ha comprendido que su hegemonía futura depende de impedir que China domine estas cadenas de valor.

La ofensiva geoeconómica de Washington —desde subsidios industriales hasta restricciones comerciales y presión diplomática— forma parte de una estrategia coherente para reconstruir una base material de poder que la globalización neoliberal había debilitado. Pero esta reconstrucción se realiza en un entorno de suma cero, donde las ganancias de unos se perciben como pérdidas de otros. El multilateralismo, que ofrecía mecanismos de mediación y redistribución, resulta incompatible con esta lógica.

La quiebra del orden multilateral liberal no conduce automáticamente a un nuevo equilibrio. Lo que emerge es un periodo prolongado de inestabilidad, en el que los actores intentan fijar las reglas del juego mediante la fuerza, la coerción económica y la competencia tecnológica. Trump no es la causa última de esta dinámica, pero sí su catalizador más agresivo. Bajo su liderazgo, Estados Unidos ha dejado de intentar sostener un sistema que ya no le garantiza la primacía y ha optado por una estrategia de confrontación abierta para imponer un nuevo marco.

En este contexto, América Latina, Europa y otras regiones quedan atrapadas entre proyectos de poder en conflicto. El margen para una política autónoma se reduce, al tiempo que aumentan los costes de la subordinación. Comprender la situación actual como es periodo de cambio, de interregno, permite captar esta sensación de transición permanente, de inestabilidad estructural y de disputa abierta por la configuración del orden futuro. No estamos ante un simple reajuste, sino ante el final de una época y el inicio de otra cuyo perfil todavía está por definirse, pero cuyo rasgo central es ya evidente: la sustitución del consenso liberal por una competencia geopolítica y geoeconómica sin mediaciones estables.

 

ENGLISH VERSION:

 

The Breakdown of the Liberal Multilateral Order and the Reconfiguration of Global Power

The publication, at the end of 2025, of the new United States National Security Strategy should not be interpreted as a mere shift in foreign policy or as an ideological anomaly associated with the figure of Donald Trump, but rather as the doctrinal crystallization of a much deeper transformation of the international system. The document does not announce an abrupt rupture with the previous order; instead, it formalizes a process that had already been underway: the growing ineffectiveness of liberal multilateralism in sustaining the hegemonic position of the United States in an increasingly multipolar and conflictual world. The fundamental difference is that, for the first time since the end of the Cold War, Washington stops attempting to mask this crisis with the language of cooperation and openly embraces the logic of structural competition.

The liberal multilateral order was built upon a very specific balance of power: the economic, military, and technological supremacy of the United States and the subordinate integration of the rest of the world into a system of rules that reflected this asymmetry. The expansion of trade, financialization, and industrial offshoring functioned for decades because they allowed Western elites to accumulate wealth and power while social costs were externalized to the peripheries or to working classes. The emergence of China as a manufacturing and technological power altered this balance. When the center of global economic dynamism shifted toward Asia, the liberal architecture ceased to automatically benefit the power that had designed it.

The 2008 financial crisis marked a turning point. It not only exposed the fragility of the neoliberal model but also demonstrated that interdependence could become a channel for the transmission of vulnerabilities. Since then, distrust toward globalization has steadily grown, first in a latent form and later more explicitly. Trump did not invent this distrust; he transformed it into a political program. His return to power coincides with a moment in which competition with China has ceased to be a matter of trade and has become a struggle for technological, energy, and geopolitical hegemony.

This is where the concept of interregnum becomes particularly relevant. In Gramscian terms, the world is going through a phase in which the old order—based on U.S. leadership, market openness, and institutional multilateralism—can no longer reproduce itself, while the new order has yet to acquire a stable form. In this vacuum, aggressive strategies, power politics, and leaderships seeking to impose a new coherence on a system in crisis proliferate. Trump embodies this will to impose, as he does not propose a reform of the liberal order but rather its replacement with a framework of direct competition among great powers, along with a new approach to the creation of spheres of influence.

The 2025 National Security Strategy translates this interregnum into doctrine. Security is no longer defined in terms of international stability but is instead measured by the ability of the United States to maintain a relative advantage over its rivals. The economy, technology, and natural resources become instruments of power. Foreign policy is no longer oriented toward producing consensus, but toward blocking, containing, and displacing those who threaten U.S. primacy. China appears as the main adversary not because of what it is ideologically, but because of what it represents materially: a viable alternative to Western economic and technological leadership. It is within this framework that events in Venezuela or the threat over Greenland must be interpreted.

