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Richard Feynman: un sabio políticamente incorrecto

5 JUL 2018 - 21:38 CET

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge

La intuición, la curiosidad, la falta de respeto por lo establecido y la originalidad moduló el estilo del físico Richard Feynman, del que se cumple un siglo de su nacimiento y tres décadas de su muerte. Con las ondas de su voz lo transmitió Rodolfo Miranda, director del Instituto IMDEA Nanociencia y catedrático de Física de la Materia Condensada de la Universidad Autónoma de Madrid, en un homenaje que los Cursos tributaron al Premio Nobel de Física de 1965.

Su inigualable personalidad y su contribución decisiva a la ciencia por sus ideas sobre la electrodinámica cuántica y por “su afán por suministrar explicaciones alternativas a la mecánica cuántica - la teoría más psicodélica de la ciencia-“ fueron los ejes fundamentales sobre los que transitó el investigador de la Universidad Autónoma.

Además de sus explicaciones técnicas sobre los famosos diagramas de Feynman, gráficos que reflejan las trayectorias de las partículas en un proceso de colisión de las mismas, y que el propio físico estadounidense plasmó en su furgoneta, ahora recuperada, y según se dice en el sujetador de una chica de estriptis, a cuyos clubs era asiduo,  Miranda quiso reflejar episodios interesantes de la vida del sabio. Así lo atestiguan sus múltiples facetas vitales: científico, profesor, músico, pintor –“con la manía de pintar modelos desnudas”- percusionista de bongós –se dio un año sabático para aprender a tocarlos en Brasil-, bailarín, comunicador, descifrador de jeroglíficos mayas y, en definitiva un “extraordinario” cuentahistorias.

Cajas fuertes y afinación de pianos

En uno de sus episodios más comprometidos de su vida, Feynman demostró sus habilidades para abrir cajas fuertes de seguridad, con documentos comprometedores, en el campo militar de Los Álamos, donde se producía la bomba atómica. Cuando lo lograba dejaba dentro una nota haciendo saber que había estado allí. En un momento dado, su compañero de habitación fue descubierto por ser un espía soviético y él tuvo muchos problemas para demostrar que no tenía nada que ver con este asunto.

Episodios como cuando decidió casarse con su novia desde los 13 años, Arlene, a pesar de que ambos sabían que estaba mortalmente enferma, contrastan con la elaboración de una teoría para mejorar el afinamiento de los pianos y que envió a su propio afinador. Según Miranda, parecía que nada podía escapar a su inquietud.

Además, Miranda contó la famosa contribución de Feynman a la nanotecnología cuando en la reunión de la Sociedad Americana de Física de la división de la Costa Oeste, en 1959, pronunció una conferencia titulada Hay mucho sitio al fondo (There is plenty of room at the bottom) en el que lanzaba el siguiente reto: “¿Por qué no podemos escribir los 24 volúmenes de la Enciclopedia Británica en la cabeza de un alfiler?”

Miranda, que recomendó la lectura del libro El arco iris de Feynman: La búsqueda de la belleza en la física y en la vida, de Leonard Mlodinow, también contó como Feynman, ya con problemas de salud, resolvió la causa del desastre del transbordador espacial Challenger en 1986. Una junta tórica u O-Ring había tenido la culpa porque con una bajada brusca de la temperatura en Florida la noche anterior, algo infrecuente, su goma había perdido elasticidad y no había aislado bien ciertas cámaras. Para demostrar su hipótesis, en televisión se valió de un vaso de agua con hielo, en el que introdujo la junta; seguidamente, la presionó con unas pinzas para, al retirarlas, demostrar que la junta había perdido elasticidad.

En su intento para que la sociedad reconozca a Feynman como un físico a la altura de Newton, Einstein y Hawking, Rodolfo Miranda y Valentín García Baonza, coordinador de Ciencias de los Cursos de Verano lo calificaron de “ídolo” y “fenómeno”.

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