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Tengan precaución con los objetos literarios que acechan a la salida del aula

Exposición sobre el boom latinoamericano en el claustro del María Cristina

9 JUL 2018 - 19:39 CET

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge

La mejor forma de saltar el charco y empaparse de la indeleble literatura hispanoamericana es pasear por el claustro del Real Colegio Universitario María Cristina; sin prisa y asomándose al precipicio de 50 cuadros con fotos y recortes de prensa y 25 expositores de cristal, que atesoran objetos y pertenencias de escritores que, en su gran mayoría, pasaron por las aulas complutenses un incierto verano.

Hasta el próximo 25 de julio, uno puede zambullirse en la exposición El boom. La literatura latinoamericana vuelve a cruzar el Atlántico de golpe o bien irla viendo a ratos, saboreándola cuando el programa de su curso se lo permita. Tercera opción: seguir la visita guiada en la que cada martes a las 11:30 de la mañana, los comisarios Raúl Manrique y Claudio Pérez Míguez, directores del Museo del Escritor, ponen voz a este batiburrillo de las letras, en un recorrido que comienza en la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, entregada por el Gobierno de Nicaragua a Julio Cortázar, que fue el primero en recibirla el 6 de febrero de 1983, y termina en la primera edición de Los ríos profundos, de José María Arguedas (1958, Editorial Losada, Buenos Aires), o viceversa. Realmente, nadie ha localizado nunca el punto de partida ni de llegada de un claustro.

Los 60. Explota el boom literario, uno de los movimientos artísticos y vitales más relevantes de la historia. Según el propio libro de instrucciones de la muestra, algunos críticos ubican el origen en 1963, con la publicación en España de la novela La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, y Rayuela, de Julio Cortázar, sin olvidar que antes Carlos Fuentes sacaba a la luz La región más transparente, y que más tarde aparecía Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, editado en 1967. Sus colegas Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti, Jorge Luis Borges, Álvaro Mutis, José Donoso, Augusto Monterroso, Ernesto Sábato, José Lezama Lima, Augusto Roa Bastos, Manuel Mujica Láinez, Alejo Carpentier, Adolfo Bioy Casares, Manuel Puig, Mario Benedetti y Ernesto Cardenal no se alejan de estas ondas expansivas de la literatura que convulsionaron a millones de lectores.

Disección fetichista

Con independencia de otros argumentos, el boom, de acuerdo con los comisarios, resulta “muy difícil acotarlo y establecer con claridad si un autor forma parte o no del mismo”, por eso esta exposición “no pretende definir un listado exhaustivo, ni delimitarlo”. El mejor consejo es dejarse llevar y curiosear por el océano de objetos, libros y fotografías. Fetichismo cultural. Intentemos diseccionarlo.

De primeras ediciones están surtidos los expositores transparentes. Algunas de las más representativas son Bestiario, Rayuela y la menos conocida Fantomas contra los vampiros multinacionales. Una utopía realizable narrada por Julio Cortázar (Julio Cortázar), Conversación en la catedral y Pantaleón y las visitadoras (Mario Vargas Llosa), Yo el Supremo (Augusto Roa Bastos), Obras completas (y otros cuentos) (Augusto Monterroso), Cien años de soledad y El otoño del patriarca (Gabriel García Márquez), Los elementos del desastre (Álvaro Mutis), La muerte de Artemio Cruz y Cambio de piel (Carlos Fuentes), El beso de la mujer araña (Manuel Puig), El obsceno pájaro de la noche (José Donoso), Tierra de nadie y La vida breve (Juan Carlos Onetti), Tres tristes tigres (Guillermo Cabrera Infante), El siglo de la luces (Alejo Carpentier), El señor presidente (Miguel Ángel Asturias), Paradiso (José Lezama), El túnel (Ernesto Sábato), Ficciones y El Aleph (Jorge Luis Borges), Montevideanos (Mario Benedetti), La trama celeste (Adolfo Bioy Casares) o Bomarzo (Manuel Mújica). Portadas míticas que quitan el aliento a los bibliófilos.

Dinosaurio y mariposa de funeral

Inhalamos aire de nuevo, porque ahora viene la retahíla de objetos curiosos de los escritores del boom. Lo ideal es descubrirlos todos e imaginar a los autores manoseándolos, vistiéndolos o jugando con ellos.

