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Remedios Zafra: “Es muy importante educar a las personas para que se sientan libres de desconectarse”

11 JUL 2018 - 16:55 CET

Irene Monmeneu/ Fotos: Nacho Calonge

La escritora Remedios Zafra enarbola la bandera del entusiasmo pero lo hace con cuidado. Ella no cree en esa emoción fingida que, dice, es propia de la inercia neoliberal sino que reivindica un entusiasmo “íntimo” que nazca como la exaltación de una pasión libre. Frente a una cultura donde se promueve que el sujeto se construya como marca de sí mismo en pro de la hiperproducción, Zafra defiende la toma de conciencia, la imaginación creativa y las alianzas sociales y humanas como herramientas para construir un mundo en el que casen la ilusión por el triunfo y la comprensión de los fracasos.

Su conferencia extraordinaria Antes y después del entusiasmo, en los Cursos de Verano, tuvo mucho que ver con su trayectoria, porque para ella la charla fue un punto de inflexión profesional, quizás el fin de las disertaciones sobre su libro El entusiasmo(ENTREVISTA CORTESÍA DE UCM TV. Enlace)

Pregunta: El entusiasmo es un libro generacional sobre quienes nacieron a finales del siglo xx y crecieron “sin épica pero sí con expectativas”, hasta que llegó la crisis y creó un nuevo paradigma. ¿Por qué los nacidos a finales del siglo XX crecieron “sin épica”?

Remedios Zafra: El entusiasmo es un libro que pretende habitar la dificultad de la época, como prácticamente todos los libros que a mí me interesan. Quería mirar especialmente a las generaciones que nacieron en las últimas décadas del siglo XX en España, que por primera vez pudieron acceder a la educación pública. Me refiero a las generaciones que nacimos en los 70, 80 o 90, y al referirme a que son sin épica -al menos las de 70 y 80- quiero decir que no vivieron una guerra ni una posguerra, que no tenían ese relato que había caracterizado la cultura hasta los 70. Era un contexto que para ellos se ubicaba en el pasado y tenían una visión puesta en el futuro, en lo que podían ser.

La energía con la que se desarrolló la educación pública en España en esa época cargó de expectativas a muchas personas que viniendo de linajes humildes y sin formación -porque muchos de nuestros padres no saben leer- de pronto no solo pudimos accede a la educación sino soñar con dedicarnos a esos trabajos creativos que siempre nos dijeron que no eran trabajos de veras – “tu búscate un trabajo de veras y en tu tiempo libre dedícate a otra cosa”-. Para mí eso tuvo mucho de revolucionario, la primera generación de personas que de manera natural pueden dedicarse a la creación o soñarlo viniendo de contextos en los que era imposible formarse y mucho menos dedicarse a cosas que no tienen esa lectura productiva, que está muy arraigada todavía respecto a qué trabajos son pagados o meramente valorados como afición.

P: Usted orienta su trabajo ensayístico y de investigación al estudio crítico de la cultura contemporánea, la antropología, la creación y las políticas de la identidad en las redes. ¿Cómo definiría la cultura contemporánea y cómo cree que se construyen las identidades en esta “sociedad red”?

R.Z: A mi modo de ver hay dos grandes puntos de inflexión en la cultura contemporánea: el feminismo e internet. Internet ha transformado las formas de entender las relaciones y de mostrarnos a los demás. Ambas, pero especialmente la “cultura red”, está atravesada de las señas de época que son las distintas políticas neoliberales que han hecho que la economía hoy esté a cargo de la política, que la política esté eclipsada bajo la economía. En ese escenario sociopolítico creo que otra de las cuestiones que nos permitirá entrar en la complejidad de la época sería la precariedad pero no solo como limitaciones en lo laboral sino como característica de una cultura que ha convertido lo descartable en lo que más desapercibido nos pasa. Una cultura propia de usar y tirar donde prima la impresión frente a la concentración, donde se promueve que el sujeto se construya como marca de sí mismo.

