Noticias - D-TRANS: De la reflexión a la acción – detectar, desactivar y transformar el racismo discursivo

Reír sin pensar: economía cognitiva y racismo discursivo

Autora: Alexandra Valentina Ionica

20 feb 2026 - 14:21 CET

Era una tarde de domingo de primavera, de esas en las que la casa se llena de una luz tranquila. Afuera hacía buen tiempo, pero nadie tenía prisa por irse. La mesa seguía puesta, con platos a medio retirar, tazas de café repartidas y el olor dulce del postre aún en el aire. Las conversaciones se mezclaban sin orden, pasando de un tema a otro con la naturalidad de quien se siente cómodo, en un espacio conocido, donde las palabras salen solas y parece que no tienen peso. 

Se habla del barrio, de quién se ha mudado últimamente, de lo mucho que han subido los precios…“Pues el vecino nuevo es extranjero”, comenta alguien mientras corta el postre. “¿Ah, sí? ¿De dónde?”, pregunta otra voz. “Creo que de Europa del Este.” “Normal”, responde alguien, “con la guerra y todo eso, ahora se vienen todos.” “Claro”, añade otra persona, “si es que al final acabamos pagándolo nosotros.” “Bueno… mientras sea de los que trabajan”, remata alguien más, encogiéndose de hombros.

Se escuchan algunas risas cortas. Nadie pide aclaraciones.

Un primo cambia de tema y habla de su empresa. “Han contratado a varios nuevos.” “¿Y qué tal?”, le preguntan. “Uno es rumano”, dice, “pero oye, muy bien, muy espabilado.” “¿Ves?”, interviene alguien desde el otro lado de la mesa, “la mujer que limpiaba la casa de una amiga mía también es rumana y es muy honesta.” “Sí, sí”, responde otro, “yo he conocido alguno así.” “Alguno tenía que salir bueno”, comenta un tío, sonriendo. “Es broma, es broma”, añade rápido, levantando las manos.

La conversación sigue sin detenerse. Alguien menciona un viaje reciente. “Eso sí, allí todo era un poco caótico.” “Normal”, contesta otra persona, “ya sabes cómo son ellos.” “Es parte de la cultura”, añade alguien desde el otro lado de la mesa. “No es racismo ni nada…pero ellos son así, forma parte de su encanto al final…”
Más tarde, alguien comenta un problema en el trabajo. “El otro día en una reunión costaba entenderle”, dice. “Claro”, responde otra voz, “con ese acento…” “Ya, no es culpa suya”, matiza alguien, “pero para ser el jefe tiene que saber expresarse bien.” “Exacto”, añade otro, “al final la imagen cuenta...” “Y no todo el mundo da confianza”, dice alguien más, en voz baja.

Se sirve más café. La conversación cambia de tema sin pausa.

En uno de los extremos de la mesa, alguien escucha en silencio. Sonríe cuando toca, baja la mirada cuando conviene, sigue comiendo. Reconoce cada comentario. Sabe cuáles esperan risa y cuáles asentimiento. También sabe que, si dijera algo, alguien respondería que es exagerado, que no se puede hablar de nada, que todo se saca de contexto.

La comida termina como siempre. Besos, despedidas, promesas de volver a quedar. Ha sido una buena comida familiar. Entre el primer plato y el café, casi sin notarlo, también se han repartido ideas sobre quién resulta creíble, quién encaja sin esfuerzo y quién tiene que demostrar un poco más para ser tomado en serio.

Esta puede ser una escena cotidiana que muchos de nosotros hemos vivido más de una vez. Puede ser que hayamos sido uno de los familiares que opina, algunos tal vez fuimos tema de conversación, uno de los que son diferentes, que se distinguen por cultura, acento, país de origen o simplemente por elegir no reír por inercia. Este texto pretende contestar a algunas de las preguntas que pueden surgir sólo analizando situaciones concretas como la que se ha mencionado anteriormente: ¿por qué algunos chistes se entienden al instante?, ¿por qué ciertos comentarios o etiquetas siempre se acaban con "solo era una broma"? y ¿por qué, después de traer conclusiones, siempre se justifican con "no es racismo, a lo mejor soy demasiado directo, pero…"? Tal vez porque el humor necesita rapidez y los estereotipos facilitan esa rapidez, porque son conocidos universalmente y no necesitan ser explicados o analizados.

