Biblia Políglota


   Editing the Hebrew Bible in the Variety of its Texts and Versions

 24/10/2014, 12:24 h
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En el marco de los actos conmemorativos del V Centenario de la Biblia Políglota Complutense (1514-2014) la Universidad Complutense de Madrid, en colaboración con el Instituto de Estudios Judios de la Universidad de Viena, organiza un Congreso Internacional que tendrá lugar los días 3 al 5 de Noviembre próximo.

El Congreso reúne a una veintena de los mejores especialistas en la edición y crítica textual de la Biblia en hebreo, arameo, siríaco, griego, latín y otras lenguas del mundo antiguo.

La publicación completa de los manuscritos hallados en las cuevas de Qumrán en las inmediaciones del Mar Muerto ha llevado en los últimos años a una revisión de las ediciones de la Biblia hebrea existentes hasta el momento y a nuevos proyectos de edición. Hasta el descubrimiento de estos manuscritos se tendía a pensar que la historia del texto de la Biblia hebrea seguía una línea de transmisión única y perfectamente establecida. Sin embargo, el estudio de unos 200 manuscritos de la Biblia hebrea y griega hallados en Qumrán ha dado a conocer que los libros bíblicos circulaban en un principio en ediciones diferentes. La edición del Pentateuco más recomendada en su momento fue traducida al griego en la versión de los Setenta en tiempo de los Ptolomeos de Egipto en el siglo III a.C. La edición más autorizada a partir del siglo II a.C. es la que nos ha llegado a través de la tradición judía de los últimos dos mil años.

El sorprendente hallazgo en Qumrán de textos de los esenios y de otros apócrifos o parabíblicos que podían tener relación con Jesús de Nazaret y los orígenes del cristianismo, ha centrado la atención de los estudiosos y de la opinión pública hasta el momento. Sin embargo, los 200 manuscritos bíblicos hallados en Qumrán tendrán en el futuro un influjo posiblemente mayor, dado que dan a conocer un panorama insospechado hasta ahora. El hecho de que los libros de la Biblia hebrea circulaban en diversas ediciones explica el origen de muchas de las polémicas de siglos entre judíos y cristianos y entre protestantes y católicos.

La Políglota Complutense fue posible gracias a la invención de la imprenta y al esfuerzo de Cisneros por congregar a los mejores hebraístas, helenistas y latinistas de la época y reunir los manuscritos más antiguos y de mayor calidad, tanto hebreos como griegos y latinos. Hoy se dispone de un número de manuscritos en todas las lenguas bíblicas infinitamente superior al disponible por los filólogos de Alcalá y Salamanca o por Erasmo en Lovaina y Basilea. Por otra parte, la invención de los sistemas de edición electrónica abre nuevas posibilidades de editar los textos en las diversas lenguas con sus familias de manuscritos y variantes textuales hasta la reproducción de cada manuscrito.

La Biblia Políglota Complutense fue una obra pionera del Renacimiento en España y en Europa. Fue base y modelos de las políglotas europeas posteriores que fueron incorporando nuevas lenguas antiguas. La Complutense incluía los textos hebreo, griego y latino y también el arameo del Pentateuco. La Políglota Regia, editada por Arias Montano en Amsterdam añadió el texto siríaco de la Peshitta y el arameo del targum Jonatán. La Políglota de París de 1624-1645 incorporó el árabe y el hebreo del Pentateuco samaritano y, finalmente, la políglota londinense editada por Brian Walton en 1654-1669 incluyó además el texto de las versiones etíope y persa. Esta incorporación progresiva de lenguas orientales en una edición políglota respondía al carácter esencialmente políglota de la Biblia y también, por otra parte, al espíritu de la época, abierto cada vez más a nuevos mundos, lenguas y culturas.



   Nebrija y Cisneros: conversando sobre la Políglota tras una reja.

 05/05/2014, 20:28 h
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Hola a todos de nuevo. Hoy os incluimos el texto de una conferencia pronunciada por José Luis Gonzalo Sánchez-Molero, profesor de la Complutense, con motivo de la imposición de becas de Colegial Mayor en el CM Antonio de Nebrija. 

 

 

 

 

Nebrija y Cisneros:

conversando sobre la Políglota tras una reja.

 

 

Grabado de Nebrija

 Permitidme, en primer lugar, expresar mi agradecimiento por haber sido invitado a impartir esta conferencia (que prometo breve) sobre la figura de Antonio de Nebrija, así como también daros las gracias por haberme sido concedida la beca de vuestro Colegio del mismo nombre. Desde hoy ya soy un “nebrijo” más, aunque paradójicamente mi admisión no se haya realizado en la “casa” de aquel humanista andaluz, sino en la “casa” de Santa Teresa. 

 

Como bien ha expresado vuestro director el profesor Andrés Piquer Otero, en 2014 se conmemora el V Centenario de la publicación de la Biblia Políglota Complutense, en cuya elaboración Nebrija ejerció un interesante papel. Suele creerse que él fue uno de los eruditos que colaboró en la edición del texto latino de la Vulgata. No fue así, en realidad, el humanista andaluz es más importante (en relación con la Políglota) por lo que no quiso hacer, que por lo que se quiso que hiciera. Luego explicaré este pequeño galimatías. También habría que decir que la Biblia no se publicó realmente hace cinco siglos: en abril de 1514 sólo se terminó de imprimir uno de sus volúmenes. No fue hasta 1517 cuando se culminó la edición del conjunto de seis volúmenes del que la obra se compone.

 

El título de mi intervención, Nebrija y Cisneros: conversando sobre la Políglota tras una reja, resulta tan evocador como misterioso. Y por ambos motivos ha sido concebido. Y es que, ¿cómo lograr hacer atractivo en esta segunda década del siglo XXI un tema en el que prelados, biblias y “lenguas muertas” constituyen la trama del discurso intelectual? Algo de éxito ha debido tener esta humilde invención publicitaria, pues veo la sala llena. Aunque también puede deberse a que sois estudiantes muy disciplinados, o a que después de mi intervención habrá un evento más interesante. Si fuera esto último, yo también me apunto.