Las gafas de Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Augusto Monterroso y Mario Benedetti dialogan con la boina de Ernesto Cardenal o la pipa que perteneció a Julio Cortázar (con las muescas visibles de sus dientes) o el sombrero de Adolfo Bioy Casares. El dinosaurio de madera que recrea el microrrelato más famoso de la lengua española, de Monterroso, comparte exposición con el rascador de espalda y el cenicero de Juan Carlos Onetti -con la publicidad del coñac Larsen, el apellido de su novela Juntacadáveres- y con una de las mariposas que se lanzaron al aire durante el funeral de Gabriel García Márquez en México.

En este maremágnum de referencias personales, se abren paso también el Premio de la Asociación de Periodistas Europeos a Augusto Roa Bastos, la reserva del Hotel Continental de París a nombre de Bioy Casares –que corresponde a la llegada de la familia en 1971 a la capital francesa con motivo del nacimiento de su primer nieto- , la mosca alhajero que el escritor Sergio Pitol le regaló a Monterroso en las navidades de 1985, la oveja negra que un lector le regaló a éste y la tortuga disecada que se compró al terminar de escribir La fábula de la tortuga. Animalitos de Monterroso podría ser un apartado de esta muestra con vida propia.

Empleado entrecano

No paramos aquí, ni mucho menos. La máquina de escribir de Juan Carlos Onetti, el bolígrafo con el que Borges firmó ejemplares en la presentación de su libro Nueve ensayos dantescos y el portaminas que Carlos Fuentes utilizó para rubricar los colofones de la edición de El muñeco. El trigo errante. Dos historias recobradas son testigos también del buen hacer de los escritores.

Decenas de documentos llaman también la atención del visitante como el pasaporte de la República Oriental del Uruguay de Onetti –“color de ojos: castaño; profesión: empleado; cabello: entrecano”-, su carnet de la Cooperativa Municipal de Consumo de Montevideo, su poema “en broma” –manuscrito en una tapa de caja de madera: “Solo estoy en esta tierra/ por la culpa de una perra/ya no tengo ser y nada/sin una triste empanada”-, la carta de Ernesto Sábato al especialista en literatura hispanoamericana Jean Andreu en la que le contesta a una encuesta a autores -“Gracias, querido y generoso Claudio, por su carta, pero, lamentablemente, ya mi tiempo se me escurre vertiginosamente: cumplo 81 el 24 de este mes. Y mi mujer está muy enferma, desde hace dos años. Un abrazo fuerte”- o la carpeta de texto manuscrito de Cortázar calificada como Cartas de personas que trabajan sobre mis libros y que mantendrán contacto.

Retazos y zarpazos de toda una vida entre palabras, que se deslizan por las materias y las páginas de la memoria. Onetti acapara una parte importante de este legado. En su ejemplar de Relatos, de Cortázar, se puede leer: “Este libro es de Onetti, el que lo robe es puto”. Su dedicatoria en un volumen de El astillero apela al dueño del lugar donde compraba las bebidas: “El poseedor de este libro se compromete a efectuar un descuento del 0,005 % en toda compra que haga el autor. Yo, Juan Carlos”.  No para ahí la intromisión en su intimidad, porque en la exposición se muestra un manuscrito original del Decálogo para escritores, donde se puede leer: “No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo”. Como nota curiosa, podemos encontrar también un papel mecanografiado con membrete de los Cursos de Verano de El Escorial de Idea Vilariño a Onetti en el que habita un Poema con esperanza. Este folio ha vuelto a su casa con el paso de los años.

Abrazo y nostalgia

Asimismo, un contrato de 1983 firmado entre la Fundación Educativa Ana G. Méndez y Julio Cortázar persigue el objetivo de “realizar una lectura de sus textos así como celebrar una conferencia con la Facultad y el estudiantado del Puerto Rico Junior College”. Está previsto que Cortázar reciba la cantidad de 1500 dólares por tal mérito. Mientras Carlos Fuentes, en una primera edición de su Cumpleaños, escribe una dedicatoria extensa a Julio Cortázar en la página de cortesía -“A Julio, que me enseñó a ver a Moreau, a Magritte, a Jessua y ergo… un gran abrazo y la nostalgia de Carlos”-, el omnipresente Juan Carlos Onetti envía unas palabras a Mario Vargas Llosa solicitándole una colaboración para la revista literaria Marcha, Montevideo,  en mayo de 1972: “Juran pagar las colaboraciones en dólares. Por eso vengo a pedirte una limosna, por Dios. Cualquier cosa tuya será bienvenida”.