El lingüista neerlandés Teun van Dijk define el discurso racista como una práctica social discriminatoria que se manifiesta tanto por escrito como en el habla. El lingüista analiza los miembros de los grupos dominantes y los miembros de los grupos dominados, que pueden ser las minorías étnicas, inmigrantes o refugiados, y destaca que, teniendo en cuenta que las formas de discriminación verbal a través de insultos o expresiones ofensivas se consideran “políticamente incorrectas”, la mayoría de los discursos racistas sobre los miembros del grupo dominado se convierten en sutiles e indirectos comentarios (Djik, 2007), tal y como se ha ejemplificado anteriormente y como lo solemos observar en nuestro día a día. Esto es lo que la profesora Philomena Essed define como racismo cotidiano, un proceso en el que nociones racistas se integran en prácticas rutinarias de la vida diaria y que parecen normales, pero producen desigualdades (Essed, 2008).

Justo porque están normalizadas, no se reconocen como racismo, pasan por bromas inevitables, pero pueden generar estrés, exclusión y daños psicológicos para quienes los sufren (Essed, 2002). “Solo es una broma” se puede convertir en una “amnistía moral", en una justificación que permite la manifestación de emociones negativas hacia una persona o grupo sin asumir la responsabilidad de los efectos negativos que puede producir. Esto, en la literatura de especialidad, se ha analizado tanto a nivel lingüístico como a nivel socio-psicológico. Conocido como humor de denigración, se ha relacionado con el prejuicio hacia diferentes grupos sociales (Ford, 2008) y con una mayor tolerancia hacia actos discriminatorios, especialmente en personas con alto nivel de prejuicio hacia el grupo denigrado (Ford, 2015).

Y si somos conscientes de que no siempre es una broma, que hay algo más, ¿por qué aun así nos reímos sin pensar? 

A nivel psicológico, se puede explicar con la teoría de Daniel Kahneman sobre “pensar rápido y pensar despacio” y los dos sistemas. Daniel Kahneman dice que nuestra mente tiene dos sistemas: el Sistema 1, rápido, automático e intuitivo, y el Sistema 2, más lento, reflexivo y racional. Muchas veces nos reímos de cosas como comentarios racistas sin pensarlo mucho porque es el Sistema 1 el que reacciona primero: ve algo inesperado o exagerado y provoca una risa automática, sin que el Sistema 2 haya tenido tiempo de analizar si eso está mal o es ofensivo. Es como si el cerebro dijera “jaja” antes de que podamos decir “eso no está bien”. Esto se debe a la economía cognitiva y la tendencia a “optimizar” la manera en que procesamos información en un mundo lleno de estímulos y opciones. Luego, si pensamos más, el Sistema 2 puede intervenir y hacernos sentir incómodos o criticarlo, pero la reacción inicial ya pasó (Kahneman, 2011).

Además, desde un punto de vista psicológico, reírnos también puede ser una forma de liberar tensión o incomodidad social; a veces nuestro cerebro busca alivio frente a algo tabú o chocante, incluso aunque sepamos que no está bien. Por eso el humor puede actuar como un “escudo emocional”: nos hace reaccionar antes de pensar, y luego el Sistema 2 entra para juzgar y regular la reacción. A veces la risa refleja un intento de encajar o evitar conflicto. Aunque nuestro Sistema 2 sepa que el comentario es ofensivo, reírse puede ser una forma de seguir la corriente social y no destacar como “el que se lo toma en serio” (Asch, 1956).

Así que, la próxima vez que estés en la mesa o en algún otro contexto cultural similar, la próxima vez que escuches aquella excusa de que “es una broma” o incluso si notas que  estás usando tú el escudo del humor para justificar ciertos comentarios, párate y piensa, analiza e intenta evitar reír o participar como un simple espectador. Porque el racismo discursivo es más que una charla, son herramientas de cohesión o diferenciación social, pero darse un momento para pensar antes de reír puede ser un pequeño acto de responsabilidad.

Asch, S. E. (1956). Studies of independence and conformity: I. A minority of one against a unanimous majority. Psychological monographs: General and applied, 70(9), 1.
Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux
Essed, P. (2001). Towards a methodology to identify converging forms of everyday discrimination. 45th Session of the United Nations Commission on the Status of Women. New York: United Nations, 202.
Essed, P. (2008). Everyday racism. A companion to racial and ethnic studies, 202-216.
Ford, T. E., Boxer, C. F., Armstrong, J., y Edel, J. R. (2008). More than “just a joke”: the prejudice-releasing function of sexist humor. Personality and Social Psychology Bulletin, 34(2), 159–170. doi:10.1177/0146167207310022
Ford, T. E., Richardson, K., y Petit, W. E. (2015). Disparagement humor and prejudice: Contemporary theory and research. Humor, 28(2), 171–186. doi:10.1515/humor-2015- 0017
Van Dijk, T. A. (2007). Discurso racista¹. Medios de comunicación, inmigración y sociedad, 106, 9.

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