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Esto no es real, pero estábamos preparados

La UME programa un simulacro de accidente aéreo en el hotel Felipe II

9 JUL 2015 - 21:38 CET

Humo, ruido y gritos de socorro en la planta baja del hotel Felipe II. En medio del caos, los miembros de los equipos de rescate intentan abrirse paso con una visión muy limitada. Un accidente de un avión ha perturbado la tranquilidad de San Lorenzo de El Escorial. Hay que actuar rápido, pero siguiendo un protocolo sin fisuras en la atención a las víctimas.

Las máquinas de niebla, los sonidos grabados, los actores caracterizados a la perfección, con heridas y con la mirada perdida, los maniquíes… estamos ante un simulacro. Pero el equipo de emergencia es real. La UME, la Unidad Militar de Emergencias, despliega este ejercicio práctico durante una jornada del curso Intervención psicológica en desastres: ¿estamos preparados?

En el operativo intervienen 53 personas -20 de ellas implicadas en el rescate en 4 equipos de 5 personas- en dos escenarios contiguos: dentro del Felipe II, donde están los heridos y los fallecidos, esta vez simulados por maniquíes con el mismo peso que una posible víctima real; y en el exterior del edificio donde, después del trasiego de camillas y la desesperación de los familiares, se procede a separar a las víctimas en función de su gravedad. Todos están identificados con etiquetas con una leyenda y un color. El negro significa que la personas está ya muerta; el rojo indica que no puede andar; el amarillo, que tiene heridas; y el verde representa a personas desorientadas.

3 fallecidos y 13 heridos

El sargento primero Gallardo, jefe de un pelotón de intervención, da las cifras del “accidente”: 3 fallecidos y 13 heridos de diversa gravedad a espera de su valoración en el hospital. El triaje de las víctimas es una de las acciones más impactantes pero necesarias en estas catástrofes. La improvisada morgue se sitúa fuera del campo visual de los heridos.

Pedro Jesús García, coordinador del simulacro y sargento primero de Transmisiones dela UME, aclara a los periodistas, que también hemos participado en este ejercicio, que en estos rescates “no sabemos a priori cuántas víctimas hay e incluso, si hay, en este caso concreto, combustible” esparcido que aumente el riesgo de los profesionales de emergencias. El día anterior, la UME estuvo preparando este simulacro -que tuvo tres “sesiones” de veinte minutos cada una, y en la que intervinieron como “espectadores” activos alumnos, ponentes y personal de los Cursos de Verano -en la base de Torrejón.

El objetivo de esta simulación, según Pedro Jesús García, es claro: saber reaccionar ante una emergencia de grandes dimensiones. Para ello, todo en el ejercicio ha de salir a la perfección. Abel Vera, soldado de la UME, anticipaba que incluso en este tipo de acciones, con actores, “te estresas y piensas que es de verdad”. En este “accidente aéreo” concretamente la UME ha trabajado mucho en que los psicólogos se pongan en la piel de los profesionales de la zona cero y en la de las propias víctimas. Así lo atestigua Pilar Bardera, comandante psicóloga, que no quita ojo a todo lo que ocurre en el simulacro.

Con cortes en la cabeza

El piloto del avión, catalogado con una etiqueta con el número 11, no ha sobrevivido. El número 33 “sangra abundantemente por la cabeza; está de pie e intentando ayudar a otra persona a salir del fuselaje del avión”. El número 6 está tumbado inconsciente y no respira. El número 7 no parece revestir gravedad. Su nota es clara: “Dice que no puede andar porque se ha hecho daño en la cadera”… Son casos ficticios, pero reflejan lo que puede ser el estado de las víctimas de un accidente real.

La UME, nacida en 2005 para mejorar la respuesta del Estado a las emergencias, en la misma jornada del simulacro estaba interviniendo en dos incendios en Granada y Castellón. Las tormentas invernales, las inundaciones; en general, las inclemencias del tiempo, suponen, junto a accidentes y atentados, sus campos de actuación.

Por cierto, el coordinador del simulacro en los Cursos de Verano, Pedro Jesús García, se quita su uniforme militar, con el que había comparecido ante la prensa, y se pone en otro papel: el de víctima. Está herido, con cortes en la cabeza –buen trabajo de las maquilladoras-. Es el número 8. En la etiqueta que lleva en su muñeca está escrito “sale corriendo al ver el equipo de rescate, te dice que le duele el pecho, que no puede mover una mano, que casi no puede hablar, que tienes que ayudarle rápido…”. Se mete a la perfección en su papel y a las unidades de rescate les cuesta tranquilizarlo.

La víctima número 8, en su papel real de sargento de la UME, espeta a los periodistas: “Nos entrenamos para estas situaciones, pero ojalá nunca tengamos que intervenir, porque sencillamente nunca ocurran”. Fin del simulacro.

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