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Menhir despliega su ritual pagano

18 JUL 2018 - 10:02 CET

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge

Unos enlaces a su biografía y un asunto en el correo electrónico –“algunas respuestas sin preguntas”-. Así empieza la aventura del dúo de música electrónica Menhir en los Cursos de Verano. El periodista que recibe este mensaje cifrado no le queda más remedio que acudir al Parque de la Bolera e intentar traducir en palabras todo lo que Coco Moya e Iván Cebrián sugieran con sus sintetizadores analógicos y sus voces.

Buscando esas respuestas, las vibraciones y los ritornelos (fragmento musical que se manifiesta antes o después de otro  cantado) se hacen presentes. Transformando las atmósferas, Menhir ofrece una actividad cultural original y tal vez inédita en las noches complutenses. Un lanzarse al vacío, pero sin la presunción de llenarlo.

Los temas se suceden: uno para un futuro documental que refleja la visita del dúo a los campamentos saharauis expresado en la voz de una mujer que le enseña a su hijo “dónde está su tierra, aunque su tierra se vaya moviendo”; one minute song, tan contradictorio que no cumple ni con el tiempo establecido en su título –“igual nos hemos pasado”-; otro extraído de su Música para montaña, empapado de la sensación de alguien que sube a un pico, “después de luchar contra uno mismo”; y algunos más, siempre “poniendo en riesgo” sus propuestas “fuera de los cauces habituales”.

Entre retos sonoros, la artista visual Coco Moya y el músico Iván Cebrián desgranan una filosofía artística que se transforma en una música “alucinatoria” y una especie de “ritual pagano”. Ahí va otra declaración de intenciones: “Intentamos abrir grietas en la realidad para acariciar cosas que no están en la vida cotidiana”. Todo, haciendo acopio de la tecnología, “a la que hay que domar”.

Ideas sueltas

Menhir busca escenarios naturales para desplegar al viento sus sonidos, cuyos padres adoptivos, de acuerdo con Cebrián son Brian Eno y Steve Reich. En el campo “soltamos una idea” porque las ciudades grandes, como Madrid, están “sobresaturadas”.  En San Lorenzo de El Escorial rememoran actuaciones como la de Gijón, cuando desde la escultura de Chillida Elogio del horizonte, enfrente del mar, a Coco Moya se le arrugaron las manos por el viento. En 2014 en Valverde de Curueño (León), tuvieron que demorar su concierto porque había una boda. Después de superar la contraprogramación, accedieron a la remota zona transportando sus generadores en un tractor, previo pago de una botella de güisqui. Un amigo pudo llegar en una bicicleta desde la estación de cercanías de tren, alejada del lugar del concierto. No acaban ahí las anécdotas, porque Moya se asustó cuando una señora se le acercó, según supuso, para recriminarle la utilización de una bengala, pero, para nada, la mujer le dijo: “Tocad otra vez la canción del lobo, y al año que viene repetimos, pero con tortillas”. Pura comunión rural.

La trayectoria de Menhir, un colectivo que comienza su andadura en 2013, cuenta con otros dos conciertos más en su agenda estival ubicados en enclaves mágicos: la iglesia de San Félix, en Torralba de Ribota (Aragón) y las salinas de Añana (País Vasco).

Menhir, terminado el concierto, sale por el pueblo de San Lorenzo de El Escorial para inspirarse. Aguantan en un garito todo tipo de música, pero el Explota mi corazón, de Raffaella Carrá los retira. Se les ve por la lonja del Monasterio maquinando nuevas acciones en espacios inéditos. El resto sigue buscando respuestas.

 

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