 

En todo caso, sea como fuere, para mantener el misterio, hasta algo más adelante no daré cabal explicación sobre el título de mi conferencia, ahora me interesa compartir desde el inicio con vosotros mis dudas sobre cómo debería enfocar la misma. Por una parte, no deja de ser gran atrevimiento mío explicar ante el director de Colegio Mayor  Antonio de Nebrija y de sus colegiales alguna cuestión relacionada con la trascendencia histórica de la figura de este erudito español. Todos vosotros sois “nebrijos”, al menos desde que hace ya más de dos o tres años escogisteis este Colegio Mayor como residencia para emprender vuestros estudios universitarios en Madrid. Espero que ninguno de vosotros lleve más de cuatro años aquí, pero todavía me resultaría más inconcebible que en este tiempo en que habéis vivido “bajo su techo” no hayáis indagado sobre Nebrija. Por este motivo mis palabras no pueden pretenden glosar su biografía.  Me parece mucho más útil dejar esta función a la Wikipedia y resaltar en esta ocasión solo algunos aspectos de la trayectoria personal e intelectual de este humanista andaluz, con el propósito de que puedan serviros, si no como una guía, sí como un motivo de reflexión en vuestra vida personal, en vuestros estudios o en vuestro futuro laboral. Quizás, ser “nebrijo” sea algo más que una solidaridad colegial… Y sobre este aspecto me detendré un poco. Por lo que he podido intuir al hablar con algunos de vosotros  (y vosotras) en los minutos previos a este acto, la mayor parte estudiáis ingenierías, farmacia u otras carreras universitarias no catalogadas precisamente entre las denominadas como “de letras”. En este contexto, resulta un tanto paradójico que un humanista de hace cinco siglos pueda ser un modelo para vosotros, pero el conocimiento científico es único, y Nebrija se dedicó con ahínco a él y a su desarrollo en la España de entonces, en unas circunstancias que  - como veremos – no fueron tan distintas a las actuales. Por este motivo quiero espigar en esta ocasión algunos episodios de su vida que, espero, puedan tener cierta utilidad.

 

Os propongo, por tanto, un viaje en el tiempo para ir buscando aquellos puntos en común que Nebrija y vosotros podéis compartir. No será tarea fácil, en primer lugar porque Nebrija no escribió su autobiografía, aunque  nos dejó en diferentes fragmentos de sus libros numerosos retazos o recuerdos biográficos; y en segundo lugar porque este viaje en el tiempo, hoy por hoy, solo puede ser literario. Quizás entre el público se halle ya aquel estudiante de ingeniería capaz de diseñar la máquina adecuada para hacer realidad esta fantasía, pero por ahora solo disponemos de una reja, y de una ventana para asomarnos al pasado. Son humildes objetos desde el punto de vista tecnológico, pero una ventana, es siempre una ventana. Y aquí aprovecharé para explicaros el título de mi intervención. Se cuenta que cuando Francisco Jiménez de Cisneros residía en Alcalá de Henares, o estaba de paso por la villa en la que los arzobispos de Toledo tenían  un palacio, solía visitar a Nebrija. Para no interrumpir sus estudios (o por motivos que la historia calla), el prelado no solía entrar en la casa que le había concedido al andaluz, sino que le llamaba desde la calle, cerca de una ventana enrejada. Era con unos barrotes de por medio cuando Cisneros y Nebrija se saludaban y conversaban ¿De qué hablarían ambos?  Este es el juego literario y de ficción que os propongo realizar en esta noche.

 

Dejemos volar nuestra imaginación, aunque siempre sin llegar al “paroxismo”. Quizás en sus conversaciones ambos recordarían cómo en su infancia y juventud habían conocido un país dividido y atrasado. Antonio Martínez de Cala, quien después (como era costumbre entre los eruditos de la época) latinizaría su nombre como “Antonius Nebrissensis”, había nacido en 1441; Cisneros (de nombre Gonzalo al ser bautizado, y después Francisco al entrar en la orden franciscana), lo hizo en 1436. En sus años mozos, pues, fueron testigos de los conflictos civiles y religiosos que conmocionaron a Castilla entre 1460 y 1470. Si habéis sido seguidores de la serie Isabel, emitida en TVE durante los últimos meses, no es necesario que os describa la situación de deterioro político y religioso en que se había sumido Castilla. Esta crisis afectó también a la actividad cultural. Salamanca era entonces la gran universidad española, pero ni sus profesores, ni tampoco sus estudiantes, estaban a la altura del gran cambio cultural que se estaba desarrollando en el resto de Europa. Las clases se impartían en castellano (no en latín), debido al bajo nivel de los alumnos, pero también de muchos de los docentes.  Esto era contradictorio con respecto al gran auge del Humanismo renacentista en Italia, Francia y los Países Bajos. Como es sabido, este movimiento intelectual se basaba en la idea de recuperación del pasado clásico grecorromano, para lo que era indispensable la depuración de las fuentes escritas conservadas, tanto latinas como griegas. Se acusaba a la desidia de los siglos medievales de la pérdida de muchas obras, o de la corrupción de sus textos por copistas mal preparados. Las críticas se centraban muchas veces en los monjes, pero los humanistas eran injustos a este respecto. Habían sido los monjes benedictinos, entre los siglos VI y X, quienes habían protagonizado la epopeya de la conservación del legado clásico. En realidad, si la cultura clásica se mostraba tan decadente a principios del siglo XV en Europa era tanto por la decadencia de la Orden de san Benito desde el siglo XII, como por el auge de nuevas órdenes monásticas, la dominicana o la franciscana, pero también por la expansión de los nuevos métodos pedagógicos y científicos de las universidades bajomedievales, que derivaron en la invención de la escolástica.  