A mí me interesaban las políticas de identidad desde los 90, desde el enfoque feminista, cuando nos enfrentábamos a internet como nuevo contexto mediado por una pantalla donde la pantalla nos permitía dejar atrás el cuerpo y en este aplazar el cuerpo imaginar otras formas de relacionarse con  los otros. En los 90 lo que más proliferaron tanto en los discursos más críticos como en los artísticos fueron multitud de propuestas para imaginar la deconstrucción de las identidades a través de la pantalla, no estar limitado por esa construcción sociocultural física y tanto por poder ponerte otra careta en el juego d las máscaras como desprendernos de nuestra máscara cotidiana. Yo creo que eso en los 90 fue característico pero fue un espejismo porque cuando en 2000 empezaron las industrias digitales, estas empezaron a territorializar internet y perdimos la oportunidad de convertir internet en un espacio público, y empezó a convertirse en un espacio privado: lo que es ahora, empresas con apariencia de espacio público donde nos relacionamos.

Las identidades han ido construyéndose a partir de esas fuerzas propias de las industrias digitales donde más que nunca prima la apariencia, el parecer frente al ser, identidades más estetizadas… Vemos cómo la evolución de las redes favorece que el sujeto se acredite con imágenes de realidad. En los 90 se describía al sujeto a través de textos pero hoy prima la imagen, la estetización de las personas. Esto tiene muchas lecturas y no todas negativas, pero a mí me interesan las que son especialmente críticas que tienden a repetir estereotipos y clichés para las personas en las redes.

P: ¿Cree que es más característica esa necesidad de personalización, de individualización, de reivindicación de uno mismo o la necesidad de “encajar” en lo que hay en la red?

R.Z: Creo que hay una inercia a que cada cual se construya como sí mismo, eso es marca del capitalismo: individualismo como motivación. No solo la interfaz está pensada para unos ojos que ven y manos que teclean –un individuo-,  además las empresas en las que habitamos, ese espacio público-privado que son las redes demandan posicionarnos de manera individualista. Se centran en nosotros, nos convierten en protagonistas, y esa tentación es muy difícil resistirla. Vemos cómo hoy sucumbimos a esa inercia de estar y centrarnos en nosotros, en ese ejercicio de vanidad. La necesidad de encajar es frente a lo que nos revelamos los que trabajamos críticamente en y sobre internet porque no se trata de encajar en lo que haya. Esa búsqueda de socialización, que es una búsqueda legitima que nos caracteriza a todos, termina por docilizarnos y elegir forma de domesticación frente a formas creativas. Creo que es muy importante educar a las personas para que se sientan libres de desconectarse y libres de no encajar en esos contextos en los que la diversidad es espejismo. La diversidad es epidérmica porque los clichés están muy marcados, sobre todo desde el punto de vista de género detrás del cual hay una lectura bien interesante.

Creo que ninguna de las dos formas seria idónea, centrarnos en el yo hace que nos orientemos a ese ejercicio vanidoso de dedicar todo nuestro tiempo a mantener redes bajo ese espejismo de popularidad y de triunfo que da algo tan aparentemente simple como el número de likes: quien tiene 2 mañana 4, quien 200 mañana tiene400… es una lógica tan perversa que siempre tiende a crecer.

Hay una crítica que tenemos que hacerle al capitalismo que es que frente a ese mensaje de “si tú quieres, puedes”, que es interesante y nos motiva a todos, pero es propio del contexto neoliberal; hay que contraponerle la expectativa respecto al fracaso, saber que no podemos estar al 100 % todo el tiempo dedicándonos a ese eje de estetización y que no estamos solos. Los ejercicios de alianza, de socialización, son más necesarios que nunca. Frente -o junto a- la responsabilidad individual hay que reivindicar la social, donde está lo colectivo, lo que nos une a los demás. A mí eso me parece fundamental porque hoy en día uno de los lastres de la precariedad contemporánea se asienta en el individualismo que convierte a las personas en rivales: aquellos que eran amigos cuando empiezan a trabajar se ven como rivales ante los mismos trabajos, en las listas de admitidos, becas… Esa perversión de pensar más en el individualismo beneficia mucho a un sistema como el nuestro.

