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MUSEO VIRTUAL
Chantal Maillard (1996) | Jaisalmer

Este texto formó parte del 'Museo Virtual' de Theoria. Proyecto Crítico de Ciencias Sociales y Jurídicas  Grupo de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid, consolidado en el año 2004, del que el Prof. Román Reyes fue fundador y director

 
 
Es difícil llegar a uno mismo. al vez porque también es difícil hallarse en situaciones desacostumbradas en las que sentirse absolutamente desamparado. Este es el problema: todo se nos ha hecho demasiado habitual, todo está siempre dispuesto. Y es que sólo las situaciones, digamos, "aporéticas", aquellas en las que nos encontramos totalmente desprovistos de recursos, son las que , cerrándonos el mundo exterior, nos obligan a franquear los límites del nuestro, interior.

Nadie penetra en la profunda oscuridad de sí mismo si no es forzado por las ciercunstancias. El abismo atrae -es un tópic- pero para que la atracción sea algo más que un dirigirse incipiente, una inestable inclinación del ánimo, para que logre su fin y se convierta en caída, es preciso elaborar un paisaje que elimine la tentación del mundo: de lo acostumbrado, la llanura y sus colores; es menester que las formas hayan dejado de ser amables.

No mires atrás, le fue dicho a Eurídice, sigue la música, sigue al poeta que construye en lo etéreo y te rescata de las formas perennes. Pero ella miró, tan fuerte es, también, la atracción de lo conocido, y detuvo su marcha; volvió al reino de lo que permanece siempre detenido en su ser.

El ejemplo no es adecuado si lo tomamos en su sentido original: Orfeo baja a los infiernos para rescatar a Eurídice y llevarla a la luz. El abismo son las profundidades infernales, los ínferos, los mundos inferiores, el abismo es el caos, aquella boca siempre abierta de donde los seres emergen tan sólo si la luz roza la materia primordial. Ser es salir a la luz, nacer es arrancarse a la oscuridad. Para el girego los seres -y el Ser- emergen a la existencia al conformarse en la luz. Ser es existir. De lo que hablo, en cambio, es de un regreso a la oscuridad. De lo que hablo es de desnacer. El mundo de la existencia se asemeja a una gran llanura en la que la luz juega. Su juego: los colores; las mil maneras en que la luz se esboza a sí misma, sus ritmos: su ritual y su ofrenda, las infinitas combinaciones con las que se ofrenda a si misma. La luz se esmera en la llanura, y llamamos amor a ese modo que a veces tiene de permanecer admirándose a sí misma, detenida en alguna tonalidad, en alguna frecuencia inusitada. Amar es deternerse por un instante con gran intensidad en algún punto. Desear es querer que en ese punto crezca una montaña, un árbol o un ser de carne o cualquier cosa que pueda nombrarse, y que se encadene a ello la voluntad, porque al nombrar algo uno siempre se está nombrando a sí mismo. El afán de posesión o de dominio no es sino el deseo de nombrarse a sí mismo perpetuamente.

Arrancarse a la luz, huir de la llanura y de las formas amables, es desnacer. Invertir el impulso de existencia, cerrar los ojos del cuerpo, desatender las múltiples llamadas que enamoran. Para ello pueden elegirse dos caminos. El primero, reducir todas las llamadas a una sola: el grito de un grajo, el hocico húmedo de un ternero, la línea oblicua que la sombra del sol traza bajo el gnomón de un astrolabio, el pliegue sedoso de un sari, el pecho de una mujer de trenza oscura, el barro cálido en el umbral de una choza o la curva de la cúpula de un palacio otomano. Una sola de esas formas puede invadirnos de tal modo que cuando nos deshabite perdamos con ella nuestro nombre y todas las maneras posibles de nombrarnos. Es el camino del eros: perderse por amor y hallar el vacío. Este camino implica a menudo el enfrentamiento con la desesperación que surge cuando se descompone la forma que nos ha ocupado. Lo difícil aquí es no ser presa del error demasiado frecuente de convertir el amor en deseo porque en tal caso, al ser deshabitados, con el propio nombre perderíamos también el derecho al vacío y la posibilidad de franquear la frontera del mundo no visible.

