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La difícil solución al puzzle del Guadarrama

La masificación y el deterioro natural ponen en peligro su diversidad biológica y paisajística

23 JUL 2015 - 09:08 CET

La sierra de Guadarrama, convertida en Parque Nacional en 2013, supone uno de los mayores pulmones naturales del centro de la Península. Por ello, muchos habitantes de la meseta deciden cobijarse bajo su encanto natural para dejar de lado la masificación, la contaminación y tantos otros problemas que arrastra la vida en la ciudad. Precisamente, la masificación empieza a ser, con el paso de los años, uno de los problemas más acuciantes a la hora de gestionar la conservación de su entorno natural. “La sierra está sufriendo el agobio de tres millones de personas que la entienden como espacio de ocio”, criticó Alfredo Baratas, biólogo de la Universidad Complutense de Madrid.

Desde que el problema se hizo visible, el Gobierno y las distintas comunidades implicadas comenzaron a tomar medidas para poner freno al deterioro del entorno natural. “Tenemos apoyo desde las instituciones, pero la presión humana es tan grande que habría que preguntarse si esta ayuda es suficiente”, explicó el investigador, codirector del curso Historia natural del Guadarrama: Flora, gea y fauna de un parque nacional. Por tanto, ¿qué medidas se pueden llevar a cabo para salvar del colapso un paraíso natural de tal calibre? Baratas cree esencial enfocar las medidas en una doble vertiente: la concienciación, con campañas que prediquen un uso sensato, razonable y sostenible del entorno; y la conservación, donde entra en juego la Administración y su deber por mantener en óptimas condiciones su patrimonio natural.

El desconocimiento de la “abrumadora” diversidad del entorno supone uno de los grandes problemas de este espacio natural. Guadarrama representa la transición paisajística, geológica y biológica entre África y Europa: “Entre el 15 y el 30 por ciento de todas las especies de España viven en la Sierra”. Un dato de especial relevancia debido a que el espacio físico que ocupa respecto al total de la península no supone más del 0,5 %. Su variedad queda patente gracias a los distintos nichos bioclimáticos de los que se pueden disfrutar. Hay zonas con vegetación alpina, módulos de ambiente mediterráneo e, “incluso”, un círculo glaciar en Peñalara. “Todo ello hace que la Sierra contenga aún reliquias naturales del pasado”, esgrimió.

Baratas se muestra convencido de que el futuro del parque “todavía está por hacer”, por lo que es necesaria la colaboración de instituciones y colectivos en un proceso que lleva “más de 30 años construyéndose”. Todo por mantener viva una de las zonas más pintorescas de la Península, “un puzzle de ambientes muy diversos que, al final, acaban conformando un gran valor singular”.

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