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Admiraciones y adjetivos coronan al hombre generoso que convivía con Isabel

Homenaje a Mingote en el centenario de su nacimiento

24 JUL 2019 - 15:45 CET

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge

Un matrimonio ve un partido de fútbol en la televisión. No se les ve muy apasionados mirando a veintidós deportistas dando patadas a un balón. Ambos acuerdan que, como se están privando de otros placeres, al menos deberían ser hinchas de algún equipo… “¡El Hércules de Alicante!”, deciden. Otro día, la mujer inquiere a su marido sobre su estado de ánimo, algo decaído, y él le responde: “El Hércules va fatal”.

Él es Antonio Mingote y ella Isabel Vigiola, que cuenta anécdotas y expande elogios hacia el  humorista gráfico con el que compartió su vida, en un acto de homenaje en los Cursos de Verano justo cuando se cumple un siglo de su nacimiento. Pero también, y ella no lo sabe, es un acto de reconocimiento a una mujer inteligente, que fuera secretaria del escritor Edgar Neville y que en su día contestó a la periodista Encarna Sánchez con otra pregunta: “¿Qué podía hacer yo mejor que ser la mujer de Mingote?”. Aunque reconoce quererse “mucho”, las palabras van en una sola dirección, hacia Mingote: “No me asombraba, lo admiraba porque sabía que era genial. Si hubiera estado al lado de un hombre medio tonto y este hiciera algo bien, sí, me asombraría”. Ahora, “era tan ingenuo, natural y sencillo que necesitaba a alguien como yo que le hiciera un poco malo”.

Primeros testimonios de una mesa redonda en el que se agotan los adjetivos hacia Mingote, algunos más previsibles como “generoso”, otros más audaces como “combativo”, usado por Manuel Álvarez Junco, director de los Cursos de Verano de la UCM, cuando lo conoció en la Oficina de Sindicatos en el año 1974. Julio Rey, colega de profesión, inseparable de su pareja artística Gallego en sus viñetas de El Mundo, apela a otro calificativo que roza los límites de la curiosidad: “Era un hombre perplejo ante la vida y ante la belleza de la vida”.

Cronista gráfico

Además de referirse a su pasión por la tecnología y los ordenadores y a su perfeccionismo, reflejado en una línea de dibujo “de una  elegancia y pulcritud inusitada”, Rey destaca la honradez y la cultura de “un cronista que trascendía el humorismo gráfico”, a pesar del legado de 82.200 y pico –“perdonen el pico”- dibujos de Mingote en el Museo ABC. Agradeciendo la protección, amistad y enseñanza de los “dos Antonios” (Antonio Fraguas, “Forges”, y Ángel Antonio Mingote Barrachina), Julio Rey termina cayendo en el tópico sobre el personaje: “Era tan generoso que casi no tenía intimidad”. No obstante, Isabel también sale a relucir en sus palabras: “Es la fuerza personificada, su guardaespaldas”.

La creencia popular apunta a que los humoristas gráficos son divertidos, pero Rey quiso desmontar esta farsa porque Mingote era “tremendamente serio” y yo soy “muy aburrido”. Esta circunstancia la adorna con un aventura que vivieron junto a otros compañeros de profesión en Lepe, cuyos habitantes al escuchar que Mingote hablaba con seriedad, “aunque con sabiduría”, decidieron terminar pronto el coloquio para montar un partido de políticos contra humoristas que ganaron los primeros “porque El Gran Wyoming era nuestro portero”.

Sin abandonar la sonrisa, pero complementada con una emoción de vacío, Bieito Rubido, director de ABC, recordó la carta que Mingote le envió en octubre de 2011, poco antes de su muerte el 3 de abril de 2012, en el que renunciaba a seguir publicando diariamente su chiste, como él calificaba su viñeta, y que empezaba de esta forma: "Te diré, sin ánimo de presumir, que ya tengo 92 años". Entre otras líneas, escribía: “Que me liberes del compromiso diario, no supone un adiós”.

Rubido, que se encontró un dibujo de Mingote en su mesa vacía el primer día al frente del diario madrileño, el 14 de septiembre de 2010, que mostraba al humorista gráfico quitándose el sombrero y diciendo “Bienvenido director”, subraya el valor de unos chistes, que “tienen la actualidad, la gracia y la oportunidad del momento”, y un humor “blanco y tierno en el que los españoles se veían reflejados”. Y suma: “Hay muchas razones para explicar los 120 años de historia de ABC, una de ellas son los 58 años de Mingote”.

“Al Cielo iremos los de siempre”

Mientras Álvarez Junco recuerda alguna de sus viñetas como la que expone, en 1965, en un contexto internacional marcado por el Concilio Vaticano II, a un matrimonio de negro y otra señora con el siguiente texto: “No mujer: lo de la libertad de conciencia es para tranquilizar a la gente moderna. Porque al Cielo, lo que se dice ir al Cielo, iremos los de siempre”, o aquella otra en la que dibuja un cartel electoral con el siguiente mensaje: “Vote a Gundisalvo. ¿A usted qué más le da, hombre?”, el poeta Luis Alberto de Cuenca lee un texto que precisamente publicó en el diario de Bieito Rubido tres días después de fallecer Mingote. La belleza del obituario permite la licencia de este holgado entrecomillado: “A lo largo de casi sesenta años, el chiste de Mingote supuso para los lectores de ABC una especie de bálsamo de Fierabrás con que pegar los bordes de las grietas que se abrían y se abren a diario en nuestras almas. Con Mingote sonriendo desde su dibujo cotidiano las cosas parecían ir mucho mejor de lo que iban en realidad. El chiste de Mingote era un remedio infalible contra la vana complacencia que acompaña a las buenas noticias, y también una medicina estupenda contra la desazón y perplejidad que producen las malas; es decir, la pomada que nos untábamos para que cicatrizasen como es debido las heridas que nos causaba -y sigue causándonos- el toro de la actualidad, tan marrullero siempre. Lo efímero se hacía permanente en cada trazo, en cada pie de chiste del maestro. Porque Mingote reunía en una sola persona al príncipe de los humoristas gráficos españoles y a uno de los escritores más chispeantes y divertidos de los últimos tiempos”.

Isabel Vigiola rompe el silencio y mira a Luis Alberto de Cuenca. Dramaticemos este momento:

Isabel Vigiola: “No sé si darte las gracias porque me has hecho llorar”

Luis Alberto de Cuenca: “Llorar y reír nos diferencia de los animales”

Isabel Vigiola: “Los viejos lloramos mucho”

Luis Alberto de Cuenca: “Yo lloro mucho en el cine”

Isabel Vigiola: “Yo también lloro mucho en el cine… y lo paso muy bien”.

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