 

Fue precisamente frente a los engañosos silogismos escolásticos que el Humanismo renacentista logró definir y desarrollar una metodología científica propia, capaz de sustituir aquellos. Este “método” fue fundamentalmente filológico, y es que  en su empeño por retornar a una mítica Edad de Oro (la de Grecia y Roma), los humanistas solo disponían de dos fuentes, las escritas (ya fuera a través de códices o de inscripciones epigráficas), y las arqueológicas. Como las primeras eran más accesibles que las segundas, el análisis y la edición crítico de los textos antiguos de autores griegos y romanos se convirtió en el sustrato para construir una ciencia verdadera. Y este método no fue únicamente para uso literario (como pudiera parecer), sino que todas las otras ciencias de la época, como la medicina, la astronomía o la ingeniería, no se basaban tanto en la práctica experimental o en el cálculo matemático, como en el estudio de los textos antiguos de Galeno, Hipócrates, Tolomeo o Vitrubio. Esto es importante tenerlo muy claro para comprender porque a la Biblia Políglota Complutense se la ha calificado en tantas ocasiones cono la primera obra científica del mundo moderno. Los miembros de la “academia bíblica” reunidos bajo el amparo del cardenal Cisneros aplicaron en su edición trilingüe de los textos del Viejo y del Nuevo Testamento los principios de la metodología científica del humanismo, en los que la crítica filológica se puso al servicio de la Fe.

 

Cuando hacia 1460 Antonio de Nebrija llegó a la universidad de Salamanca para iniciar sus estudios en las Escuelas Menores, el joven andaluz estaba muy lejos de imaginar que cuarenta años después sería llamado a Alcalá de Henares (donde una nueva universidad había sido fundada para competir con la salmantina), y menos aún que  sería invitado a colaborar en la edición impresa de una Biblia políglota, al gusto humanístico. Los pocos años que como estudiante estuvo en Salamanca fueron decepcionantes, y más para alguien que convertiría en latín en el eje de su tarea docente y de su pensamiento intelectual. Nebrija, como muchos otros jóvenes de su generación, pudo haber optado por acomodarse, e incluso por aprovecharse de la mediocridad de los demás para medrar en la vida eclesiástica o universitaria, pero en cambio optó por seguir la senda que le marcaba su personal búsqueda del saber y del conocimiento.  Y este es el primer ejemplo que un estudiante español hoy debería seguir. ¡Qué duda cabe de que España atraviesa en la actualidad por momentos de grave crisis, no solo institucional o económica, sino también  universitaria! Muchos de vuestros compañeros están ahora mismo en huelga, y a pocos metros de aquí se ha ocupado la sede de varios vicerrectorados en protesta por la situación actual, como puede atestiguar la vicerrectora de Estudiantes, la profesora María Encina González Martínez, que nos acompaña en este acto. Nebrija, sin embargo, no se limitó a la protesta eventual, tomó la decisión de seguir estudiando en el extranjero, y con una beca que le fue concedida gracias al obispo de Córdoba, en 1463 viajó a Italia para estudiar en la universidad de Bolonia. Él mismo lo recuerda en un pasaje de su Vocabulario (c. 1494): "assi que en edad de diez y nueve años io fui a Italia", y añade que se marchó allí: “no por la causa que otros van: o para ganar rentas de iglesia, o para traer fórmulas del derecho civil y canónico, o para trocar mercaderías”. No, él se marchó para poder regresar a Castilla y traer consigo a la vuelta los fundamentos del Humanismo.

 

A estos viajes de estudio hoy se les denomina “becas Erasmus”, o becas “Erasmus-Mundus”, en recuerdo precisamente de otro humanista de la época, contemporáneo al propio Nebrija, Erasmo de Rotterdam (1467-1536). Para todos vosotros la posibilidad de realizar estudios en el extranjero está ya ampliamente asumida. Sus beneficios pedagógicos son indudables, y más allá de la dotación ciertamente ridícula de las becas públicas que se otorgan a este respecto, o de la mala “fama” que todo estudiante “erasmo” debe llevar consigo, el ejemplo de Nebrija creo que os puede servir de ejemplo.  Además, no creo que en Bolonia aquel joven estudiante andaluz se dedicará únicamente a estudiar, a pesar de las severas condiciones en las que debían vivir los estudiantes admitidos en el Colegio de San Clemente, de aquella universidad. Entre unas cosas y otras Nebrija tuvo la oportunidad de mejorar notablemente no sólo sus conocimientos en la cultura y en la literatura latinas, sino que además pudo contemplar las ruinas de los edificios más emblemáticos de la antigua Roma. Fue en Italia donde Nebrija, tras descubrir los studia humanitatis, se hizo humanista. Fueron diez años de fecundo aprendizaje. En 1473 retornó a Castilla y se le ofreció una plaza de profesor en la misma universidad de Salamanca. A partir de este momento desarrolló una enorme labor científica y pedagógica que le permitieron erigirse en el maestro de los humanistas españoles. No ha de sorprender, por tanto, que décadas después Cisneros pidiera su consejo en la edición de la Biblia Políglota que patrocinaba.

 

En sus conversaciones tras una reja, el cardenal y el maestro es probable que compartieran algunas anécdotas de su vida universitaria. Es más, en muchos aspectos se trataba de vivencias muy paralelas. Ambos habían estudiado en Salamanca, Nebrija e las Escuelas Menores y Cisneros en el Colegio de San Bartolomé, y después se habían trasladado a Italia, Nebrija estuvo en Bolonia, Cisneros, en la corte pontificia.  Además, ambos habían abrazado la formación universitaria de una manera muy peculiar. Su búsqueda del conocimiento y de la verdad les había llevado a tener por maestros a personajes “heterodoxos”: el andaluz siempre tuvo como principal referente docente al maestro Pedro de Osma, y el madrileño (pues así podemos considerar a Cisneros por haber nacido en Torrelaguna), decidió contratar a un rabino de Sigüenza para que le enseñara en hebreo y poder superar así unos de sus exámenes de teología en Salamanca. Aunque Osma fuera condenado en 1479 como hereje por sus teorías sobre la confesión, Nebrija siempre se consideró como su discípulo y no dudó en ensalzarle en público a pesar de esta condena, que en 1490 sería confirmada por el Papa. De la misma manera, Cisneros tomó como maestro a un judío.

