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Tres hitos para cambiar de rumbo o simplemente ¡viva Zapata!

17 JUL 2019 - 17:43 CET

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge

La sintonía entre José Manuel Zapata y Máximo Pradera envuelve la conferencia extraordinaria desde su prolegómeno: “Acérquense a las primeras filas. No tengan ese miedo ancestral de los españoles que viene del circo. Aquí no hay payasos con nariz roja”. Sin embargo, sí respiran en la sala vivencias y testimonios dignos de ser contadas en clave de humor y en risa de música. Esa “energía especial” a la que se refirió Manuel Álvarez Junco, director de los Cursos de Verano de la Complutense, no sólo se queda en unos discursos entrelazados y entrecortados, sino que también se materializa en cantos, gestos, un video de las cuerdas vocales –mostrado por Pradera en una tableta que recibirá considerables cantidades de agua de la botella de la mesa ante tanto mandoble- y alusiones a diferentes personajes animados. Aunque parezca un tránsito sin orden ni concierto, ambos vertebran minuciosamente un acto al que Pradera titula como ¡Viva Zapata!, haciendo alusión a la película homónima de Elia Kazan interpretada por Marlon Brando.

Reconociendo su admiración por el “coraje humano y artístico” de su interlocutor, Pradera, periodista, marca los tres hitos – o “jitos”, como él los redefine- de la vida de Zapata, tenor. El primero cuando un profesor de canto lo “jibariza”, pero se levanta y acude a la también maestra Ana Luisa Chova, que lo reconduce. El segundo es una decisión: abandonar el “competitivo” mundo del circuito operístico porque no le permite conciliar la vida laboral con la familiar y se dedica a montar sus propios espectáculos combinando la música con el humor. El tercer momento responde a una condición física porque ahora el tenor pesa 65 kilos menos que cuando estaba en la cresta de la ola. “No hace falta estar gordo para cantar mejor porque esa grasa te oprime las vísceras. Ahora mismo, se ha convertido en la sílfide que veis ahora”, comenta Máximo Pradera.

Antes de girar sobre estos tres ejes, periodista y tenor se recrean en el trabajo en la hostelería que también ejerció Zapata. El periodista de la cadena SER le echa en cara que a veces los camareros no ven a la gente, impaciente por consumir, y el tenor devela uno de los grandes secretos de las terrazas del verano: “Los camareros tenemos ángulos muertos; queda por descubrir retrovisores para descubrir clientes”. Esto es un verdadero artificio del humor para captar la atención del público y así entrar de lleno en los tres hitos o “jitos” de la vida del cantante, aunque sin líneas rectas.

El gordo del pañuelo

Como él mismo narra, Zapata no tenía tradición familiar de música clásica. Todo surge cuando en 1991 estudiaba su segundo COU (Curso de Orientación Universitaria) en Granada y una amiga le invita a acudir a un coro. “Yo fui un chaval muy gordo y gracioso que se reía de mí antes de que los demás lo hicieran”, confiesa. En ese primer acercamiento descubre el Aleluya de Haendel, “con sus notas acariciándose juntas y me enamoré”. Ahí sabe que su vida se empareja con la música.  En sus manos, al mismo tiempo, cayó el casete de Los Tres Tenores y su mítico concierto de las termas de Caracalla. Lo tuvo claro: “Yo quería ser tenor, quería ser el gordo del pañuelo cantando Nessun dorma”.

Por el momento, todo encarrilado, pero terminó en la Escuela Superior de Canto de Madrid y aparece la figura de ese profesor ya mencionado. Cogía un tren desde Granada a las once la noche y la primera clase en la capital la tenía a las nueve y media “y ese señor me hacía cantar notas estratosféricas a esa hora”. La voz se le quedó hecho un trapo. Llega el momento de ampliar su tema personal con unos consejos sobre su instrumento de trabajo. Como los atletas, los cantantes necesitan calentar la voz siempre. Pradera explica que hacer el sonido de sirenas sirve para este menester. Además, si la gente sigue este consejo, dice Zapata, “nunca os quedaréis afónicos en un pub, como sí le pasará a vuestros amigos; a la media hora, como sois los únicos con voz, ligaréis más”.

Sin salirse de este asunto, o al menos desviándose cerca, el tenor confiesa su malestar por no haber calentado cuando alguien en un bar le sugiere que cante “ya que es cantante”. Tiene respuesta: “Y tú… tú eres dentista, hazme ahora un empaste”.  Las cuerdas vocales entran en escena. Pradera es explícito: “Estas dos mierdecillas tienen forma de riñón y soportan el principal error del cantante de karaoke o de ducha: meter un chorro de aire a eso y la garganta se constriñe; es como echar un chorro de agua a unos jazmines”. El truco, según el periodista y escritor, es “manejar con el dedo el caudal de esa manguera, no echarle más agua". Le toca el turno a Zapata, que desmonta un mito: “Los cantantes no respiramos con el estómago, seríamos ornitorrincos, respiramos con los pulmones”. Aunque pone el ejemplo de los personajes de dibujos animados Bob Esponja y Patricio como buen y mal uso, respectivamente, de la voz y de nuestros resonadores, Zapata alerta de los “graves” problemas de salud que puede generar una mala práctica de las cuerdas vocales y que provocan nódulos, pólipos e incluso cáncer. En todo caso, su compañero de mesa cree que el manejo del aire tiene que ser lo primero que debe aprender un cantante. Eso, ir al foniatra y fomentar una cultura de la voz en España, evitaría, según ambos, todos los gallos “desde el de Eurovisión  hasta los del rey Felipe VI”.