P: El entusiasmo es un ensayo que se pregunta cómo la vocación y el entusiasmo son instrumentalizados en beneficio de la hiperproducción y la velocidad competitivas. ¿Cree que es posible de algún modo volver a un sistema en el que se trabaje de manera entusiasta, dejando al margen ese “convertir en máquinas” a los trabajadores?

R.Z: Es absolutamente viable y para ello necesitamos una toma de conciencia, salir de esa inercia de autoexplotación e hiperproducción en la que estamos; y vernos y ver a los que están alrededor, que están en situaciones parecidas. Yo hablo de dos tipos de entusiasmo: uno es inducido, es el impostado y fingido que contribuye a alimentar la maquinaria productiva y es instrumentalizado por el sistema para ese cometido, como carta de presentación para una multitud de trabajadores muy cualificados desempleados que quieren un trabajo creativo que  permita señalar a quién se puede elegir porque muchos están dispuestos a trabajar por poco, gratis o incluso pagando. Ese entusiasmo es un entusiasmo impostado.

Frente a él en el libro recupero y reivindico el entusiasmo íntimo que surge y que surgió en las personas que nos dedicamos a los trabajos intelectuales, creativos y culturales que surgió en algún momento, seguramente cuando éramos niños, y que supone una exaltación derivada de una pasión por algo que nos punza y que nos motiva. Esto yo creo que nos moviliza y da sentido a muchas cosas y es el entusiasmo que yo reivindico, el que genera cosas que valen la pena si nacen de la libertad; y lo que está en cuestión en el fingido es que acontece en un contexto donde nos sentimos faltos de libertad.

P: ¿Qué hay “después” del entusiasmo?

R.Z: El título de la conferencia, que es Antes y después del entusiasmo tiene que ver un poco conmigo, con mi propia trayectoria, porque para mí este es el antes y después del entusiasmo, porque posiblemente sea una de las últimas conferencias que dé después muchos meses hablando de él. Quiero empezar nuevos proyectos que continúen también las líneas abiertas aquí, pero para mí el “después del entusiasmo” tiene mucho que ver con cómo construir  la esperanza. Para mí es sinónimo de “después de la toma de conciencia”, qué pasa con esas personas que tenían ese entusiasmo, y qué sienten estar perdiéndolo y que de pronto se ven en ese contexto que mínimamente es gozado. 

 

Mi libro no es un libro de soluciones, y sería sospechoso si lo fuera, pero sí que apunta varios caminos, varias formas de resistencia a ese “después” del entusiasmo. Hablo de toma de conciencia como primer y fundamental elemento que nos permite ser libres. Hablo de la imaginación para quienes son entusiastas y quieren hacer cosas para mejorar el mundo en el que viven, sea investigando o creando, pero no pueden hacerlo repitiendo mundo, tienen que hacerlo transformándolo; y para eso la imaginación es importante, por eso fantasía e imaginación son bienvenidas en eso que está por hacer, ser capaces de especular con otras formas distintas. Y, por último, la que yo creo que es la más importante junto a la toma de conciencia, la alianza, ser capaces de crear nuevos vínculos entre las personas, nuevos vínculos éticos que nos evidencien que no estamos solos y que no somos únicos, que hay cosas que nos hacen “no únicos” como ese formar parte de la maquinaria del capitalismo cultural. Es una alianza que yo creo que tiene que ser capaz de ayudarnos a empatizar, a sentir, a ser capaces de decir: “me importas”, y sentir que “te importo”; ser capaces de crear colectividades, que no tienen por qué ser esas viejas colectividades dogmáticas que tanto daño nos han hecho, pero sí creo que estamos en un momento de reformulación de nuevas colectividades por venir y yo creo que esa línea hay que valorarla para ese “después del entusiasmo”.  

