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La divulgación científica que llega al corazón

Sánchez Ron rinde tributo a Sagan, Gould y Sacks

29 jun 2016 - 17:11 CET

Javier Picos / Fotos: Nacho Calonge

“La ciencia es importante para el bienestar de la sociedad y para hacernos libres, que no quiere decir más felices, pero no basta con esto. Necesitamos conmover, llegar al corazón”. La frase inspirada en el paleontólogo y biólogo evolutivo Stephen Jay Gould, la saboreó el físico José Manuel Sánchez Ron en el curso Literatura, biografía y relato clínico. El legado científico y humanista de Oliver Sacks, dirigido por Raúl Gómez y patrocinado por Fundación Manantial.

Para que la ciencia no sea un “elemento extraño” para los que no se dedican a ello, se requiere hábiles divulgadores científicos. Precisamente, Sánchez Ron, Premio Nacional de Ensayo por El mundo después de la revolución: la física de la segunda mitad del siglo XX, se incluye en una corriente de científicos que intentan insertar la ciencia en la sociedad.

Con el fin de alcanzar este objetivo, el físico madrileño ya apostaba en su discurso de entrada en la Real Academia Española en 2003, bajo el título Elogio del mestizaje: historia, lenguaje y ciencia, por romper las fronteras entre las diferentes materias del saber. Esta tesis tiene su origen en la famosa conferencia de su colega Charles Percy Snow en el Senate House de Cambridge el 7 de mayo de 1959. Aquí surge el término de las “dos culturas” basado en el “abismo de incomprensión mutua” que separa a los humanistas, en el sentido antiguo de la palabra, de los científicos. Para percibir ese problema, a Snow le ayudó su condición de físico y novelista. Según Sánchez Ron, esta doble habilidad es la que marca, “con variaciones” a tres grandes divulgadores científicos: el astrofísico Carl Sagan, el paleontólogo Stephen Jay Gould y el neurólogo Oliver Sacks.

Si Sagan, que ideó la mítica serie Cosmos en 1980, defendía que la ciencia no se podía servir en porciones y en su empeño logró que miles de personas se interesaran por el conocimiento del universo, Gould fue “un maestro en mostrar lo universal jugando con lo particular, y en novelar los logros implacables en lo aparentemente cotidiano”. A juicio de Sánchez Ron, vicedirector de la RAE, el autor de El pulgar del panda consiguió hermanarse con sus lectores. “Nadie entre aquellos que escriben de ciencia, se ha mostrado más a sí mismo”, añadió.

Sánchez Ron también puso un ejemplo del apasionamiento intelectual de Gould incluso en sus momentos más complicados.  Cuando le detectaron un mesotelioma, un tumor canceroso poco común, le preguntó a su doctora qué bibliografía había sobre esta enfermedad. Ella le respondió que ninguna. “Como dar esta respuesta a alguien como él, era como condenar a la castidad a un homo sapiens”, Gould fue a las bibliotecas reales y virtuales y se enteró de que en ocho meses, como mucho, moriría. Se quedó aturdido, pero terminó sonriendo. Al final, lo superó, pero más tarde otro cáncer lo derrotó.

Sobre Sacks, Sánchez Ron alabó sus relatos de historias clínicas, entroncados en cierta tradición literaria, que “nos enriquecen y nos emocionan”. Uno de estos casos, que nos permiten comunicarnos con individuos con trastornos, es el de los gemelos, que forma parte de su obra El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En él, dos gemelos desvelan que día de la semana corresponde a un día elegido al azar por Sacks entre cualquiera de los cuarenta mil años futuros o pasados. El neurólogo refleja: “La memoria que tienen para los números es excepcional y posiblemente ilimitada”.

Asimismo, José Manuel Sánchez Ron aconsejó a los alumnos del curso la lectura de algunos libros en los que se mezclan ciencia y literatura: El teorema del loro (Denis Guedj), Parque Jurásico (Michael Crichton), La medida de todas las cosas (Ken Alder), Números pares, impares e idiotas (Juan José Millás), Las confidencias del conde de Buffon (Martí Domínguez) y En busca de Klingsor y No será la Tierra (Jorge Volpi). 

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