Institutos Universitarios

Venezuela, después del temblor

Por Jorge Resina

12/01/2026

 

Resumen: 

Tras la sacudida política en Venezuela, el país entra en una fase de reconfiguración interna marcada por una frágil estabilidad tutelada desde Washington. La caída en desgracia de Nicolás Maduro abre paso a un nuevo reparto de poder dentro del bolivarianismo, en el que los hermanos Rodríguez aparecen como la facción llamada a pilotear el futuro inmediato. Su grado de éxito dependerá de la capacidad que tengan para mantener un equilibrio complejo entre los distintos intereses del régimen y los compromisos adquiridos con EEUU. Mientras tanto, una oposición fragmentada parece quedar, al menos por ahora, fuera de la ecuación.

 

Aunque todavía son más las preguntas que las certezas -¿Quién dio la información sobre la ubicación de Nicolás Maduro? ¿Por qué no se movilizó el ejército? ¿Hubo traición? ¿Qué negociaciones previas existieron? ¿Quiénes dentro del régimen sabían lo que iba a suceder?-, el paso de los días ha ido clarificando algunos aspectos, al menos sobre lo que se refiere al futuro más inmediato de Venezuela.

Para comprender el proceso que se abre ahora es fundamental partir de la idea de que, más que por un gobierno, el país ha estado dirigido por un régimen hermético que es expresión de un pacto entre distintas facciones. Ese escenario sólo puede entenderse a la luz de una transformación más larga iniciada tras la muerte de Hugo Chávez, cuando el chavismo, bajo su liderazgo unipersonal, fue dando paso a un bolivarianismo fragmentado, dentro del cual se consolidaron, al menos, cuatro grandes facciones.

 

La primera, encabezada por el propio Maduro y su núcleo más cercano, es por el momento la gran perdedora. Tanto él como su mujer, Cilia Flores, serán juzgados en Nueva York y, hasta su declaración prevista en marzo, permanecerán allí en una cárcel de máxima seguridad. Se desconoce si puede haber algún acuerdo entre el propio Maduro y EEUU, aunque lo que sí se sabe es que semanas antes del ataque hubo conversaciones. Maduro, en todo caso, habría subestimado tanto las amenazas de Washington, al dilatar los movimientos que le exigían, como el carácter irritable de Donald Trump, enfurecido por los gestos públicos del líder venezolano -entre ellos bailes y frases en inglés- que el estadounidense interpretó como una ofensa

 

Para preparar su defensa, eso sí, Maduro ya ha escogido a su equipo jurídico. Su principal abogado será Barry Pollack, quien llevó adelante una exitosa defensa de Julian Assange. Lo más probable es que tanto Maduro como su esposa sean declarados culpables, sin que ello impida en el futuro un eventual perdón, como ya ha sucedido con otros expresidentes latinoamericanos, como la rebaja de pena en el caso del panameño Manuel Antonio Noriega o el más recientemente indulto al hondureño Juan Orlando Hernández, ambos condenados por narcotráfico. En cualquier caso, este sector aparece hoy claramente descabezado, sin que ni siquiera su hijo, “Nicolasito” Maduro Guerra, parezca contar con la influencia o la capacidad política necesarias para reproducir ese liderazgo.

 

De las tres facciones restantes, es la de los hermanos Rodríguez la que parece salir claramente fortalecida. Hay, de entrada, un hecho evidente: Delcy Rodríguez ocupa la cabeza del Ejecutivo, como presidenta encargada, mientras que Jorge Rodríguez acaba de ser reelecto como presidente de la Asamblea Nacional, lo que le sitúa, además, como primero en la línea sucesoria. Podría, por tanto, hablarse de un poder bien atado. A ello se suma la información que ha ido trascendiendo sobre sus contactos con Washington. Algunos de sus representantes -en especial Richard Grenell, Enviado especial del presidente para Misiones Especiales de Estados Unidos- habrían ido tejiendo en el último año una relación de relativa confianza con los hermanos, a lo que se añaden las conversaciones, reveladas por el propio Trump, mantenidas entre Delcy Rodríguez y Marco Rubio.

 

Sin embargo, esta relativa sintonía no implica que los hermanos Rodríguez vayan a tener un ejercicio sereno del poder. Su margen de maniobra estará marcado por la necesidad de sostener un delicado equilibrio, tanto interno como externo, en el que ambos planos estarán estrechamente ligados, ya que la gestión del primero condicionará en gran medida el segundo. La clave, y seguramente la frase de cabeza de los hermanos Rodríguez en los próximos meses, será la estabilidad, el primer paso de la hoja de ruta trazada por el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, a la que debería seguir una fase de “recuperación” y, finalmente, una transición. En ese marco, su supervivencia política pasa por una auténtica cuadratura del círculo: administrar las contradicciones entre el discurso público y las decisiones políticas, cumplir los compromisos adquiridos con Washington y evitar cualquier imagen de traición a la revolución, al tiempo que lidian con las otras dos facciones del régimen y su entorno. 

 

La tercera de estas facciones está encabezada por Vladimir Padrino, ministro de Defensa, quien se apresuró a declarar la lealtad de las Fuerzas Armadas a la nueva presidenta. La cuarta tiene como protagonista a uno de los personajes más duros del régimen, Diosdado Cabello, sobre quien sigue pesando una orden de arresto (y una recompensa de 25 millones de dólares por su cabeza) y que mantiene el mando sobre las milicias. Es decir, se trata de las dos facciones que controlan la fuerza en el país. 

