Noticias - Cursos del Escorial. 30 aniversario.

Edgar Neville, las aventuras de un aristócrata en Hollywood

18 jul 2017 - 13:41 CET

Texto: Ángel Aranda / Foto: Nacho Calonge

Edgar Neville, uno de los directores españoles de cine más emblemáticos de la primera mitad del siglo XX, cultivó otras artes como la escritura teatral y la pintura a lo largo de una carrera profesional que se vio truncada por la Guerra Civil Española. Sus inicios en el séptimo arte coincidieron con una de las etapas más fructíferas de Hollywood, lugar al que llegó casi de rebote aunque como fruto de sus inquietudes artísticas. El historiador cinematográfico Jesús García de Dueñas, que participó en el curso Edgar Neville: la comedia de la vida, dirigido por el escritor Manuel Hidalgo, destacó que Neville supo ganarse la amistad de personajes como Charles Chaplin, Douglas Fairbanks o el dúo Laurel y Hardy para introducirse en el mundo del cine.

García de Dueñas explicó que Edgar Neville, conde de Berlanga del Duero, llegó a Estados Unidos en 1927 junto a su mujer, Ángeles Rubio Argüelles, cuando debido a su carrera diplomática fue destinado con un cargo menor a la embajada española en Washington. Según el historiador la pareja se aburría enormemente en la capital norteamericana y comenzó a viajar durante los fines de semana Nueva York, donde lograron inmiscuirse en los ambientes artísticos e intelectuales de la ciudad. “Este era el medio natural de la pareja”, apuntó el también cineasta y crítico García de Dueñas, quien añadió que Neville, a pesar de desconocer la lengua inglesa, supo relacionarse allí con escritores y artistas tan reconocidos como Dorothy Parker o el célebre actor Harpo Marx.

Posteriormente, el gusto por la buena vida de Neville y de su esposa les condujo a Hollywood, donde fueron recibidos por dos actores españoles que intentaban hacerse un hueco en la industria cinematográfica: José Crespo y Antonio Cumellas. A partir de entonces, según el historiador, Neville comenzó a abrirse camino en el cine de la mano de nuevos amigos como el actor, guionista y director Douglas Fairbanks, la actriz Mary Pickford o el mismísimo Charles Chaplin, todo un icono del cine de la época.

García de Dueñas señaló además que si bien Neville se benefició de su amistad con personajes poderosos de la industria de Hollywood, estos “también estaban encantados de relacionarse con auténticos aristócratas como Edgar Neville y su esposa”, por lo que se estableció una conexión que le sirvió al español para escalar peldaños en este terreno. “Neville no sabía hablar inglés y Chaplin chapurreaba un poco el español, pero ambos se entendían muy bien a base de los gestos y de la mímica”, comentó el crítico, que además destacó la amistad del español con Laurel y Hardy, con quienes conectó perfectamente porque “todos ellos tenían el mismo talento”.

Por otra parte García de Dueñas destacó las dos películas que Neville logró rodar en Hollywood, El presidio y En cada puerto un amor, enmarcadas en las denominadas “versiones lingüísticas”, copias de las películas originales norteamericanas pero interpretadas por actores españoles, que comenzaron a hacerse cuando el cine mudo dio paso al sonoro como paso previo al doblaje. El investigador señaló en este sentido que las versiones lingüísticas no tuvieron ningún éxito en España, porque cuando llegaban a nuestro país “los aficionados ya sabían de las versiones originales y no se podía comparar el glamour de las estrellas americanas con el de las españolas”.

A su vuelta a España, “a Neville le tomaban el pelo por haber fracasado en Hollywood”, según García de Dueñas, pero se puso a escribir y no tardó en comenzar su carrera cinematográfica. No en vano, el cineasta fue miembro de “la otra generación del 27”, de la que formaron parte, entre otros, Miguel Mihura o Enrique Jardiel Poncela, personajes todos ellos dejados en cierta medida a un lado por la intelectualidad contemporánea, según algunos especialistas en la materia. 

Edgar Neville, las aventuras de un aristócrata en Hollywood - 1

Volver »