 

Ahora bien, para comprender la evolución posterior de algunos de estos hechos, debe recordarse que 1473 fue también el año del inicio de la imprenta en España. Solo veinte años atrás el orfebre alemán Johannes Gutenberg había logrado culminar sus ensayos para lograr un método de reproducción múltiple de los libros, a través de la fundición de tipos móviles metálicos y de una prensa manual. Mas no fue hasta 1473 cuando un impresor alemán, Juan Parix de Heidelberg, invitado por el obispo de Segovia para asentarse en esta ciudad, inició la producción de varios libros de uso diocesano. El llamado Sinodal de Aguilafuente parece que fue el primero de los impresos salidos de sus talleres. Sin la imprenta no es posible comprender el valor del legado intelectual de Nebrija, así como tampoco la empresa de la Biblia Políglota. Ambos fenómenos están directamente relacionados con el impacto cultural y social que las nuevas tecnologías ligadas al libro impreso  conllevaron.  En la segunda mitad del siglo XV la imprenta produjo una revolución del conocimiento no muy diferente a la que desde hace algunas décadas experimentamos  con respecto a internet y el libro electrónico o digital. La cita, en apariencia anecdótica, que antes he hecho a la enciclopedia electrónica de Wikipedia, no lo ha sido. En realidad, creo que puede ayudarnos a entender mejor  la experiencia que Nebrija tuvo ante la expansión de la imprenta durante su juventud, y que podemos imaginar de modo muy semejante a como ahora percibimos en nuestras vidas los cambios sociales y culturales que han provocado internet y las tecnologías de la información ligadas al uso de la Red. En el siglo XV este mismo impacto fue protagonizado por la invención de la impresión con tipos móviles metálicos. La multiplicación de ejemplares que trajo consigo permitió que el conocimiento se difundiera con una mayor rapidez y que fuera mucho más accesible. Durante el milenio anterior la cultura se había conservado y transmitido en ámbitos reducidos, primero en el de los monasterios, luego (a partir del siglo XIII) en el de las universidades y de las cortes. Casi puede considerarse como milagroso que a través de la copia manual de códices hubieran llegado hasta el siglo XV las obras de Platón, Aristóteles, Cicerón o Séneca; gracias al invento de Gutenberg, sin embargo, la divulgación de sus textos y de su pensamiento llegó a todos los lectores.

 

Nebrija, y también Cisneros, fueron testigos de los cambios que la imprenta trajo consigo. ¿Recordarían su experiencia en sus conversaciones tras una reja? No sería raro que así fuera, pues la casa del humanista estaba muy cercana al taller de imprenta de Arnao Guillén de Brocar, el impresor francés que el prelado había convencido para que se trasladara a Alcalá de Henares, con la más que probable recomendación de Nebrija al respecto. Y aquí el humanista andaluz vuelve a darnos un ejemplo a seguir. Cuando llegó a estudiar a Bolonia la imprenta se había empezado a introducir en Italia (en 1464 un cardenal español, Juan de Torquemada, decidió instalar en el monasterio de Subiaco, cerca de Roma, un taller). Las resistencias al nuevo modo de producción de libros fue enorme, destacándose precisamente los copistas boloñeses en su combativa actitud contra una imprenta que les quitaba su trabajo. Pero también muchos eruditos de la época, habituados a leer y a difundir sus ideas en soporte manuscrito, denunciaron al libro impreso como transmisor de múltiples problemas. Para explicar este fenómeno a mis alumnos he empleado en los últimos cinco años el término “síndrome de Trithemius”. Este lexema hace referencia a un erudito monje alemán Johann von Heidenberg, o de Trittenheim (1462-1516), que fue una de las grandes figuras intelectuales europeas de la segunda mitad del siglo XV. Ahora bien, gran parte de fama en los siglos posteriores la debe a la redacción de un curioso opúsculo, titulado, De laude scriptorum manualium (1494), donde reaccionaba en contra del invento de Gutenberg, elogiando la venerable y antigua costumbre de la copia manuscrita.  Pues bien, Nebrija no padeció el “síndrome” de su contemporáneo, sino que cuando regresó a España abrazó con ardor las ventajas que la producción impresa conllevaba. Siendo profesor en Salamanca, dio a conocer sus gramáticas y opúsculos latinos a través de un taller de imprenta, ubicado en la ciudad, y que los incunabulistas (esos “supremos sacerdotes del libro antiguo”) denominan de manera genérica como la “imprenta de Nebrija”.

 

No se ha podido demostrar que fuera él quien la regentaba, pero desde luego fue el vehículo que escogió para publicar la mayor parte de sus obras, y esto ya evidencia que, el andaluz, como humanista, comprendió con gran rapidez las ventajas que para la difusión de sus ideas tenía la imprenta. Es decir, supo adaptarse a la revolución del conocimiento que supuso esta tecnología (alemana, por supuesto, como ahora…), y actuar con gran inteligencia en aquella transición entre el códice y el nuevo. En la actualidad todos nosotros nos encontramos inmersos en un período de cambios muy parecidos. Somos testigos de otra transición, esta vez entre una cultura basada en el libro industrial, y otra fundamentada en el libro digital o electrónico, que conlleva no sólo un nuevo cauce de expansión, la Red, sino también una manera diferente de almacenar datos, de escribir y de leer. El siglo XXI parece determinado a adoptar una nueva (e inquietante) manera de comunicarse y de conservar nuestro bagaje cultural. El debate sobre las consecuencias está interesando cada vez más no sólo a la comunidad científica, sino a la sociedad en general, consciente ésta ya de que parece inevitable la sustitución de los libros en papel por los nuevos soportes digitales y electrónicos. Y una vez más se manifiestan actitudes que transitan desde la total indiferencia hasta el rechazo frontal, incluso violento, pasando por  un sinfín de emociones dubitativas. Un “nebrijo”, en mi opinión, ya sea por el Colegio Mayor al que se encuentra vinculado, ya sea por los estudios que desarrolla en la universidad, en este debate ni puede ser indiferente ante el libro digital, ni rechazarlo, al igual que Nebrija optó por apoyar lo nuevo, entonces el libro impreso. Es más, dos de sus hijos, que probablemente serían testigos de las conversaciones a pie de ventana entre su padre y el cardenal, fueron impresores en Granada, donde abrieron una imprenta hacia 1535. La actitud de su progenitor, sin duda, debió ser decisiva a este respecto, pero también sus vivencias infantiles. A muy poca distancia de la vivienda familiar Brocar tenía su imprenta.

