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Sin miedo ante el sacerdocio de la cámara

Christine Spengler y Sandra Balsells elogian a la mujer fotoperiodista en zonas de guerra

13 JUL 2015 - 19:35 CET

Fue a los 23 años, cuando todavía se mostraba convencida de que su misión en la vida era ser escritora. Estaba en África, de viaje con su hermano, buscando qué había de realidad en un libro que hablaba del Chad y su magia oculta. Fue ahí, tras agarrar la cámara y casi sin darse cuenta,  cuando descubrió la que iba a ser la gran vocación de su vida. Así narra Christine Spengler, una de las fotoperiodistas más reconocidas de su generación, cómo comenzó a inmortalizar las escenas más convulsas del siglo XX. Esas que, por lo general, poca gente se atreve a mirar de cerca: “Me di cuenta de que con una cámara en las manos no sentía ni frío ni calor ni miedo”.

El papel de la mujer en los conflictos armados, como afirma Spengler, resulta puntual y poco visible. Una especie de rara avis dentro del gremio. “Mujeres corresponsales de guerra hemos sido menos de diez, muchas de las cuales murieron haciendo su trabajo”, explicó la fotógrafa, repasando sus experiencias en Vietnam, Camboya o Afganistán, entre otros muchos destinos. “En El Salvador he visto las escenas más terroríficas de mi vida; todavía recuerdo los machetes ensangrentados que no me dejaron dormir durante meses”, relató Spengler tras su paso por el curso África y la mirada fotográfica femenina en zonas de conflicto.

Esta peligrosidad, fruto de la esencia cambiante de los conflictos, requiere “estar dispuesto a sacrificar muchas cosas”, como afirmó Sandra Balsells, periodista, fotógrafa y profesora de la Universidad Ramón Lull. Su carrera, al igual que la de los demás reporteros freelance, también se ha visto marcada por los altibajos y las dificultades. “Ser fotoperiodista de guerra es totalmente vocacional, algo parecido al sacerdocio, con una vida enfocada a sacar adelante lo que realmente te interesa”, explicó la fotógrafa catalana.

Entre las ventajas que ambas reconocen encontrar en su condición de mujer, Spengler comentó, en una de sus muchas anécdotas, cómo escondía su cámara debajo del burka para colarse entre los talibanes. “Nunca me suele ver la gente, trato de ser muy discreta”, comentó mientras mostraba una de sus instantáneas de los jemeres rojos. Balsells, por su parte, basó gran parte de su trabajo en las guerras de los Balcanes, una tarea que le tuvo ocupada durante más de diez años y que supuso “la época más trascendente de mi vida”. Sin embargo, el papel de periodista freelance es poco agradecido. “He trabajado para quien le interesa mi trabajo”, explicó al hacer una retrospectiva de sus obras: “Los reconocimientos están muy bien, pero en muchas ocasiones te encuentras reportajes estupendos que por poco acaban olvidados en una carpeta del ordenador”. Esto fue lo que ocurrió con su último trabajo sobre la descomposición de Yugoslavia, en el que visitaba a los protagonistas de sus fotografías 14 años después  de la guerra y que le supuso el premio Ortega y Gasset en el año 2006.

Las historias de Spengler, trufadas a través de sus siete décadas de vida, están llenas de entusiasmo. No descarta volver a zonas de combate, como parece que ya le han pedido: “Una televisión francesa me ha llamado para hacer un documental en Beirut y Trípoli, algo que me parece sensacional”. Como compañeros de viaje inseparables, aparte de su cámara, la fotoperiodista francesa tiene muy claro que volverá a encontrarse a unos viejos conocidos: “Los cuervos me perseguirán durante toda mi carrera, ellos siempre van donde están los muertos”.

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