Noticias - Cursos del Escorial. 30 aniversario.

Félix Francisco Casanova o cómo llegar a genio a los 19 años

Aramburu elogia al poeta canario en la inauguración de los Cursos

27 JUN 2017 - 00:10 CET

Javier Picos
A las dos o tres de la mañana, encendía la luz de su cuarto y apuntaba un verso o una frase que no quería olvidar cuando despertara. Vida intensa, corta existencia. 19 años de “imaginación desbordante, de rachas creativas”. Félix Francisco Casanova, poeta, murió joven, pero se ganó la genialidad del “estremecimiento”. Lo lanza a los cuatro vientos Fernando Aramburu, novelista, defensor de un “muchacho guapo que escribía a borbotones” y protagonista de la inauguración de unos Cursos de Verano, que han llegado ya a las tres décadas de refugio cultural.
“Hay seres humanos dotados de una fuerza creativa extraordinaria, con algo que tiene que ver con el duende lorquiano que a veces se da en la vida de determinadas personas”. De pie, ante la audiencia que abarrota el aula magna del Real Centro Universitario María Cristina, Aramburu elogia la figura del poeta canario Félix Francisco Casanova que, según el autor vasco, no se toma en serio a sí mismo y que forma parte de un grupo de elegidos que “solemos llamar genios porque parecen habitados por una fuerza especial que los lleva lejos”.
El niño que con siete años ya soltaba frases enigmáticas que dejaban anonadado a su padre, también poeta, el estudiante de Filología Hispánica, aquel que fue capaz de escribir la novela El don de Vorace en solo 44 días, que a los 16 años recibió su primer premio por El invernadero, el joven que producía poemas con “trozos indefinibles” y que sobre todo le gustaba tocar la guitarra, está siendo reconocido ahora, con el paso del tiempo, gracias a la labor de su padre y de escritores como Aramburu que ve en Casanova un creador de textos que “no huelen a escritorio, donde todo está como sacado de un fondo que llevara consigo”.
“Joven eterno”
Su voz, no su palabra, expiró el 14 de enero de 1976. Un escape de gas mientras se bañaba lo convirtió en un “joven eterno”. Aramburu no lo puede imaginar “calvo, trabajando en una caja de ahorros o dando una conferencia sobre sí mismo en los Cursos de Verano de la Complutense”. El problema, según el autor de Patria, es que el mito no debe ocultar lo más valioso de su figura: su obra. Este año todo el mundo puede descubrirla gracias a las Obras completas de Félix Francisco Casanova, editadas por Demipage, donde se incluye, entre sus cuatro poemarios más destacados, su novela y algún cuento, un diario, Yo hubiera o hubiese amado, que no estaba destinado a catalogarse así y que realmente era un cuaderno de tapas amarillas que contenía bocetos poéticos y vivencias. 
Aramburu tuvo la suerte de conocer la obra de Félix Francisco Casanova a los veinte años cuando a finales del franquismo aparecieron diferentes movimientos contestatarios de jóvenes “irreverentes”. Aramburu no fue una excepción y creó el grupo Cloc de Arte y Desarte en 1978.  En plena expansión a Navarra, este movimiento donostiarra conoció a Francisco Javier Irazoki, que vivía en un paraje idílico y que admiraba los textos que Casanova enviaba a la revista Disco Express. “No olvidaré nunca la lectura de esos poemas porque me golpearon muy fuertemente. Nosotros íbamos por ese mismo camino pero por detrás de él. Vimos a un ídolo de nuestra edad, incluso más joven”, recuerda.
A los componentes del grupo Cloc y a otros jóvenes de la misma cuerda, como relata Aramburu, se les notaba en sus textos la influencia de sus lecturas. Por ejemplo, cuando leían a Alberti, sus poemas contenían palabras como caracola o cuando se asomaban a Unamuno eran rotundos en sus escritos, pero Félix Francisco Casanova tenía, en opinión del autor vasco, una voz propia, “una insolencia, una soberbia, una irrupción de lo inesperado con una pincelada de buen gusto”.
“Rimbaud de quita y pon”
Aramburu a veces se siente culpable de haberle puesto el ribete de “Rimbaud español”. Ese término se expandió, pero cuando la novela El don de Vorace se publicó en Francia, los críticos, predispuestos en su contra, “con las zarpas preparadas para caer sobre el Rimbaud español de quita y pon”, al final aplaudieron el libro. Ahora “me sigue considerando pertinente la comparación con Rimbaud por su talento, su atractivo, por las ocurrencias luminosas, su carácter demoniaco y visionario, su naturaleza rebelde y el influjo de su madre”. La madre de Casanova murió joven y al propio Aramburu le extrañó en principio no encontrar explícitamente su nombre en su obra, pero luego se dio cuenta de que toda su producción la miraba: “Ella estaba en su melena pero también en cada página, en una densidad humana muy fuerte que refleja en los versos Nada vale una vida excepto otra vida”.
Aramburu, en la apertura de los Cursos 2017, distingue dos fases en la obra de Casanova: una de adolescencia, “juguetona, de militancia, con el mar como esperanza pero también como amenaza” y otra de una “intensidad dramática fuerte” en la que trata temas como la soledad y la muerte. De la primera son los poemarios de El invernadero y Cuello de botella; de la segunda, El don de Vorace, que trata de un joven que quiere morir a toda costa pero no lo consigue, y la póstuma Una maleta llena de hojas.
A Aramburu, en medio de su conferencia, se le escapan versos de este joven canario. Es inevitable. Fue un joven irreverente como él y le gusta citarlo: A veces, cuando la noche me aprisiona, suelo sentarme frente a una cabina telefónica / y contemplo las bocas que hablan / para lejanos oídos. / Y cuando el hielo de la soledad / me ha desvenado, los barrenderos moros / canturrean tristemente / y las estrellas ocupan su lugar, yo acaricio el teléfono / y le susurro sin usar monedas.
Receta para “abolir las prisas”
Vamos ahora con las palabras que oficialmente inauguran los XXX Cursos de Verano de la Universidad Complutense en San Lorenzo de El Escorial. El rector de la UCM, Carlos Andradas, cree que esta cita académica ha cumplido tres décadas con salud, haciendo frente a “indisposiciones” como las crisis y a “reinvenciones” como la actual innovación en espacios y un mayor acercamiento a la vida ciudadana del Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial y la villa de El Escorial. La receta, en su opinión, es saber mezclar ingredientes como la actualidad, la variedad, la pluralidad de ideas y el rigor. “Los Cursos de Verano tienen la virtud de intentar abolir las prisas; resulta necesario consolidar el sosiego para ser capaces de escucharnos a nosotros mismos y a los demás”, opina.  Andradas invita a los estudiantes  “a darse una vuelta por algunos barrios del conocimiento” durante este verano.
Manuel Álvarez Junco, director de la cita estival complutense, destaca “su espacio de relación y su ambiente para interactuar”. Desde el “chupinazo” de esta edición, Álvarez Junco también hace hincapié en incorporar a los ciudadanos sanlorentinos y escurialenses  en unas actividades caracterizadas por el rigor académico. Por su parte, Francisco Javier Hidalgo, director general adjunto de Banco Santander España, que reafirma el compromiso de la entidad bancaria para seguir apoyando los Cursos, admira el “creciente interés y la superación de las expectativas” de la edición de 2017. 
Cuatro semanas de aprendizaje, con calor y contactos directos, se abren paso. Llegar a los treinta años no está al alcance de cualquier actividad cultural. Entramos en una edad interesante, ¿no creen?
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