El otro camino es el de thanatos. En algunos casos se parece al odio porque reviste el carácter de la negatividad, pero se distingue de ello fácilmente: el odio es como la perla que la ostra construye con su saliva alrededor del grano de arena. Quien odia se defiende de una ofensa o de una molestia com el molusco de la piedra, convirtiéndo en orgullo -en acto egóico-la sensación primera. El odio es una fuerza que nace de un dolor o de una frustración, efecto del deseo, por tanto; proviene del hecho de que algo no se ha dejado poseer, y que para poderlo nombrar ha sido necesario rechazar. Las formas deseables se nombran de dos maneras: amándolas u odiándolas. El camino del thanatos no es el del odio, aunque tenga en común con ello algo así como la actitud de un aparente rechazo. Este es el camino que he seguido para llegar a Jaisalmer.

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Jaisalmer es la última ciudad al oeste de la India, en el Radjastán. Situada en el desierto del Thar, a pocos kilómetros de la frontera con Pakistán, tiene el aspecto de una fortificación abandonada desde la época de los mercaderes mongoles. Sus descendientes se han convertido en marchantes de tapices y proveedores de safaris n camello para turistas con afán de aventura a bajo precio y bajo riesgo. EL turista es olfateado por los nativos como la carroña por los cuervos: son el alimento más preciado, sobre todo en ciertas épocas, en las que habrán de aprovisionarse para paliar el rigor de la sequía. La salazón del turista es, pues, el arte que dominan mejor, por cuestión de supervivencia.

Jaisalmer es, así, como cualquier ciudad india, una contradicción: a la vez un amplio mercado, una atracción para la vista, y un fuerte labrado en pleno desierto. El reto consiste en establecer la dialéctica. La síntesis ha de ser uno mismo. La lucha, la que habrá de establecerse entre los propios opuestos: el propio desierto y el propio mundo, la nada y la llanura de colores, la noche oscura y el juego de luz. Desafiar los colores y brocados, hasta lograr caminar entre ellos con libertad conqhistada, viendo reflejarse en los espejuelos tanto el cielo monocromo como las fétidas alcantarillas que, abiertas, recorren las ciudad calle abajo.

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El camino del thanatos es el más directo. El vacío se extiende sin mediación. Cualquier sentimiento es un peligro. Y aquí, no sé qué hacer aún con el sentimiento de compasión, el único que permanentemente me recorre.

He distinguido entre la atracción de las formas -la intranquilidad de los deseos pasajeros, su carga obsesiva cuando no son satisfechos, la hartura del corazón cuando, en cambio, se satisfacen sin medida- y los sentimientos que suscitan las personas en su trato -deseo también, miedo, repliegue o despliegue, formas todas , ambivalentes de atracción y rechazo, la gravedad de los seres, la misma ley que rige los átomos y los planetas-. He comprendido que para el ser humano el logos responde al fuego que le consume: nombrar es arder en el deseo infinito de ser propiamente.

Pero la compasión aún me impide la objetividad. La transparencia del cristal no admite que se conviva en el padecer ajeno.

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Jaisalmer puede ser cualquier lugar; cualquier lugar puede ser Jaisalmer. Un lugar donde el vuelo extremadamente sedoso de las bandadas de palomas nos alcance sin apenas rozarnos.

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He llegado al final del camino. El final del camino es un desierto con un centro. Un centro que no es un eje, ni un corazón, ni nada que pueda considerarse importante. Un centro que simplemente es un punto geográfico desde el cual, a cualquier parte que la vista se dirija, divisa partes de lo mismo, en este caso, del desierto. Ese centro ni siquiera es amable, tampoco lo contrario; no es un centro que atraiga ni que repela. Lleva un nombre: Jaisalmer, y nada tiene este nombre que ver conmigo.