Mirar, reír, callar: cómo el efecto espectador sostiene el racismo discursivo
Autora: Alexandra Valentina Ionica
21 mar 2026 - 07:05 CET
Era media tarde y la cafetería del campus estaba llena de estudiantes. En una esquina, Maya, recién llegada con una beca internacional, buscaba a su grupo de trabajo.
- Ah, ¿eres la de la beca internacional?, dijo un estudiante, sonriendo. Seguro que todo te resulta más fácil, ¿no? No hay que esforzarse demasiado unos meses.
Algunos rieron, otros sonrieron sin decir nada. Nadie corrigió el comentario.
- Sí, sí, eso dicen, añadió otro. Mientras nosotros tenemos que esforzarnos, los que vienen con beca se aprovechan, viajan por allí y están de fiesta. A ver, yo también me iré para disfrutar un poquito, estoy harto…
Maya bajó la mirada y tomó asiento, tratando de no destacar.
En la mesa estaba Lara, que también había estado con beca internacional años atrás y sabía que no todo era tan sencillo. Abrió la boca para intervenir, pero el ambiente, la risa de los demás y el temor a interrumpir hicieron que se quedara callada. Nadie dijo nada más y la conversación siguió como si nada hubiera ocurrido.
Esto es un ejemplo de cómo, en muchas ocasiones, nos enfrentamos a situaciones y conversaciones que no nos parecen justas, pero aun así no hacemos nada. Y no es más cómodo, al contrario, pero simplemente por no querer debatir o por seguir formando parte del grupo, alinearse con los demás, simplemente no decimos nada. Esto, en la psicología, se conoce como efecto espectador.
El efecto espectador (bystander effect) es un fenómeno de la psicología social por el cual las personas tienden a no intervenir frente a una situación problemática cuando hay otras personas presentes (Darley & Latané, 1968; Latané & Darley, 1970). Cuantos más testigos hay, menor es la probabilidad de que alguien actúe (Darley & Latané, 1968).
¿Cuáles son los motivos principales por los cuales surge el efecto espectador?
- La responsabilidad se difunde entre todos los presentes (difusión de responsabilidad).
- Muchas veces hay miedo a ser juzgado, a equivocarse o a generar una situación incómoda.
- En contextos sociales o educativos, esto puede hacer que comentarios racistas, sexistas o discriminatorios pasen desapercibidos, legitimando el discurso de manera indirecta.
- Incluso quienes reconocen que algo está mal pueden guardar silencio, reforzando normas sociales implícitas y reproduciendo la exclusión (Miller & McFarland, 1987).
Como ejemplo cotidiano, parecido a la introducción presentada anteriormente, podemos pensar en una clase o cafetería universitaria : un estudiante hace un comentario basado en estereotipos sobre otro compañero extranjero. Varias personas lo escuchan y ríen o guardan silencio. Nadie lo corrige. La ausencia de intervención hace que el comentario se perciba como “normal” o aceptable, aunque sea injusto.
A nivel metafórico, podemos ver el gesto de mirar, reír y callar frente a los comportamientos injustos o al racismo discursivo a través de la teoría de la ventana rota.
Aunque el concepto más famoso de la “ventana rota” proviene de criminología urbana (Wilson & Kelling, 1982), se ha usado en psicología social para ejemplificar el efecto espectador: se deja una ventana rota en un coche o edificio y se observa cómo reaccionan las personas que pasan. Cuando nadie interviene ni denuncia el daño, la ventana rota tiende a atraer más vandalismo o comportamientos delictivos. La inacción de los observadores funciona como un refuerzo social indirecto: transmite que “nadie se preocupa, así que está permitido”.
Esta dinámica se traslada fácilmente al racismo discursivo: los comentarios racistas o estereotipos en un aula, cafetería o reunión laboral actúan como pequeñas “ventanas rotas”. Si los testigos miran, ríen o callan, refuerzan indirectamente el mensaje discriminatorio, normalizando la conducta y perpetuando la exclusión, incluso cuando alguien sabe que está mal, pero decide no intervenir.
Así que si alguna vez estás en uno de estos contextos, intenta no quedarte como un simple observador: mirar, reír o callar van a reforzar estos tipos de comportamientos que no son solo una ventana rota, sino un daño emocional para los demás.
Bibliografía
Wilson, J. Q., & Kelling, G. L. (1982). Broken windows.
Darley, J. M., & Latané, B. (1968). Bystander intervention in emergencies: diffusion of responsibility. Journal of Personality and Social Psychology, 8, 377.
Latané, B., & Darley, J. M. (1970). The unresponsive bystander: why doesn´t he help?
Miller, D. T., & McFarland, C. (1987). Pluralistic ignorance: When similarity is interpreted as dissimilarity. Journal of Personality and Social Psychology, 53(2), 298.