Remedios Zafra: “Es muy importante educar a las personas para que se sientan libres de desconectarse”

Irene Monmeneu/ Fotos: Nacho Calonge

La escritora Remedios Zafra enarbola la bandera del entusiasmo pero lo hace con cuidado. Ella no cree en esa emoción fingida que, dice, es propia de la inercia neoliberal sino que reivindica un entusiasmo “íntimo” que nazca como la exaltación de una pasión libre. Frente a una cultura donde se promueve que el sujeto se construya como marca de sí mismo en pro de la hiperproducción, Zafra defiende la toma de conciencia, la imaginación creativa y las alianzas sociales y humanas como herramientas para construir un mundo en el que casen la ilusión por el triunfo y la comprensión de los fracasos.

Su conferencia extraordinaria Antes y después del entusiasmo, en los Cursos de Verano, tuvo mucho que ver con su trayectoria, porque para ella la charla fue un punto de inflexión profesional, quizás el fin de las disertaciones sobre su libro El entusiasmo.

Pregunta: El entusiasmo es un libro generacional sobre quienes nacieron a finales del siglo xx y crecieron “sin épica pero sí con expectativas”, hasta que llegó la crisis y creó un nuevo paradigma. ¿Por qué los nacidos a finales del siglo XX crecieron “sin épica”?

Remedios Zafra: El entusiasmo es un libro que pretende habitar la dificultad de la época, como prácticamente todos los libros que a mí me interesan. Quería mirar especialmente a las generaciones que nacieron en las últimas décadas del siglo XX en España, que por primera vez pudieron acceder a la educación pública. Me refiero a las generaciones que nacimos en los 70, 80 o 90, y al referirme a que son sin épica -al menos las de 70 y 80- quiero decir que no vivieron una guerra ni una posguerra, que no tenían ese relato que había caracterizado la cultura hasta los 70. Era un contexto que para ellos se ubicaba en el pasado y tenían una visión puesta en el futuro, en lo que podían ser.

La energía con la que se desarrolló la educación pública en España en esa época cargó de expectativas a muchas personas que viniendo de linajes humildes y sin formación -porque muchos de nuestros padres no saben leer- de pronto no solo pudimos accede a la educación sino soñar con dedicarnos a esos trabajos creativos que siempre nos dijeron que no eran trabajos de veras – “tu búscate un trabajo de veras y en tu tiempo libre dedícate a otra cosa”-. Para mí eso tuvo mucho de revolucionario, la primera generación de personas que de manera natural pueden dedicarse a la creación o soñarlo viniendo de contextos en los que era imposible formarse y mucho menos dedicarse a cosas que no tienen esa lectura productiva, que está muy arraigada todavía respecto a qué trabajos son pagados o meramente valorados como afición.

P: Usted orienta su trabajo ensayístico y de investigación al estudio crítico de la cultura contemporánea, la antropología, la creación y las políticas de la identidad en las redes. ¿Cómo definiría la cultura contemporánea y cómo cree que se construyen las identidades en esta “sociedad red”?

R.Z: A mi modo de ver hay dos grandes puntos de inflexión en la cultura contemporánea: el feminismo e internet. Internet ha transformado las formas de entender las relaciones y de mostrarnos a los demás. Ambas, pero especialmente la “cultura red”, está atravesada de las señas de época que son las distintas políticas neoliberales que han hecho que la economía hoy esté a cargo de la política, que la política esté eclipsada bajo la economía. En ese escenario sociopolítico creo que otra de las cuestiones que nos permitirá entrar en la complejidad de la época sería la precariedad pero no solo como limitaciones en lo laboral sino como característica de una cultura que ha convertido lo descartable en lo que más desapercibido nos pasa. Una cultura propia de usar y tirar donde prima la impresión frente a la concentración, donde se promueve que el sujeto se construya como marca de sí mismo.