 

Y esto nos conduce de nuevo a la Biblia Políglota. Debemos tener en cuenta que nos encontramos no solo ante una gran empresa científica, sino ante un “monumento” tipográfico. Su edición fue encomendada al citado Brocar. Se desconoce quién le recomendó ante Cisneros, para que éste le convenciera de que abandonara Logroño para asentar su negocio en Alcalá de Henares. No era tarea fácil encontrar en España un impresor que pudiera dar forma impresa a una Biblia que se concebía en cuatro lenguas (latín, griego, hebreo y arameo). En Toledo, bajo la protección de sus arzobispos, funcionaba desde tiempo atrás una imprenta, la de Hagenbach, pero Cisneros nunca se planteó dejar sin taller a Toledo, trasladando esta (que desde 1502 funcionaba anónimamente, pero utilizando los materiales de Hagenbach) a su villa de señorío junto al Henares, y esta decisión, en todo caso, habría ido innecesaria entonces, si (como se sospecha) este taller toledano no tenía la capacidad técnica de  imprimir la Políglota. Cisneros, en cambio, optó en 1502, por invitar a Alcalá al impresor polaco Estanislao Polono, que venía trabajando en Sevilla con cierto éxito. Polono no estuvo mucho tiempo en Alcalá, retornó a Sevilla en 1505, y todo parece indicar que fue Nebrija quien entonces aconsejó a Cisneros que invitara al impresor francés Brocar a trasladarse a Alcalá. El humanista había publicado en el taller de este impresor de origen francés algunas ediciones de sus Introductiones gramaticales, en las que se habían insertado algunas letrerías hebraicas. La presencia de estos tipos  en sus trabajos tipográficos debió ser suficiente para convencer al prelado de que Brocar disponía de los suficientes conocimientos técnicos y de los materiales adecuados para imprimir la Biblia Políglota. Años más tarde, quizás, mientras hablaban a través de la reja, Nebrija y Cisneros, tuvieron ocasión de rememorar este episodio, al tiempo que desde la cercana imprenta se escuchaban los ruidos de las prensas, o se percibía el siempre penetrante olor a trementina, que despedía la tinta que en el mismo taller se fabricaba. Acerca de la estrecha relación de confianza entre Nebrija y Brocar debe destacarse cómo en 1506 el primero vendió al segundo la exclusiva para la venta de sus obras gramaticales, un privilegio que Cisneros prorrogaría a Brocar por 10 años en 1516. A estas alturas, alguno ya se habrá preguntado por qué Nebrija tenía una casa en Alcalá de Henares. ¿No era profesor en Salamanca? La razón es que el humanista andaluz, tras muchos años dedicados a la enseñanza en aquella ciudad (no siempre de manera continuada), debido a las rencillas, pendencias y envidias  a la que la vida universitaria es tan dada, no se le renovó su cátedra, ganándola un opositor de mucho menor lustre. Cisneros no desaprovechó la oportunidad y al año siguiente (1514) le concedió la cátedra de retórica la nueva Universidad de Alcalá de Henares, con el privilegio de que «leyese lo que él quisiese, y si no quisiese leer, que no leyese». Esta disposición nos pone de manifiesto la gran estima existente entre ambos personajes.

 

Mas en sus conversaciones tras una reja no debemos pensar que ambos solo hablaban de sus estudios universitarios, de sus vivencias en Italia, o de lo “buenos y maravillosos” que eran. No, también tuvo que haber lugar para la disputa teológica e intelectual. Y precisamente fue la Biblia Políglota el tema que más les enfrentó. En 1514, cuando Nebrija llegó a Alcalá, el primero de los volúmenes estaba a punto de salir de las prensas de Brocar, pero el humanista andaluz había tenido que ver muy poco con su edición. Parece cierto que cuando en el verano de 1502 Cisneros reunió al primer equipo de eruditos para “entender en la traducción de la Bribia”, en una villa campestre cercana a Toledo, entre los convocados estuvo Nebrija, junto con Diego López de Zúñiga, Hernán Núñez de Guzmán, Pablo Coronel y Alfonso de Zamora. El proyecto cisneriano era de enorme envergadura. Para los humanistas de entonces las herramientas filológicas constituían el principal instrumento para la validación científica, desde su interpretación de que la “verdad” había sido corrompida durante los siglos medievales. Esto se aplicaba a la historia, a la literatura, a la filosofía, a las matemáticas o a la astronomía, pero también a la religión cristiana. Y si nos ponemos en el lugar de una sociedad que contemplaba a la Fe como la piedra angular de todo conocimiento, se explica la importancia que para Cisneros y sus colaboradores tenía depurar el texto bíblico de errores. La edición crítica del mismo, en sus versiones hebrea, aramea, griega y latina, cotejando diferentes fuentes manuscritas, fue concebida por Cisneros como el método más adecuado para devolver su estado original a la Biblia, y para a través de su conocimiento limpio de errores, reformar la vida religiosa e incluso social.     

 

