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La odisea de la evolución humana

Juan Luis Arsuaga habló sobre los orígenes de la inteligencia

7 jul 2016 - 21:25 CET

Ángel Aranda / Foto: Nacho Calonge

Un primate se topa con los restos de otro animal muerto. Coge un hueso del suelo y con él comienza a golpear el resto de la osamenta descubriendo que su reciente hallazgo sirve para para destruir, para deshacerse de todo aquello que le estorba, para cazar. A partir de ahí, blandiendo su arma recién estrenada, y con los acordes del poema sinfónico Así habló Zaratustra de Richard Strauss como telón de fondo, logra hacerse con el poder dentro de su grupo y eliminar a quien pueda hacerle sombra. La inolvidable secuencia de la película de Stanley Kubrick, 2001: Una odisea del espacio (1968), le sirvió al paleontólogo Juan Luis Arsuaga para explicar a modo de síntesis el origen de la inteligencia humana.

No en vano para el profesor de la Facultad de Ciencias Geológicas de la UCM, “las herramientas más poderosas que ha desarrollado el ser humano son los objetos simbólicos, que sirven para comunicarse con el resto”, explicó. Arsuaga, que entre los numerosos galardones y reconocimientos cuenta junto con su equipo con el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica, explicó que frente a las teorías clásicas que afirman que la presión de la selección procede del mundo natural y también de los cambios climáticos y ambientales, “la presión no es ecológica; no hay ninguna otra especie que ponga en peligro a los seres humanos. La especie no está en peligro por las fuerzas hostiles de la naturaleza, sino que la competencia está entre nosotros, se trata de una selección social”, dijo.

El paleontólogo, que clausuró el curso El español médico y la biomedicina en español: pasado, presente y futuro. XI Jornadas Medes, señaló que para algunas de las corrientes científicas más actuales “nuestra especie humana es la del primate asesino”, algo que ya anticipó Charles Darwin en el siglo XIX cuando publicó el libro La teoría de las especies. “Darwin nunca dijo que venimos del mono, lo que pensaba es que somos monos”, apuntó el científico en este sentido.

El codirector de las excavaciones de la Sierra de Atapuerca explicó que fueron Darwin y otro científico británico, Alfred Russell Wallace, quienes encontraron, aunque por caminos distintos, la causa o el motor de la evolución humana: la selección natural. Ambos llegaron a las mismas conclusiones tras viajar por todo el mundo y tomar contacto con tribus lejanas ancladas culturalmente en el Paleolítico, cada uno por su cuenta y sin haberse conocido con anterioridad. Cuando pusieron en común sus investigaciones, encontraron el origen de las facultades mentales del hombre como elemento de discrepancia y causa de que sus ideas se volvieran irreconciliables, algo que se tornó definitivo cuando Darwin le escribió a Wallace: “temo que usted ha asesinado a nuestra criatura”.

Y es que mientras para Darwin, que comenzó a desarrollar sus ideas en este terreno veinte años antes que su colega, todo el cuerpo humano, incluyendo el desarrollo mental, era resultado de la selección natural, Wallace eliminó esto último de la ecuación. Al respecto, Darwin veía en las tribus primitivas con las que contactó en su viaje alrededor del mundo, el eslabón perdido de la evolución humana, al contrario que Wallace, quien no calificaba a estos hombres y mujeres como salvajes, “porque su inteligencia era igual a la de los ingleses”, explicó el investigador. 

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