A mí me interesaban las políticas de identidad desde los 90, desde el enfoque feminista, cuando nos enfrentábamos a internet como nuevo contexto mediado por una pantalla donde la pantalla nos permitía dejar atrás el cuerpo y en este aplazar el cuerpo imaginar otras formas de relacionarse con  los otros. En los 90 lo que más proliferaron tanto en los discursos más críticos como en los artísticos fueron multitud de propuestas para imaginar la deconstrucción de las identidades a través de la pantalla, no estar limitado por esa construcción sociocultural física y tanto por poder ponerte otra careta en el juego d las máscaras como desprendernos de nuestra máscara cotidiana. Yo creo que eso en los 90 fue característico pero fue un espejismo porque cuando en 2000 empezaron las industrias digitales, estas empezaron a territorializar internet y perdimos la oportunidad de convertir internet en un espacio público, y empezó a convertirse en un espacio privado: lo que es ahora, empresas con apariencia de espacio público donde nos relacionamos.

Las identidades han ido construyéndose a partir de esas fuerzas propias de las industrias digitales donde más que nunca prima la apariencia, el parecer frente al ser, identidades más estetizadas… Vemos cómo la evolución de las redes favorece que el sujeto se acredite con imágenes de realidad. En los 90 se describía al sujeto a través de textos pero hoy prima la imagen, la estetización de las personas. Esto tiene muchas lecturas y no todas negativas, pero a mí me interesan las que son especialmente críticas que tienden a repetir estereotipos y clichés para las personas en las redes.

P: ¿Cree que es más característica esa necesidad de personalización, de individualización, de reivindicación de uno mismo o la necesidad de “encajar” en lo que hay en la red?

R.Z: Creo que hay una inercia a que cada cual se construya como sí mismo, eso es marca del capitalismo: individualismo como motivación. No solo la interfaz está pensada para unos ojos que ven y manos que teclean –un individuo-,  además las empresas en las que habitamos, ese espacio público-privado que son las redes demandan posicionarnos de manera individualista. Se centran en nosotros, nos convierten en protagonistas, y esa tentación es muy difícil resistirla. Vemos cómo hoy sucumbimos a esa inercia de estar y centrarnos en nosotros, en ese ejercicio de vanidad. La necesidad de encajar es frente a lo que nos revelamos los que trabajamos críticamente en y sobre internet porque no se trata de encajar en lo que haya. Esa búsqueda de socialización, que es una búsqueda legitima que nos caracteriza a todos, termina por docilizarnos y elegir forma de domesticación frente a formas creativas. Creo que es muy importante educar a las personas para que se sientan libres de desconectarse y libres de no encajar en esos contextos en los que la diversidad es espejismo. La diversidad es epidérmica porque los clichés están muy marcados, sobre todo desde el punto de vista de género detrás del cual hay una lectura bien interesante.

Creo que ninguna de las dos formas seria idónea, centrarnos en el yo hace que nos orientemos a ese ejercicio vanidoso de dedicar todo nuestro tiempo a mantener redes bajo ese espejismo de popularidad y de triunfo que da algo tan aparentemente simple como el número de likes: quien tiene 2 mañana 4, quien 200 mañana tiene400… es una lógica tan perversa que siempre tiende a crecer.

Hay una crítica que tenemos que hacerle al capitalismo que es que frente a ese mensaje de “si tú quieres, puedes”, que es interesante y nos motiva a todos, pero es propio del contexto neoliberal; hay que contraponerle la expectativa respecto al fracaso, saber que no podemos estar al 100 % todo el tiempo dedicándonos a ese eje de estetización y que no estamos solos. Los ejercicios de alianza, de socialización, son más necesarios que nunca. Frente -o junto a- la responsabilidad individual hay que reivindicar la social, donde está lo colectivo, lo que nos une a los demás. A mí eso me parece fundamental porque hoy en día uno de los lastres de la precariedad contemporánea se asienta en el individualismo que convierte a las personas en rivales: aquellos que eran amigos cuando empiezan a trabajar se ven como rivales ante los mismos trabajos, en las listas de admitidos, becas… Esa perversión de pensar más en el individualismo beneficia mucho a un sistema como el nuestro.