 Había, sin embargo, un escollo: la traducción latina del Viejo y Nuevo Testamento, realizada por san Jerónimo y conocida como la Vulgata. La iglesia consideraba a esta versión latina como canónica e intocable; Nebrija era de otra opinión. Él había sido –recordemos- discípulo de Pedro de Osma en Salamanca, y cuando se le propuso participar en el proyecto científico de la Políglota recordó que en la biblioteca de la universidad salmantina se conservaba el ejemplar de una biblia antiquísima donde su maestro había localizado más de ochenta citas que divergían del texto contenido en la Vulgata. Sabedor de las ideas del andaluz a este respecto, el gran rival político y religioso de Cisneros, el arzobispo Deza, procedió en 1505 a confiscar a Nebrija todos los borradores y apuntes que había redactado sobre la edición latina de la Biblia. Fue un gran escándalo, y el humanista tuvo que acudir a Cisneros y a la Justicia civil para poder recuperar sus papeles. Nadie le discutía su dominio del latín, del griego  o de la cultura clásica en general, pero para muchos teólogos era inconcebible que un “gramático” tratara sobre la Biblia, o que pusiera en duda la veracidad de algunos pasajes. Y aquí Nebrija se nos muestra una vez más como un ejemplo actual. Para él, sin duda, habría sido más sencillo y rentable no exponer sus ideas sobre este tema, pero su independencia como “intelectual” estaba por encima de aquellas comodidades. No solo tuvo que sufrir la persecución de Deza, sino que también, por coherencia, decidió abandonar  su participación en la edición bíblica cisneriana. La razón: el cardenal Cisneros no le autorizó a que se modificara el texto latino de la Vulgata. Nebrija respondió con argumentos científicos impecables, incluso la historia ha recogido cómo se desarrollaron alguno de aquellos memorables debates entre ambos, dominados por una tolerancia y un respeto exquisitos, pero Cisneros no cedió: podía corregirse el texto griego, hebreo o arameo, pero no el latino. Nebrija, en consecuencia, decidió no seguir colaborando (al menos de manera directa) en la edición. En el fondo creo que Cisneros sabía que Nebrija tenía razón. De lo contrario no se entiende que, a pesar de tan notable divergencia en un tema tan sensible como la Vulgata de San Jerónimo, siguiera protegiendo al humanista.  Una vez más, creo que la defensa de las propias ideas, actuar con coherencia, y la discusión con tolerancia, son valores en los que Nebrija no necesita asomarse a una ventana para que sigan teniendo vigencia.

 

Y, con esto quiero ya finalizar, y lo haré para citar el único tema que sí sabemos que el humanista y el cardenal hablaron. Y es que, aunque no sepamos exactamente que hablaban  tras aquella la reja de una calle en Alcalá de Henares, resulta curioso que sí sepamos lo que el cardenal, tras despedirse del maestro andaluz, solía ordenar a su esposa, Isabel Solís de Maldonado: que no diera a beber vino a su marido. Tan extraña disposición no parece que estuviera en relación con algún tipo de adicción del humanista, sino con el deseo de Cisneros de que el vino no entorpeciera el intelecto de Nebrija. Mucho me temo que, sin duda, ésta es la misma razón que ha llevado, con buen criterio, al director de vuestro Colegio Mayor, a no invitarme a una caña o aun vino antes de pronunciar esta conferencia. Solo ha sido ha logrado que sea coherente, pero ahora tengo mi premio y un buen vino español nos espera a todos. Me despido, os doy de nuevo las gracias y solo espero haberos mostrado a Nebrija como algo más que un señor de perfil con un raro sombrero negro sobre su cabeza. 



   Nuestro brave new world y el sentido de las ediciones críticas

 29/04/2014, 20:59 h
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 En estos días, apreciar el libro como objeto, es decir, como ser material dotado de peso, peculiaridades al tacto, atractivo visual en la maqueta, olor sin duda, con demasiada frecuencia ha dado paso a una visión del mismo como ser de consumo, como un producto terminado de tipo industrial. Sin duda, la revolución o vuelta de tuerca que las herramientas informáticas de tratamiento o edición de textos, junto con los nuevos soportes, han supuesto para el arte de la imprenta han jugado un papel importante en este proceso, donde el libro se puede generar en serie y por millones de modo que difícilmente habría concebido Gutenberg. Pero no puede ser sólo eso; el libro de hoy, con la difusión de la cultura más allá de las élites de la Antigüedad, la Edad Media, e incluso siglos más recientes, se ha convertido en un ingrediente más de nuestra sociedad post-industrial, de la información o como queramos llamarla.  Por ello, en ocasiones acabamos apreciándolo como ropa de temporada o como el último juguete tecnológico o taquillazo del cine en tres dimensiones. Lo adquirimos, regalamos, a veces leemos, y acabamos pensando que poseemos esos cientos de páginas, un objeto de cultura o entretenimiento tal y como salió de la mente de su autor, más o menos conocido pero siempre ahí, en la tele, en las revistas, en presentaciones. Éste es nuestro modelo de libro en la actualidad y, pese a las ventajas que conlleve, tiene cierto poso de servicio de restauración o de relación (o impresión-ilusión de relación) biyectiva escritor-lector.

La edición crítica en sus distintos tipos, a los cuales la Biblia Políglota Complutense pertenece, o al menos constituye una base en el complejo mundo de la literatura antigua, saca al libro de este mundo bien delimitado, de las fronteras del objeto de consumo: Tomar conciencia de la historia de un texto, de que existen versiones, cambios de lecturas introducidos por autores, redactores, escribas bienintencionados o víctimas de un mal día nos lleva a reflexionar sobre qué es un libro. No en el sentido literal del volumen que agarras del estante de una librería o descargas en tu lector digital, pero sí en el de la existencia del libro como una criatura compleja y compuesta, que rebasa el conducto estrecho de la relación autor-lector (mediada, por supuesto, por editores, distribuidores, agentes…) y se convierte en una red o mosaico donde no hay una voz, sino varias. Está claro que hoy en día tenemos autores individuales, profesionales de la escritura incluso y que no vamos a tratar la última novel de éxito o el tópico y bien vendido manual de autoayuda como una obra como la Biblia, de autoría múltiple, largo crecimiento en la redacción de cada uno de sus libros y, por entrar de lleno en el calificativo Políglota de la Complutense, de una extensión en el tiempo y el espacio de más de mil años, no como un objeto estéril, sino como una criatura interactiva (por más que sagrada y de origen divino para muchos) que se impregna de las distintas ideologías, lenguas, ilusiones, alfabetos o miedos de los pueblos o eras por donde transita. Poner ese texto en columnas, buscar o crear las tipografías necesarias para griego y arameo, seguir la senda del crítico textual y anotar una versión, sopesar cambios ortográficos, censuras, omisiones bailes y cambios puede entenderse, en su resultado final, como un ejercicio de reflexión filosófica.