This paradigm shift explains the centrality granted to the Western Hemisphere. In a world in which supply chains function as strategic weapons, controlling the immediate regional environment becomes crucial. Latin America and the Caribbean concentrate enormous reserves of energy, critical minerals, biodiversity, and food, as well as key infrastructures for global trade. Allowing China to consolidate a structural presence in the region would mean that Washington would have to accept a direct erosion of its historical sphere of influence.

Policies of interference in Venezuela, diplomatic pressure on other Latin American governments, and explicit support for political forces aligned with the United States all form part of the same logic: reordering the regional space to ensure that it remains functional to Washington’s strategic interests. Venezuela, due to its energy weight and its articulation with extra-hemispheric powers, becomes a priority target. The illegality of many of these actions from the standpoint of international law is not a collateral effect but a direct consequence of abandoning multilateral logic. In the context of interregnum, norms lose centrality in favor of power calculations.

The Panama Chanel is another example of this reconfiguration. In an economic system fragmented into blocks, logistical nodes acquire extraordinary geopolitical relevance. Controlling trade flows is equivalent to controlling a substantial portion of the world economy. U.S. pressure on Panama must be understood as part of a broader strategy to ensure that the arteries of global trade remain under Western influence and are not exposed to China’s capacity for veto or interference.

The same logic extends to the Arctic and to Greenland. Melting ice opens new maritime routes and facilitates access to strategic mineral resources, many of which are essential for energy and digital transitions. In a world where green technologies, artificial intelligence, and advanced military systems depend on these materials, controlling the territories that host them becomes a matter of national security. Washington’s interest in Greenland reveals the extent to which global competition has penetrated spaces previously considered peripheral or stable.

Europe, likewise, is experiencing growing strategic dissonance. For decades, the European Union relied on a rules-based international order and on U.S. protection. That framework no longer exists in the terms in which it was conceived. The United States demands alignment without offering in return the stability it once provided. Pressure to increase military spending, demands to economically decouple from China, and the instrumentalization of the transatlantic relationship as a tool of global competition place Europe in a position of structural vulnerability.

The problem for Europeans is not only external but also internal. Political fragmentation, technological dependence, and the lack of a truly integrated industrial and defense policy limit their ability to act as an autonomous pole in the new scenario. In this context, Europe, like Latin America, becomes a space of dispute among great powers rather than an actor capable of shaping the emerging order.

Underlying this entire process is the centrality of strategic resources. Fossil energy remains fundamental, but it is now joined by the race for rare minerals—lithium, cobalt, rare earths, and other inputs essential for digital and decarbonized economies. Whoever controls these raw materials will also control the highest value-added sectors of contemporary capitalism. The United States has understood that its future hegemony depends on preventing China from dominating these value chains.

Washington’s geoeconomic offensive—from industrial subsidies to trade restrictions and diplomatic pressure—forms part of a coherent strategy to rebuild a material base of power that neoliberal globalization had weakened. But this reconstruction takes place in a zero-sum environment, where the gains of some are perceived as the losses of others. Multilateralism, which offered mechanisms of mediation and redistribution, is incompatible with this logic.

The breakdown of the liberal multilateral order does not automatically lead to a new equilibrium. What emerges instead is a prolonged period of instability, in which actors attempt to set the rules of the game through force, economic coercion, and technological competition. Trump is not the ultimate cause of this dynamic, but he is its most aggressive catalyst. Under his leadership, the United States has stopped trying to sustain a system that no longer guarantees its primacy and has opted for a strategy of open confrontation to impose a new framework.

In this context, Latin America, Europe, and other regions are trapped between conflicting power projects. The space for autonomous policy shrinks, while the costs of subordination increase. Understanding the current situation as a period of change—of interregnum—allows us to grasp this sense of permanent transition, structural instability, and open struggle over the configuration of the future order. We are not facing a simple adjustment, but the end of one era and the beginning of another whose contours have yet to be defined, but whose central feature is already evident: the replacement of liberal consensus with geopolitical and geoeconomic competition without stable mediations.