P: El entusiasmo es un ensayo que se pregunta cómo la vocación y el entusiasmo son instrumentalizados en beneficio de la hiperproducción y la velocidad competitivas. ¿Cree que es posible de algún modo volver a un sistema en el que se trabaje de manera entusiasta, dejando al margen ese “convertir en máquinas” a los trabajadores?

R.Z: Es absolutamente viable y para ello necesitamos una toma de conciencia, salir de esa inercia de autoexplotación e hiperproducción en la que estamos; y vernos y ver a los que están alrededor, que están en situaciones parecidas. Yo hablo de dos tipos de entusiasmo: uno es inducido, es el impostado y fingido que contribuye a alimentar la maquinaria productiva y es instrumentalizado por el sistema para ese cometido, como carta de presentación para una multitud de trabajadores muy cualificados desempleados que quieren un trabajo creativo que  permita señalar a quién se puede elegir porque muchos están dispuestos a trabajar por poco, gratis o incluso pagando. Ese entusiasmo es un entusiasmo impostado.

Frente a él en el libro recupero y reivindico el entusiasmo íntimo que surge y que surgió en las personas que nos dedicamos a los trabajos intelectuales, creativos y culturales que surgió en algún momento, seguramente cuando éramos niños, y que supone una exaltación derivada de una pasión por algo que nos punza y que nos motiva. Esto yo creo que nos moviliza y da sentido a muchas cosas y es el entusiasmo que yo reivindico, el que genera cosas que valen la pena si nacen de la libertad; y lo que está en cuestión en el fingido es que acontece en un contexto donde nos sentimos faltos de libertad.

P: ¿Qué hay “después” del entusiasmo?

R.Z: El título de la conferencia, que es Antes y después del entusiasmo tiene que ver un poco conmigo, con mi propia trayectoria, porque para mí este es el antes y después del entusiasmo, porque posiblemente sea una de las últimas conferencias que dé después muchos meses hablando de él. Quiero empezar nuevos proyectos que continúen también las líneas abiertas aquí, pero para mí el “después del entusiasmo” tiene mucho que ver con cómo construir  la esperanza. Para mí es sinónimo de “después de la toma de conciencia”, qué pasa con esas personas que tenían ese entusiasmo, y qué sienten estar perdiéndolo y que de pronto se ven en ese contexto que mínimamente es gozado. 

Mi libro no es un libro de soluciones, y sería sospechoso si lo fuera, pero sí que apunta varios caminos, varias formas de resistencia a ese “después” del entusiasmo. Hablo de toma de conciencia como primer y fundamental elemento que nos permite ser libres. Hablo de la imaginación para quienes son entusiastas y quieren hacer cosas para mejorar el mundo en el que viven, sea investigando o creando, pero no pueden hacerlo repitiendo mundo, tienen que hacerlo transformándolo; y para eso la imaginación es importante, por eso fantasía e imaginación son bienvenidas en eso que está por hacer, ser capaces de especular con otras formas distintas. Y, por último, la que yo creo que es la más importante junto a la toma de conciencia, la alianza, ser capaces de crear nuevos vínculos entre las personas, nuevos vínculos éticos que nos evidencien que no estamos solos y que no somos únicos, que hay cosas que nos hacen “no únicos” como ese formar parte de la maquinaria del capitalismo cultural. Es una alianza que yo creo que tiene que ser capaz de ayudarnos a empatizar, a sentir, a ser capaces de decir: “me importas”, y sentir que “te importo”; ser capaces de crear colectividades, que no tienen por qué ser esas viejas colectividades dogmáticas que tanto daño nos han hecho, pero sí creo que estamos en un momento de reformulación de nuevas colectividades por venir y yo creo que esa línea hay que valorarla para ese “después del entusiasmo”. 

 

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