Todo tiene arreglo

Ana Luisa Chova. Pradera y Zapata regresan a esa profesora en esta conversación de tira y afloja, como las cuerdas vocales. Ella lo conoce en una clase maestra, a la que va recomendado por un amigo, pero, en el momento de la verdad, el alumno le dice a la maestra que su voz no tiene arreglo. Tras preguntarle la edad, ella le contesta: “A los 23 años, todo tiene arreglo”. Según Zapata, “Ana escuchó mis miedos y mis frustraciones y me dio tranquilidad y esperanza,  esto es muy importante para ser feliz”.

En su destreza de periodista, Pradera provoca a Zapata para que entren de lleno en el mundo de la ópera, “muy complicado porque tienes que dar más de lo mejor de ti”. La opinión del segundo es nítida. El escritor continúa lanzando el anzuelo: “La ópera es un género que ya está muerto, que se ha quedado antiguo. Está intentando revitalizarse por una vía errónea y desesperada”. En esta ruta “errónea” ambos citaron unos Don Carlo, Rigoletto y La Boheme ambientados en el espacio exterior. En este contexto, Zapata coge carrerilla y, con mucha gracia, relata su experiencia de 2005 con El barbero de Sevilla cuando se plantó en Basilea sin saber alemán. Después de escuchar sin entender nada al director durante una hora y media, le pasaron un figurín de vestuario de abejorro, pero lo peor estaba por llegar cuando le dijeron que incorporara al espectáculo el tema principal de La abeja maya, que había cantado y tocado a la guitarra durante un descanso.“Yo disfrazado de abejorro cantando En un  país multicolor y Fígaro, rumano, vestido de moscón, los dos para forrarnos pidiendo en un semáforo… y ese fragmento  se convirtió en el éxito de una función cuyo uno de sus actos terminaba con un bote de Baigón que bajaba y gaseaba a todos los insectos”. Zapata da la razón a su compañero de debate: “A mí me han pasado esas cosas. Queremos acercar a la gente joven de la ópera pero también  hay que alejarlos de la droga”. En relación a esto, también contó cuando le llamaron para hacer una sustitución de un compañero en Palermo y el director allí le preguntó si le gustaban los animales mientras le hacía gestos de abeja. “En este espectáculo me vistieron de rata, también había cuervos. ¿Voy a tener que ser siempre un bicho para cantar?”, maldice.

Dejan atrás la fauna varia de la escena contemporánea e intentan ponerse circunspectos. El periodista pregunta al tenor por “el infierno competitivo” del mundo de la ópera y su salida del mismo. Zapata confiesa que los nervios le hacían constiparse todo el rato. El punto de no retorno fue cuando no le salieron bien las dos notas de su entrada en una pieza en el Metropolitan Opera House y empezó a pensar que lo había escuchado todo el mundo gracias a la retransmisión que la radio hacía en directo y que el teatro estaba por lo tanto lleno de micrófonos. Oscuro. A esto se le añade que, después de una ausencia prolongada por trabajo, cuando va besar a su hija de un año, ésta le vuelve la cara. “Mi hija llamaba papá a su suegro”, suspira.

Esa autoexigencia de la ópera obligaba a Zapata a “hacer el cuarto tirabuzón invertido” en todas las funciones. “Con lo que me pasó en el Metropolitan, me di cuenta de que quería hacer humor y música. Estar allí era la luna para cualquier cantante, pero primé ser feliz”. En ese momento, grabó un disco de tangos, que criticaron los “talibanes” de la ópera. “El talibanismo no existe solo en la música clásica, solo hay que ver los problemas que tuvo Paco de Lucía cuando innovó en el flamenco”, matiza Pradera.

Una empresa es un coro

Entre sus quehaceres actuales, Zapata se empeña también en llevar las bondades de la música al mundo de la empresa. La empatía y el conocimiento del otro surgen, según él, entre trabajadores que antes no se miraban y ahora se ponen a cantar juntos. En esas dinámicas, “los animo a cantar como si fueran un coro, que resume el paradigma del trabajo de equipo al empastar todas las voces, al adaptar tu propia voz a las que tienes alrededor”.

Por cierto, Zapata responde también al tercer hito, al de la obesidad. Hizo dieta y le practicaron un baipás gástrico y adelgazó mucho. “Esa es la mejor decisión que he tomado nunca porque era un gordo sano en la curva de la decadencia absoluta”, asegura.

A Pradera y Zapata les queda cuerda para rato y contestarían a más preguntas del público pero es buen tema para cerrar el artículo el silencio, que es lo que queda al final, pero los diferentes tipos del silencio que uno oye cuando está en escena: los silencios atentos, los silencios indiferentes y los silencios indiferentes, “los peores”. Optamos por los dos primeros para esta conferencia extraordinaria, eso sí, aderezados con risas.

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