Además de estas apelaciones entre colegas, los discos de sus libros y relatos se hacen espacio en el claustro del María Cristina, como por ejemplos los elepés de Juan Gelman o el recopilatorio Veinte años de revolución,  sin menospreciar la cinta magnetofónica con música de jazz que perteneció a Julio Cortázar.

Las fotografías de El boom. La literatura latinoamericana vuelve a cruzar el Atlántico abren el espacio que acotan las palabras escritas. En una de ellas, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Barral, Julio Cortázar y Josep Maria Castellet ríen en casa de este último en 1969; en otra, Julio Cortázar y Mercedes Milá intercambian impresiones en Televisión Española. Corre el año 1983.  De nuevo, Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, Carmen Balcells, José Donoso y Ricardo Muñoz Suay nos recuerdan los viejos tiempos de 1974. De hecho, Vargas Llosa se detuvo ante esta instantánea antes de inaugurar los Cursos de este año y esbozó una sonrisa disfrazada de nostalgia. Todavía hay fotos más divertidas como la de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes en Guadalajara, México, en noviembre de 2008, durante la conferencia por el 80º cumpleaños del segundo. Fuentes se tapa los oídos y Gabriel García Márquez saluda con las dos manos. Dan ganas de saber más del contexto… Atención a la foto de Borges con máscara de lobo (1983) porque genera debate. En la primera semana, dos alumnas discutían si era realmente Borges el que se escondía detrás de ese hocico… En definitiva, Borges es un lobo para Borges.

Manipulador de mitos

Otra pista del boom literario son los artículos de los protagonistas publicados en la prensa, casi todos en el suplemento Cultura y Nación, del diario argentino Clarín. Ráfaga de recortes:

Mario Vargas Llosa, 1981, en una entrevista de María Esther Gilio, deja la siguiente perla: “Los escritores hemos, finalmente, salido de las catacumbas. Hemos accedido al éxito que es halagador y además nos permite dedicarnos por entero a la literatura. Pero tiene sus peligros”.

Ricardo Parrota, 1984, escribe lo siguiente: “Augusto Roa Bastos cree que el novelista es un manipulador de mitos. Sospecha que el lenguaje es una mediación tramposa. Asegura que lo importante es el libro que escriben los pueblos y se define como un narrador de historias más o menos apócrifas”. Pura declaración de intenciones.

Gabriel García Márquez, 1981, en su artículo Algo más sobre literatura y realidad, expresa: “En síntesis, los escritores de América Latina y el Caribe tenemos que reconocer, con la mano en el corazón, que la realidad es mejor escritora que nosotros. Nuestro destino, y tal vez nuestra gloria, es tratar de imitarla con humildad y lo mejor que nos sea posible”

Carlos Fuentes, 1980, en una columna de opinión titulada Una literatura urgente plasma:“Escribir en la América Latina es apostar a la libertad, decirse íntimamente en el acto de escribir que es urgente mantener viva la cultura del pasado porque sin ella no tendremos verdadero presente ni porvenir inteligible y hacerlo a sabiendas de que no obtendremos resultados concretos ni cambiaremos al mundo con diez libros o mil ni seremos recompensados de manera alguna”.

Por último, Juan Carlos Onetti, en 1980, en sus Reflexiones para un editor, dice: “Es imposible olvidar aquí los infinitos rechazos que obtuvo por Ulyses Joyce en incontables editoriales y, especialmente, por parte de microcéfalos funcionarios de aduanas que obedecían órdenes superiores (los censores de correos, doctos en materia literaria)”. Buena reflexión, pero no sabremos cómo se tomaría el escritor uruguayo que varios de los alumnos de los Cursos se sienten, en un alto de la visita, en su sillón, uno de los objetos más emblemáticos de la exposición. Seguro que cambiaría su sarcasmo por su amabilidad. Al fin y al cabo, estos escritores coqueteaban con la realidad más ficticia.

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