Al margen del sentido y los logros que la Políglota Complutense representara y represente en los mundos de la teología, la filología, la historia del libro y la cultura en suma, hoy en día, un día definido por algo llamado postmodernidad y por sentirse momento de frontera en lo que atañe a la palabra escrita, al autor, al lector y a la obra, pensar en las complejidades que puede alcanzar un texto, tanto en lo más físico y material como en las ideas que recubren su cuerpo, constituye un contrapunto perfecto al torbellino del libro en la sociedad digital y virtual, con todas sus glorias y miserias. El siglo XXI está tomando forma como un brave new world en el sentido original de la expresión como parte de una línea en una obra tan marcada por el libro y su magia como La tempestad de Shakespeare. Nos desbordan posibilidades, opciones, proximidades reales o ilusorias de la obra y del escritor, accesibilidad global y, en definitiva, la realidad de que la página ya no nos lleva necesariamente a la introspección de inclinar la cabeza sobre un volumen encuadernado. Podemos sentirnos, con justicia, tan pletóricos y ávidos como los ojos de Miranda, cuando a punto de finalizar el conjuro del teatro, contempla el mundo abierto. Este brave new world no es sin embargo un ser inocente y nacido para el bien; todo, incluido el nuevo escenario del libro, sobre todo cuando se trata de un escenario más que predispuesto al orden del mercado y del espectáculo de nuestra sociedad especulativa. Invitamos por ello a mirar al frente volviendo la vista atrás de vez en cuando, recordando alguna vez que otra cómo la expansión y la red del texto se inició con obras como los textos bíblicos, cómo una obra crece, cambia, muta, cómo pocas cosas en la misma pueden darse por supuestas y reducirse a fórmulas y etiquetas. Puede que éste sea uno de los mayores valores de celebraciones como nuestro Quinto Centenario: reflexionar y darnos contexto y conciencia del libro, para que, siguiendo la cadena de la literatura, el brave new world de Shakespeare no acabe mutando en el de Huxley.

 



   De Alfonso de Zamora y del pluriempleo académico en la Complutense del XVI I: un pupilero y Sofer en Alcalá

 01/04/2014, 22:33 h
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Aunque el primer curso de la Universidad Complutense se inició, como era tradicional, el día 18 de Octubre de 1509, no sería hasta tres cursos más tarde, el 18 de Octubre de 1512 cuando comenzarían las clases de hebreo. Nuestro primer profesor de Hebreo, Alfonso de Zamora, venía de la Universidad de Salamanca, en cuyos documentos figura como “tornadizo” (converso), “zapatero” (es decir con un oficio manual) y buen conocedor del hebreo y arameo. Parece que nuestro flamante profesor abandonó Salamanca por desacuerdos con un nuevo  rector a finales de 1511, pasando a la Complutense de Alcalá donde permanecería hasta 1545, año probable de su muerte. En la nueva universidad complutense dedicaría su tiempo a la docencia del hebreo y del arameo y al trabajo en la Políglota cisneriara, en la que hizo la versión latina de la traducción aramea tradicional  del Pentateuco (Targúm de Onquelos), y la elaboración de lo que llamaríamos materiales didácticos, especialmente un vocabulario hebreo y arameo (Vocabularium Hebraicum atque Chaldaicum) así como un pequeño compendio gramatical de estas lenguas que serían publicados en el tomo VI de la Políglota, y que verían una versión mucho más extensa en 1526. 

 En muchos aspectos la vida de un profesor universitario del XVI era muy semejante a la de un profesor actual. Había otros, sin embargo, que nos resultan curiosos e incluso chocantes para aquellos que vivimos la Complutense del siglo XXI. Así Alfonso de Zamora fue maestro de pupilos o pupilero según aparece refrendado en algunas notas del Manuscrito Leiden Or 645,2 un cuaderno / manuscrito de Alfonso que contiene notas de muy diverso tipo. Un maestro de pupilos, autorizado por la Universidad, ofrecía residencia en su casa a un número reducido de estudiantes a los que, además de alojamiento y pensión, ayudaba en sus estudios.1 El folio D, F. 020r contiene dos anotaciones referentes a esa actividad, en las que se describe los alimentos necesarios para mantener a los estudiantes y el coste del pupilaje anual. En una de las notas podemos leer el nombre de uno de los pupilos, Fabricio y los gastos en los que incurrió Alfonso de Zamora por enfermedad del estudiante, detallando las medicinas (jarabe de granada, infusiones de la planta de Lengua de Buey, agua de la Moraleja) y el importe de algunas aves de corral, de las que se detalla la procedencia (“de Muñoz, del sedero, de Al-Monçir…). En una segunda nota, que va señalada con una manecilla en el margen izquierdo, se nombra a un nuevo pupilo, Gregorio, y se indica el pago anual de 19 ducados anuales como pensión, una cantidad que no era alta para la época, pues los pupilajes podían alcanzar más de 115 ducados, aunque incluyendo también al criado del pupilo. No estaban los estudios univertarios tampoco entonces al alcance de todo el mundo. 

Otra dedicación a la que Alfonso de Zamora consagró mucho tiempo fue la copia de manuscritos hebreos y arameos tanto para uso propio y de sus estudiantes, habida cuenta de la carestía de mateial para el estudio de las lenguas que le habían sido encomendadas, como para la venta previo encargo de algunas de estas copias. Se ha llegado a especular con la idea de que Alfosno estuviera al frente de un taller de copia de manuscritos. Al efecto resultan muy esclarecedoras las palabras de Jesús del Prado Plumed:

No parece efectivamente que el libro de texto fuera un objeto suficiente o abundante en, por ejemplo, las dos primeras décadas de existencia de la universidad de Alcalá, a pesar de que las constituciones del estudio complutense fijaron la posibilidad de que la institución sufragara los gastos de impresión de los manuales de algunos de los maestros de la institución que se hubieran destacado especialmente por su pericia o su valor pedagógico. Ignoramos por el momento si este fue el caso de la edición notablemente retrabajada y aumentada que de sus Introductiones artis grammatice hebraice hizo Alfonso de Zamora en 1526. La dedicatoria del libro al arzobispo de Toledo, a la sazón Alfonso de Fonseca y Ulloa, bien podría ser indicio cabal de tal motivo. El mismo arzobispo es el comitente de los manuscritos que de consuno elaboraron Alfonso de Zamora y Pedro Ciruelo, lo que volvería a indicar la armónica convivencia de distintos modos de producción libraria en la época que nos ocupa. Es célebre la queja del primer catedrático de Griego en Alcalá, el cretense Dimitrios Dukas (Δημήτριος Δούκας) respecto de la ausencia de libros griegos en la biblioteca y estudio complutenses. Poco o nada se ha recordado, sin embargo, que la queja por la carencia de libros de texto disponibles para el griego persistió a lo largo del XVI alcalaíno. En la visita de cátedra que se efectuó el primero de diciembre de 1525 de la regencia que entonces ocupaba Francisco de Vergara, colega de Dukas en la edición griega de la Políglota de Alcalá y, por tanto, también de Núñez Coronel y de Zamora en la misma obra, los doce estudiantes matriculados se quejaban de que había “neçesidad e falta de artes e que el regente sy el Colegio le ayuda [al regente] las hara enprimir e sera mucho provecho”.