 

Si una u otra facción se descontrola podría poner en peligro esa estabilidad tutelada por Washington y, con ello, tanto el futuro inmediato de los hermanos Rodríguez como del propio operativo estadounidense en Venezuela. Sobre esto último, un cambio de estrategia implicaría muy probablemente la presencia de tropas estadounidenses en el país, algo que supondría un verdadero quebradero de cabeza para la Administración Trump, sobre todo entre las bases del pensamiento MAGA, renuentes a una intervención militar en el exterior. De ahí que el propio Trump haya descartado en reiteradas ocasiones esta opción y anuncie que el proceso venezolano irá para largo, conformando una suerte de protectorado, donde el régimen seguirá funcionando, pero siempre y cuando se ajuste a los designios políticos y económicos marcados desde la Casa Blanca.

 

Este nuevo equilibrio de poder no ha tardado en desencadenar los primeros movimientos internos. Mientras que Padrino ha optado por mantener un perfil más bajo, Cabello fue de los escasos cargos públicos del bolivarianismo que, pocas horas después del secuestro de Maduro, difundió un vídeo acompañado de las milicias, advirtiendo de una posible movilización. Un gesto que, sin embargo, apenas pasó de un simple amago y que en los días siguientes ha quedado reducido a sus lamentos públicos en su programa de televisión Con el mazo dando. Este comportamiento podría interpretarse de dos maneras, o bien Cabello no sabía nada de lo que se estaba urdiendo, o bien conocía el operativo y recurre ahora a la sobreactuación pública como estrategia para disipar toda sombra de sospecha sobre su implicación. 

 

Más significativo todavía han sido los movimientos en la cúpula militar, en especial la destitución de Javier Marcano Tábata, hasta ahora jefe de la Guardia de Honor Presidencial de Maduro, y su sustitución por Gustavo González López. Se trata de un cargo clave, ya que supone la custodia directa del presidente. Algunas interpretaciones apuntan a que la salida de Marcano Tábata busca convertirlo en un chivo expiatorio, al poner el foco sobre él como responsable de la filtración de las coordenadas de Maduro el pasado sábado, así como de los puntos ciegos de su anillo de seguridad, lo que habría facilitado el desarrollo de la operación “Resolución Absoluta”. González López, por su parte, ha sido vinculado a la facción de Cabello y es considerado una de las figuras más siniestras del régimen, tras su paso como jefe del temido Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN). Ha tenido además relación previa con Delcy Rodríguez, quien durante su etapa como ministra de Hidrocarburos lo nombró intendente de Asuntos Estratégicos y Control de Producción de la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA). Su nombramiento, en ese sentido, no puede considerarse casual, y refleja bien lo que podría ser un pacto entre facciones.

 

Junto a ello, cabe esperar que en los próximos días continúen los cambios, sobre todo en la reorganización el estamento militar, que controla buena parte de la producción petrolera e industrial del país, así como el nombramiento de perfiles más tecnocráticos y pragmáticos, con un perfil similar a los Rodríguez. En esa dirección apunta la designación del nuevo ministro de Economía, Calixto Ortega Sánchez, expresidente del Banco Central de Venezuela. 

 

En todo este escenario, tampoco habría que perder de vista a la oposición. El primer aspecto es entender que la oposición venezolana al bolivarianismo no está tan unida ni es tan uniforme como en ocasiones se ha reflejado desde el exterior. De hecho, buena parte de las estrategias fallidas, desde el golpe de Estado contra Chávez para situar a Pedro Carmona en 2002 hasta el intento más reciente de María Corina Machado de aprovechar las horas de vacío de poder tras el secuestro de Maduro, pasando por la experiencia fallida que supuso el Gobierno interino de Juan Guaidó o la infructuosa elección de Edmundo González, no han contado con un respaldo unánime de los distintos sectores opositores. 

 

Incluso a día de hoy, podría hablarse de una escisión principal, la de los grupos opositores internos, quienes viven en el país y, aun denunciando al régimen bolivariano como una autocracia, han continuado presentándose a elecciones y reclamando la liberación de todos los presos políticos (no sólo de los más “ilustres”), y la que representa María Corina Machado, cuyo discurso conecta muy bien con una parte importante del exilio, pero bastante menos con la disidencia interna, hasta generar un notorio recelo en algunos sectores, como sucede con el caso de Henrique Capriles. 

 

Esta desconexión ha sido precisamente argüida por Washington para descartar rápidamente a Machado como una opción presidencial, al menos en el corto y medio plazo. Al resquemor de Trump por no haber obtenido el Nobel de la Paz en su favor -un episodio que, aunque resulte difícil de creer, es verídico-, se une el análisis realizado por la propia CIA, que estima que Machado no controlaría ni el Ejército, ni las instituciones ni, probablemente, la calle venezolana. Lejos queda, por tanto, la idea de presentar a Machado como una posible “Mandela del Caribe”. 

 

Este escenario ha dejado descolocada a la propia Machado, quien se ha mostrado dispuesta incluso a compartir o ceder su Nobel a Trump para entrar en la ecuación y que, a la desesperada, prepara un viaje a Washington para intentar reunirse con el presidente estadounidense. En este punto no puede pasarse por alto que las expectativas de Machado tenían su fundamento, sobre todo, en su cercanía con Marco Rubio, quien incluso la promovió para el premio noruego -antes del antojo de Trump- y que, como hijo de exiliados cubanos en la Florida, conecta bien con lo que representa la dirigente venezolana, con claros ecos de la tradición “neocon” estadounidense. Una corriente que, sin embargo, dentro del universo MAGA cotiza claramente a la baja, y que ha condicionado la estrategia del secretario de Estado quien, a su vez, se juega su propio estatus como futuro presidenciable en el éxito de este primer paso hacia el control hemisférico.