Noticias - D-TRANS: De la reflexión a la acción – detectar, desactivar y transformar el racismo discursivo

Conguitos y ColaCao: El sabor agridulce de la nostalgia

Autor: Jesús Vázquez Sanz

22 may 2026 - 07:17 CET

Para la inmensa mayoría de nosotros, la infancia tiene un sabor inconfundible. Muchos recordamos la sensación de llegar a casa después del colegio, soltar la mochila y tomar unos Conguitos o prepararnos un vasito de ColaCao para merendar mientras disfrutábamos de nuestra serie de dibujos favorita. Son vivencias que formaron parte de nuestra rutina diaria durante años y que, hoy, atesoramos con cariño.

Sin embargo, en esa misma cotidianidad solemos quedarnos en la superficie: un sabor, un recuerdo, una vivencia familiar. Y ahí nos detenemos, abrazando la nostalgia sin pararnos a pensar en lo que todo esto significa en el fondo. Conviene recordar que, tras esos productos que marcaron nuestra niñez, subyacen un lenguaje, unas imágenes y una publicidad que no son neutros. Transmiten conceptos, construyen realidades y, a menudo, lo hacen con tal sutileza que se instalan en nuestra mente sin que nos demos cuenta. El propósito de esta entrada es sencillo: detenernos unos minutos a reflexionar y atrevernos a mirar desde otra perspectiva.

 

Más allá de la intención: lo que realmente comunican las marcas

Cuando hablamos de productos tan integrados en nuestro día a día, lo habitual es pensar que no cabe análisis alguno. No obstante, el sentido de una imagen o de una palabra no depende solo de la intención de quien la crea, sino de cómo la recibe, la interpreta y la interioriza quien la observa. Esta distinción es la clave para entender por qué ciertos debates han resonado con tanta fuerza en los últimos años.

 

En este punto es crucial introducir la noción de racismo discursivo. No estamos hablando necesariamente de mensajes agresivos o de odio explícito, sino de formas de representación que, a través de la ilustración o el texto, refuerzan estereotipos y simplifican realidades complejas. Con el tiempo, estos mensajes se asimilan con tal naturalidad que nos cuesta identificarlos, a pesar de seguir muy presentes en la sociedad.

 

Conguitos: ¿un dibujo simpático o un icono bajo la lupa?

 

Durante décadas, los Conguitos se han percibido como figuras entrañables. Su imagen ha habitado en los estantes de nuestros supermercados sin suscitar apenas preguntas, consolidando la idea de que eran un símbolo inofensivo. Sin embargo, en los últimos tiempos, esta percepción ha empezado a cuestionarse para abrir un debate social necesario.

Seguro que recordáis la campaña en Change.org que pedía la retirada de su imagen tradicional. El argumento era claro: tanto el nombre como la ilustración perpetuaban estereotipos raciales. La empresa se defendió alegando que no existía ninguna intención peyorativa; al contrario, afirmaban que la marca siempre había estado ligada a valores positivos como la diversión.

A pesar de esa defensa, muchas voces han señalado una verdad incómoda: lo que para algunas personas resulta inofensivo, para otras puede ser doloroso o denigrante. A esta polémica visual se suma el propio nombre de la marca, que remite al Congo, un país con una historia colonial especialmente dura. Estos detalles, pasados por alto durante generaciones, deberían suponer un punto de inflexión que nos invite a observar nuestro entorno con una mirada más crítica y empática.

 

ColaCao: ¿la huella sonora de nuestra infancia?

 

Si con los Conguitos el debate es visual, el ColaCao apela de forma directa a la memoria auditiva. Durante años, su publicidad incluyó mensajes que hoy resuenan con una disonancia evidente, como la famosísima canción del “negrito del África tropical”.

Aquellos anuncios no solo vendían cacao en polvo; también construían una visión sesgada sobre el origen del producto y las personas que lo cultivaban. Era una representación simplificada y exótica que reducía una realidad ajena a una estampa “amable”. En su momento, estas campañas se consumieron sin pestañear, lo que demuestra hasta qué punto el contexto social moldea nuestra forma de aceptar lo que vemos y oímos.

Aunque la marca ha evolucionado y ese tipo de publicidad forma ya parte del pasado, el eco persiste. Esto nos enseña que la cultura popular deja una huella profunda en nuestra memoria colectiva. Por tanto, analizar estos mensajes hoy no significa juzgar el ayer con superioridad moral, sino comprender cómo se han fabricado y cimentado nuestras percepciones actuales.

 

El lenguaje no es inocente: “Lo de toda la vida”

Un aspecto fascinante de este debate es cómo empleamos el lenguaje para articular nuestras ideas. Frases como “la imagen de los Conguitos siempre ha sido así”, “nunca ha molestado a nadie” o “es la marca de toda la vida” tienen un denominador común: camuflan una opinión o experiencia personal presentándola como una verdad absoluta. Al prescindir de un “yo creo” o “a mi parecer”, el discurso se despersonaliza y adquiere tintes de realidad objetiva.

Desde el análisis del discurso, esta forma de hablar no deja margen al desacuerdo. Discrepar se percibe casi como un ataque personal. En cambio, si introducimos matices como “a mí siempre me ha parecido una imagen simpática, pero entiendo que a otros pueda ofenderles”, estamos abriendo la puerta al diálogo y mostrando un respeto real hacia otras sensibilidades.

 

El silencio también comunica

Tampoco podemos olvidar el papel del silencio. Expresiones como “no hay que sacar las cosas de quicio” o “eso ya es de otra época” pueden parecer meros intentos de restar importancia al asunto, pero en la práctica funcionan como cierres de conversación.

Cuando evitamos revisar una costumbre, esa dinámica sigue operando impunemente. Si no se analiza, el mensaje sigue circulando sin filtro, convirtiéndose así en una forma de comunicar. Por tanto, podríamos decir que lo que no se cuestiona, se normaliza. Y en este sentido, el silencio nunca es neutral: es la herramienta que permite que ciertas ideas se mantengan intactas.

 

Una invitación a la curiosidad

Llegados a este punto, la cuestión principal no es qué debemos hacer con el bote de ColaCao o con la bolsita de Conguitos, sino atrevernos a mirar con otros ojos lo que representan. No se trata de dejar de consumirlos ni de invalidar nuestros recuerdos más felices, sino de comprender el contexto en el que existen y los sesgos que pueden llegar a perpetuar.

Entonces, al tener uno de estos productos delante de nuevo, te propongo un ejercicio sencillo: detente un segundo. Pregúntate qué hay detrás de esa imagen o qué historia arrastra. Al final, cuando empezamos a mirar lo cotidiano con mayor atención y empatía, también empezamos a comprender mejor el mundo que compartimos. De este modo, la nostalgia no tiene por qué desaparecer, pero, afortunadamente, deja de ser lo único que vemos.

Volver »