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La haka y el universo maorí sacuden las antípodas

29 JUN 2017 - 18:57 CET

Javier Picos

Un prolongado trueno suena en el patio del Real Centro Universitario María Cristina. Los curiosos abren de par en par las ventanas de sus habitaciones y las puertas de las aulas. La tranquilidad del Real Sitio se rasga. El sonido realmente procede de una caja torácica humana descomunal, muy bien acompasada por unos pies descalzos, que hacen temblar la arena en torno a la Fuente del Águila, y una mirada intimidatoria. La haka, la danza de guerra maorí, que reconocemos por los partidos de rugby donde juega Nueva Zelanda, ejecutada por Gensen Palmer, sacude los Cursos de Verano.

Gensen Palmer es entrenador personal, campeón mundial de canoa hawaiana, experto en biomecánica y gran embajador del mundo maorí, la civilización primigenia de Nueva Zelanda. También, y no sólo por su experiencia como jugador de rugby, ejecuta la haka allá donde va. Antes de darse palmadas en el cuerpo y elevar la voz, Palmer ha hecho de profesor y ha enseñado en una clase práctica los pasos de la danza a los alumnos de la jornada Los misterios del arte ancestral de Nueva Zelanda y a algún que otro acoplado. Durante unos minutos,  parece que Ranginui (el padre cielo) y Papatuanuku (la madre Tierra) se hubieran unido recreando el pasaje más importante de la mitología maorí…

16.000 descendientes

Dentro del curso, y en lo propiamente académico, el investigador e historiador Francisco Mellén, vicepresidente de la Asociación Española de Estudios del Pacífico (AEEP), reconoció que en España falta una mayor divulgación de la cultura maorí. En nuestro país, apenas se conservan objetos como unas ilustraciones de 1769 (Archivo General de Indias), dos puntas talladas de lanza o taiaha (Museo Naval de Madrid), y una caja de madera y dos máscaras de yeso (Museo Nacional de Antropología). Considerando la naturaleza como un elemento fundamental de las tribus maoríes, también podemos detenernos ante un bello ejemplar del árbol Metrosideros excelsa (pohutukawa), ubicado tras la comisaría de la Policía Local en A Coruña.

En la búsqueda de nexos entre España y Nueva Zelanda, Mellén retrocedió hasta 1835, cuando Manuel José de Frutos, ballenero y comerciante, recaló en Nueva Zelanda en 1835. Nacido en Valverde del Majano (Segovia) tuvo 5 mujeres maoríes, 9 hijos, 41 nietos y 299 bisnietos. Su clan, calificada como paniora (españoles), tiene en la actualidad unos 16.000 miembros, decenas de los cuales viajaron a su lugar de origen en 2012.

El vicepresidente de la Asociación Española de Estudios del Pacífico (AEEP) también explicó el poblamiento de las islas del Pacífico; la colonización de Nueva Zelanda –catalogada en cuatro fases (la semilla, el crecimiento, la expansión y el retorno)-; el arte, plasmado, por ejemplo en las casas Marae, que recrea el cuerpo humano, y cuyos más bellos ejemplos son las wharenui (salas de reuniones talladas); y las canoas, como las de guerra waka taua.

Escamas y hojas de helecho

Los diseños maoríes son otro de los aspectos más reconocidos de su acervo. Los alumnos de la jornada aprendieron cómo cada tribu tenía sus propios dibujos, aunque hay elementos comunes como la escama de pez (unahi), el movimiento (raperape), la hoja de helecho (rauru), el anzuelo (maui) y la experiencia (kourangi).

Muy relacionado con este tema, se encuentran los tatuajes maoríes. Paula Muñoz, directora de la jornada, profesora, investigadora y doctora en tatuaje tradicional de Nueva Zelanda, recordó que estos dibujos en la piel “marcan la propia vida de quienes lo llevan, dicen su procedencia, y no sólo constituyen un adorno, sino también la carta de presentación de la persona”.

Con un formato de cuento en el que narra la travesía de un soldado español que arriba a las costas neozelandesas en la segunda mitad del siglo XVIII, Muñoz, responsable de Ink Beyondskin Tatuajes, fijó en el periodo 1769-1850 la etapa documental donde los tatuajes maoríes todavía están vinculados a su origen.

La jornada también contó con la presencia del investigador Antonio González-Martín, profesor e investigador de la Universidad Complutense, que habló sobre los orígenes de la tradición artística neozelandesa.

Nueva Zelanda (Aotearoa, en maorí “tierra de la gran nube blanca”), nuestras antípodas, está algo más cerca con la celebración de encuentros como éste.

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