 

 Javier del Prado ("Al lasso, fuerça. La convivencia de impresos y manuscritos en la carrera del hebraísta converso Alfonso de Zamora († ca. 1545)") 

 

 Alfonso se ocupaba entonces de la copia de manuscrito para disponer de materiales con los que enseñar a sus estudiantes, pero también hay que decirlo, para redondear de nuevo sus ingresos como profesor de lengua hebrea. Consideremos, sin embargo, lo aparentemente extraño de consagrar parte de su tiempo y de su esfuerzo a la copia de manuscritos. La imprenta llevaba ya transformado la transmisión de cultura desde 1440; su invención había supuesto un momento de transición capital de la transmisión cultural; sabemos que Alcalá tenía una gran actividad impresora, y sin embargo, Alfonso de Zamora continúo realizando la callada labor del Sofer, del escriba hebreo. No es probable que sus motivaciones fueran sólo económicas; para él, el manuscrito gozaba todavía de una autenticidad que ninguna copia impresa podía alcanzar. Tal vez por eso, también soía "adaptar" los ejemplares impresos de su gramática, apostoillándolos con numerosas notas manuscritas. No hay mucha diferencia con lo que hacemos ahora cuando preparamos materiales para nuestros estudiantes.

También ahora los profesores y estudiantes nos encontramos en un momento de transición; la irrupción de lo digital, que incluso ha creado una disciplina (Humanidades Digitales), nos empuja a abandonar o sustituir el libro impreso por archivos electrónicos y lectores digitales. Nos hacen la tarea fácil, pero sentimos, como lo sintió antes Alfonso de Zamora, que deshumanizan un poco nuestras disciplinas. Nos resistimos a abandonar del todo la experiencia física del líbro, su solidez y, porqué no, su consuelo. Nos encontramos ante una encrucijada de lo digital y de lo analógico, entre la tinta y el byte. Como malabaristas debemos mantener en el aire ambas realidades, sin permitir que ninguna de las dos caiga, como hizo antes que nosotros Alfonso de Zamora copiando cuidadosamente manuscritos hebreos. Fue el suyo un empeño condenado al fracaso, como lo será también el nuestro; no podemos, sin embargo, rehuirlo, como tampoco pudo él.

1. Si alguno tuviera tiempo para curiosidades de la vida estudiantil del periodo, no estaría de más pasar algún tiempo con el libro de Margarita Torremocha, La vida estudiantil en el Antiguo Régimen (Madrid: Alianza, 1998). Y sí, sí esta en la Biblioteca de la UCM, catalogado con la signatura D378.18(463.1)TOR.

2. El link al manuscrito Leiden nos lleva a una página web en la que está digitalizado todo el texto. Es necesario pulsar a la izquierda la hoja que deseamos estudiar. El profesor Carlos Alonso Fontela del Dpto de Hebreo y Arameo lo ha estudiado asiduamente y ha publicado varios artículos en Sefarad al respecto. Muchos de los datos que hemos expuesto aquí, nos los ha proporcionado con la generosidad que caracteriza al verdadero erudito.



   Carta de J.L. Gonzalo Sánchez-Molero, comisario de la exposición quinto centenario

 17/03/2014, 10:32 h
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   Como coordinador del V Centenario de la Biblia Políglota Complutense, y como comisario de la exposición que dentro de unos meses se inaugurará en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla sobre esta obra,  deseo aprovechar la excelente iniciativa que este blog nos ofrece a todos los que admiramos el ejemplo que supuso impulsar desde aquella Castilla “periférica”, y desde una villa que no tenía casi tradición editorial alguna, una de las más brillantes empresas culturales de su época. La publicación de la Biblia Políglota constituye uno de los ejemplos más extraordinarios de cómo las “nuevas tecnologías” (las de entonces, pero también las de ahora) podían modificar la imagen de un país retrasado y tradicionalmente alejado de las grandes iniciativas culturales de Europa, en una potencia (no ya militar), sino cultural e intelectual. El gran Erasmo de Rotterdam, que en 1516 rechazara venir a España, invitado por el propio cardenal Cisneros para participar en la edición de su Políglota, pocos años más tarde se lamentaría de su “Non placet Hispania” y calificaría a la “Academia Complutensis” como un modelo de saber y de dominio de todos los conocimientos. Para una universidad que había iniciado su andadura docente poco más de una década antes, eran unos elogios sorprendentes.

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   Sobre el espíritu de los tiempos o de la pertinencia de la Políglota

 03/03/2014, 08:58 h
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Aunque no lo parezca, vivimos emplazados en el espíritu de la Biblia Políglota Complutense, no en los volúmenes en sí, no en el mismo papel que el texto bíblico jugaba en la compleja Castilla del siglo XVI y sus ecos europeos, pero sí en procesos que, al cabo de cinco siglos, están siendo protagonistas de cambios de calado en nuestra sociedad contemporánea.

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   De Poliglota Complutense y otras extrañezas

 25/02/2014, 19:41 h
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Que en los tiempos que corren se inicie un blog con el nombre de Biblia, no deja de ser algo notable. Que se le añada también el adjetivo de políglota resulta casi temerario por lo exótico. Pero la ocasión bien lo merece: celebramos el quinto centenario de la Publicación de la Biblia Políglota Complutense, una obra que cambió la forma de considera la Biblia y que está ligada a la Universidad Complutense desde el albor de su andadura como universidad moderna. 

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