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Fin de los Cursos de Verano: ahora toca recuperarse

26 JUL 2018 - 10:04 CET

Irene Monmeneu/ Fotos: Nacho Calonge

Los Cursos de Verano de la Complutense tienen su olor y su sabor. Huelen al papel de los cuadernos y al perfume de las adelfas. Saben a conocimiento, a compañía y a ilusión. Son un universo en sí mismos. Y dejan huella, verano tras verano, en el pueblo donde se celebran: San Lorenzo de El Escorial.

Los vecinos gurriatos saben que en aquel colegio mayor, el de al lado del Monasterio, tienen lugar durante todo el mes una serie de seminarios de todas las temáticas a los que acuden alumnos de todas las edades y, en ocasiones, de todas las partes del mundo. No importa sobre qué sean… Codicología árabe, dirección de orquesta, microscopía electrónica o gestión de la renta variable: las aulas siempre se llenan. Y, con ellas, el pueblo.

Por eso los sanlorentinos saben que los cursos “son buenos para todos”. Así lo asegura un grupo de señores que fuma a la salida de un bar en la plaza del pueblo. No les gusta tener que hablar a una periodista que apunta sus respuestas, pero terminan haciéndolo: “El saber no ocupa lugar. Si enseñan algo, bienvenidos sean”.

Pero que los cursos de verano son una “experiencia ventajosa” no solo lo creen personas mayores. También aboga a su favor un grupo de adolescentes de entre catorce y dieciséis años. Los cursos nacieron unos quince años antes que ellas, así que se han visto mutuamente crecer. “Mi hermana (de veintiocho) solía ir todos los años a un curso. A veces, a dos. Yo espero que no acaben antes de que yo tenga edad de ir”, cuenta la benjamina del grupo.

El pueblo ha cambiado mucho, aseguran los gurriatos. Pero los cursos parecen haberse ido adaptando porque en opinión de un matrimonio que pasea de la mano por la lonja del Monasterio “con el tiempo ha cambiado la actitud por parte de los vecinos, y ahora indudablemente es mejor, seguramente porque antes había más fuentes de ingresos y más gente en general, y ahora los cursos son la salvación”. 31 años dan para mucho.

Porque, además, la fuerza expansiva de los cursos llega todas las noches al centro del pueblo y encandila a los vecinos que “pasaban por allí”. La Casa de la Cultura y el parque de La Bolera acogen casi todos los días actividades vespertinas o nocturnas, todas ellas culturales, que van desde obras de teatro hasta conferencias extraordinarias con personajes de la talla del pintor Antonio López o la recreación amateur del ritual sagrado de la haka neozeolandesade la mano de un nativo.

Económicamente, los cursos suman un plus a las ganancias del municipio y los bares y pequeños comercios están de acuerdo. Nada lo ilustra mejor que la frase que espeta el camarero de un restaurante cuando se le pregunta sobre el tema: “¿Ves a toda esta gente?” – con la terraza llena- “¡Pues todos vienen a los cursos de verano!”. La afluencia de gente se nota, y mucho. De hecho, el mismo camarero comenta que entre semana hay incluso más gente que el fin de semana “y eso que somos un sitio histórico”.

No obstante, no es el dinero lo que hace rico a San Lorenzo de El Escorial por acoger los Cursos de Verano. Lo es la diversidad de gentes que se reúnen, los cafés con leche y expectativas para desayunar, los debates académicos a las tres de la madrugada a la salida de un bar y las cervezas con sabor a música clásica después de cenar. Los cursos ya son patrimonio de San Lorenzo. Una tradición veraniega que no deja de innovar.

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